Viene de la parte 1
A la mañana siguiente Ernesto salió de su casa como todos los días, pero no fue a trabajar. Había hablado el día anterior con don Armando para pedirle el día libre, ya que según le dijo, debía terminar con unos trámites de índole personal. Don Armando que siempre había apreciado a Ernesto, no tuvo problema en darle el permiso. Comenzó a caminar por la avenida, hasta que llegó a la calle donde estaba la casa de sus viejos. En la puerta ya lo estaba esperando Facundo. El a diferencia de su hermano mayor, no debía rendirle cuentas a nadie, ya que el manejaba la distribuidora de su viejo. Algo a lo que Ernesto se había resistido durante mucho tiempo.
Facundo había estado pensando toda la noche sobre a que cerradura podía pertenecer aquella llave, pero aún no lograba descifrarlo. Decidieron entrar a la casa, hacerse unos mates, y pensar. Ernesto se acercó y puso la pava sobre el fuego. Sacó la yerba de la alacena, y lavó el mate que había quedado el día anterior sobre la mesa de la cocina. No pasó demasiado tiempo para que el agua estuviera lista; para entonces ya había preparado todo sobre la mesa. Se sentaron uno frente al otro y con la lapicera en la mano, comenzaron a hacer una lista con las diferentes posibilidades que iban explorando.
Ernesto estaba convencido de que fuera lo que fuera, estaba en la casa. Si la preocupación de la madre, solo hubiera sido por aquella llave, no hubiera sido necesario hacerle prometer que no vendería la casa. Era lógico que estuviera allí.
La lista que obtuvieron, después de estar allí sentados durante casi dos horas, no era demasiado larga. En realidad no había demasiados cerrojos allí, aún menos luego de que clausuraran el sótano cuando ellos eran chicos. Según recordaba Ernesto, que era algo más grande que su hermano, habían rellenado todo el nivel, a excepción de un pequeño cuarto debajo de la cocina. Sin embargo dos años después, terminaron levantando una pared delante de la puerta, y tapando el hueco de la escalera. Aquel recuerdo se encontraba tan nítidamente grabado en su memoria, que aún recordaba el lugar exacto donde había estado. Facundo ni siquiera recordaba, que alguna vez habían tenido un sótano, tan era así que se sorprendió bastante cuando su hermano lo mencionó.
No tardaron mucho en decidir lo que iban a hacer. Después de todo, solo tendrían que levantar dos o tres tablones, lo necesario para poder pasar. Ernesto tomó la caja de herramientas que estaba guardada en el garaje, y rápidamente comenzó a despegar uno de los tablones, con un martillo. Su hermano tomó otro, y comenzó a hacer lo mismo con el tablón de al lado. Pocos minutos después habían levantado cuatro maderas, y dejado espacio más que suficiente para bajar.
Al costado, había una tecla de iluminación, y en la pared una lámpara colgando. Facundo la accionó sin demasiadas esperanzas, pero contra todo pronóstico, aún funcionaba. No era demasiado potente, pero daba suficiente luz. La escalera era corta, constaba de solo diez escalones, y a diferencia de lo que recordaba su hermano, al final no había ningún muro de ladrillos; solo una pesada puerta de madera. Ernesto se acercó hasta pararse delante, y conteniendo el aliento casi por completo, introdujo la oxidada llave en el cerrojo. Comenzó a girar la llave, y luego de ejercer algo de fuerza, esta cedió; la puerta se abrió con un ruido fuerte y sordo.
Al otro lado, la oscuridad era la reina absoluta, y si bien, una vez que la puerta estuvo abierta de par en par, la luz de la escalera se escurría dentro del cuarto, no se veía nada más allá de la entrada. Facundo se acercó y usando la luz de la pantalla de su celular, intentó iluminar un poco. Lo único que pudo distinguir entonces fueron sombras y algunos contornos. Al lado de la entrada, había otra tecla de iluminación. Ernesto creyó que si la de la escalera aún funcionaba, tal vez esa también. Lo más increíble de todo, fue que tenía razón…
En cuanto el cuarto se iluminó, la escena que se presentó ante ellos los dejó sin aliento. El cuarto estaba lleno de objetos de arte de la más variada índole. Allí adentro había de todo: desde joyas con perlas y piedras preciosas, hasta algunas de las obras de arte más famosas. En total contaron veinte cuadros que debían valer millones de dólares. Las joyas eran en su mayoría de oro y platino, y las piedras eran diamantes esmeraldas y rubíes. Y si bien ninguno de los dos podía considerarse un experto en arte, estaban convencidos que allí adentro había una enorme fortuna. En ese momento entendieron el porque del pedido de su madre moribunda, aunque aún no se imaginaban como había llegado todo eso a aquel lugar.
Facundo caminó por el cuarto hasta pararse, delante de una de los exhibidores donde estaban preservadas, cuidadosamente aquellas joyas. Encima del vidrio había un sobre liso, en donde se podían leer sus nombres. Lo tomó entre sus dedos, y sacando la carta de su interior, comenzó a leer en voz alta. Era una carta de su madre:
“Queridos hijos:
Si llegan a leer esta carta, lo más probable es que yo haya muerto, y que ustedes finalmente hayan encontrado la “Herencia Familiar”. Seguramente en este momento se preguntarán de donde ha salio todo. Si se tomaron el trabajo de contar, sabrán que hay veintiún pinturas –todas ellas de enorme valor- y en total cuarenta y siete joyas de lo más excepcionales. Todo esto conforma la fortuna de nuestra familia.
En uno de los muebles, encontraran los títulos de propiedad de los cuadros, y los certificados de autenticidad de las joyas. El valor total de lo que hay en el cuarto, era en 1993 de ciento quince millones de dólares. Dicho monto puede haber cambiado, pero no creo que haya disminuido; por el contrario. Este fue el modo en el que decidimos invertir el dinero que obtuvimos por la venta de una serie de patentes que su padre y yo habíamos registrado a nuestro nombre.
Se preguntarán por que jamás les dijimos nada sobre esto, bueno, sucede que en ese momento decidimos que era lo mejor. Jamás quisimos que ustedes vivieran como millonarios, por el solo hecho de que no queríamos esa vida para ustedes.>Cada tanto, si nuestra economía lo requería, vendíamos alguna de las joyas menos valiosas, o alguno de los diamantes sueltos que se encuentran en las tres bolsitas de felpa negras. Jamás necesitamos más, y mucho menos necesitábamos ser tratados diferentes por nuestro dinero. El dinero no solo cambia a las personas, sino también a quienes los rodean...
Ahora que nosotros ya no estamos, todo esto es suyo. Solo espero que como les pedí, no hayan vendido la casa, y que no se dejen seducir por el dinero. Yo se porque se los digo: hubo un tiempo en el que yo misma, me sentí seducida por su poder…”
La carta terminaba de aquel modo tan abrupto. Facundo se había quedado sin habla. Se fijó si había más dentro del sobre, pero no era así. Ernesto estaba simplemente azorado. Levantó la vista y observó a su hermano menor; de pronto se le iluminó la cara.
- Eso quiere decir que somos millonarios.- El otro lo miró aún perdido, pero luego le habló con mucha seriedad.
- Ya escuchaste lo que nos dijo mamá. Nadie debe saber sobre nuestra fortuna.- Ernesto lo miró entonces con la misma seriedad que él y asintió con su cabeza. De eso no debía enterarse nadie.
Al día siguiente le avisaron a Robles que la casa ya no estaba en venta. A sus mujeres les dijeron que sus padres, habían dejado suficiente dinero como para pagar todas sus deudas, pero jamás les aclararon cuanto. No les resultó muy difícil vender dos de los pequeños diamantes que estaban en las bolsas negras. Sus padres incluso les habían dejado los datos, de algunos joyeros famosos por su discreción absoluta. Luego de saldar todas sus deudas, invirtieron el resto en la distribuidora. Ernesto, dejó finalmente su empleo en el negocio de don Armando, y comenzó a trabajar con su hermano. Decidieron trasladar las oficinas de la administración, a la vieja casa de sus padres. En cuanto al cuarto, volvió a quedar cerrado; esperando él día en el que por alguna razón, fuera necesario volver a abrirlo.
Habían decidido respetar la voluntad de sus padres: Nadie sabría jamás sobre la existencia de aquel majestuoso tesoro. Ese secreto, también sería parte de la Herencia de la familia Torres.
Facundo había estado pensando toda la noche sobre a que cerradura podía pertenecer aquella llave, pero aún no lograba descifrarlo. Decidieron entrar a la casa, hacerse unos mates, y pensar. Ernesto se acercó y puso la pava sobre el fuego. Sacó la yerba de la alacena, y lavó el mate que había quedado el día anterior sobre la mesa de la cocina. No pasó demasiado tiempo para que el agua estuviera lista; para entonces ya había preparado todo sobre la mesa. Se sentaron uno frente al otro y con la lapicera en la mano, comenzaron a hacer una lista con las diferentes posibilidades que iban explorando.
Ernesto estaba convencido de que fuera lo que fuera, estaba en la casa. Si la preocupación de la madre, solo hubiera sido por aquella llave, no hubiera sido necesario hacerle prometer que no vendería la casa. Era lógico que estuviera allí.
La lista que obtuvieron, después de estar allí sentados durante casi dos horas, no era demasiado larga. En realidad no había demasiados cerrojos allí, aún menos luego de que clausuraran el sótano cuando ellos eran chicos. Según recordaba Ernesto, que era algo más grande que su hermano, habían rellenado todo el nivel, a excepción de un pequeño cuarto debajo de la cocina. Sin embargo dos años después, terminaron levantando una pared delante de la puerta, y tapando el hueco de la escalera. Aquel recuerdo se encontraba tan nítidamente grabado en su memoria, que aún recordaba el lugar exacto donde había estado. Facundo ni siquiera recordaba, que alguna vez habían tenido un sótano, tan era así que se sorprendió bastante cuando su hermano lo mencionó.
No tardaron mucho en decidir lo que iban a hacer. Después de todo, solo tendrían que levantar dos o tres tablones, lo necesario para poder pasar. Ernesto tomó la caja de herramientas que estaba guardada en el garaje, y rápidamente comenzó a despegar uno de los tablones, con un martillo. Su hermano tomó otro, y comenzó a hacer lo mismo con el tablón de al lado. Pocos minutos después habían levantado cuatro maderas, y dejado espacio más que suficiente para bajar.
Al costado, había una tecla de iluminación, y en la pared una lámpara colgando. Facundo la accionó sin demasiadas esperanzas, pero contra todo pronóstico, aún funcionaba. No era demasiado potente, pero daba suficiente luz. La escalera era corta, constaba de solo diez escalones, y a diferencia de lo que recordaba su hermano, al final no había ningún muro de ladrillos; solo una pesada puerta de madera. Ernesto se acercó hasta pararse delante, y conteniendo el aliento casi por completo, introdujo la oxidada llave en el cerrojo. Comenzó a girar la llave, y luego de ejercer algo de fuerza, esta cedió; la puerta se abrió con un ruido fuerte y sordo.
Al otro lado, la oscuridad era la reina absoluta, y si bien, una vez que la puerta estuvo abierta de par en par, la luz de la escalera se escurría dentro del cuarto, no se veía nada más allá de la entrada. Facundo se acercó y usando la luz de la pantalla de su celular, intentó iluminar un poco. Lo único que pudo distinguir entonces fueron sombras y algunos contornos. Al lado de la entrada, había otra tecla de iluminación. Ernesto creyó que si la de la escalera aún funcionaba, tal vez esa también. Lo más increíble de todo, fue que tenía razón…
En cuanto el cuarto se iluminó, la escena que se presentó ante ellos los dejó sin aliento. El cuarto estaba lleno de objetos de arte de la más variada índole. Allí adentro había de todo: desde joyas con perlas y piedras preciosas, hasta algunas de las obras de arte más famosas. En total contaron veinte cuadros que debían valer millones de dólares. Las joyas eran en su mayoría de oro y platino, y las piedras eran diamantes esmeraldas y rubíes. Y si bien ninguno de los dos podía considerarse un experto en arte, estaban convencidos que allí adentro había una enorme fortuna. En ese momento entendieron el porque del pedido de su madre moribunda, aunque aún no se imaginaban como había llegado todo eso a aquel lugar.
Facundo caminó por el cuarto hasta pararse, delante de una de los exhibidores donde estaban preservadas, cuidadosamente aquellas joyas. Encima del vidrio había un sobre liso, en donde se podían leer sus nombres. Lo tomó entre sus dedos, y sacando la carta de su interior, comenzó a leer en voz alta. Era una carta de su madre:
“Queridos hijos:
Si llegan a leer esta carta, lo más probable es que yo haya muerto, y que ustedes finalmente hayan encontrado la “Herencia Familiar”. Seguramente en este momento se preguntarán de donde ha salio todo. Si se tomaron el trabajo de contar, sabrán que hay veintiún pinturas –todas ellas de enorme valor- y en total cuarenta y siete joyas de lo más excepcionales. Todo esto conforma la fortuna de nuestra familia.
En uno de los muebles, encontraran los títulos de propiedad de los cuadros, y los certificados de autenticidad de las joyas. El valor total de lo que hay en el cuarto, era en 1993 de ciento quince millones de dólares. Dicho monto puede haber cambiado, pero no creo que haya disminuido; por el contrario. Este fue el modo en el que decidimos invertir el dinero que obtuvimos por la venta de una serie de patentes que su padre y yo habíamos registrado a nuestro nombre.
Se preguntarán por que jamás les dijimos nada sobre esto, bueno, sucede que en ese momento decidimos que era lo mejor. Jamás quisimos que ustedes vivieran como millonarios, por el solo hecho de que no queríamos esa vida para ustedes.>Cada tanto, si nuestra economía lo requería, vendíamos alguna de las joyas menos valiosas, o alguno de los diamantes sueltos que se encuentran en las tres bolsitas de felpa negras. Jamás necesitamos más, y mucho menos necesitábamos ser tratados diferentes por nuestro dinero. El dinero no solo cambia a las personas, sino también a quienes los rodean...
Ahora que nosotros ya no estamos, todo esto es suyo. Solo espero que como les pedí, no hayan vendido la casa, y que no se dejen seducir por el dinero. Yo se porque se los digo: hubo un tiempo en el que yo misma, me sentí seducida por su poder…”
La carta terminaba de aquel modo tan abrupto. Facundo se había quedado sin habla. Se fijó si había más dentro del sobre, pero no era así. Ernesto estaba simplemente azorado. Levantó la vista y observó a su hermano menor; de pronto se le iluminó la cara.
- Eso quiere decir que somos millonarios.- El otro lo miró aún perdido, pero luego le habló con mucha seriedad.
- Ya escuchaste lo que nos dijo mamá. Nadie debe saber sobre nuestra fortuna.- Ernesto lo miró entonces con la misma seriedad que él y asintió con su cabeza. De eso no debía enterarse nadie.
Al día siguiente le avisaron a Robles que la casa ya no estaba en venta. A sus mujeres les dijeron que sus padres, habían dejado suficiente dinero como para pagar todas sus deudas, pero jamás les aclararon cuanto. No les resultó muy difícil vender dos de los pequeños diamantes que estaban en las bolsas negras. Sus padres incluso les habían dejado los datos, de algunos joyeros famosos por su discreción absoluta. Luego de saldar todas sus deudas, invirtieron el resto en la distribuidora. Ernesto, dejó finalmente su empleo en el negocio de don Armando, y comenzó a trabajar con su hermano. Decidieron trasladar las oficinas de la administración, a la vieja casa de sus padres. En cuanto al cuarto, volvió a quedar cerrado; esperando él día en el que por alguna razón, fuera necesario volver a abrirlo.
Habían decidido respetar la voluntad de sus padres: Nadie sabría jamás sobre la existencia de aquel majestuoso tesoro. Ese secreto, también sería parte de la Herencia de la familia Torres.
