Hacía años desde que don José, había vendido el último diario, la última revista, la última colección. Si seguía yendo todos los días a abrir el kiosco, era tan solo porque no sabía que más hacer.
Por supuesto que su tozudez tenía muchísimo que ver, pero definitivamente, la verdadera razón por la que seguía levantándose día a día a abrir aquel puesto de chapa -de no más de dos por uno-, era la esperanza. La ferviente convicción de que algún día, se acercaría alguna de esas personas que solían pasar sin prestarle mayor atención, y le pediría el diario...
Hacía casi una década que las publicaciones se habían vuelto electrónicas. Los diarios se leían en dispositivos móviles, notebooks y celulares. Lo mismo pasaba con las revistas. El papel se usaba cada vez con menos frecuencia, y la fuerte caída de las ventas de las publicaciones en versión impresa, había provocado que las editoriales decidieran dejar de producirlas. Para esa época, lo único que se seguía editando en papel, eran los libros, y sus ventas ni siquiera se comparaban con las de antes...
La mayoría de los "Diarieros", habían advertido la tendencia. Buenos Aires asistió entonces, a la lenta desaparición de los "puestos de diarios y revistas". El de don José, se convirtió de repente en uno de los últimos de la ciudad. Y finalmente en el último.
Por muchos era considerado como algo pintoresco, pero lo que muy pocos entendían, era que aquel puesto ubicado en la esquina de Rivadavia y Centenera -en pleno corazón de Caballito-, era un símbolo. Un recordatorio de una época que aunque así pareciera, no estaba aún tan lejana en el tiempo.
Exactamente, habían pasado nueve años, dos meses y tres días desde aquel en que el distribuidor había entregado el último bulto con los diarios. En la portada de todos ellos aparecía el mismo titular: "ADIOS AL DIARIO EN PAPEL: desde mañana no se imprimirán más publicaciones graficas". Don José aún recordaba la punzada que sintió al leer eso, pero tratando de no desanimarse, intentó trabajar como si ese fuera un día más. El último ejemplar lo vendió a las once y treinta y seis; lo recordaba como si hubiera sido ayer. En ese momento, aún quedaban unos quince puestos de diarios. Poco después, solo quedaría él.
Para muchos, verlo levantarse temprano cada mañana, y esperar el paso del camión del reparto, era algo muy triste. Sin embargo a veces el camión pasaba. Por supuesto no tenía nada que entregar, pero era como si la inercia de toda una vida, lo obligara a seguir. Don José se quedaba en ocasiones casi una hora hablando con el conductor, recordando otros tiempos.
Si bien para la mayoría de la gente, el viejo era solo un personaje más; había un muchacho al que le daba mucha curiosidad todo aquel asunto del puesto de diarios. Tenía tan solo dieciséis años, y para él las publicaciones gráficas formaban parte de la historia. Solía pasar por el puesto de don José y se quedaba embelesado mirando las revistas viejas. Allí había de todo, incluso publicaciones para adultos, todas ellas aún dentro de su envoltorio negro.
Uno pensaría que esas eran las revistas que más llamaban la atención del muchacho, pero no era así. Lo que lo fascinaba, eran los ejemplares del último diario impreso. Podía pasar horas parado delante del puesto de diarios observando las tapas de aquellos dos diarios, que siguieron imprimiendo hasta el último día.
Por alguna extraña razón sentía en cierto punto vergüenza, y por ese motivo se comportaba como si mirar esas revistas fuera algo prohibido. Así habían pasado varios meses, hasta que ese día decidió lo que iba a hacer. Jamás se había acercado tanto al puesto, y mucho menos había hablado con él. Era evidente que el anciano se había dado cuenta de la atracción que su "kiosco" le generaba, pero si bien lo había deseado, Don José nunca había esperado escuchar nuevamente aquellas palabras...
Ramiro -tal era el nombre del joven- se acercó hasta pararse frente al anciano pero en principio no habló. El viejo lo miraba expectante con la esperanza en los ojos. El chico reculó, y casi se fue, pero finalmente levantó la vista y viéndolo directamente a la cara le habló.
- Buenos Días don José; ¿Me da un diario?- en ese momento una silenciosa lágrima comenzó a caer por su mejilla y en su rostro se dibujó la sonrisa más grande de su vida.
Don José se acercó hasta el mostrador donde aún tenía apilados los ejemplares, que aquel lejano día no había podido vender, y tomando uno de ellos se lo ofreció a Ramiro. Las manos habían comenzado a temblarle de la emoción, y lo siguieron haciendo al momento de darle el ejemplar. Ramiro que notó eso se preocupó un poco.
-¿Está bien don José?- el anciano lo miró aún con esa enorme sonrisa en los labios y la cara llena de lágrimas.
- Sí pibe.- le contestó- Me siento mejor que nunca...-
Por supuesto que su tozudez tenía muchísimo que ver, pero definitivamente, la verdadera razón por la que seguía levantándose día a día a abrir aquel puesto de chapa -de no más de dos por uno-, era la esperanza. La ferviente convicción de que algún día, se acercaría alguna de esas personas que solían pasar sin prestarle mayor atención, y le pediría el diario...
Hacía casi una década que las publicaciones se habían vuelto electrónicas. Los diarios se leían en dispositivos móviles, notebooks y celulares. Lo mismo pasaba con las revistas. El papel se usaba cada vez con menos frecuencia, y la fuerte caída de las ventas de las publicaciones en versión impresa, había provocado que las editoriales decidieran dejar de producirlas. Para esa época, lo único que se seguía editando en papel, eran los libros, y sus ventas ni siquiera se comparaban con las de antes...
La mayoría de los "Diarieros", habían advertido la tendencia. Buenos Aires asistió entonces, a la lenta desaparición de los "puestos de diarios y revistas". El de don José, se convirtió de repente en uno de los últimos de la ciudad. Y finalmente en el último.
Por muchos era considerado como algo pintoresco, pero lo que muy pocos entendían, era que aquel puesto ubicado en la esquina de Rivadavia y Centenera -en pleno corazón de Caballito-, era un símbolo. Un recordatorio de una época que aunque así pareciera, no estaba aún tan lejana en el tiempo.
Exactamente, habían pasado nueve años, dos meses y tres días desde aquel en que el distribuidor había entregado el último bulto con los diarios. En la portada de todos ellos aparecía el mismo titular: "ADIOS AL DIARIO EN PAPEL: desde mañana no se imprimirán más publicaciones graficas". Don José aún recordaba la punzada que sintió al leer eso, pero tratando de no desanimarse, intentó trabajar como si ese fuera un día más. El último ejemplar lo vendió a las once y treinta y seis; lo recordaba como si hubiera sido ayer. En ese momento, aún quedaban unos quince puestos de diarios. Poco después, solo quedaría él.
Para muchos, verlo levantarse temprano cada mañana, y esperar el paso del camión del reparto, era algo muy triste. Sin embargo a veces el camión pasaba. Por supuesto no tenía nada que entregar, pero era como si la inercia de toda una vida, lo obligara a seguir. Don José se quedaba en ocasiones casi una hora hablando con el conductor, recordando otros tiempos.
Si bien para la mayoría de la gente, el viejo era solo un personaje más; había un muchacho al que le daba mucha curiosidad todo aquel asunto del puesto de diarios. Tenía tan solo dieciséis años, y para él las publicaciones gráficas formaban parte de la historia. Solía pasar por el puesto de don José y se quedaba embelesado mirando las revistas viejas. Allí había de todo, incluso publicaciones para adultos, todas ellas aún dentro de su envoltorio negro.
Uno pensaría que esas eran las revistas que más llamaban la atención del muchacho, pero no era así. Lo que lo fascinaba, eran los ejemplares del último diario impreso. Podía pasar horas parado delante del puesto de diarios observando las tapas de aquellos dos diarios, que siguieron imprimiendo hasta el último día.
Por alguna extraña razón sentía en cierto punto vergüenza, y por ese motivo se comportaba como si mirar esas revistas fuera algo prohibido. Así habían pasado varios meses, hasta que ese día decidió lo que iba a hacer. Jamás se había acercado tanto al puesto, y mucho menos había hablado con él. Era evidente que el anciano se había dado cuenta de la atracción que su "kiosco" le generaba, pero si bien lo había deseado, Don José nunca había esperado escuchar nuevamente aquellas palabras...
Ramiro -tal era el nombre del joven- se acercó hasta pararse frente al anciano pero en principio no habló. El viejo lo miraba expectante con la esperanza en los ojos. El chico reculó, y casi se fue, pero finalmente levantó la vista y viéndolo directamente a la cara le habló.
- Buenos Días don José; ¿Me da un diario?- en ese momento una silenciosa lágrima comenzó a caer por su mejilla y en su rostro se dibujó la sonrisa más grande de su vida.
Don José se acercó hasta el mostrador donde aún tenía apilados los ejemplares, que aquel lejano día no había podido vender, y tomando uno de ellos se lo ofreció a Ramiro. Las manos habían comenzado a temblarle de la emoción, y lo siguieron haciendo al momento de darle el ejemplar. Ramiro que notó eso se preocupó un poco.
-¿Está bien don José?- el anciano lo miró aún con esa enorme sonrisa en los labios y la cara llena de lágrimas.
- Sí pibe.- le contestó- Me siento mejor que nunca...-
