sábado, 26 de junio de 2010

La Herencia Familiar (parte 2)

Viene de la parte 1

A la mañana siguiente Ernesto salió de su casa como todos los días, pero no fue a trabajar. Había hablado el día anterior con don Armando para pedirle el día libre, ya que según le dijo, debía terminar con unos trámites de índole personal. Don Armando que siempre había apreciado a Ernesto, no tuvo problema en darle el permiso. Comenzó a caminar por la avenida, hasta que llegó a la calle donde estaba la casa de sus viejos. En la puerta ya lo estaba esperando Facundo. El a diferencia de su hermano mayor, no debía rendirle cuentas a nadie, ya que el manejaba la distribuidora de su viejo. Algo a lo que Ernesto se había resistido durante mucho tiempo.
Facundo había estado pensando toda la noche sobre a que cerradura podía pertenecer aquella llave, pero aún no lograba descifrarlo. Decidieron entrar a la casa, hacerse unos mates, y pensar. Ernesto se acercó y puso la pava sobre el fuego. Sacó la yerba de la alacena, y lavó el mate que había quedado el día anterior sobre la mesa de la cocina. No pasó demasiado tiempo para que el agua estuviera lista; para entonces ya había preparado todo sobre la mesa. Se sentaron uno frente al otro y con la lapicera en la mano, comenzaron a hacer una lista con las diferentes posibilidades que iban explorando.
Ernesto estaba convencido de que fuera lo que fuera, estaba en la casa. Si la preocupación de la madre, solo hubiera sido por aquella llave, no hubiera sido necesario hacerle prometer que no vendería la casa. Era lógico que estuviera allí.
La lista que obtuvieron, después de estar allí sentados durante casi dos horas, no era demasiado larga. En realidad no había demasiados cerrojos allí, aún menos luego de que clausuraran el sótano cuando ellos eran chicos. Según recordaba Ernesto, que era algo más grande que su hermano, habían rellenado todo el nivel, a excepción de un pequeño cuarto debajo de la cocina. Sin embargo dos años después, terminaron levantando una pared delante de la puerta, y tapando el hueco de la escalera. Aquel recuerdo se encontraba tan nítidamente grabado en su memoria, que aún recordaba el lugar exacto donde había estado. Facundo ni siquiera recordaba, que alguna vez habían tenido un sótano, tan era así que se sorprendió bastante cuando su hermano lo mencionó.
No tardaron mucho en decidir lo que iban a hacer. Después de todo, solo tendrían que levantar dos o tres tablones, lo necesario para poder pasar. Ernesto tomó la caja de herramientas que estaba guardada en el garaje, y rápidamente comenzó a despegar uno de los tablones, con un martillo. Su hermano tomó otro, y comenzó a hacer lo mismo con el tablón de al lado. Pocos minutos después habían levantado cuatro maderas, y dejado espacio más que suficiente para bajar.
Al costado, había una tecla de iluminación, y en la pared una lámpara colgando. Facundo la accionó sin demasiadas esperanzas, pero contra todo pronóstico, aún funcionaba. No era demasiado potente, pero daba suficiente luz. La escalera era corta, constaba de solo diez escalones, y a diferencia de lo que recordaba su hermano, al final no había ningún muro de ladrillos; solo una pesada puerta de madera. Ernesto se acercó hasta pararse delante, y conteniendo el aliento casi por completo, introdujo la oxidada llave en el cerrojo. Comenzó a girar la llave, y luego de ejercer algo de fuerza, esta cedió; la puerta se abrió con un ruido fuerte y sordo.

Al otro lado, la oscuridad era la reina absoluta, y si bien, una vez que la puerta estuvo abierta de par en par, la luz de la escalera se escurría dentro del cuarto, no se veía nada más allá de la entrada. Facundo se acercó y usando la luz de la pantalla de su celular, intentó iluminar un poco. Lo único que pudo distinguir entonces fueron sombras y algunos contornos. Al lado de la entrada, había otra tecla de iluminación. Ernesto creyó que si la de la escalera aún funcionaba, tal vez esa también. Lo más increíble de todo, fue que tenía razón…

En cuanto el cuarto se iluminó, la escena que se presentó ante ellos los dejó sin aliento. El cuarto estaba lleno de objetos de arte de la más variada índole. Allí adentro había de todo: desde joyas con perlas y piedras preciosas, hasta algunas de las obras de arte más famosas. En total contaron veinte cuadros que debían valer millones de dólares. Las joyas eran en su mayoría de oro y platino, y las piedras eran diamantes esmeraldas y rubíes. Y si bien ninguno de los dos podía considerarse un experto en arte, estaban convencidos que allí adentro había una enorme fortuna. En ese momento entendieron el porque del pedido de su madre moribunda, aunque aún no se imaginaban como había llegado todo eso a aquel lugar.

Facundo caminó por el cuarto hasta pararse, delante de una de los exhibidores donde estaban preservadas, cuidadosamente aquellas joyas. Encima del vidrio había un sobre liso, en donde se podían leer sus nombres. Lo tomó entre sus dedos, y sacando la carta de su interior, comenzó a leer en voz alta. Era una carta de su madre:

“Queridos hijos:

            Si llegan a leer esta carta, lo más probable es que yo haya muerto, y que ustedes finalmente hayan encontrado la “Herencia Familiar”. Seguramente en este momento se preguntarán de donde ha salio todo. Si se tomaron el trabajo de contar, sabrán que hay veintiún pinturas –todas ellas de enorme valor- y en total cuarenta y siete joyas de lo más excepcionales. Todo esto conforma la fortuna de nuestra familia.
            En uno de los muebles, encontraran los títulos de propiedad de los cuadros, y los certificados de autenticidad de las joyas. El valor total de lo que hay en el cuarto, era en 1993 de ciento quince millones de dólares. Dicho monto puede haber cambiado, pero no creo que haya disminuido; por el contrario. Este fue el modo en el que decidimos invertir el dinero que obtuvimos por la venta de una serie de patentes que su padre y yo habíamos registrado a nuestro nombre.
            Se preguntarán por que jamás les dijimos nada sobre esto, bueno, sucede que en ese momento decidimos que era lo mejor. Jamás quisimos que ustedes vivieran como millonarios, por el solo hecho de que no queríamos esa vida para ustedes.>Cada tanto, si nuestra economía lo requería, vendíamos alguna de las joyas menos valiosas, o alguno de los diamantes sueltos que se encuentran en las tres bolsitas de felpa negras. Jamás necesitamos más, y mucho menos necesitábamos ser tratados diferentes por nuestro dinero. El dinero no solo cambia a las personas, sino también a quienes los rodean...

            Ahora que nosotros ya no estamos, todo esto es suyo. Solo espero que como les pedí, no hayan vendido la casa, y que no se dejen seducir por el dinero. Yo se porque se los digo: hubo un tiempo en el que yo misma, me sentí seducida por su poder…”


La carta terminaba de aquel modo tan abrupto. Facundo se había quedado sin habla. Se fijó si había más dentro del sobre, pero no era así. Ernesto estaba simplemente azorado. Levantó la vista y observó a su hermano menor; de pronto se le iluminó la cara.

- Eso quiere decir que somos millonarios.- El otro lo miró aún perdido, pero luego le habló con mucha seriedad.
- Ya escuchaste lo que nos dijo mamá. Nadie debe saber sobre nuestra fortuna.- Ernesto lo miró entonces con la misma seriedad que él y asintió con su cabeza. De eso no debía enterarse nadie.

Al día siguiente le avisaron a Robles que la casa ya no estaba en venta. A sus mujeres les dijeron que sus padres, habían dejado suficiente dinero como para pagar todas sus deudas, pero jamás les aclararon cuanto. No les resultó muy difícil vender dos de los pequeños diamantes que estaban en las bolsas negras. Sus padres incluso les habían dejado los datos, de algunos joyeros famosos por su discreción absoluta. Luego de saldar todas sus deudas, invirtieron el resto en la distribuidora. Ernesto, dejó finalmente su empleo en el negocio de don Armando, y comenzó a trabajar con su hermano. Decidieron trasladar las oficinas de la administración, a la vieja casa de sus padres. En cuanto al cuarto, volvió a quedar cerrado; esperando él día en el que por alguna razón, fuera necesario volver a abrirlo.

Habían decidido respetar la voluntad de sus padres: Nadie sabría jamás sobre la existencia de aquel majestuoso tesoro. Ese secreto, también sería parte de la Herencia de la familia Torres.

domingo, 20 de junio de 2010

La Herencia Familiar (parte 1)

Ernesto Torres jamás había creído realmente que ese momento llegaría. El y su hermano habían especulado sobre eso durante los últimos tres años, pero nunca creyó que realmente lo hicieran... Desde que su madre había muerto -hacía unos cuatro años-, La idea de vender la casa de sus viejos, había estado siempre presente en sus conversaciones. Cecilia, su esposa, trataba siempre de convencerlo, de "hacerle entender" que aquello era lo "mejor". Pero él no estaba tan seguro. Ernesto tenía demasiados recuerdos acumulados en aquel lugar, y creía que en el fondo, Facundo, su hermano menor, sentía lo mismo. Solo la insistencia de Cecilia y Marta (la mujer de Facu) había logrado que ellos aceptaran averiguar en una inmobiliaria.
El tasador llegó a la casa un sábado a la mañana. Durante la semana, todos ellos trabajaban hasta tarde, y no había modo de que alguno pudiera atenderlo, además estaba el hecho de que tanto Facundo como Ernesto, querían estar presentes. Aquella visita lo cambiaría todo. La idea de vender pasaría de ser solo eso, a convertirse en una realidad palpable.
Los cuatro estaban sentados en la cocina de la casa, esperando a que tocaran el timbre.  Se encontraban en absoluto silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. Ernesto miraba a su alrededor, y cientos de recuerdos pasaban en rápida sucesión, delante de sus ojos. Parecía como si estuviera sentado delante de una pantalla de cine, y su visión estuviera totalmente ocupada, observando aquella rápida sucesión de imágenes a todo color. Cuando sonó el timbre finalmente, estaba tan compenetrado en sus recuerdos que ni se enteró. Cecilia -luego de llamarlo por su nombre dos o tres veces-, toco suavemente su mejilla con el anverso de la mano. Solo entonces, reaccionó.

El tasador saludó cordialmente a todos ellos, y luego de las presentaciones de rigor, comenzó con su trabajo. Lo que en un principio les había parecido un mero trámite, se había convertido en una labor, que se extendió por algo más de una hora. Rogelio Toscano, revisó cada rincón de la casa, tomó nota de cada mancha de humedad, cada cerámica ajada, usando aquellos datos como si fueran números dentro de una complicada suma algebraica. Finalmente y luego de casi media hora más, Toscano les aseguró que la inmobiliaria se comunicaría con ellos el lunes, y les informaría cual era valor de mercado de la casa.
Ese día decidieron quedarse allí y ordenar un poco. La mayor parte de las cosas de sus viejos, aún estaba guardadas en esa casa. Además, creían que una buena limpieza, serviría para darle otro aspecto al lugar; uno que fuera menos lúgubre y más llamativo para los compradores. Ernesto seguía bastante conflictuado con respecto a la venta de la casa. Por alguna razón, durante los últimos cuatro o cinco días, había comenzado a soñar con su mamá.

Aquel lunes, el agente inmobiliario, tocó la puerta de la casa de Ernesto. Eran cerca de las seis de la tarde; él acababa de volver del trabajo, tan solo unos minutos antes. Cecilia dejó lo que estaba haciendo, y abrió la puerta. Juan Robles, entró entonces por tercera vez a aquel sitio.
La casa de Facundo, no estaba demasiado lejos de allí. Ambos habían comprado sus casas, en el mismo barrio en el que estaba aquella, en la que había transcurrido toda su infancia. Ernesto saludó a Robles con un apretón de manos, y luego levantó el teléfono para llamar a su hermano. Facundo, que atendió el llamado al otro lado, prometió que estaría allí en no más de diez minutos. Exactamente nueve minutos después, tocaba el timbre. Ernesto abrió la puerta raudamente, y lo hizo pasar. Juan Robles se sentó entonces en el sillón del comedor, y luego de esperar a que los demás se acomodaran, se dispuso a darles las buenas nuevas a los hermanos Torres.
El valor que el tasador había recomendado, como precio de mercado para la casa de sus viejos, era más que atractivo; incluso a ellos les pareció un poco alto. Sin embargo, según Robles, no era así. Mentalmente, hicieron cuentas: ese dinero resultaba suficiente como para cancelar la hipoteca de las casas de ambos y además, invertir algo de dinero en el negocio familiar. Ellos sabían hacía tiempo, que la distribuidora necesitaba una inyección de capital...
Facundo parecía el más entusiasmado de los dos, aunque Ernesto creyó darse cuenta de que tenía las mismas dudas que él. A su mujer, Cecilia, parecía que le brillaban los ojos; pero él no estaba seguro de nada. Era una oferta más que tentadora, pero él sentía que estaban yendo en contra de los deseos de sus padres.
Recordó de repente aquello que su mamá, le había dicho en el hospital, el mismo día en el que luego falleció: "No deben vender la casa por ninguna razón; tiene que permanecer en la familia". Ese día Ernesto estuvo tentado por preguntarle la razón, pero luego creyó que no debía molestarla. ¡Cómo se arrepintió luego por no habérselo preguntado en ese momento! Robles se retiró de la casa tan pronto como terminaron de conversar. Quedaron en que los hermanos lo irían a visitar en uno o dos días, y le dirían si habían decidido finalmente vender. Parecía tranquilo, como si algo le dijera que aquel era un cliente seguro.

A la mañana siguiente, Ernesto salió a trabajar como todos los días. Aquel recuerdo de su madre aún seguía dándole vueltas. Ese día transcurrió como si él realmente no estuviera. Su mente estaba perdida entre recuerdos sobre sus padres y especulaciones sobre aquello que tornaba tan importante para su mamá, el que no vendieran jamás la casa. Ese era un asunto que lo había mantenido casi sin dormir la noche anterior, y que ahora, no le permitía concentrarse adecuadamente en su trabajo. Tanto era sí que en cierto momento don Armando, su patrón, le dijo que fuera y resolviera lo que lo tenía tan distraído, ya que (palabras textuales de él) en ese estado no le servía…
Eran cerca de las dos de la tarde, y aún era temprano para volver a su casa, así que decidió hacerle caso a su jefe y fue a la vieja casa familiar. Por suerte tenía con él su copia de las llaves, aunque aún no sabía por donde empezaría a buscar, y mucho menos, que era lo que debía buscar. Le llevó unos veinte minutos, pero finalmente se detuvo delante de la puerta principal. De primera le llamó la atención el hecho de que la ventana del frente, estuviera a medio subir, pero mucho más los sorprendió, comprobar que la puerta del frente estaba abierta. En ese instante dudó, pero finalmente decidió entrar, tratando de no hacer ruido. Se escuchaban ruidos que venían de la cocina, y hacia allá comenzó a caminar con algo de miedo. Sin embargo, cuando asomó la cabeza hasta la entrada, pudo ver una figura más que conocida, sentada a la mesa, con la cabeza gacha, y las manos apoyadas sobre su rostro.
-¿No tendrías que estar trabajando vos?- su hermano levantó entonces la cabeza, y luego de sobreponerse a la sorpresa inicial le contestó.
- Podría preguntarte lo mismo…- Ernesto se acercó hasta la mesa, y se sentó de frente a Facundo. Se acomodó lo mejor que pudo y volvió a hablar.
- Don Armando me mandó a pasear…- Facundo lo miró preocupado, pero antes de que pudiera hablar, él continuó.- Quedate tranquilo que no me echó, pero me mandó a que resuelva aquello que me tiene tan distraído.- Hizo una nueva pausa y luego siguió.- Es por la venta de la casa, no puedo evitar pensar en la vieja y lo que me dijo el mismo día en el que murió…-
-¿Qué no debíamos vender la casa por nada del mundo?- Ernesto lo miró muy extrañado. Como preguntándole como sabía eso.- Tal vez no lo recordás, pero ese día, yo estaba sentado a dos metros de vos, y también la escuché. Estuve toda la noche pensando en cual podía ser la razón para que nos dijera eso…- El otro asintió con la cabeza, al parecer, después de todo, los dos estaban igual de inseguros, sobre la venta de la casa.
La conversación siguió por un rato, hasta que decidieron comenzar a buscar. Si realmente había una razón por la cual no debían vender la casa, ellos creían que sería algo que encontrarían allí mismo. El problema era que no tenían ni idea de por donde debían comenzar.

Fueron casi cuatro horas revolviendo cajones, revisando papeles, y tratando de encontrarle una explicación a cada cosa que iban encontrado, pero finalmente lo encontraron; un objeto que parecía fuera de lugar, que aparentemente no tenía ninguna razón para estar allí. Parecía ser una simple llave vieja y algo oxidada, pero algo les decía que esa era la clave de todo. Ernesto sostenía la llave entre sus dedos, como si se tratara de algo extremadamente importante, frágil e irremplazable. Pero si bien habían llegado hasta ese punto, no tenía idea de que cerradura abriría.
Decidieron entonces guardarla por aquella noche, y seguir investigándolo al otro día. Se había hecho bastante tarde, y ambos debían volver a sus casas. Se despidieron hasta el día siguiente, y cada uno comenzó a caminar. Ninguno de los dos vivía a más de ocho cuadras de allí, así que les tomó muy poco tiempo llegar. Habían decidido que por el momento no le dirían nada a sus esposas, por lo que cuando Cecilia le preguntó a su marido donde había estado, él simplemente le dijo “se me hizo tarde”. Su mujer pareció conformarse con esa respuesta, ya que de inmediato olvidó el asunto, ocupada como parecía estarlo, pensando en lo que podrían hacer con el dinero de la venta de la casa.

Continua en la parte 2

martes, 15 de junio de 2010

Un Vistazo al Pasado


Juan siempre había creído que de nada servía mirar hacia atrás. Para él lo importante era el presente, y aquello que estuviera por venir.

Ese día comenzó a percibir en aquel restaurante, los sabores y olores que lo remitieron a su más tierna infancia. Aquellos aromas que no sentía desde que era un chico, antes de que su mamá muriera tan inesperadamente; y a diferencia de lo que le pasaba habitualmente, en esa oportunidad, dicha sensación lo turbó visiblemente. Y esa noche se acostó -pocas horas después de aquella experiencia- con la sensación de que estaba siendo literalmente transportado al pasado. Aquel pasado que tan desesperadamente intentaba olvidar...



A la mañana siguiente se despertó temprano, como lo había hecho toda su vida. Se sentía diferente, tal vez menos cansado. Se refregó los ojos un poco e intentó observar lo que lo rodeaba. Miró la hora en su reloj y se dio cuenta que ya era algo tarde, ese día debía entregar un trabajo práctico en la escuela... Aquella frase, que su mente había formulado por si misma, le pareció de repente todo un enigma: Hacía años que no iba a la escuela. Levantó entonces nuevamente la vista, y volvió a observar las cosas a su alrededor. Recién entonces notó que estaba percibiendo el mundo de un modo diferente, como si todo fuera más grande.

Trató de despabilarse y miró el cuarto con mayor atención. Se dio cuenta de que, si bien le resultaba familiar, ese no era su cuarto; o mejor dicho, lo había sido muchos años atrás... Se refregó los ojos varias veces, convencido de que todo era solo una jugarreta de su mente aún adormilada, pero no: Realmente estaba allí. Miró mejor el cuarto, y se dio cuenta que era el de su primera casa, la de Nuñez, en donde había vivido hasta que cumplió los diez años. En esa época asistía a una escuela del barrio en la que no tenía demasiados amigos. Sin embargo él era feliz. Sus dos mejores amigos, Carlitos y Martín, vivían en la misma cuadra que él; todas las tardes, luego de hacer la tarea, ellos se convertían en los protagonistas de las más grandes aventuras.



Decidió levantarse de la cama, cambiarse y explorar la casa. A un costado, apilada sobre el respaldo de una silla, estaba su ropa del colegio, perfectamente ordenada. Se cambió rápidamente -como solía hacerlo cuando era chico- y fue hacia el baño. Aquel cepillo de dientes, ese que siempre recordaba, estaba adentro del vaso. Comenzó a asearse y en cierto momento levantó la vista; al verse al espejo se sorprendió: el que veía, era su rostro de cuando tenía ocho años.



Quince minutos después se sentaba en la mesa de la cocina. Al mismo tiempo, su mamá, Alejandra, estaba terminando de llenar su tazón con leche y copos. Juan no podía creer nada de lo que estaba pasando. Comió en absoluto silencio, aún buscando una explicación lógica a lo que sucedía. Alejandra se encargó de revisar su mochila y asegurarse de que no olvidara llevar nada.

-¿Hiciste el trabajo práctico Juan?- El miró a su madre con algo de duda, pero finalmente, y luego de hacer memoria, le contestó.

- Si Ma, está adentro del cuaderno grande.- ella lo revisó, y sonrió. "Juachi" había dejado una tarjetita para ella entre las hojas de aquel mismo cuaderno.

La tomó, y doblándola a la mitad, se la guardó en un bolsillo. Revisó entonces nuevamente el cuaderno, y luego de asegurarse de que el trabajo estaba allí, volvió a guardar todo como estaba, y se acerco a Juan, para darle un beso en la mejilla.

- Gracias por la carta.- le dijo mientras sacaba el papel de su bolsillo. Juan que estaba atento para ver a lo que se refería, reconoció aquel papel lleno de colores, que en alguna oportunidad, para él lejana y difusa en el tiempo, había dibujado para su mama. Entonces también sonrió.



Su papá lo dejó en la escuela antes de ir al trabajo. En la entrada lo esperaban Carlitos y Martín. Al verlos sintió una extraña sensación, un sentimiento de gran alegría y unas ganas casi incontenibles de correr a abrazarlos. Pero decidió contenerse, y simplemente se acercó y estrechó sus manos, como la mayoría de los chicos solían hacer en su época. A medida que fue pasando aquel día, Juan comenzó a habituarse a su nueva situación, y si bien quería saber lo que estaba pasando, no estaba nervioso, o tenso de algún modo. Resultaba extraño, pero en realidad, en ningún momento se había sentido así...

Al finalizar las clases, los pasó a buscar la mamá de Martín, y los llevó hasta sus casas. Quedaron en encontrarse después de hacer las tareas, como todos los días. Si bien comenzaba a convencerse de que toda aquella situación era real, su mente, su parte racional, le seguía diciendo que aquello era imposible. Sin embargo, Juan había decidido vivir el momento al máximo; rememorar la época más feliz de su vida: Aquella en la que su madre aún no había enfermado, y su padre parecía el hombre más feliz sobre la tierra. El era consciente de que todo podía ser simplemente un sueño, pero en ese momento no le importaba demasiado.

Cuado llegó a su casa, su mamá lo esperaba con la comida recién servida, y una vez más, los aromas invadieron su olfato. Dos minutos después, llegó Jaime, su papá. Como si todo estuviera de algún modo cronometrado al detalle, los tres se sentaron a la mesa. La comida transcurrió entre risas y alegría. De hecho así había sido siempre, hasta el día en el que todo cambio… Sin embargo Juan estaba tranquilo: aún faltaban casi dos años para que eso sucediera.



Terminaron de comer y rápidamente se fue a hacer la tarea. Para alguien como él, que había dedicado su vida a la docencia, aquellos ejercicios eran sumamente sencillos, así que en menos de veinte minutos los había terminado. Se quedó en su cuarto haciendo algo de tiempo, y finalmente, cerca de las dos de la tarde, bajó con el cuaderno para que lo viera su mamá. Alejandra revisó los ejercicios y sonriendo le dijo que podía salir a jugar con sus amigos. Justo en ese momento, Jaime que estaba sentado en el sillón individual del comedor, dejó el diario que leía a un costado, y luego de tomar su abrigo se preparó para volver a salir. Antes de irse, saludo a su esposa, y le dio un beso en la frente a su hijo, como si fuese parte de un ritual cotidiano. Aquello dejó algo perplejo a Juan, quien no recordaba que su padre acostumbrara a saludarlo así. Se preguntaba, que otros detalles sobre aquellos años habría olvidado…



Al llegar a la esquina, encontró a sus dos amigos jugando a las bolitas, junto al viejo Palo Borracho de la casa de la Señora Gutiérrez. Juan se acercó hasta pararse junto a ellos, y luego de arrodillarse, comenzó a jugar también. Esa tarde estuvieron divirtiéndose como él no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. Juegos como las bolitas, la payana, o “Duque espacial”, que ya ni recordaba como eran; pero en los que se desenvolvió como un experto. A medida que pasaron las horas, la sensación de que se acercaba el final, se hizo cada vez más fuerte.

A las seis y media, tomaron la leche con galletitas en la casa de Carlitos, como lo hacían todas las tardes, y luego de eso, cada uno se despidió y volvió a su casa. Juan pasó el resto de aquel día, haciéndole compañía a su mamá, intentando estar el mayor tiempo posible junto ella. A las nueve en punto, Alejandra sirvió la comida y a las diez y media Juan finalmente se fue a acostar. Estaba muy cansado a causa de todas las cosas que había hecho aquel día, y le costaba mantener los ojos abiertos. Su papá lo arropó y le dio el beso de las buenas noches, y su mamá, como solía hacerlo, le leyó aquel cuento que él nunca se cansaba de oír. No llegó ni a la tercera página, ya que la dulce voz de su madre, logró que el sueño lo venciera del todo, quedando entonces completamente dormido…





A la mañana siguiente se despertó renovado. Abrió los ojos y notó que su percepción de las cosas había vuelto a cambiar. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba nuevamente en su casa de Villa Crespo, junto a Agustina, su mujer. Era sábado así que no tenía que ir a trabajar. Aquello le resultó de repente muy extraño. Si todo lo que él había vivido, solo había sido un sueño, debería ser viernes, pero no era así. Se cercioró varias veces de no estar equivocado, y cuando se convenció por completo, recién entonces se levantó. Fue directo a la cocina y sirvió tres tazones con copos y leche.

Julia acababa de levantarse, y observaba con curiosidad como su papá, preparaba lo que ella creía, era el desayuno. La nena que tenía ocho años, se acercó hasta la mesa de la cocina, y sin decir nada se sentó. Juan que la vio en el mismo instante en el que entró, se aproximó hasta su silla y le dio un beso en la frente. Julia sonrió.

-¿Qué estás haciendo papi?- Juan se detuvo un instante, y miró a su hija.

- Estoy preparando el desayuno para los tres…- En ese momento Agustina entró a la cocina envuelta en su bata y se apoyó contra la heladera.

-¿Y que hay de desayuno?-

-¡Copos con leche! – dijo Julia, para luego llevarse una gran cucharada a su boca.

Agustina se sentó a la Mesa junto a su hija y luego de revolverle el pelo con su mano, tomó una cuchara y la imitó. Miraba a su marido. Había algo en él que era diferente. Parecía como si todos sus conflictos internos, aquellos que lo habían acompañado toda su vida, se hubieran esfumado de repente. Se lo veía calmado, contento, lleno de alegría. Todo al mismo tiempo. Estiró entonces su mano y tomó la de él. Juan la miró con enorme ternura en sus ojos, y luego acercó aquella mano a su rostro, y la besó.

Aquel desayuno fue memorable. Allí estaban los tres, sentados a la mesa a las ocho de la mañana de un sábado, comiendo copos y riendo casi en todo momento. Juan se sentía distinto. Era como si hubiese dejado olvidada aquella pesada mochila, que cargaba con él desde la muerte de su mamá, en aquel cuarto de aquella casa de Nuñez. Tenía la certeza de que su vida acababa de cambiar. Algo o alguien, le había dado -por una razón que él desconocía- la oportunidad de recordar y recuperar las cosas buenas, que había olvidado en el camino hacia la adultez. El había sufrido bastante luego de la muerte de su mamá. Jaime, su padre, se había encerrado en si mismo, y por momentos pareció que había olvidado que tenía un hijo. Lo había llegado a odiar por eso, pero en ese momento, esos sentimientos habían desaparecido. El simple recuerdo de aquel beso en la frente, antes de ir a trabajar, o el modo en el que lo arropó para dormir, fueron suficientes para que olvidara todo lo otro. El sabía que su viejo había sufrido tanto como él, y que tal vez, no supo como continuar. Miró de reojo el teléfono que estaba colgado en la pared, y decidió que ese mismo día lo llamaría. Tenían mucho de que hablar…