Viene de la parte 2
Hacía dos días que Ian Campbell esperaba en su hotel. Durante ese tiempo no se había atrevido a salir de allí, convencido como estaba de que podía recibir aquel llamado en cualquier momento. Pasaba su tiempo entre su habitación y el hall del hotel, leyendo publicaciones electrónicas en su e-paper, y escuchando música de artistas de principios del siglo 21. A diferencia de la mayor parte de sus amigos y parientes, jamás se había implantado un "chip sináptico". Sus razones eran diferentes a las de aquellas personas, aterradas con la idea de una operación cerebral: sufría de una rara condición neurológica que tornaba peligrosa, incluso la más pequeña incisión en su cerebro.
Para él, una operación como esa implicaba enormes riesgos; que incluso con la fabulosa tecnología de principios del siglo 23, resultaban imposibles de eliminar. Por ese motivo, Ian se había acostumbrado a interactuar con la tecnología a través de periféricos, del mismo modo en el que lo había hecho su abuelo.
Ese día, se había levantado muy temprano; tanto que cuando fue a tomar el desayuno, las luces estaban aun apagadas. Tenía la sensación de que aquel día pasaría algo muy importante, y la ansiedad le había impedido seguir durmiendo. Como el comedor aún no había abierto, prefirió ir al hall y seguir leyendo. De inmediato se sumergió en su lectura, y todo lo demás, aquello que sucedía a su alrededor, pasó a un segundo plano. Los ruidos y las voces, resultaban para él lo mismo que un murmullo o una ambientación; un sonido de fondo. Las horas pasaron sin que se diera cuenta, y para cuando terminó de leer, el desayuno ya había quedado muy atrás, y el personal del hotel, preparaba el almuerzo. Ian se levantó del cómodo sillón del recibidor, y se acercó al mostrador.
-¿Algún mensaje para mi?- preguntó entonces con algo de ansiedad. Por algún motivo, estaba absolutamente convencido de que la respuesta sería "sí". Y no se equivocaba...
El recepcionista, revisó los casilleros numerados, correspondientes a cada una de las habitaciones, y tomó un papel del casillero de la suya. Estiró entonces su mano, y se lo entregó. La hoja estaba doblada a la mitad; Ian miraba la hoja sin poder moverse, sabía que solo había dos respuestas posibles... Finalmente tomó coraje y desdobló la hoja. En su interior solo se leía una frase: "Podés venir cuando quieras." En su rostro, se dibujó una enorme sonrisa. La angustia que había sentido durante aquellos días, había desaparecido por completo.
Guardó entonces el papel en un bolsillo, y volvió a revisar la hora: En pocos minutos servirían el almuerzo, por lo que decidió preparar sus cosas, y bajar a comer. Ya tendría tiempo, una vez tuviera el estomago lleno, de salir del hotel, y volver a la casa de los Sefranti...
Mientras tanto, Lucía aún se preguntaba si había tomado la decisión más acertada. Aún no estaba del todo segura sobre nada; sin embargo, para bien o para mal, ya la había tomado, y en poco tiempo, aquel joven británico, tocaría la puerta de su casa.
Durante aquellos dos días, había meditado mucho las cosas. Comenzaba a creer que se había escondido por suficiente tiempo, y que era hora de dejarlo de hacer. Hacía mucho que esperaba que alguien tocara a su puerta, que alguna persona quisiera reflotar la investigación de su hermana. Sabía que el día que eso sucediera, alguien podría descubrir su historia. Aquel muchacho que apenas comenzaba a salir del cascarón, era ese alguien al que tanto había esperado y a la vez temido durante tantos años. Realmente ni ella entendía muy bien a que le tenía tanto miedo.
Era tanta la ansiedad que sentía, que solo podía soportarla manteniendose ocupada. Y había sido por esa razón, que se había dedicado a ordenar los archivos de su hermana; a clasificar las diferentes investigaciones, notas y documentos, que llevaban años guardados en gruesas carpetas con tapas de cuero negro. Había mucho material en ese cuarto, y lo increíble era que aquella, era la primera vez que lo revisaba...
Finalmente, a eso de las tres de la tarde de aquel día, el timbre sonó. Lucía sabía perfectamente quien era el que esperaba al otro lado de la puerta. Dejó aquello que estaba haciendo, y fue a abrir. Su corazón latía ruidosamente; sus manos temblaban. En pocos segundos, estaría cara a cara, con aquella persona que lo cambiaría todo. Aunque lo intentaba, no podía contener su nerviosismo. Lo que no sabía era que a Ian Campbell, le estaba pasando lo mismo...
continuará parte 4
