viernes, 13 de abril de 2012

Un Ultimo Intento


Como todos los días, Emilio se levantó bien temprano por la mañana. Tardó aproximadamente media hora en peinarse y cambiarse; y media hora más para finalmente, salir de su casa. El ya sabía de antemano que cualquier intento por recuperar su trabajo resultaría poco más que inútil, pero de todos modos creía que debía intentarlo. Comenzó a caminar con paso lento pero constante. Aún no había podido despabilarse del todo. A ese ritmo, le tomaría exactamente veinte minutos llegar al edificio a donde había trabajado hasta el viernes anterior. Como se imaginarán a estas alturas, lo tenía perfectamente cronometrado... 
Aún no lograba comprender cual había sido el criterio que habían usado para decidir su despido. Hasta donde él sabía, era un empleado laborioso y responsable, que nunca había llegado tarde y no faltaba a menos que una enfermedad lo mantuviera en cama. No creía haber faltado más de nueve o diez veces en los seis años que había trabajado para esa compañía. Pero aparentemente esos detalles no habían importado en lo absoluto. 
Mientras pensaba en todo aquello se encontró de repente, casi sin darse cuenta, ante el portal de aquel edificio de la Avenida Alem, que tan bien conocía. Se acercó aún algo dubitativo al puesto de seguridad y sacó su tarjeta de acceso del bolsillo de la camisa. Ni siquiera sabía si lo dejarían pasar, pero pensaba arriesgarse. Existía la posibilidad de que la tarjeta ya no sirviera, o que los guardias le prohibieran la entrada. Sin embargo nada de eso sucedió.
Luego de pasar los molinetes, se acercó al grupo de ascensores que paraban en los pisos impares, y esperó que alguno abriera. Como había ocurrido siempre, en menos de quince segundos, uno de ellos paró. El ascensorista lo reconoció y como todos los días lo saludó efusivamente. Axel -aquel joven, novato en ese oficio tan raro-, había ingresado a trabajar hacía menos de un año. Era el hijo de Harold, quien se había retirado por problemas de salud. Según había escuchado, le habían ofrecido ocupar el puesto de su padre; aparentemente eso era normal en aquel lugar...
- ¿Al piso 15, como de costumbre?- La pregunta lo sorprendió y en cierto punto lo inquietó un poco, pero pronto recupero la compostura y con una sonrisa le dijo que sí. Poco después el muchacho detuvo el ascensor en el piso solicitado, y él se despidió mientras bajaba. Alex, lo saludó a su vez, y con una sonrisa en el rostro, cerró nuevamente la puerta y continuó su recorrido de casi cuarenta pisos.

Emilio continuó avanzando por aquel estrecho corredor hacia la última puerta, que se veía a lo lejos como a unos cien metros de distancia. Aquel era realmente un  edificio muy grande; de esos de largos pasillos y puertas a ambos lados. Se detuvo precisamente delante del departamento 15M, y tocó el timbre de recepción. Se preguntó si Johana, la recepcionista, aún trabajaría allí, o si por el contrario, habría corrido la misma suerte que él. Se preguntó además si lo dejarían entrar.
Tocó varias veces, y después de un rato comenzó a pensar que nadie contestaría. Decidió entonces golpear tan fuerte como fuera necesario, y hasta que alguien apareciera. Sin embargo, en cuanto tocó la puerta, se abrió sola. Precavido, la entornó un poco más y se asomó para observar. Su sorpresa fue total, cuando se dio cuenta de que la oficina estaba completamente vacía...
Fue entonces que volvió a mirar, y se cercioró de no haberse confundido de lugar. El departamento era el correcto, pero por las dudas, luego de abrir la puerta de par en par, caminó hasta la zona de ascensores y verificó si realmente estaba en el piso 15. Aparentemente estaba en el lugar correcto... volvió entonces sobre sus pasos y regresó a la que hasta el viernes había sido su oficina. Miró el interior de aquel apartamento, parado en el umbral de la puerta, sin entender lo que estaba sucediendo. Luego de eso, decidió entrar.

Cuando Emilio entró, notó que no quedaba prácticamente ningún indicio de haber estado ocupado hasta la semana anterior. Más aún, parecía como si alguien se hubiera tomado el trabajo de limpiarlo meticulosamente. Mucho más que lo habitual al entregar una oficina o apartamento. Toda aquella situación resultaba extraña. ¿Cual podría haber sido la razón para hacer algo cómo eso?
Revisó el lugar a conciencia y de modo bastante meticuloso. Buscaba algo, lo que fuera, que le contestara las preguntas que se estaba haciendo en ese momento: ¿que había pasado en ese lugar? ¿A dónde había ido a parar la empresa para la que él había trabajado hasta el viernes anterior?... Sin embargo, luego de casi dos horas de búsqueda, se fue finalmente con las manos vacías. Tenía la sensación de que no pasaría mucho tiempo antes de descubrir algo más... y tenía razón.
La primera pista sobre lo que había pasado, se la dio uno de los guardias de seguridad cuando él ya estaba a punto de salir del edificio. Fue Carlos Morales, quien al verlo, se mostró bastante sorprendido.  No comprendía que hacía en ese lugar, ya que según lo que tenía entendido, su empresa se había mudado a otro edificio... Fue por ese motivo, movido por la gran curiosidad que sintió, que le hizo aquella pregunta. Emilio que no entendió lo que Morales le estaba diciendo, le pidió que por favor repitiera lo que había dicho.
- Le preguntaba si se había olvidado que hoy ya empezaban todos en la nueva oficina. Según me dijo Don Hipólito, hace un mes que se estaban mudando de a poco...- Aquella afirmación le pareció de repente bastante cínica: Hacía exactamente un mes que había comenzado a despedir gente. Ese último día que él había trabajado, quedaban menos de la tercera parte de los que eran, antes de que comenzara todo.

Hacía meses que don Hipólito venía quejándose constantemente, "llorando" por decirlo de alguna forma. Decía que las cuentas no cerraban, y que si las ventas no mejoraban, debería comenzar a echar gente. Durante aquel último mes, casi todos los días, había despedido a alguien. Luego de dos semanas, Emilio y sus compañeros pasaban cada día esperando saber quien sería el próximo. Ninguno de ellos creía que su jefe estuviera diciéndoles la verdad. Las ventas seguían estando tan altas como siempre, e incluso habían conseguido nuevos clientes. 
El le creía menos aún; ya que al ser el asistente del gerente contable, sabía sobradamente cual era el volumen de los ingresos, y los márgenes de ganancias: La empresa estaba facturando más que nunca...

No le quedaban dudas, don Hipólito había decidido vaciar la empresa. Seguramente declararía la quiebra, y así evitaría pagarles la indemnización a todos ellos. Quizá conservaría un pequeño grupo de empleados, aquellos más cercanos a él. Tal vez había alquilado realmente nuevas oficinas, pero seguramente pensaba cambiar la razón social. Esa era una práctica más que común entre los empresarios para defraudar tanto a empleados, como a acreedores e incluso al fisco...
Finalmente, las piezas de aquel extraño rompecabezas comenzaban a encajar. Tenía una sensación muy extraña; de repente  se sintió estafado, como un verdadero tonto. Comenzó a caminar y a alejarse de ese lugar. Por su cabeza pasaban miles de cosas. Pensaba en las familias de los veinticinco empleados que como él, habían sido despedidos durante ese último mes. Se preguntaba si alguno de ellos ya habría conseguido un nuevo trabajo. Por un momento, pensó en llamarlos uno por uno y contarles lo que había pasado, pero pronto se dio cuenta de que no debía hacerlo, al menos hasta averiguar un poco más.
Pero de algo estaba seguro: si don Hipólito creía que se saldría con la suya así de fácil, estaba equivocado. Emilio había tomado la precaución de guardar copias de todos los documentos que habían pasado por sus manos durante aquellos últimos meses. Tenía información más que suficiente para complicarle del todo la vida; y a partir de ese momento, eso era exactamente lo que pensaba hacer. Los problemas de don Hipólito aún no habían comenzado...