jueves, 26 de febrero de 2009

Una Noche muy Larga

El cuarto se encontraba prácticamente a oscuras. Una luz mortecina, le daba un tinte amarillo pálido al lugar. Juan Carlos se esforzaba por girar su cabeza y mirar a su alrededor. Su cuerpo estaba lleno de cortes; algunos era tan solo superficiales, pero otros era bastante profundos. De todos brotaba suficiente sangre, como para que esta escurriera por sus extremidades, y cayera al piso formando un gran charco rojo.
Su rostro había perdido sus facciones. Los golpes desmedidos de sus captores, lo habían desfigurado de tal modo, que Juan Carlos pensó que ni su madre podría reconocer su cadáver cuando lo encontraran. En la cavidad ocular derecha -donde antes había estado su ojo-, un pañuelo sucio y ennegrecido trataba de detener la hemorragia. Con gran esfuerzo, giró su dolorido cuello y pudo ver en la bandeja de acero, junto a los elementos de tortura, su ojo derecho atravesado con un pinche a modo de brocheta. Quería llorar, pero se había prometido que no les daría ese gusto.
Siguió girando su cabeza, y fue entonces que volvió a verla… A dos o tres metros de donde el se encontraba, se hallaba el cuerpo inerte -sin vida- de su mujer. Maria Laura, no había podido resistir demasiado. Ella siempre había tenido problemas. Fue por eso que una o dos horas antes, su corazón había fallado. Tal vez había sido lo mejor, ya que de otro modo, él no hubiera podido soportar ver como la torturaban a ella.
Ya no le quedaba nadie en este mundo, no tenía nada que perder. Su mujer había muerto hacía escasas dos horas, y su hijo había sido fusilado durante el secuestro. Fue con la última exhalación de Maria Laura que tomó aquella determinación: Había decidido que no daría el brazo a torcer, que no les diría nada. Había tomado una decisión. ¡No les daría el gusto!
Miró hacia fuera, y vio a sus tres captores parados ahí, charlando y riendo; como si el desastre que habían armado dentro de esa habitación, no tuviera importancia. Cerró su ojo, y dejó caer la cabeza. No pasó mucho tiempo para que escuchara la puerta abrirse, y los pasos de uno de ellos que se dirigían directamente hacia él.
De repente, los pasos se detuvieron.
- Decinos lo que queremos saber, y te prometo que esto se va a acabar muy pronto.-
Juan Carlos juntó fuerzas, levantó su cabeza y lo miró directo a los ojos. El torturador, lo observaba amenazadoramente. El, lejos de amilanarse, lo miró más fijamente aún, casi sin pestañar. Reunió su último aliento y con gran esfuerzo, lo escupió en la cara.

Aquel hombre, se llevó la mano a la cara y se limpio. Volvió a ver a su invitado; fue entonces que lo comprendió. Fue en ese instante que se dio cuenta de que esa, sería una noche muy larga…

martes, 24 de febrero de 2009

En el bosque del Condado de Erin

Aquel pequeño ser de no más de treinta centímetros de altura, se escondía de los gigantes, detrás de las hojas de un pequeño arbusto. El cazador, había oído infinidad de relatos sobre la existencia de unas pequeñas criaturas, que habitaban aquellos bosques. El hombrecito estaba muy asustado; aquel no era el primer humano que intentaba cazar a uno de los suyos, pero si el primero que lo estaba rastreando a él. Trataba de quedarse lo más quieto posible para no hacer ruido. El cazador parecía decido a no irse de allí sin su "trofeo"…

Ese bosque estaba prácticamente deshabitado. El poblado más cercano estaba a casi cincuenta kilómetros de sus límites, y aunque tenía una importante cantidad de especies animales, no era muy común ver cazadores por esos lugares. Krickert había escuchado por primera vez sobre la existencia de aquellos seres, de los labios de un joven del poblado de Erin; los locales los llamaban "Winis". Según sus relatos, los Winis eran una tribu de gnomos (o duendes, como se los solía nombrar también en las leyendas) que vivían en aquellos bosques, y muy pocas veces se habían dejado ver por los humanos.
El hecho de que el muchacho hubiera tomado bastante de más al momento de contar la historia, no pareció importarle demasiado. Krickert era un cazador experimentado que buscaba desde hacía tiempo, una presa fuera de lo común. La historia de los Winis despertaba en él, una gran curiosidad; tanta que en los últimos seis meses, su investigación sobre la existencia de estos pequeños hombrecitos, se había vuelto su obsesión.
Hacía horas que seguía lo que parecía ser el rastro más prometedor de todos. Unas pequeñas huellas, aparentemente de un bípedo pequeño. Bien podía se alguna clase de pezuña, pero al menos a simple vista, las marcas parecían coincidir con las que dejaría un calzado de ese tamaño. Krikert seguía intentando racionalizar el asunto. El estaba convencido de que lo que los locales llamaban Winis, era una especie de roedor de gran tamaño; sin embargo, las evidencias que había hallado aquel día, permitían hacer otra clase de conjeturas.

El pequeño gnomo seguía agazapado detrás de aquella planta. Worx (tal era su nombre) intentaba entender como había sido que se había metido en aquel problema. El había hecho lo mismo que todos los días, cómo siempre estaba solo, lejos del resto de su tribu. Fue en ese instante que lamentó ser un wini solitario... Cada parte de su cuerpo temblaba como aquellos pequeños animalitos que solía ayudar. Le costaba sostener el palo que intentaba blandir a modo de defensa. El era perfectamente consciente de que, de ser descubierto, aquel trozo de madera no le sería de ninguna ayuda; pero se aferraba a él de todos modos.
El cazador seguía rondando a uno o dos metros de él, y bastó un pequeño descuido, un ruido casi imperceptible, para que este descubriera su escondite. Worx estaba demasiado asustado como para escapar; Krikert solo tuvo que acercarse hasta el arbusto, para poder observar con gran incredulidad, la figura casi humana del pequeño ser. El Wini vestía ropas azules, y llevaba una suerte de vincha en el pelo, que impedía que su largo cabello le cayera en la cara. Estaba temblando; entre sus manos tenía una pequeña lanza, tan solo cinco o seis centímetros más alta que él mismo.
El gigante no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Aquel pequeño parecía entender perfectamente lo que él hacía allí, y actuaba en consecuencia. El arma que empuñaba con sus manos en pose defensiva, no tenía el aspecto de una simple rama. Eso le dio la pauto de que los dichosos Winis, eran seres inteligentes con habilidades similares a las de los hombres. Ahora su duda era si podría comunicarse con él.
-¿Tienes un nombre hombrecito?- Worx dudó unos instantes, pero finalmente decidió responder. A diferecia de la mayoría de sus compañeros, él entendía casi a la perfección el idioma de los humanos de aquellas tierras...
- Me llaman Worx.- no supo que más decir. En ese instante, pasaron por su cabeza decenas de frases amenazadoras, pero finalmente comprendió que no había modo de que pudiera asustar al cazador.
- No lo puedo creer, entiedes lo que te estoy diciendo.-
- La mayor parte de tu lenguaje. De hecho es un idioma bastante facil de aprender.- Krikert estaba cada vez más sorprendido. Lo que en un principio había tomado como una expedición para encontrar un nuevo espécimen raro para su colección, se había convertido en el descubrimiento de una raza de seres capaces de razonar, pero totalmente diferente de la humana.
La actitud del hombre, hizo que Worx bajara la guardia, y a partir de ese momento, ambos comenzaron a conversar sobre los temás más variados. Estuvieron hablando y bebendo del vino de Kriket durante horas. Hasta que en cierto momento, el cazador se quedó profundamente dormido. Worx no podía creer la suerte que había tenido.
Fue en ese momento que tomó la decisión de irse sigilosamente de allí. Si bien el gigante al final le había caido bastante simpático, no podía estar seguro de cuales serían sus intenciones una vez que despertara. Mientras caminaba se preguntó si hubiera podido ser amigo de aquel humano; pero pronto alejó esa idea de su mente, considerando que los Hombres, generalmente no eran de fiar. Así fue, que comenzó a avansar por ciertos senderos que solo los winis conocían, y pronto despareció cubierto por el velo de la noche.

A la mañana siguiente Krikert despertó con un terrible dolor de cabeza. Había tomado demasiado. Intentó recordar entonces los sucesos de la noche anterior. Vienieron a su mento algunas imagenes de él conversando con un pequeño hombrecito con una pequeña lanza entre sus manos; pero al revisar en el improvisado campamento no halló nada que le indicara que aquello había sucedido, y pronto se convencio de que todo había sido un sueño.
A media mañana terminó de levantar todas sus cosas y armar el saco de viaje. Aquella expedición había sio un verdadero fiasco.
Observó entonces la fogata apagada por últma vez, y emprendió nuevamente el camino hacia el poblado de Erin. Aún sentía aturdido el cerebro, y sabía que pasarían varios días hasta recuperarse por completo...

Una semana después, estando de regreso en la posada de Erin, se le ocurrio vaciar el saco y desechar todo aquello que no le sirviera. Fue en ese momento que encontró algo que lo dejó mudo: en el fondo de la bolsa, había una pequeña lanza de no más de treinticinco centímetros. Estaba perfectamente afilada, y tenía su punta convenientermente templada al fuego. La observó varias veces resistiéndose a aceptar lo que sus ojos veían. Finalmente lo hizo. Al parecer, después de todo, lo ocurrido aquella noche no había sido un sueño.

domingo, 22 de febrero de 2009

Nada había sido casual (parte 2 y final)

viene de la parte 1

La doctora Carla Benson, era la médica de la nave. Estaba durmiendo en su habitación, cuando Cássara la despertó con su llamado. Pocos instantes después, cuando logró despabilarse por completo, revisó su monitor cardíaco. Efectivamente, la señal de Roths había desaparecido.
- Computadora: Ubica el comunicador del Ingeniero de vuelo.-
El ordenador, no tardó demasiado en mostrar en la pantalla de su organizador, el sector y la ubicación exacta. No podía perder tiempo; cabía la posibilidad de que fuera una falsa alarma, pero no estaba dispuesta a correr ese riesgo. Salió de su habitación, justo para encontrarse con Sorino que acababa de enterarse de lo que estaba pasando. Se dirigieron ambos hacia el pasillo de acceso de la cubierta inferior. Y fue allí que lo encontraron, tan solo a unos metros del acceso al elevador. Benson se agachó y controló los signos vitales.
-¿Y doctora?, ¿Cuál es su diagnóstico?- Carla Benson movió su cabeza negativamente y luego habló.
- Está muerto Capitán… Ya no hay nada que podamos hacer, la actividad cerebral ha desaparecido por completo.-
- ¿Puede decirme cual fue la causa de la muerte?- Sorino de repente se sintió muy preocupado. Tenía miedo de que los marcianos tuvieran razón, y que la nave estuviera siendo atacada por alguna clase de enfermedad mortal.
- El escaner me muestra que los niveles de oxígeno en sangre han descendido considerablemente. Al parecer Cecil murió asfixiado. Es como si de repente se hubiera quedado sin aire.- Alberto Sorino se apresuró a controlar los niveles de oxígeno en aquella cubierta.
-¿Cómo puede ser? Los niveles atmosféricos son normales. Además no hay ningún registro de que hayan descendido en algún momento durante las últimas veinticuatro horas.-
- No lo sé Capitán. Yo solo puedo decirle que Cecil Roths ha muerto sofocado por falta de oxígeno.- luego de aquella aseveración, ambos permanecieron en silencio. Ninguno de los dos entendía que había pasado.

En otra parte de la nave, Eric Sapiola, revisaba los ductos que el ingeniero de vuelo le había encargado. Eric era el ayudante del ingeniero, y su tarea era realizar la mayor parte de los controles rutinarios de la nave. En ese momento realizaba sus tareas asignadas como todos los días. De repente notó algo extraño; una alarma que acababa de encenderse. Miró detenidamente la pantalla de su PDA y verificó que los niveles de oxígeno habían bajado casi hasta cero. No tuvo demasiado tiempo, ya que poco después comenzó a sentir como la falta de aire hacía que perdiera el conocimiento…

A la mañana siguiente, el funcionario de la aduana que había mantenido aquella comunicación con el capitán Sorino, envió un mensaje a la nave diciéndole que habían autorizado su descenso. Pero luego de intentar establecer la conversación seis veces, entendió que estaba pasando algo malo. Rápidamente ordenó un escaneo de la nave. Los niveles atmosféricos y todo lo demás eran normales, pero no detectaban ningún signo vital.
La escuadra de seguridad, entró a la nave, solo para comprobar que sus diez tripulantes habían muerto. La autopsia que se realizó pocas horas después, confirmó lo que los escaneos vitales habían mostrado en un primer momento: Todos habían muerto asfixiados; sofocados por falta de aire. Poco después la nave fue devuelta a la compañía terrestre a la que pertenecía, y al poco tiempo le fue asignado un nuevo capitán y una nueva tripulación.
Ni aquel funcionario, ni ninguno de los expertos que consultaron en las siguientes semanas, pudieron determinar lo que había pasado. Jamás supieron lo que había ocurrido…

Dos décadas después, un grupo científicos de la colonia de Venus, descubrió que las resinas que usaban en aquella época para fabricar los cristales de fibra de diamante, desprendían bajo ciertas condiciones, una clase de sustancia psicotrópica que hacía creer a las personas que se estaban asfixiando; provocando de ese modo, una respuesta fisiológica acorde a un sofocamiento real.
El descubrimiento sirvió para explicar lo ocurrido en la nave de Marte, y en otros cuatro o cinco casos similares, registrados durante esos años. Si bien en parte aquello era cierto, la realidad había sido un tanto más compleja. Nunca supieron sin embargo, que las condiciones necesarias para que la sustancia se liberara, no habían estado presentes en ese caso. Eso solo significaba una cosa.
Nada de lo ocurrido había sido casual.

Nada había sido casual (parte 1)

El puente de mando de la nave estaba en completo silencio. Daniel Cássara dormitaba sentado en la silla del capitán; de a ratos parecía salir de su letargo para mirar a través del gran ventanal frontal. Al otro lado del grueso cristal de fibra de diamante, podía contemplar la silueta recortada de Marte. La nave se encontraba en orbita alrededor del planeta rojo, esperando la autorización para aterrizar. Los procedimientos burocráticos del cuarto planeta, solían ser exhaustivos y bastante tediosos; pero su nave, esperaba desde hacía casi cinco días. En otra parte de la nave, el Capitán Sorino, intentaba razonar con el personal de la aduana.
- Hace casi cinco días que esperamos su confirmación. Ya les mostramos el manifiesto de carga, y saben que llevamos medicamentos. La autoridades de sanidad nos están esperando desde hace días.- Sorino comenzaba a enojarse.
- Yo lo entiendo a usted Capitán. Pero usted debe hacer lo propio con mi persona, estoy atado de manos. Según una denuncia recogida por mi departamento, esa nave se encuentra en cuarentena. Hasta que el peligro desaparezca, no podré dejarlos aterrizar.-
-¿Usted me está tomando el pelo? Sabe muy bien que solo tenemos provisiones y oxigeno para unos cinco días más. Si no descargamos entre hoy a la noche y mañana, deberemos regresar a la Tierra. Si no fuera por los medicamentos, yo ya me hubiera vuelto para casa. La verdad que su atención al turista deja mucho que desear…-
- No puedo hacer nada por usted señor. Los escaneos ambiéntales, han detectado la presencia de ciertos microbios en su aire, que sugieren que sufren una serie de enfermedades pulmonares.- Sorino, estaba a punto de perder el buen juicio.
-¿Pero de que está hablando? Si el único enfermo aquí, es nuestro Ingeniero; que tiene una gripe común y silvestre. De hecho dentro de nuestro embarque hay vacunas para esa enfermedad.- El Inspector de aduana lo observó triunfante.
- O sea que admite que nuestro análisis fue correcto…-
- Pero si esa no es un enfermad que requiera cuarentena. Nuestros bisabuelos la curaban con un poco de caldo de pollo. Es inofensivo…- El funcionario hizo un gesto con las manos como diciéndole que él nada podía hacer. Fue en ese momento que Sorino cortó abruptamente la transmisión. Se sentía completamente impotente ante la situación. Todo por una simple gripe…

El capitán estaba indignado. Caminaba de una punta a la otra de su habitación, murmurando y maldiciendo. Pronto comprendió que no podía hacer otra cosa más que esperar. Finalmente se sentó frente a la computadora, e hizo lo único que le quedaba por hacer: mandar un mail al consulado terrestre en Marte. Hacía casi cincuenta años, que la colonia marciana, se había independizado del tercer planeta, y desde entonces habían endurecido año a año los requisitos para el ingreso de naves terrestres al planeta. El creía que tal vez el consulado en el planeta rojo, podría destrabar la situación.

Cecil Roths, era el ingeniero de vuelo de la nave. Hacía días que padecía una simple gripe, pero era tanto el malestar que sentía, que los primeros dos días había estado en cama alimentándose a base de caldos y galletitas de agua. Para ese momento estaba recuperado casi por completo, pero aún se sentía algo decaído y bastante congestionado. Estaba realizando tareas rutinarias de mantenimiento en la sala de máquinas en el nivel inferior, muy cerca de la bodega de carga. Y fue allí que descubrió algo bastante preocupante.
Los niveles de oxigeno descendían abruptamente y aquello le daba la pauta de que tan solo les quedaban pocos minutos de aire. Dejó todo lo que estaba haciendo y se apresuró a manipular el tablero de comunicaciones para avisarle al capitán. Pero no había caso, el panel no respondía; los niveles de energía de la nave también descendían. No tenía demasiado tiempo, así que puso los sistemas de puertas de la nave en manual, y a un ritmo demasiado lento, comenzó su carrera por alcanzar el puente de la nave. Sabía que en cualquier momento se terminaría todo, así que se apresuró lo más que pudo, pero no fue suficiente. Pronto comenzó a sentir la falta de oxígeno y poco después cayó inconsciente en el piso de aquel pasillo.

El resto de la tripulación permanecía completamente ajeno a todo esto, y no parecía verse afectada por el desperfecto. Daniel Cássara seguía en el puente de mando, sentado en la silla del capitán. Sabía que debía permanecer despierto ya que en cualquier momento aparecería Sorino, y no debía encontrarlo flojeando. De pronto levantó la vista y notó una pequeña diferencia, casi imperceptible, en el monitor de signos vitales de la nave. En realidad no entendía como lo había notado, la señal cardiaca de Roths había desaparecido…


Continua parte 2

jueves, 19 de febrero de 2009

Olvidalo Ya

-¡Olvidalo ya!- Le decía “el turco”.- Cuanto más pienses en ello, va a ser peor...- Fabio, había estado con la vista fija en el camino, y sin hablar durante las últimas dos horas.

Realmente no era tan fácil olvidarlo. Aquel, tendría que haber sido un trabajo sencillo: en teoría, estaba todo panificado hasta el detalle hacía semanas. Aquel sitio, no debía representar una complicación para ellos; pero todo había salido al revés.

La Pequeña Joyería, era atendida por un hombre bastante mayor; su dueño. El no parecía darse cuenta, pero allí tenía joyas muy valiosas. No entendían porque la seguridad allí estaba tan descuidada. Aquello era demasiada tentación para dos profesionales como el turco y Fabio...
Tardaron semanas en planificarlo todo. Cada detalle había sido contemplado. Y el resultado había sido un plan más que simple, tanto que resultaba genial. Lo que más tiempo les había llevado, había sido descifrar el complejo sistema de alarmas del local; pero superado ese obstáculo, lo demás fue muy sencillo.
Aquella noche, esperaron a que el anciano cerrara el local. Era Jueves, y al día siguiente -8 de diciembre- la joyería no habría, pero -como la mayoría de la gente trabajaba al otro día- aquella noche no había ni una sola persona en la calle. Como a las doce -casi dos horas después de que la joyería cerrara- decidieron entrar...

Fabio, se sentía realmente alterado. Había permanecido en silencio, desde aquel fatídico momento. Su Cabeza era un torbellino, tanto que no podía pensar claramente. El turco trataba de que le respondiera, pero Fabio seguía encerrado en si mismo, reviviendo una y otra vez aquello que tanto lo había alterado. Estaba como loco, sudaba copiosamente, y su mirada parecía la de un muerto. El turco temía lo peor.

Con suma tranquilidad, habían seleccionado tan solo aquellas piezas, que realmente valían la pena. Ambos tenían muchos años en ese negocio, y sabían perfectamente cuando algo valía lo suficiente... Ya habían cargado la camioneta, y solo faltaba ordenar un poco el lugar, cuando sucedió lo que jamás hubieran imaginado...
El dueño regresó, y los sorprendió in fraganti. Sabían que si no hacían nada, estarían perdidos. Fue el instinto el que actuó, cuando el turco sacó su cuchillo y tomando la hoja entre sus dedos, apuntó hacia el viejo, y con gran puntería se lo clavó en el pecho. Fabio no creía lo que sus ojos veían. El anciano se retorció unos momentos, para luego caer de rodillas con los brazos a los costados. Los miraba sin entender nada. En su mirada se podía ver como se le escapaba la vida segundo a segundo. Hasta que culminó su agonía, y cayo inerte de cara hacia el piso.
Debían salir inmediatamente de allí; Fabio se levantó, y caminando como un zombi, se subió a la camioneta, y comenzó a conducir...

De repente, como en un flash, el turco entendió lo que Fabio estaba a punto de hacer. Desesperado intentó tomar el volante, pero no logró que su amigo lo soltara. Impotente, tan solo atinó -en un desesperado intento- a repetir lo que ya le había dicho varias veces, antes de que fuera demasiado tarde.

-¡Olvidalo ya!- el otro, lo miró con el rostro cubierto de lágrimas y la mirada de quien ha abandonado la cordura, pero no dijo nada.

El auto salió del camino, y ya sin nada que lo impidiera, se precipitó por el acantilado. El turco sabía que en pocos segundos todo terminaría. Y fue en ese momento, que Fabio pareció salir de su letargo, para decir simplemente dos palabras.

- No puedo...-

martes, 17 de febrero de 2009

Peter y Laura

La joven parecía sentirse cada vez más incomoda, con cada acercamiento. El muchacho, le resultaba bastante apuesto, sin embargo, allí las apariencias eran lo único que importaban…

Esa noche, Peter había visto una morocha -de pelo largo y ondulado-, que le había partido la cabeza. Se acercaba insistentemente a la chica, y aunque ella, no le daba ni la hora, él seguía intentándolo. La chica pertenecía a ese selecto grupo, que se consideraba más que los demás, que pertenecía a la “alta sociedad”. Claro que si iba a ese bar en particular, sería muy difícil hallar una chica que no perteneciera a ese grupo. Resultaba increíble verlo embobado con aquella mujer, que representaba todo lo que él solía combatir.
En ese bar -en la zona más céntrica de la capital-, se reunían la clase “alta” de la sociedad. Era un lugar lleno de esnobs, hombres y mujeres mucho más preocupados por su imagen y las apariencias, que por las cosas realmente importantes de esta vida. Peter Pertenecía a un grupo de gente que repudiaba el estilo de vida de los más ricos; si bien él no era pobre, no había vivido nunca con demasiados lujos. Su familia había llegado allí, cuando a su padre lo asignaron a la embajada inglesa. Para ese entonces, él tenía unos 18 años, y si bien, hubiera podido quedase en su Oxford natal, había decidido partir hacia el otro lado del mundo junto a su familia. Ya habían pasado cinco años desde entonces, y Peter había aprendido a amar ese lugar, como si realmente hubiera vivido toda su vida allí.
La joven seguía conversando con dos amigas de los temas mas triviales imaginables. Sobre la ropa que se había comprado Meredith, sobre el nuevo auto de Jamie, etc. Todo muy superficial y en el fondo vacío. Se notaba que ella no estaba conforme con esa vida, pero tampoco se esforzaba por cambiarla. Allí se estaba “adentro” o “afuera”, y lo mejor para una chica de buena familia como ella, era permanecer adentro. Peter hizo un último intento con aquella mujer; e increíblemente sucedió algo que jamás creyó que pudiera pasar…

Ella se llamaba Laura; pertenecía a una familia inglesa originaria de Liverpool. Había estado observando a Peter, y fue un detalle, el que le hizo ver que él no era un “tirado” como creían sus amistades. Un detalle, que le permitió dejar de ignorarlo.
-¿Eres Inglés no?- él la miró bastante sorprendido, pero le respondió dándose algo de aires.
- Si, me llamo Peter Canwell, mi padre es agregado diplomático en la embajada. Tú también eres inglesa… ¿Cómo te llamas?- Ella sonrió y triunfante le contestó.
- Soy Laura Seigfield, mi padre es un comerciante de Liverpool. De allí soy yo.-
El le contó que su familia era de Oxford, y que su padre había llegado a ser rector de la cátedra de Política de la universidad. Le dijo también que cuando le ofrecieron a su padre, el puesto de secretario en la embajada en ese país, había decidido irse con ellos. Y que en ese momento se estaba dando cuenta de que había tomado la decisión correcta. Laura se sonrojó ante aquel comentario, pero se sintió halagada. La discreta sonrisa que le dedicó, le dijo a Peter que iba por buen camino. Le invitó una copa, ella aceptó. Era todo un avance, ya que eso significaba que estaba dispuesta a mostrarse socializando con él.
Charlaron durante horas. Ella se sentía estimulada al poder hablar con alguien interesante tanto física como intelectualmente. Laura era una chica muy inteligente y a la que le encantaba mantener conversaciones sobre política, economía e incluso filosofía. Pero no eran muchas las oportunidades de hacerlo, estando inmersa en un ambiente tan superficial como el suyo. Con cada minuto, sentía un mayor interés por aquel joven que tan insistentemente la había cortejado esa noche.
Serían las seis de la mañana cuando finalmente se despidieron. Ella le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, y tomando su cartera se marchó junto a sus amigos. Peter, quedó nuevamente solo, tocándose con la mano la mejilla donde ella lo había besado, y observándola alejarse. Tomó también sus cosas, y luego de despedirse de aquel conocido que lo había invitado a ese bar, salió también de allí. Habían quedado para encontrarse en un bar un tanto más tradicional al día siguiente. El esperaba que fuera…
Laura, se sentó en el asiento delantero del auto de su amiga, y mientras las otras tres hablaban entre si, ella observaba a través de la ventana, y pensaba en aquellas últimas horas. Todo aquello que la rodeaba, las conversaciones vacías, los pseudo códigos de los “nenes bien”, le pereció de pronto poco trascendente e importante.
A la noche siguiente llegó puntualmente al lugar donde el joven Canwell la había citado. El la recibió de un modo que dejó a las claras el interés que sentía por ella. Ella volvió a sonrojarse, pero esta vez le sonrió visiblemente.
- Ven conmigo, te presentaré a mis amigos. Estoy seguro de que les caerás muy bien…-
Aquella noche habló con todos y cada uno de ellos. Por primera vez, sintió que encajaba. Había encontrado un grupo de gente que compartía su modo de ver la vida. El goce indescriptible que le producía una buena conversación. De a ratos miraba a su acompañante quien no dejaba de observarla con dulzura. Esa noche se dieron su primer beso.
Casi al amanecer, se despidió de todos, y Peter la acompañó hasta su casa. Antes de cruzar el umbral, ella volvió a besarlo.
- Pasé una noche maravillosa. Gracias por todo.- el la miró y con una gran sonrisa le pregunto.
-¿Volveremos a vernos?-
- Por supuesto; ¿Qué te parece el lunes a las siete de la tarde? Te esperaré en el bar.-
- Es un trato. Esperaré con ansias ese momento.- Peter se retiró al mismo tiempo que ella entraba en la casa.
Laura supo de repente que ya no podría tolerar aquellas charlas estériles, aquellos momentos vacíos. Aquella noche, algo había cambiado en ella, y a partir de ese momento sintió que jamás volvería a disfrutar de la trivialidad. Entendió que a partir de ese instante, ella también estaba “afuera”. Y todo, gracias a Peter. Al igual que él, esperaría con ansias el próximo lunes…

domingo, 15 de febrero de 2009

La Mujer del Norte

El pueblo se vio conmocionado por la llegada de aquella extraña joven de piel blanca como la leche, y cabellos dorados como el sol. Por aquellos parajes, nadie había visto jamás a alguien como ella. Se llamaba Aura, y su jovialidad no conocía límites. Desde su llegada, había puesto de cabeza el pequeño poblado de "Barro Viejo". Pero no todos allí veían mal la conducta de la chica. Había gente como Pedro, que se sentía extrañamente atraída por su forma de ser.
Aura venía de una tierra muy lejana; un lugar en donde según los relatos de algunos viajeros, casi todos eran tan blancos y rubios como ella. Un lugar con costumbres muy diferentes a las de ellos. Era por eso que su conducta producía tanto revuelo... La "Rubia", había llegado allí de un modo completamente accidental, en un pequeño bote a la deriva proveniente de los mares al norte del continente. Aún después de diez meses, ella jamás había dado más explicaciones sobre su llegada. No había una sola persona en aquel pueblo que pudiera explicar el modo en el que un bote tan pequeño habría podido realizar semejante travesía.
Eran tiempos difíciles; según las noticias que llegaban, el reino estaba en guerra con la gente del norte. Ella bien podía ser una espía enviada por el enemigo... Sin embargo para Pedro aquello resultaba absurdo. Barro Viejo no tenía nada de valor, que pudiese justificar semejante entramado de espionaje. Además ya habían pasado mucho tiempo. Pero el malestar de la mayoría de los vecinos, había crecido hasta tal punto que ya había quienes hablaban de ponerla de nuevo encima del bote y que se fuera de allí. Aura que era completamente ajena a todo esto, se había acostumbrado a vivir en el pequeño pueblo. Según decía a todos, no tenía la menor intención de irse de allí, al menos en lo inmediato...
Los odios iban creciendo y consumían lentamente el buen juicio de muchos de los habitantes del lugar. Y fue una noche, cuando la joven dormía placidamente en su cama, que una sombra entró a su habitación y sigilosamente le clavó un cuchillo en el corazón. Aura ni siquiera despertó, fue tan certero el golpe, que la muerte le llegó casi al instante.
No fue sino hasta la mañana siguiente que Pedro tocó a la puerta de la habitación que le había cedido en la planta alta de la posada que él administraba. Aquel día había despertado con un mal presentimiento, y el hecho de que ella no contestara, fue suficiente para que decidiera violar su privacidad abriendo la puerta con su llave maestra.
Al abrir, vio el cuerpo sin vida de la mujer de la cual había empezado a enamorarse... Aura yacía sobre la cama de paja. La sangre lo había teñido todo de rojo, pero increíblemente el rostro mostraba una paz absoluta. Se reconfortó al saber que no había sufrido, y por un momento pudo calmarse. Su madre, que esperaba hacía rato que ambos bajaran, entró a la habitación y vio a su hijo llorando silenciosamente al tiempo que de cuclillas al borde de la cama, sostenía la blanca mano de la chica. La imagen era difícil de definir.
Pedro se negaba a soltar su mano. Había pasado ya más de una hora, y el curandero del pueblo hacía rato que había llegado. Pero el se negaba a abandonarla. Sentía un vacío en el alma, y se arrepentía de no haberle confesado su sentir cuando aún podía hacerlo. Su muerte era completamente absurda; y más aún si se pensaba, que la había matado alguien del pueblo. Pedro estaba destruido, y fue recién cuando la tarde comenzaba a dejarle paso a la noche, que su madre logró que soltara la mano que aún sostenía y permitiera que el enterrador retirara el cadáver.

El entierro fue a la mañana siguiente, pero casi nadie asistió. Al parecer, la gente de Barro Viejo no sentía dolor por la muerte de Aura. Aún más, muchos parecían incluso aliviados. Durante los siguientes dos días, Pedro no salió de la posada. Hasta que al tercero, ordenando la habitación de la joven, encontró un objeto de un material para él desconocido, y una carta escrita por un anónimo. La leyó con avidez, y luego de hacerlo, la guardó en su bolsillo, para luego salir corriendo hasta el cobertizo.
Esa noche, una figura casi imperceptible, comenzó a excavar en la tumba. Llevaba en su mano un objeto misterioso, con el que se acercó al pozo abierto en el piso. Siguiendo las indicaciones de la carta, oprimió el botón rojo y lo apoyó sobre el cuerpo sin vida de la joven. Bastaron unos segundos, para que él pudiera notar como la herida en su pecho se cerraba, y lentamente Aura fue recuperando el aspecto que otrora había tenido. Pedro no entendía nada, pero eso no importaba: su linda rubia de piel blanca como la leche, acababa de despertar.
La joven asustada veía hacia todas partes. Se dio cuenta rápidamente que estaba en el cementerio, y viéndolo a los ojos le pregunto que estaba pasando. Pedro solo atinó a saltar dentro del pozo y abrazarla con todas sus fuerzas, al tiempo que murmuró unas palabras: "te amo, y jamás dejaré que te vuelva a pasar algo". Ella se sintió sorprendida por la confesión, pero lo abrazó aún más fuerte, consciente de que también estaba enamorada de él; esa era la razón por la que no había querido abandonar el pueblo...
Pedro sacó la carta de su bolsillo y volvió a leer las ultimas líneas de la misma: "Haré este favor por ti, pero nunca jamás deberán volver a este lugar. Despiértala y llévatela lejos de aquí. Deberás abandonarlo todo. Incluso a tu madre..." Luego la ayudó a salir de allí y tomándola de la mano la condujo hasta la carreta que tenía preparada a pocos metros de la tumba abierta.
-¿A donde vamos?- preguntó ella.
- Lejos de aquí; a donde tú quieras...- la carreta comenzó a ganar velocidad y a alejarse por el camino del bosque, en dirección hacia el norte.
Fue en ese momento que la joven vio su reflejo en un charco de agua justo al lado de ellos. Su rostro ya no era el suyo. Observó entonces a su compañero y no lo reconoció.
- Mira mi rostro. ¿Qué está pasando?- El no le contestó, solo continuó guiando la carreta y murmurando algo en un tono casi inaudible...

Desde la lomada, un extraño hombre vestido con ropas brillantes, ceñidas al cuerpo, los observaba alejarse. En su mano tenía aquel objeto que Pedro había usado para revivir a Aura. El mismo que ellos dos habían dejado en la tumba recién escavada. Lo observó detenidamente, y mientras lo hacía, sonrió...


Varios días después, Sara, la madre de Pedro, seguía buscando a su hijo, que estaba desaparecido. Finalmente, fue al único lugar al que no se había atrevido a ir: la tumba de ella. Y fue allí que vio algo que jamás hubiera esperado ver. La tumba estaba escavada, y el precario cajón de madera abierto. Sobre el pozo, estaba el cuerpo sin vida de su hijo, abrazado el cadáver de Aura.