"La casa de mi madre estaba en la esquina noreste de lo que yo siempre consideré mi barrio. yo se que no es el mejor sitio para vivir, pero cuando mis padres se mudaron, en los 70', aquel, era un sitio precioso...
Tenía calles llenas de arboles frondozos. Las veredas estaban impecables, y la gente parecía siempre feliz. Yo recuerdo muy poco de los primeros años, pero aquel lugar tenía un encanto único, que lo hacía ser diferente a todos los demás barrios que lo rodeaban. Era un típico barrio de película. Sus personajes eran pintorescos, a veces incluso raros, pero la gente era buena y solidaria. ¡Cuan diferente al barrio de hoy en día!
En algún punto, que no llego a identificar cabalmente, aquel paraíso se trunco, se desvió de su cause, como un rió desbocado por la tormenta. Y es que la analogía es totalmente adecuada, ya que si comparamos ambos barrios, el de hace 25 años y el de hoy, veríamos que el actual, se semeja a un paraje desvastado luego de una tormenta.
Yo viví desde los cuatro años. Mis primeros años fueron felices, los más gratificantes de mi existencia, pero poco a poco, la droga, el crimen y la violencia se apoderaron de este pequeño barrio del conurbano...
1
Creo que la primera vez que sentí temor caminando por las calles de mi barrio, fue a los doce años, uno de los tantos días que volvía de la escuela. Hacía poco tiempo que se había formado una barrita de unos seis chicos mayores, que no tenían respeto por nada ni nadie. Su líder se hacía llamar Laredo, y tenían unos diecisiete años. Había escuchado algunos comentarios antes sobre ellos, pero jamás me había cruzado con él y su barra.
Aquel día me interceptaron a mitad de camino, volviendo a casa. Laredo tenía los ojos vidriosos, como si estuviera perdido. Ahora se que lo más probable fuera que estuviera drogado, pero en esa época yo apenas había escuchado alguna vez nombrar la palabra Marihuana; menos aún sabía sobre la existencia de las llamadas drogas duras como la Heroína o el LCD. Laredo me miraba insistentemente como intentando infundirme temor. Por suerte no mostraron mayor interés en mi persona, pero aquel día tuve la sensación de que no podría caminar nunca más sin sentir ninguna clase de temor. Allí estarían siempre Laredo y sus amigos, y eso no me dejaba para nada tranquilo.
El tiempo pasó, y lentamente al principio, y luego de un modo mucho más acelerado, Laredo y su banda comenzaron a sembrar el terror en las calles. Robos, golpizas, peleas con las demás bandas que se fueron formando. En pocos años, el barrio se había convertido en un lugar muy peligroso. Para esa época yo tenía veinte años. Mi novia había quedado embarazada. Ya estábamos pensando hacia meses irnos a vivir juntos en algún momento; así que opté por lo más lógico, adelantar los planes.
Mi pobre vieja se quedó entonces sola en aquel barrio. Había vivido tanto tiempo en ese mismo lugar, que la sola idea de dejarlo, le parecía intolerable. Así que no hubo modo de convencerla, y Vicky y yo nos mudamos.
2
El barrio parecía poblarse cada vez con personajes más peligrosos. Laredo se había convertido en el líder de una bien organizada mafia, que dentro del barrio hacía lo que quería. Lejos habían quedado aquellos primeros años en los que un grupo de chicos algo drogados, aterrorizaban a quienes pasaban por "su territorio". Ahora los negocios eran un tanto más complejos: Prostitución, Drogas, Contrabando de toda clase de cosas. Se habían diversificado y a la vez habían logrado absorber o eliminar a la competencia.
Yo había terminado la universidad, y mi matrimonio con Victoria me daba muchas satisfacciones. Nuestra hija tenía cinco años. Se llamaba Alejandra. Era una niña muy pizpireta, que siempre tenía una sonrisa en sus labios. La vida parecía sonreírme.
Un día, como tantas otros, salí del trabajo, y luego de pasar a buscarlas, nos fuimos a la casa de mi madre. Ella seguía negándose a irse de allí, aún después de enterarse de la muerte de su vecina Lavinia, a manos de la mafia de Laredo. La mujer se había atrasado dos meses en el pago de una deuda que mantenía con uno de sus prestamistas. Según lo que había escuchado, su muerte había sido un mensaje para todos los demás...
Fui por el mismo camino de siempre; doblé en la misma esquina, y me detuve en el mismo semáforo que cada vez. Pero esta vez hubo algo diferente, sentí un ruido estrepitoso, y en seguida vi una mancha de sangre en el rostro de Vicky. Me miraba sin entender nada, como si no estuviera del todo consciente. Poco después sentí un ruido similar, pero a diferencia de la vez anterior, el que comenzó a sangrar fui yo. Sentí como me desvanecía y perdía el conocimiento.
Desperté horas después en una cama de hospital. Me sentía muy débil y casi no podía moverme. Miré a mí alrededor y nadie parecía prestarme atención. Fue recién casi media hora después, que una de las enfermeras se acercó a hablarme. Me decía que había estado muy grave, pero que milagrosamente estaba fuera de peligro. Pregunté por Victoria. Recordaba el ruido y la copiosa cantidad de sangre que salía de su cabeza. Dudaba si decirme o no, pero finalmente habló: mi mujer había muerto...
Continuara... parte2
Tenía calles llenas de arboles frondozos. Las veredas estaban impecables, y la gente parecía siempre feliz. Yo recuerdo muy poco de los primeros años, pero aquel lugar tenía un encanto único, que lo hacía ser diferente a todos los demás barrios que lo rodeaban. Era un típico barrio de película. Sus personajes eran pintorescos, a veces incluso raros, pero la gente era buena y solidaria. ¡Cuan diferente al barrio de hoy en día!
En algún punto, que no llego a identificar cabalmente, aquel paraíso se trunco, se desvió de su cause, como un rió desbocado por la tormenta. Y es que la analogía es totalmente adecuada, ya que si comparamos ambos barrios, el de hace 25 años y el de hoy, veríamos que el actual, se semeja a un paraje desvastado luego de una tormenta.
Yo viví desde los cuatro años. Mis primeros años fueron felices, los más gratificantes de mi existencia, pero poco a poco, la droga, el crimen y la violencia se apoderaron de este pequeño barrio del conurbano...
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Creo que la primera vez que sentí temor caminando por las calles de mi barrio, fue a los doce años, uno de los tantos días que volvía de la escuela. Hacía poco tiempo que se había formado una barrita de unos seis chicos mayores, que no tenían respeto por nada ni nadie. Su líder se hacía llamar Laredo, y tenían unos diecisiete años. Había escuchado algunos comentarios antes sobre ellos, pero jamás me había cruzado con él y su barra.
Aquel día me interceptaron a mitad de camino, volviendo a casa. Laredo tenía los ojos vidriosos, como si estuviera perdido. Ahora se que lo más probable fuera que estuviera drogado, pero en esa época yo apenas había escuchado alguna vez nombrar la palabra Marihuana; menos aún sabía sobre la existencia de las llamadas drogas duras como la Heroína o el LCD. Laredo me miraba insistentemente como intentando infundirme temor. Por suerte no mostraron mayor interés en mi persona, pero aquel día tuve la sensación de que no podría caminar nunca más sin sentir ninguna clase de temor. Allí estarían siempre Laredo y sus amigos, y eso no me dejaba para nada tranquilo.
El tiempo pasó, y lentamente al principio, y luego de un modo mucho más acelerado, Laredo y su banda comenzaron a sembrar el terror en las calles. Robos, golpizas, peleas con las demás bandas que se fueron formando. En pocos años, el barrio se había convertido en un lugar muy peligroso. Para esa época yo tenía veinte años. Mi novia había quedado embarazada. Ya estábamos pensando hacia meses irnos a vivir juntos en algún momento; así que opté por lo más lógico, adelantar los planes.
Mi pobre vieja se quedó entonces sola en aquel barrio. Había vivido tanto tiempo en ese mismo lugar, que la sola idea de dejarlo, le parecía intolerable. Así que no hubo modo de convencerla, y Vicky y yo nos mudamos.
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El barrio parecía poblarse cada vez con personajes más peligrosos. Laredo se había convertido en el líder de una bien organizada mafia, que dentro del barrio hacía lo que quería. Lejos habían quedado aquellos primeros años en los que un grupo de chicos algo drogados, aterrorizaban a quienes pasaban por "su territorio". Ahora los negocios eran un tanto más complejos: Prostitución, Drogas, Contrabando de toda clase de cosas. Se habían diversificado y a la vez habían logrado absorber o eliminar a la competencia.
Yo había terminado la universidad, y mi matrimonio con Victoria me daba muchas satisfacciones. Nuestra hija tenía cinco años. Se llamaba Alejandra. Era una niña muy pizpireta, que siempre tenía una sonrisa en sus labios. La vida parecía sonreírme.
Un día, como tantas otros, salí del trabajo, y luego de pasar a buscarlas, nos fuimos a la casa de mi madre. Ella seguía negándose a irse de allí, aún después de enterarse de la muerte de su vecina Lavinia, a manos de la mafia de Laredo. La mujer se había atrasado dos meses en el pago de una deuda que mantenía con uno de sus prestamistas. Según lo que había escuchado, su muerte había sido un mensaje para todos los demás...
Fui por el mismo camino de siempre; doblé en la misma esquina, y me detuve en el mismo semáforo que cada vez. Pero esta vez hubo algo diferente, sentí un ruido estrepitoso, y en seguida vi una mancha de sangre en el rostro de Vicky. Me miraba sin entender nada, como si no estuviera del todo consciente. Poco después sentí un ruido similar, pero a diferencia de la vez anterior, el que comenzó a sangrar fui yo. Sentí como me desvanecía y perdía el conocimiento.
Desperté horas después en una cama de hospital. Me sentía muy débil y casi no podía moverme. Miré a mí alrededor y nadie parecía prestarme atención. Fue recién casi media hora después, que una de las enfermeras se acercó a hablarme. Me decía que había estado muy grave, pero que milagrosamente estaba fuera de peligro. Pregunté por Victoria. Recordaba el ruido y la copiosa cantidad de sangre que salía de su cabeza. Dudaba si decirme o no, pero finalmente habló: mi mujer había muerto...
Continuara... parte2
