Emma era una turista norteamericana que había llegado a la patagonia argentina, para conocer los lugares de los que sus amigos, le habían hablado tantas vaces. Había estado recorriéndolos los ultimos quince días y debía reconocer que algunos de ellos, parecían mágicos. En especial había sentido esa sensación, al visitar el "bosque petríficado". Esos árboles tenían tantos años, que no le resultaba dificil imaginar el modo en el que habían convivido, con los distintos habitantes de aquel extraño paraje.
Ya había estado allí el segundo día de su viaje, pero por alguna extraña razón, tuvo la necesidad de volver a aquel lugar. Estaba parada justo delante de un ejemplar maravilloso. Era enorme y ya de por si, debía tener muchísimos años, en el momento en el que un capricho de la naturaleza, lo había congelado para siempre en un instante en el tiempo. Un enorme bloque de piedra, un fósil puesto allí como testigo de la historia. Emma se sentía casi hipnotizada, miraba aquel árbol con tal atención y concentración, que en cierto momento comenzó a sentirse bastante mariada. La vista se le comenzó a nublar, y de repente pudo entrever lo que a ella le pareció, una imagen desde el pasado...
Ella no lo sabía, pero hacía algo así como diez mil años, otra jóven, había estado parada al lado de aquel mismo árbol, planteandose exáctamente las mismas cosas. Su nombre se había perdido en el eco de la historia, pero su recuerdo aún perduraba en los mitos de los aborígenes de la zona. La llamaban simplemente "Malen", "Joven" o "Princesa" en el idioma mapuche.
Malen había nacido y vivido toda su vida, en la aldea que se encontraba cerca del bosque de los "Arboles de Piedra". Aquel sitio era considerado místico, y muy rara vez alguno de los suyos se animaba a adentrarse en él. Sin embargo Malen no era como la mayoría de los de su pueblo. Ella comprendía que aquel lugar era solo una rareza de la naturaleza, como esos huesos tan extraños que había visto el verano anterior, en su viaje hacia el norte.
En su viaje hacia aquel enorme valle, que se extendía hasta ser interrumpido por los grandes ríos, habían podido ver cientos de huesos esparcidos por el suelo, en la zona más desertica por la que pasaron. Al igual que los árboles, aparentaban ser de alguna clase de piedra. Parecían los restos de seres oscuros y monstruosos, por lo que de inmediato, casi todos sus compañeros de viaje, consideraron que se trataba de alguna clase de magia oscura. Malen en cambio, pensó que esos huesos habían pertenecido a algún animal tan antiguo, que ni siquiera había sobrevivido en las historias de la tribu.
Contrariamente a los consejos de todos aquellos a los que conocía, Malen visitaba aquel paraje frecuentemente, casi a diario. Para ella ese lugar representaba un misterio excepcional, una ventana al pasado más lejano. No tenía modo de saber la antigüedad exacta de ese bosque, ni siquiera podía darse una idea aproximada, pero por alguna razón estaba convencida de que era tan antiguo como aquellos huesos que aún recordaba.
La vida en la aldea de Malen era como la que se podía llegar a tener en cualquier otra aldea en esa época tan lejana. Los pueblos eran principalmente nómades, aunque ellos eran parte de aquellos pueblos sendentarios, que se podían contar con los dedos de una mano, en el vasto territorio del Sur. Su antiguo lider, el "Gran Sabio", los había convencido unas treinta primaveras atrás, para que se asentaran allí a la vera del bosque de Piedra, bajo la protección de los espíritus que lo habitaban.
Lo cierto era que durante todo ese tiempo, la vida se había tornado mucho más fácil que antes de asentarse, y la aldea había crecido hasta tal punto, que había comenzado a ser conocida en todas partes, recibiendo habitualmente visitantes que querían conocer la majestuosa "Ciudad Invernal", el mayor asentamiento permanente en las tierras del sur.
Malen era nieta del Gran Sabio. Su abuelo le había explicado alguna vez, que la razón por la que los había convencido para asentarse allí, era simplemente estratégica. Según le decía, allí había fuentes de agua fresca que fluían siempre, y manantiales de agua caliente que podían usar para muchas cosas. Además, en esa zona había buena caza todo el año, y en verano, podían conseguir muy buena pezca. La única contra era el frio, pero cuando Gran Sabió entendió, que podía llegar a usar el agua de los manantiales calientes para combatir el frio, creyo que el lugar era perfecto, y no se había equivocado.
Desde el momento en que decidieron construir su aldea allí, esta se había desarrollado increiblemente, y al tener todo mejor organizado, y contar con ciertas comodidades que les facilitaban la vida, la gente tuvo más tiempo libre, y mayor márgen para crear. Así fue que comenzaron a desarrollar ideas y materializarlas.
Aparecieron los primeros artesanos, asi como también las primeras personas que comenzaron a buscar respuestas a todo. Malen era una de ellas. Aunque con toda seguridad, ella era la más curiosa y la más inconformista de todas. Tenía la firme convicción de que todo o casi todo debía tener una explicación simple y razonable. Podríamos decir que Malen, fue la primera persona que se permitió dudar, de todo lo que los demás habían atribuido a espiritus, magia, o seres malignos. De algún modo Malena fue la primer agnóstica.
Sus caminatas por el bosque duraban a veces, hasta el momento en el que e sol comenzaba a ocultarse tras las montañas. Recien entonces volvía a la Gran Aldea a ocuparse de sus tareas pendientes. Caminaba tranquilamente por los senderos del bosque y recorría grandes tramos adentrándose en el mismo, aunque siempre terminaba parándose delante de aquel gigantesco arbol.
La atracción que le generaba era indescriptible. Se paraba mirándolo fijamente y comenzaba a imaginar cuantas cosas podría contar cualquiera de esos árboles si pudiera hablar.
Un día, durante uno de aquellos paseos, se paró delante de aquel arbol que tanto llamaba su atención, y se quedó mirándolo fijmente. Algo le impedía dejar de observarlo, tenía la sensación de que estaba por pasar algo increible...
Malen observó el tronco del arbol, y de repente creyó ver una imagen delante de ella. Iba desde el piso mismo, hasta un poco más arriba de su cabeza. Parecía alguna clase de ventana a otro sitio. Del otro lado, había una jóven, no mucho más grande que ella, con cabellos del color del sol, y piel casi tan blanca como la nieve. La chica la miraba incrédula, pensando tal vez lo mismo que ella: aquello simplemente no era posible, seguramente su imaginación le estaba jugando una mala pasada...
Se refregó varias veces los ojos, esperando que de un momento a otro, aquella visión desapareciera, pero parecía cada vez más nítida. La imagen al otro lado era cristalina, tanto que Malen podía ver lo que había, más allá de la figura que aún la miraba atónita. Algunas de las cosas que llegaba a distinguir, le resultaron completamente fantásticas. Detrás de la joven, pudo observar varias personas más, todas ella vestidas con ropas desconocidas para ella. Malen seguía mirando con tanta atención, que en cierto momento sintió que podía tocar lo que había al otro lado. Estiró entonces su mano y se dio cuenta de que tenía razón.
Fue un instante -tan solo un momento-, lo que le llevó dar el segundo paso. Y finalmente, Malen atravesó el portal. Emma dio un paso hacia atrás de un modo totalmente instintivo, y de repente tuvo frente a ella a aquella joven, que parecía haber salido de un libro de historia.
Malen miraba hacia todas partes como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que había hecho, pero ya era tarde: la ventana se estaba cerrando. Comenzó a distinguir algunas cosas, pero la mayor parte de lo que veía resultaba totalmente desconocido para ella. Al menos sabía donde estaba: aquel parecía ser el mismo bosque. Malen lo conocía de memoria, y estaba segura que era el mismo lugar. Sin embago algo le decía que si salía de aquel lugar, no encontraría su Ciudad Invernal.
Jamás en su vida había visto a una mujer como la que tenía frente a ella. Como ya había notado antes de cruzar, su cabello era muy rubio, y su piel era casi tan blanca como la nieve. Solo el tono rojizo de sus mejillas -producto del frío que hacía-, le daba algo de color a su rostro. La miró directo a los ojos, y pudo ver que eran de un color azul claro, más bien celeste, como el color del cielo del mediodía. Hasta ese momento, ninguna de las dos había pronunciado una sola palabra. Sin embargo la jóven viajera, tenía el presentimiento de que todos modos, no se entenderían...
Emma veía fijamente a la joven que ahora tenía delante suyo, convencida aún de que todo era alguna clase de sueño lúcido. Sin embargo no recordaba haberse dormido... Se acercó hasta pararse delante de ella y la saludo en inglés. Realmente no espera que ella pudiera responderle, al menos no en el mismo idioma, asi que no se sorprendió demasiado cuando la chica, dijo algo que para ella resultaba completamente incomprensible.
Le hizo una seña, como queriendole dar a entender que la esperara unos momentos. Emma se alejó entonces de aquel imponente arbol, y se acercó al guía de su grupo. Ella sabía que su guía era descendiente de aborígenes. Su razonamiento era que tal vez, él hablaría el idioma de la chica.
No tardó demasiado en regresar. Detrás de ella venía el jóven guía al que recién en ese momento, comenzó a explicarle lo que estaba sucediendo. Sergio se acercó hasta pararse al lado de Emma, y observó con curiosidad a la muchacha. Por su ropa parecía Mapuche, así que decidió hablarle en el idioma que había aprendido de sus antepasados.
Malen sonrió visiblemente, y luego de un instante le contestó. Aquel muchacho hablaba su mismo idioma, o al menos uno muy parecido al suyo. Le explicó que ella vivía en la " Ciudad invernal", y que había sido su abuelo el que había convencido a su gente de construirla allí. Sergio supo de repente que tenía frente a él, a aquella princesa mapuche de la que hablaba esa antigua leyenda, que le había contado su abuela cuando era chico.
Según la misma, la joven Malen, había desaparecido un día en el Bosque de los Arboles de Piedra, y nunca más se había vuelto a saber nada de ella. La leyenda decía también, que solo luego de que pasaron muchas primaveras, cuando hasta la última de las personas qe la habían conocido había cruzado al más allá, Malén había regresado a su ciudad. Lo más notable, era que no había envejecido un solo día, y que parecía saber mucho sobre las cosas que aún no habían sucedido...
El joven guía, se acercó hasta ponerse justo delante de ella, y la saludó del modo en el que, según las tradiciones, se debía saludar a la hija de un gran lider. Según decían los ancianos, aquella costumbre se había originado en los albores de su historia, cuando su pueblo aún estaba formado por un puñado de tribús nómades que habitaban el sur.
Malen agradeció el gesto, al tiempo que le pidió amablamente que en lo sucesivo precindiera del mismo. Se sentía bastante incómoda cada vez que alguien mostraba aquellos recaudos frente a ella. Sin embargo, gracias a eso se dio cuenta que aquel muchacho sabía quien era. Intentó sacarle algo más de información, pero lo único que él le dijo, fue que conocía la historia de la legendaria Ciudad Invernal. Una historia que se había contado por cientos de generaciones, y que su eco aún resonaba desde los albores de la historia de su pueblo.
Malen entendió entonces que de algún modo, había viajado hacia el futuro, y que su ciudad y su gente habían desaparecido muchísimo tiempo atrás. En ese momento levantó la vista y notó un montón de cosas que hasta ese momento, ni siquiera había percibido. Vio un carro moviendose sin que nadie tirara de él, y un enorme pájaro de metal, levantando vuelo con tres personas en su interior. Volvió a mirarlo a los ojos, como esperando que él le explicara.
- Ya habrá tiempo de que lo sepas todo, pero por ahora, ven con Emma y conmigo. Debemos conseguirte algo de ropa como la nuestra; con esa resaltás demasiado...- Malen no hizo más preguntas y comenzó a caminar detrás de aquellas dos personas. Por algún motivo, estaba convencida de que ellos dos la ayudarían...
Ya había estado allí el segundo día de su viaje, pero por alguna extraña razón, tuvo la necesidad de volver a aquel lugar. Estaba parada justo delante de un ejemplar maravilloso. Era enorme y ya de por si, debía tener muchísimos años, en el momento en el que un capricho de la naturaleza, lo había congelado para siempre en un instante en el tiempo. Un enorme bloque de piedra, un fósil puesto allí como testigo de la historia. Emma se sentía casi hipnotizada, miraba aquel árbol con tal atención y concentración, que en cierto momento comenzó a sentirse bastante mariada. La vista se le comenzó a nublar, y de repente pudo entrever lo que a ella le pareció, una imagen desde el pasado...
Ella no lo sabía, pero hacía algo así como diez mil años, otra jóven, había estado parada al lado de aquel mismo árbol, planteandose exáctamente las mismas cosas. Su nombre se había perdido en el eco de la historia, pero su recuerdo aún perduraba en los mitos de los aborígenes de la zona. La llamaban simplemente "Malen", "Joven" o "Princesa" en el idioma mapuche.
Malen había nacido y vivido toda su vida, en la aldea que se encontraba cerca del bosque de los "Arboles de Piedra". Aquel sitio era considerado místico, y muy rara vez alguno de los suyos se animaba a adentrarse en él. Sin embargo Malen no era como la mayoría de los de su pueblo. Ella comprendía que aquel lugar era solo una rareza de la naturaleza, como esos huesos tan extraños que había visto el verano anterior, en su viaje hacia el norte.
En su viaje hacia aquel enorme valle, que se extendía hasta ser interrumpido por los grandes ríos, habían podido ver cientos de huesos esparcidos por el suelo, en la zona más desertica por la que pasaron. Al igual que los árboles, aparentaban ser de alguna clase de piedra. Parecían los restos de seres oscuros y monstruosos, por lo que de inmediato, casi todos sus compañeros de viaje, consideraron que se trataba de alguna clase de magia oscura. Malen en cambio, pensó que esos huesos habían pertenecido a algún animal tan antiguo, que ni siquiera había sobrevivido en las historias de la tribu.
Contrariamente a los consejos de todos aquellos a los que conocía, Malen visitaba aquel paraje frecuentemente, casi a diario. Para ella ese lugar representaba un misterio excepcional, una ventana al pasado más lejano. No tenía modo de saber la antigüedad exacta de ese bosque, ni siquiera podía darse una idea aproximada, pero por alguna razón estaba convencida de que era tan antiguo como aquellos huesos que aún recordaba.
La vida en la aldea de Malen era como la que se podía llegar a tener en cualquier otra aldea en esa época tan lejana. Los pueblos eran principalmente nómades, aunque ellos eran parte de aquellos pueblos sendentarios, que se podían contar con los dedos de una mano, en el vasto territorio del Sur. Su antiguo lider, el "Gran Sabio", los había convencido unas treinta primaveras atrás, para que se asentaran allí a la vera del bosque de Piedra, bajo la protección de los espíritus que lo habitaban.
Lo cierto era que durante todo ese tiempo, la vida se había tornado mucho más fácil que antes de asentarse, y la aldea había crecido hasta tal punto, que había comenzado a ser conocida en todas partes, recibiendo habitualmente visitantes que querían conocer la majestuosa "Ciudad Invernal", el mayor asentamiento permanente en las tierras del sur.
Malen era nieta del Gran Sabio. Su abuelo le había explicado alguna vez, que la razón por la que los había convencido para asentarse allí, era simplemente estratégica. Según le decía, allí había fuentes de agua fresca que fluían siempre, y manantiales de agua caliente que podían usar para muchas cosas. Además, en esa zona había buena caza todo el año, y en verano, podían conseguir muy buena pezca. La única contra era el frio, pero cuando Gran Sabió entendió, que podía llegar a usar el agua de los manantiales calientes para combatir el frio, creyo que el lugar era perfecto, y no se había equivocado.
Desde el momento en que decidieron construir su aldea allí, esta se había desarrollado increiblemente, y al tener todo mejor organizado, y contar con ciertas comodidades que les facilitaban la vida, la gente tuvo más tiempo libre, y mayor márgen para crear. Así fue que comenzaron a desarrollar ideas y materializarlas.
Aparecieron los primeros artesanos, asi como también las primeras personas que comenzaron a buscar respuestas a todo. Malen era una de ellas. Aunque con toda seguridad, ella era la más curiosa y la más inconformista de todas. Tenía la firme convicción de que todo o casi todo debía tener una explicación simple y razonable. Podríamos decir que Malen, fue la primera persona que se permitió dudar, de todo lo que los demás habían atribuido a espiritus, magia, o seres malignos. De algún modo Malena fue la primer agnóstica.
Sus caminatas por el bosque duraban a veces, hasta el momento en el que e sol comenzaba a ocultarse tras las montañas. Recien entonces volvía a la Gran Aldea a ocuparse de sus tareas pendientes. Caminaba tranquilamente por los senderos del bosque y recorría grandes tramos adentrándose en el mismo, aunque siempre terminaba parándose delante de aquel gigantesco arbol.
La atracción que le generaba era indescriptible. Se paraba mirándolo fijamente y comenzaba a imaginar cuantas cosas podría contar cualquiera de esos árboles si pudiera hablar.
Un día, durante uno de aquellos paseos, se paró delante de aquel arbol que tanto llamaba su atención, y se quedó mirándolo fijmente. Algo le impedía dejar de observarlo, tenía la sensación de que estaba por pasar algo increible...
Malen observó el tronco del arbol, y de repente creyó ver una imagen delante de ella. Iba desde el piso mismo, hasta un poco más arriba de su cabeza. Parecía alguna clase de ventana a otro sitio. Del otro lado, había una jóven, no mucho más grande que ella, con cabellos del color del sol, y piel casi tan blanca como la nieve. La chica la miraba incrédula, pensando tal vez lo mismo que ella: aquello simplemente no era posible, seguramente su imaginación le estaba jugando una mala pasada...
Se refregó varias veces los ojos, esperando que de un momento a otro, aquella visión desapareciera, pero parecía cada vez más nítida. La imagen al otro lado era cristalina, tanto que Malen podía ver lo que había, más allá de la figura que aún la miraba atónita. Algunas de las cosas que llegaba a distinguir, le resultaron completamente fantásticas. Detrás de la joven, pudo observar varias personas más, todas ella vestidas con ropas desconocidas para ella. Malen seguía mirando con tanta atención, que en cierto momento sintió que podía tocar lo que había al otro lado. Estiró entonces su mano y se dio cuenta de que tenía razón.
Fue un instante -tan solo un momento-, lo que le llevó dar el segundo paso. Y finalmente, Malen atravesó el portal. Emma dio un paso hacia atrás de un modo totalmente instintivo, y de repente tuvo frente a ella a aquella joven, que parecía haber salido de un libro de historia.
Malen miraba hacia todas partes como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que había hecho, pero ya era tarde: la ventana se estaba cerrando. Comenzó a distinguir algunas cosas, pero la mayor parte de lo que veía resultaba totalmente desconocido para ella. Al menos sabía donde estaba: aquel parecía ser el mismo bosque. Malen lo conocía de memoria, y estaba segura que era el mismo lugar. Sin embago algo le decía que si salía de aquel lugar, no encontraría su Ciudad Invernal.
Jamás en su vida había visto a una mujer como la que tenía frente a ella. Como ya había notado antes de cruzar, su cabello era muy rubio, y su piel era casi tan blanca como la nieve. Solo el tono rojizo de sus mejillas -producto del frío que hacía-, le daba algo de color a su rostro. La miró directo a los ojos, y pudo ver que eran de un color azul claro, más bien celeste, como el color del cielo del mediodía. Hasta ese momento, ninguna de las dos había pronunciado una sola palabra. Sin embargo la jóven viajera, tenía el presentimiento de que todos modos, no se entenderían...
Emma veía fijamente a la joven que ahora tenía delante suyo, convencida aún de que todo era alguna clase de sueño lúcido. Sin embargo no recordaba haberse dormido... Se acercó hasta pararse delante de ella y la saludo en inglés. Realmente no espera que ella pudiera responderle, al menos no en el mismo idioma, asi que no se sorprendió demasiado cuando la chica, dijo algo que para ella resultaba completamente incomprensible.
Le hizo una seña, como queriendole dar a entender que la esperara unos momentos. Emma se alejó entonces de aquel imponente arbol, y se acercó al guía de su grupo. Ella sabía que su guía era descendiente de aborígenes. Su razonamiento era que tal vez, él hablaría el idioma de la chica.
No tardó demasiado en regresar. Detrás de ella venía el jóven guía al que recién en ese momento, comenzó a explicarle lo que estaba sucediendo. Sergio se acercó hasta pararse al lado de Emma, y observó con curiosidad a la muchacha. Por su ropa parecía Mapuche, así que decidió hablarle en el idioma que había aprendido de sus antepasados.
Malen sonrió visiblemente, y luego de un instante le contestó. Aquel muchacho hablaba su mismo idioma, o al menos uno muy parecido al suyo. Le explicó que ella vivía en la " Ciudad invernal", y que había sido su abuelo el que había convencido a su gente de construirla allí. Sergio supo de repente que tenía frente a él, a aquella princesa mapuche de la que hablaba esa antigua leyenda, que le había contado su abuela cuando era chico.
Según la misma, la joven Malen, había desaparecido un día en el Bosque de los Arboles de Piedra, y nunca más se había vuelto a saber nada de ella. La leyenda decía también, que solo luego de que pasaron muchas primaveras, cuando hasta la última de las personas qe la habían conocido había cruzado al más allá, Malén había regresado a su ciudad. Lo más notable, era que no había envejecido un solo día, y que parecía saber mucho sobre las cosas que aún no habían sucedido...
El joven guía, se acercó hasta ponerse justo delante de ella, y la saludó del modo en el que, según las tradiciones, se debía saludar a la hija de un gran lider. Según decían los ancianos, aquella costumbre se había originado en los albores de su historia, cuando su pueblo aún estaba formado por un puñado de tribús nómades que habitaban el sur.
Malen agradeció el gesto, al tiempo que le pidió amablamente que en lo sucesivo precindiera del mismo. Se sentía bastante incómoda cada vez que alguien mostraba aquellos recaudos frente a ella. Sin embargo, gracias a eso se dio cuenta que aquel muchacho sabía quien era. Intentó sacarle algo más de información, pero lo único que él le dijo, fue que conocía la historia de la legendaria Ciudad Invernal. Una historia que se había contado por cientos de generaciones, y que su eco aún resonaba desde los albores de la historia de su pueblo.
Malen entendió entonces que de algún modo, había viajado hacia el futuro, y que su ciudad y su gente habían desaparecido muchísimo tiempo atrás. En ese momento levantó la vista y notó un montón de cosas que hasta ese momento, ni siquiera había percibido. Vio un carro moviendose sin que nadie tirara de él, y un enorme pájaro de metal, levantando vuelo con tres personas en su interior. Volvió a mirarlo a los ojos, como esperando que él le explicara.
- Ya habrá tiempo de que lo sepas todo, pero por ahora, ven con Emma y conmigo. Debemos conseguirte algo de ropa como la nuestra; con esa resaltás demasiado...- Malen no hizo más preguntas y comenzó a caminar detrás de aquellas dos personas. Por algún motivo, estaba convencida de que ellos dos la ayudarían...
