lunes, 19 de octubre de 2009

El último Puesto de Diarios

Hacía años desde que don José, había vendido el último diario, la última revista, la última colección. Si seguía yendo todos los días a abrir el kiosco, era tan solo porque no sabía que más hacer.
Por supuesto que su tozudez tenía muchísimo que ver, pero definitivamente, la verdadera razón por la que seguía levantándose día a día a abrir aquel puesto de chapa -de no más de dos por uno-, era la esperanza. La ferviente convicción de que algún día, se acercaría alguna de esas personas que solían pasar sin prestarle mayor atención, y le pediría el diario...

Hacía casi una década que las publicaciones se habían vuelto electrónicas. Los diarios se leían en dispositivos móviles, notebooks y celulares. Lo mismo pasaba con las revistas. El papel se usaba cada vez con menos frecuencia, y la fuerte caída de las ventas de las publicaciones en versión impresa, había provocado que las editoriales decidieran dejar de producirlas. Para esa época, lo único que se seguía editando en papel, eran los libros, y sus ventas ni siquiera se comparaban con las de antes...

La mayoría de los "Diarieros", habían advertido la tendencia. Buenos Aires asistió entonces, a la lenta desaparición de los "puestos de diarios y revistas". El de don José, se convirtió de repente en uno de los últimos de la ciudad. Y finalmente en el último.
Por muchos era considerado como algo pintoresco, pero lo que muy pocos entendían, era que aquel puesto ubicado en la esquina de Rivadavia y Centenera -en pleno corazón de Caballito-, era un símbolo. Un recordatorio de una época que aunque así pareciera, no estaba aún tan lejana en el tiempo.

Exactamente, habían pasado nueve años, dos meses y tres días desde aquel en que el distribuidor había entregado el último bulto con los diarios. En la portada de todos ellos aparecía el mismo titular: "ADIOS AL DIARIO EN PAPEL: desde mañana no se imprimirán más publicaciones graficas". Don José aún recordaba la punzada que sintió al leer eso, pero tratando de no desanimarse, intentó trabajar como si ese fuera un día más. El último ejemplar lo vendió a las once y treinta y seis; lo recordaba como si hubiera sido ayer. En ese momento, aún quedaban unos quince puestos de diarios. Poco después, solo quedaría él.

Para muchos, verlo levantarse temprano cada mañana, y esperar el paso del camión del reparto, era algo muy triste. Sin embargo a veces el camión pasaba. Por supuesto no tenía nada que entregar, pero era como si la inercia de toda una vida, lo obligara a seguir. Don José se quedaba en ocasiones casi una hora hablando con el conductor, recordando otros tiempos.

Si bien para la mayoría de la gente, el viejo era solo un personaje más; había un muchacho al que le daba mucha curiosidad todo aquel asunto del puesto de diarios. Tenía tan solo dieciséis años, y para él las publicaciones gráficas formaban parte de la historia. Solía pasar por el puesto de don José y se quedaba embelesado mirando las revistas viejas. Allí había de todo, incluso publicaciones para adultos, todas ellas aún dentro de su envoltorio negro.
Uno pensaría que esas eran las revistas que más llamaban la atención del muchacho, pero no era así. Lo que lo fascinaba, eran los ejemplares del último diario impreso. Podía pasar horas parado delante del puesto de diarios observando las tapas de aquellos dos diarios, que siguieron imprimiendo hasta el último día.
Por alguna extraña razón sentía en cierto punto vergüenza, y por ese motivo se comportaba como si mirar esas revistas fuera algo prohibido. Así habían pasado varios meses, hasta que ese día decidió lo que iba a hacer. Jamás se había acercado tanto al puesto, y mucho menos había hablado con él. Era evidente que el anciano se había dado cuenta de la atracción que su "kiosco" le generaba, pero si bien lo había deseado, Don José nunca había esperado escuchar nuevamente aquellas palabras...

Ramiro -tal era el nombre del joven- se acercó hasta pararse frente al anciano pero en principio no habló. El viejo lo miraba expectante con la esperanza en los ojos. El chico reculó, y casi se fue, pero finalmente levantó la vista y viéndolo directamente a la cara le habló.
- Buenos Días don José; ¿Me da un diario?- en ese momento una silenciosa lágrima comenzó a caer por su mejilla y en su rostro se dibujó la sonrisa más grande de su vida.
Don José se acercó hasta el mostrador donde aún tenía apilados los ejemplares, que aquel lejano día no había podido vender, y tomando uno de ellos se lo ofreció a Ramiro. Las manos habían comenzado a temblarle de la emoción, y lo siguieron haciendo al momento de darle el ejemplar. Ramiro que notó eso se preocupó un poco.
-¿Está bien don José?- el anciano lo miró aún con esa enorme sonrisa en los labios y la cara llena de lágrimas.

- Sí pibe.- le contestó- Me siento mejor que nunca...-

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Momento más Esperado

El tren se agitaba y se movía para todas partes. El, al igual que la mayoría de los pasajeros era consciente de que eso se debía al estado lamentable de las vías por las que circulaba. Le daba un poco de miedo el pensar que seguramente estaban sobrepasando la velocidad considerada segura, dadas las condiciones de los rieles, pero muy en el fondo, agradecía que el maquinista, hubiera decidido aumentar la velocidad.Estaba llegando muy tarde. Si se atrasaba demasiado, directamente no lo dejarían entrar. Claro que en realidad esa no era su culpa, ya que todo había ocurrido de golpe. Miró una vez más el reloj, con la firme esperanza de que el mismo se detuviera por un rato. Karina ya debía estar teniendo las primeras contracciones. Habían esperado ansiosamente ese día, pero el bebé se había adelantado casi una semana...
Sergio estaba muy exitado; eufórico sería el término más adecuado. Bajó del tren en la estación de Once y caminó las tres cuadras que lo separaban del sanatorio Mitre, como si se le fuera la vida en ello. Al llegar a las esquinas, miraba hacia ambos lados, y casi sin importarla si había alguien o no, cruzaba lo más rápido que podía. Finalmente llegó a la recepción de la clínica y se identificó. La chica de recepción levantó el telefono y marcó un número de interno. - Tranquilo señor. Todavía esta en preparto.- y dandose vuelta hacia el guardia de seguridad le hablo.- ¿Pedro? ¿Podés acompañaro hasta la sala 2 de "neo"?- Pedro asintió ante el pedido, y rápidamente salió del cuarto.- Acompáñeme señor.- Sergio dejó pasar al guardia y comenzó a caminar detrás de él.Lo condujo por una serie de pasillos y puertas, hasta que llegaron a una pequeña sala de espera, en la cual había dos sillones, una máquina de café, y un dispenser con agua fría y caliente. Sergio creyó por un momento que lo harían esperar allí, pero poco después cuando ya comenzaba a preocuparse, apareció una enfermera, y le hizo una señal para que se acercara.-¿Sos Sergio Torres?- él sintió con la cabeza, pero no dijo nada.- Acompañame que nos tenemos que preparar.- y diciendo esas palabras, lo invitó a pasar delante de ella. Mientras caminaba escuchó el ruido de la puerta al cerrarse y lo pasos de la enfermra al acercarse. Sergio se quedó parado en medio del cuarto, esperando que la chica le diera alguna indicación. Ella, caminó hasta situarse delante de un armario, y luego de mirar hacia donde estaba él una vez más, lo abrió y sacó un ambo celeste de su interior. Sergio se acercó a ella y tomó la ropa que había sacado para él. Era verano, así que solo tenía una remera y un pantalón de tela de vestir. Se puso el ambo encima de su ropa, y a una indicación de la enfermera, se sacó los zapatos. Se miró en el espejo, le resultaba extraño verse con ese atuendo; especialmente ver como lucía su cabeza, con el gorro en el pelo, y el barbijo tapando casi toda su cara.
Finalmente lo acompaño hasta la sala de parto. Allí estaba Karina. Aún en ese momento se veía radiante. Se acercó hasta la camilla, pero no habló. Su mujer que había sentido una nueva presencia en el cuarto, miró hacia donde estaba parado, y sonrió. El tomó su mano entre las suyas y la miró emocionado.- Hola amor.- le dijo- disculpá la demora.- ella lo miró con una enorme sonrisa, y le habló.- ¡Qué suerte que llegaste! No sabés cuanto necesitaba tenerte al lado mio.- el apretó aún más fuerte su mano, pero no dijo nada màs. Ella tampoco.
Las contracciones empezaron poco después. Karina comenzó a pujar entonces, siguiendo las indicaciones de la obstetra. Sergio trataba de mantener su vista en el rostro de ella, consciente como estaba de lo imprecionable que era habitualmente. Karina pujaba y respiraba a intervalos cada vez más cortos. La obstetra iba cambiando las indicaciones, al tiempo que le pedía a Sergio que le tomara más fuerte la mano a su mujer, y que continuara dandole ánimos. No era mucho lo que él podía hacer. Después de todo Karina era la que estaba haciendo todo el trabajo, pero él sabía que de algún modo, eso la reconfortaba.
Fue luego de un tiempo indefinido, durante el cual él mantuvo siempre sus ojos clavados en los de ella, habiendo oido una infinidad de quejidos y respiraciones casi entrecortadas, que escuchó algo diferente. "Ahí viene la cabeza, dale, pujá una vez más ", dijo en cierto momento la doctora; él no pudo resistir la curiosidad y miró entre las piernas de su mujer. Lo que vio entonces fue demasiado para él, y allí mismo, se desmayó.
Volvió en si dos o tres minutos después. Como era de esperarse, nadie se había preocupado demasiado por él. Sergio, se levantó como pudo, aún tambaleandose un poco. Se acercó hasta la la cabecera de la camilla y pudo ver a su mujer, sosteniendo en brazos a quien acababa de llegar a este mundo. Karina tenía una cara de felicidad indescriptible, miraba a esa pequeña personita como si no existiera nada ni nadie alrededor. Sergió se acercó un poquito más, y le tocó el brazo. Ella, lo vio recien entoces, y mirándolo fijamente le habló.-¿Querés sostener a Laura en brazos?- preguntó al tiempo que liberaba un poco la leve presión que ejercía alrededor de su hija.-¿Laura? Entonces eso quiere decir que tuvimos una nena...- Karina asintió entonces con la cabeza, al tiempo que extendía los brazos para que su marido, tomara a la bebe entre los suyos.- Si amor, tuvimos una nena.- Sergio la agarró cuidadosamente, como si estuviera manipulando la cosa más frágil del mundo. "Somos padres; ¡Qué cosa más increible!" pensó en ese momento.- Hola Laura; soy Sergio, tu papá...-