lunes, 25 de mayo de 2009

Ya nada importara... (parte1)

"La casa de mi madre estaba en la esquina noreste de lo que yo siempre consideré mi barrio. yo se que no es el mejor sitio para vivir, pero cuando mis padres se mudaron, en los 70', aquel, era un sitio precioso...
Tenía calles llenas de arboles frondozos. Las veredas estaban impecables, y la gente parecía siempre feliz. Yo recuerdo muy poco de los primeros años, pero aquel lugar tenía un encanto único, que lo hacía ser diferente a todos los demás barrios que lo rodeaban. Era un típico barrio de película. Sus personajes eran pintorescos, a veces incluso raros, pero la gente era buena y solidaria. ¡Cuan diferente al barrio de hoy en día!
En algún punto, que no llego a identificar cabalmente, aquel paraíso se trunco, se desvió de su cause, como un rió desbocado por la tormenta. Y es que la analogía es totalmente adecuada, ya que si comparamos ambos barrios, el de hace 25 años y el de hoy, veríamos que el actual, se semeja a un paraje desvastado luego de una tormenta.
Yo viví desde los cuatro años. Mis primeros años fueron felices, los más gratificantes de mi existencia, pero poco a poco, la droga, el crimen y la violencia se apoderaron de este pequeño barrio del conurbano...


1

Creo que la primera vez que sentí temor caminando por las calles de mi barrio, fue a los doce años, uno de los tantos días que volvía de la escuela. Hacía poco tiempo que se había formado una barrita de unos seis chicos mayores, que no tenían respeto por nada ni nadie. Su líder se hacía llamar Laredo, y tenían unos diecisiete años. Había escuchado algunos comentarios antes sobre ellos, pero jamás me había cruzado con él y su barra.
Aquel día me interceptaron a mitad de camino, volviendo a casa. Laredo tenía los ojos vidriosos, como si estuviera perdido. Ahora se que lo más probable fuera que estuviera drogado, pero en esa época yo apenas había escuchado alguna vez nombrar la palabra Marihuana; menos aún sabía sobre la existencia de las llamadas drogas duras como la Heroína o el LCD. Laredo me miraba insistentemente como intentando infundirme temor. Por suerte no mostraron mayor interés en mi persona, pero aquel día tuve la sensación de que no podría caminar nunca más sin sentir ninguna clase de temor. Allí estarían siempre Laredo y sus amigos, y eso no me dejaba para nada tranquilo.

El tiempo pasó, y lentamente al principio, y luego de un modo mucho más acelerado, Laredo y su banda comenzaron a sembrar el terror en las calles. Robos, golpizas, peleas con las demás bandas que se fueron formando. En pocos años, el barrio se había convertido en un lugar muy peligroso. Para esa época yo tenía veinte años. Mi novia había quedado embarazada. Ya estábamos pensando hacia meses irnos a vivir juntos en algún momento; así que opté por lo más lógico, adelantar los planes.
Mi pobre vieja se quedó entonces sola en aquel barrio. Había vivido tanto tiempo en ese mismo lugar, que la sola idea de dejarlo, le parecía intolerable. Así que no hubo modo de convencerla, y Vicky y yo nos mudamos.

2

El barrio parecía poblarse cada vez con personajes más peligrosos. Laredo se había convertido en el líder de una bien organizada mafia, que dentro del barrio hacía lo que quería. Lejos habían quedado aquellos primeros años en los que un grupo de chicos algo drogados, aterrorizaban a quienes pasaban por "su territorio". Ahora los negocios eran un tanto más complejos: Prostitución, Drogas, Contrabando de toda clase de cosas. Se habían diversificado y a la vez habían logrado absorber o eliminar a la competencia.

Yo había terminado la universidad, y mi matrimonio con Victoria me daba muchas satisfacciones. Nuestra hija tenía cinco años. Se llamaba Alejandra. Era una niña muy pizpireta, que siempre tenía una sonrisa en sus labios. La vida parecía sonreírme.

Un día, como tantas otros, salí del trabajo, y luego de pasar a buscarlas, nos fuimos a la casa de mi madre. Ella seguía negándose a irse de allí, aún después de enterarse de la muerte de su vecina Lavinia, a manos de la mafia de Laredo. La mujer se había atrasado dos meses en el pago de una deuda que mantenía con uno de sus prestamistas. Según lo que había escuchado, su muerte había sido un mensaje para todos los demás...
Fui por el mismo camino de siempre; doblé en la misma esquina, y me detuve en el mismo semáforo que cada vez. Pero esta vez hubo algo diferente, sentí un ruido estrepitoso, y en seguida vi una mancha de sangre en el rostro de Vicky. Me miraba sin entender nada, como si no estuviera del todo consciente. Poco después sentí un ruido similar, pero a diferencia de la vez anterior, el que comenzó a sangrar fui yo. Sentí como me desvanecía y perdía el conocimiento.

Desperté horas después en una cama de hospital. Me sentía muy débil y casi no podía moverme. Miré a mí alrededor y nadie parecía prestarme atención. Fue recién casi media hora después, que una de las enfermeras se acercó a hablarme. Me decía que había estado muy grave, pero que milagrosamente estaba fuera de peligro. Pregunté por Victoria. Recordaba el ruido y la copiosa cantidad de sangre que salía de su cabeza. Dudaba si decirme o no, pero finalmente habló: mi mujer había muerto...

Continuara... parte2

jueves, 7 de mayo de 2009

La espera

"...Hacía casi dos horas que esperaba en aquella esquina frente a la estación. Estaba vestida de un modo elegante, pero algo sugerente. La joven era muy hermosa; tenía esa mirada de hastío que denotaba que no quería permanecer allí por más tiempo. Camila veía hacia todas partes, y notaba como los hombres que pasaban la devoraban con los ojos. Llevaba un traje bastante ceñido al cuerpo, que permitía adivinar perfectamente todas sus curvas.
Ella en general era muy recatada, pero aquel día en particular, había accedido a vestirse así después de que "él" se lo había pedido tantas veces. En realidad no estaba tan atrevida. El vestido beige largo hasta el final de sus muslos, tenía un escote que apenas dejaba ver el inicio de su considerables pechos. Llevaba un par de botas largas de gamuza rojas, y el pelo suelto cayéndole hasta la mitad de la espalda. Hacía mucho tiempo que había comenzado a sentirse incomoda allí parada en aquella esquina; y el desconsiderado de su novio seguía sin aparecer.
Yo la observaba hacía rato desde el puesto de señales de la barrera del tren. Era una mujer extremadamente bella. Al principio la observé como todos los demás, pero conforme pasaba el tiempo comenzaba a sentirme mal por ella. De repente observé como un tipo de unos treinta y cinco años se le acercó y con una expresión de lacividad en su rostro, empezó a hablarle.
- Hola hermosa, ¿Cuánto cobrás por hora mi vida?- Ella que no estaba de muy buen humor se dio vuelta y le dio un carterazo en la cara. El tipo herido en su orgullo se marchó raudamente, mientras yo me destornillaba de risa dentro de mi cabina. Ella miró hacia donde estaba yo, y al verme reir, se dio cuenta de que había visto todo. Un súbito rumor inundó sus blancas mejillas, y casi de inmediato volteó dandome la espalda.
Yo en ese momento no sabía nada de ella; ni su nombre, ni del novio, ni de la dichosa cita, pero se notaba a la legua que ella era una muchacha bastante tímida. Seguía de espaldas a mi cabina, y aunque estaba seguro de que era consciente de que la seguía observando, no parecía tener intenciones de volver a voltearse, al menos para decirme algo.
En ese momento, otro tipo se le acercó y comenzó a hablarle en el oido. La chica se veía realmente incómoda, y yo notaba como enroscaba la tira de su cartera en su puño derecho. El golpe que no se hizo esperar, fue directo a la cara del él. Pero a diferencia del anterior, este no tenía intenciones de desaparecer.
Comenzó a tirarle con fuerza del brazo mientras ella forcejeaba. De repente su cabeza giró hacia donde estaba yo, y con ojos suplicantes me miró como pidiendome que la salvara. Por supuesto que no podía hacerme el tonto y no actuar. Así que abandone mi puesto en la cabina, y casi corriendo me dirigí hacia ellos. Aquel animal seguía forcejeando y parecía no haberse percatado de mi presencia. Lo agarré del hombro y con firmeza le hablé.
- La chica no quiere saber nada. ¿Qué es lo que no entendés?- ella no decía nada.
El tipo me miró con odio, y dandose vuelta intentó golpearme.
Mi reacción me sorprendió incluso a mi mismo. Ya que sin siquiera pensarlo, mi brazo se movió como un resorte, y practicandole una palanca sobre el suyo, en menos de tres segundos lo tenía con la cara contra el suelo, y el dichoso brazo completamente retorcido. El tipo trataba de no moverse. Yo, mantenía la presión sobre su muñeca, evitando de ese modo, que pudiera levantar la cabeza.
Ella me miraba sorprendida; él había reemplazado su expresión de odio, por otra de dolor. Suplicaba que le soltara el brazo, mientras que yo, haciendome el desentendido, seguía retorciendo su muñeca. El tipo seguía con la cara contra el cemento, y yo no me acercaba cada vez más a su oido.
- Cuando te suelte, quiero que te esfumes. Quiero verte correr a toda velocidad, sin mirar hacia atras ¿Estamos de acuerdo, grandisimo idiota?- Aflojé un poco la presión, él pudo entonces levantar un poco la cabeza y como pudo asintió con un leve movimiento.
Cuando lo solté, el tipo se incorporó, y volvió a mirarme con odio. Pero pocos segundos después, levantó sus anteojos del piso, y salió corriendo por la calle.
-¿Estás bien?- le pregunté a ella, luego de que el animal había desaparecido. Ella me miró con dulzura, y casi de inmediato, me agradeció lo que había hecho.
Hablamos un buen rato. Fue entonces que supe su nombre, sobre la existencia del novio desconsiderado, y la razón por la cual esperaba en aquella esquina, vestida así, desde hacía casi dos horas y media. Parecía ser una chica extremadamente inteligente. Se la veía muy enojada por la falta de consideración del novio; pero me aseguró que lo esperaría allí hasta que apereciera. No me pareció lo más acertado, pero nada podía hacer al respecto. Tomé entonces las dos o tres cosas, que había dejado en el suelo al llegar, y regresé mi puesto en la cabina de señales.

Pasó aún una hora más, pero finalmente el novio llegó. La discusión a la que asistí cuando eso ocurrió, me pareció épica. Ella le gritaba a viva voz, mientras él parecía más preocupado por las apariencias, que por los reclamos de su chica. Finalmente él se fue, y ella volvió a quedarse allí, completamente sola. Yo acababa de terminar mi turno, pero había decidido esperar para quedarme tranquilo. Esperé a que el novio desapareciera, y me volví a acercar. Ella tenía los ojos vidriosos, y hacía grandes esfuerzos para contener el llanto. Me miró, sin entender porque aún estaba allí, pero no me dijo nada.
-¿Te vas a quedar acá? Si querés te puedo acercar a alguna parte...- Por un momento me miró como si me analizara. Creo que en ese instante, estaba decidiendo si era o no de fiar. Finalmente sonrió visiblemente y me contestó.
- La verdad no quiero molestarte. Vivo algo lejos de aquí, a seis estaciones para allá.- dijo mientras apuntaba con su dedo hacia las afueras de la ciudad.
- Mirá que casualidad: yo vivo cerca de esa mima estación. No será ningún problema alcanzarte. Eso si no crees que sea alguna clase de psicopata o algo por el estilo.- Camila volvió a sonreirme y agradeció mi ofrecimiento. Había algo en esa chica que inspiraba ternura. Su voz, su sonrisa, conformaban un todo que le conferían la imagen de niña inocente pero sin embargo sumamente magnética.
La guié hasta mi auto y le abría la puerta para que pudiera subir. No tarde mucho en arrancar el auto, pero por un momento me pareció que el tiempo corría mucho más lento. Comenzamos a hablar sobre muchas cosas; aparentemente congeniabamos a la perfección. Parecía como si nos conocieramos de mucho tiempo.
El trayecto duró casi una hora, lo que nos dio la oportunidad de charlar, reir, conocernos un poco. Al final del viaje, yo había comenzado a sentirme sumamente atraido -más allá de su belleza- por su personalidad y su carisma. Sentía una afinidad que jamás había sentido con ninguna mujer antes. Pero la existencia del novio, y todo lo ocurrido aquella tarde, hacía que no me atreviera a decirselo. Finalmente llegamos a la puerta de su casa, y el momento de despedirnos. Ella se acercó y me dió un casto beso en la mejilla. Noté que se había puesto roja como un tomate, pero en ese momento no le di la menor importancia. Parecía estar esperando algo, pero como nunca había sido muy ducho en cuestiones de polleras, no llegué a decifrar lo que sus preciosos ojos me decían. Así que la dejé ir..."

- Y aca estoy, sentado en este bar, contandote a vos mi historia. ¿Podés creer que no logro acordarme ni siquiera su dirección? Y eso que la dejé en la puerta de la casa. Si, ya se lo que estás pensando, y debo decir que llegué a la misma conclusión: Ella esperaba que hiciera algo; que la invitara a tomar un café, que le pidiera su número o le dejara el mio con alguna escusa poco creible... cualquier cosa. Pero yo he sido siempre un caballero, y mi absurda caballerosidad me hizo ver que no debía aprovecharme de su estado de ánimo. Si, soy un idiota; ya lo se. Es por eso que estoy acá sentado. Ahogando mi frustración, en una botella de Wisky...