jueves, 13 de agosto de 2009

Cinco Años

El colectivo dobló justo en la esquina anterior a la que ella esperaba. Aldana se quedó mirando embobada, como perdía la oportunidad de alcanzarlo. Su colectivo no paró ni en esa ni en ninguna de las siguientes diez esquinas. Claro que si por error uno se toma un rápido, eso no resulta tan extraño...

Hacía casi cinco años que lo había visto por última vez. En esa ocasión, él le había dicho que debía partir al extranjero, para emprender unos estudios, pero que no se preocupara, que se mantendrían en contacto por carta o por mail. Lo cierto era que desde entonces, jamás había recibido un solo mail, y mucho menos una carta o una postal.
Ella había estado muy enamorada, y aquella desaparición tan brusca, le había partido el alma. Esos últimos cinco años había endurecido su corazón a tal punto, que no había vuelto a enamorarse de nadie. Ya no sentía absolutamente nada por él. Y hasta que esto sucedió, no había pensado para nada en él, por casi tres años. Era evidente que su corazón había sanado, o al menos eso había creído ella hasta el momento en que se lo cruzó en la calle...


Caminaba por el centro como lo hacía casi todos los días. Trabajaba para una empresa de consultoría, y su trabajo consistía en ir a los clientes para efectuar las evaluaciones que requería la tarea. Habría caminado unos treinta minutos sin un rumbo fijo, intentando despejar la cabeza; relajarse. Había sido una semana muy complicada.
De repente le pareció ver de refilón a alguien conocido, su rostro perdido entre un mar de rostros. Agudizó un poco sus sentidos, y al verlo, el corazón le dio un vuelco. Era él; después cinco años de no tener noticias, después de casi tres años sin pensar siquiera en él, allí estaba a unos pocos metros de ella.
Aldana se acercó lo más rápido que pudo diciendo su nombre en voz alta, pero él no se daba por aludido. Finalmente lo vio de frente, y con un tímido "hola" lo saludó; el otro le devolvió el saludo, pero no parecía saber quien era ella. Aldana no entendía porqué hacía de cuenta que no la conocía, pero se mantuvo allí, parada frente a él.
Aquel hombre a quien ella conocía como a nadie más, se despidió con un gesto y se subió a un colectivo. Ella quedó allí parada con el corazón destrozado. Lo que más le había dolido, era la forma en que la había mirado: como si realmente, jamás la hubiera visto.
Para cuando pudo reaccionar, el colectivo estaba a una o dos cuadras de distancia. Miró entonces en el sentido contrario y vio que otro coche se acercaba. A ese se subió. Pero no se había dado cuenta de un detalle: era un "semi rápido". Lo habría perdido nuevamente, y esta vez casi seguro hubiera sido para siempre; pero por algún motivo, el destino no quería ese desenlace...
Unas veinte cuadras después, el colectivo en el que ella iba se descompuso, y todos ellos se bajaron. Fue entonces que volvió a verlo. Observaba hacia todas partes, como si tratara de encontrar algo o a alguien. Finalmente, ella vio como se sentaba en un banco, dejándose caer pesadamente. Aldana, que estaba a unos cien metros de allí, raudamente se acercó hasta pararse delante de él y nuevamente lo saludo.

- Hola Julián...- él la miró extrañado, y finalmente, con un marcado acento extranjero le contestó.
-¿A caso tu me conoces?- ella lo observó muy sorprendida, pero le contestó.
- Por supuesto que te conozco. Hace cinco años que no te veo, pero te reconocería en cualquier parte.- El se rascó la cabeza, aún intentando asociar su rostro con algún recuerdo. Parecía que aquello le costaba horrores. Finalmente su cara se iluminó y entonces habló.
- Creo que algo recuerdo. Tú y yo nos conocimos hace unos ocho años. Claro que eso fue mucho antes de mi accidente...-
-¿Accidente?- el asintió cabeza.
- Si, me ocurrió a los tres o cuatro días de llegar a Frankfurt. Tuve un accidente de tránsito, y desde entonces no recuerdo más que algunas cosas inconexas. Una imagen, un sonido, un olor... Cosas que de repente me resultan muy familiares, pero nada más. Volví a la Argentina para intentar recordar algo. Mi terapeuta dice que eso puede ayudar.
-¿No recordás nada de nada? ¿Ni siquiera tu nombre?-
- No se cual es mi segundo nombre: en mis documentos, solo figuraba la inicial.- De repente el odio hacia ese hombre había desaparecido. Tan solo quedaban el dolor y la incertidumbre. Pero incluso eso, de algún modo, le resultaba reconfortante. Esbozó entonces una sonrisa y le habló.
- "Alejandro". Tu nombre es Julián Alejandro Xisqueira...-
- Por lo que veo me conoces bastante bien.- ella asintió con la cabeza y con un gesto algo melancólico que él detectó enseguida le contestó.
- Mucho más de lo que imaginás...- y luego de una pequeña pausa le preguntó aquello que le estaba carcomiendo la cabeza.- ¿Tenés novia?-
-¿Novia?- preguntó bastante confundido.
- Alguna chica que te esté esperando en Frankfurt.- él, que comenzaba a imaginarse que clase de relación había existido entre ellos, sonrió.
- No.- Aldana entonces sonrió también. Había muchas cosas que debía explicarle. Y lugares que mostrarle.
Fue entonces que levantó la vista y de pronto se dio cuenta, de que estaban sentados frente al edificio, donde ella había vivido cinco años atrás. Volteó entonces hacia Julián y lo miró sin entender nada.
- Sabes una cosa - continuó él- Siempre tuve la sensación de que alguien, me estaba esperando en Buenos Aires...-

viernes, 7 de agosto de 2009

El secreto Peor Guardado

"La empresa no se responsabiliza por el daño, robo, hurto o deterioro de los vehículos..." Alberto jamás había dado demasiada importancias a ese tipo de carteles. Pero de repente se había dado cuenta de que normalmente, se veían por todos lados: en el estacionamiento de un hipermercado, un shoping, o calquier clase de negocio con estacionamiento propio. Incluso había muchas cocheras de pago, que colgaban carteles con leyendas similares a esa, pero nunca les había dado importancia. Cierto era también, que jamás le había sucedido algo al dejar su auto en uno de esos lugares. Hasta ese día...
La imagen que tuvo frente a él, al volver con la bolsa de supermercado, fue devastadora. La puerta del auto estaba forzada y abierta de par en par. Faltaban el estereo y los parlantes, pero lo más grave de todo, era que habían estado revisando su guantera, y habían desaparecido ciertos papeles de suma importancia. Eran papeles muy valiosos; tanto que ni siquiera debería haberlos sacado del edificio de su compañia.
Pero el destino mesquino, había determinado que contrariamente a lo que había hecho durante casi quince años, ese día atendiera al consejo de su jefe: "Llevate los papeles, así ves si podés solucionar el fallo este fin de semana." Según los diagramas, el circuito tenía un error constructivo, que, haría que el dispositivio ni siquiera encendiera.
Ese dato lo había arrojado la medición de cargas y el procedimiento de medición indirecta, utilizado durante las pruebas en banco de laboratorio. Pero de ninguna manera podían determinar exactamente donde estaba la falla.
Por eso se había llevado los papeles, para cumplir con los tiempos de entrega. Pero en ese instante se sentía bastante confundido. Sabía que si llamaba a su empresa e informaba los hechos, lo más probable fuera que lo echaran sin más. Daba por sentado desde ya, que el Ingeniero Dodero, no diría lo que realmente había pasado.
Se volteó con furia hacia la cabina del cobrador. El tipo lo vio, pero ni siquiera se inmuto. Se acercó a él con paso firme y comenzó a vociferar. El empleado mantuvo el semblante totalmente relajado, y sin sobresaltarse le indicó el cartel detrás suyo: "La empresa no...". Alberto montó en colera, pero a sabiendas de que no serviría de nada, se alejó de aquella cabina y se subió al auto.

Su carrera se había arruinado. En cuanto se supiera en el ambiente lo que había pasado, nadie más lo contrataría. ¿Quién podría confiar en alguien tan estúpido como él?. Conducía como si lo lo persiguiera un demonio. Se pasaba los semáforos sin siquiera mirar si estaba o no en verde. Nada parecía importarle demasiado.
De pronto creyó recordar que la noche anterior había bajado algunas cosas del coche. Sintió que aún había una pequeña esperanza de que los papeles no se hubiesen perdido. Pisó aún más a fondo el acelerador, con un único pensamiento en su mente: llegar a su casa lo antes posible.
Fue en una esquina, unas cinco o seis cuadras antes de llegar a su casa, que una luz cegadora, lo iluminó. Los faroles de aquel enorme camión parecían las luces de un faro. Alberto no veía nada, y pronto se estrelló contra un poste de teléfono...

En ese preciso instante, la mujer de Alberto, Laura, se prestaba a poner un poco de orden entre los papeles en el escritorio de su marido. Eran casi las nueve de la noche, y comenzaba a preguntarse donde se habría metido. Arriba del escritorio, junto a su maletín y un par de papeles más, encontró una carpeta con diagramas y circuitos. Le pareció raro ver eso allí, ya que jamás había llevado antes trabajo el fin de semana. En la tapa decía "Diagramas y objetos constructivos: Acelerómetro electromagnético". Laura colocó la carpeta en un lugar visible arriba del escritorio, y salió del cuarto.
Mientras tanto Alberto yacía desmayado sobre el airbag del auto. Los paramédicos no tardaron en llegar. Por suerte no le había pasado nada grave. El médico que lo revisó en emergencias parecía muy optimista.
Laura, había llegado al hospital pocos minutos despues que su esposo. Durante toda esa noche se quedó cerca de él. No tenían hijos, ni siquiera un simple perro. Se tenía tan solo el uno al otro...


Pasarían aún dos días más, hasta que Alberto regresara a su casa y pudiera recuperar aquello, que le había provocado semejante conmoción. Por el accidente no se preocupaba demasiado; el arreglo del coche lo cubriría el seguro. Solo le preocupaban los dichosos papeles. Por suerte para él, aquel era un fin de semana largo...