El cuarto se encontraba prácticamente a oscuras. Una luz mortecina, le daba un tinte amarillo pálido al lugar. Juan Carlos se esforzaba por girar su cabeza y mirar a su alrededor. Su cuerpo estaba lleno de cortes; algunos era tan solo superficiales, pero otros era bastante profundos. De todos brotaba suficiente sangre, como para que esta escurriera por sus extremidades, y cayera al piso formando un gran charco rojo.
Su rostro había perdido sus facciones. Los golpes desmedidos de sus captores, lo habían desfigurado de tal modo, que Juan Carlos pensó que ni su madre podría reconocer su cadáver cuando lo encontraran. En la cavidad ocular derecha -donde antes había estado su ojo-, un pañuelo sucio y ennegrecido trataba de detener la hemorragia. Con gran esfuerzo, giró su dolorido cuello y pudo ver en la bandeja de acero, junto a los elementos de tortura, su ojo derecho atravesado con un pinche a modo de brocheta. Quería llorar, pero se había prometido que no les daría ese gusto.
Siguió girando su cabeza, y fue entonces que volvió a verla… A dos o tres metros de donde el se encontraba, se hallaba el cuerpo inerte -sin vida- de su mujer. Maria Laura, no había podido resistir demasiado. Ella siempre había tenido problemas. Fue por eso que una o dos horas antes, su corazón había fallado. Tal vez había sido lo mejor, ya que de otro modo, él no hubiera podido soportar ver como la torturaban a ella.
Ya no le quedaba nadie en este mundo, no tenía nada que perder. Su mujer había muerto hacía escasas dos horas, y su hijo había sido fusilado durante el secuestro. Fue con la última exhalación de Maria Laura que tomó aquella determinación: Había decidido que no daría el brazo a torcer, que no les diría nada. Había tomado una decisión. ¡No les daría el gusto!
Miró hacia fuera, y vio a sus tres captores parados ahí, charlando y riendo; como si el desastre que habían armado dentro de esa habitación, no tuviera importancia. Cerró su ojo, y dejó caer la cabeza. No pasó mucho tiempo para que escuchara la puerta abrirse, y los pasos de uno de ellos que se dirigían directamente hacia él.
De repente, los pasos se detuvieron.
- Decinos lo que queremos saber, y te prometo que esto se va a acabar muy pronto.-
Juan Carlos juntó fuerzas, levantó su cabeza y lo miró directo a los ojos. El torturador, lo observaba amenazadoramente. El, lejos de amilanarse, lo miró más fijamente aún, casi sin pestañar. Reunió su último aliento y con gran esfuerzo, lo escupió en la cara.
Aquel hombre, se llevó la mano a la cara y se limpio. Volvió a ver a su invitado; fue entonces que lo comprendió. Fue en ese instante que se dio cuenta de que esa, sería una noche muy larga…
Su rostro había perdido sus facciones. Los golpes desmedidos de sus captores, lo habían desfigurado de tal modo, que Juan Carlos pensó que ni su madre podría reconocer su cadáver cuando lo encontraran. En la cavidad ocular derecha -donde antes había estado su ojo-, un pañuelo sucio y ennegrecido trataba de detener la hemorragia. Con gran esfuerzo, giró su dolorido cuello y pudo ver en la bandeja de acero, junto a los elementos de tortura, su ojo derecho atravesado con un pinche a modo de brocheta. Quería llorar, pero se había prometido que no les daría ese gusto.
Siguió girando su cabeza, y fue entonces que volvió a verla… A dos o tres metros de donde el se encontraba, se hallaba el cuerpo inerte -sin vida- de su mujer. Maria Laura, no había podido resistir demasiado. Ella siempre había tenido problemas. Fue por eso que una o dos horas antes, su corazón había fallado. Tal vez había sido lo mejor, ya que de otro modo, él no hubiera podido soportar ver como la torturaban a ella.
Ya no le quedaba nadie en este mundo, no tenía nada que perder. Su mujer había muerto hacía escasas dos horas, y su hijo había sido fusilado durante el secuestro. Fue con la última exhalación de Maria Laura que tomó aquella determinación: Había decidido que no daría el brazo a torcer, que no les diría nada. Había tomado una decisión. ¡No les daría el gusto!
Miró hacia fuera, y vio a sus tres captores parados ahí, charlando y riendo; como si el desastre que habían armado dentro de esa habitación, no tuviera importancia. Cerró su ojo, y dejó caer la cabeza. No pasó mucho tiempo para que escuchara la puerta abrirse, y los pasos de uno de ellos que se dirigían directamente hacia él.
De repente, los pasos se detuvieron.
- Decinos lo que queremos saber, y te prometo que esto se va a acabar muy pronto.-
Juan Carlos juntó fuerzas, levantó su cabeza y lo miró directo a los ojos. El torturador, lo observaba amenazadoramente. El, lejos de amilanarse, lo miró más fijamente aún, casi sin pestañar. Reunió su último aliento y con gran esfuerzo, lo escupió en la cara.
Aquel hombre, se llevó la mano a la cara y se limpio. Volvió a ver a su invitado; fue entonces que lo comprendió. Fue en ese instante que se dio cuenta de que esa, sería una noche muy larga…
