lunes, 5 de diciembre de 2011

La Noche de las Sombras

La luz mortecina de aquel velador no alcanzaba para iluminar ni la tercera parte del cuarto. El rincón opuesto al de su cama quedaba pues, sumido en la más absoluta oscuridad. Clara no podía dormir, tenía su mirada fija en ese sitio, como si esperara que de un momento a otro saliera algo horrible de allí. Era verano, por lo que solía dormir destapada, pero esa noche no. Se había cubierto completamente con la sabana -incluso la cabeza-, dejando tan solo un pequeño espacio por el que miraba constantemente hacia allí...
El viento movía las cortinas, al compás de un silbido tenebroso, que anunciaba la proximidad de una tormenta. Los ruidos, las sombras y la absoluta oscuridad en esa porción específica de la habitación, le parecían por momentos algo sobrenatural. Sabía que su miedo era completamente irracional, pero le era imposible no sentirlo. Hacía horas que Clara intentaba dormir, pero aquella sensación que la embargaba, le impedía incluso cerrar sus ojos.

Poco a poco al principio, y luego a un ritmo cada vez mayor, el viento aumentó su intensidad y su estruendo. Las sombras comenzaron a invadir la habitación, como no lo habían hecho hasta entonces y poco a poco su ansiedad comenzó a aumentar. Las formas, por momentos fantasmagóricas y amenazantes, se acercaban a su cama y se volvían a alejar. Ella intentaba recordar por todos los medios que era tan solo su imaginación, pero cada vez le costaba más separar la realidad de la fantasía.

Su mente le estaba jugando una mala pasada, y a medida que los minutos transcurrían le era cada vez más difícil mantener la calma. Los monstruos imaginarios comenzaron con su desfile macabro, avivados una y otra vez por el viento y los silbidos. Pronto comenzaron a caer los primeros relámpagos, y con ellos los truenos. Clara seguía mirando fijamente el rincón; lo había hecho durante varias horas. Esperaba que alguno de esos instantes de claridad, iluminara aquel lugar, trayéndole algo de calma a su agitado ser. Su corazón latía cada vez más rápido, y su respiración, por momentos se volvía entrecortada.
A esa altura solo quería que llegara el amanecer, y que al hacerlo, ahuyentara a todos esos seres que tanto miedo le estaban causando. Finalmente el cansancio pudo más que el temor, y Clara se durmió sin siquiera darse cuenta. De repente su semblante se relajó, y en su rostro se dibujó una sonrisa...
A la mañana siguiente Andrea entró al cuarto. Le pareció extraño encontrar la pequeña linterna de pared aún encendida, pero no le dio mucha importancia. Miró entonces a Clara que aún estaba dormida. Parecía muy cansada, como si no hubiera podido dormir muy bien. Era domingo, así que decidió dejarla dormir un rato más. Entonces relacionó la luz encendida con la tormenta de la noche anterior, el viento y su zumbido, y supo entonces porque Clara estaba tan cansada. "Pobre Chica" pensó; su hijita tenía una imaginación asombrosa...

jueves, 20 de octubre de 2011

La Transformación más Profunda (Parte 5 y Final)

Viene de la parte 4

Cuando finalmente Ian se recuperó de su asombro, habló. Tenía el rostro desencajado y aún estaba bastante turbado.
- Si lo que dices es cierto, tu caso es único en el mundo. Es casi un milagro...- aún le costaba creer lo que ella acababa de decirle. Seguía maquinando, intentando encontrar una explicación lógica. - Es algo increíble, bastante difícil de creer...- Ella lo miró en un principio sin decirle nada, pero luego le contestó.
- Yo no necesito que me creas. A mi me da lo mismo. Vos eras el que quería retomar la investigación de Vanina sobre el "Gen Luchi", el gen de la inmortalidad.- se detuvo un momento como midiendo sus palabras.- Bueno, ¿por qué creés que lo llamó así?- aquello era verdad; después de todo hasta un rato antes, el que había estado convencido de que ella, era la hermana de la doctora Sefranti, había sido él.

La razón de su viaje, había sido la de encontrar los datos de la investigación original de la doctora Sefranti. No había llegado desde Europa para conocer la Argentina, sino para averiguar todo lo que pudiera, sobre lo que había sido su obsesión durante años. Se preguntó que ocurriría a continuación, y que otras sorpresas lo esperaban durante aquel viaje. Sin embargo como supo poco después, Lucía lo había decidido de antemano.

Ella le dio una palmada en la espalda y lo invitó a que revisara todo lo que quisiera. Según le dijo todos los documentos allí, estaban a su disposición. Ian comenzó a revisar meticulosamente todo aquello que por algún motivo llamaba su atención, procurando no pasar nada por alto. El laboratorio era un lugar asombroso. Estaba lleno de documentos tan únicos como la mujer que habitaba esa casa. En una de las carpetas encontró una referencia a la hermana mayor de la doctora. Allí se describía el funcionamiento de una hormona única que había llamada "Fluense", encargada según esos papeles de "congelar" el envejecimiento celular.
El documento parecía sacado de un film de ciencia ficción; sin embargo era real. La firma de Vanina Sefranti estaba en cada una de sus hojas. Además estaba redactado con el léxico, usado por los médicos hacia finales del siglo 21. Ese "paper" -como solían llamarlos en esa época-, podía resultar clave para su investigación, ya que prometía ser el comienzo de una serie de descubrimientos más que prometedores.
Lo guardó entonces en un cajón que estaba vacío, de modo de poder ubicarlo fácilmente. Luego, miró a su alrededor y se preguntó que más estaría apunto de descubrir…


Mientras tanto, Lucía se encontraba sentada en la cocina; parecía como si se hubiera sacado un peso de encima. Se la veía tranquila y relajada. Creía que no faltaba demasiado para que aquel muchacho develara el último de sus secretos… Tenía la mirada fija en el infinito, realmente no parecía estar mirando nada en concreto. En su mano derecha tenía una taza llena de café humeante, negro y sin azúcar. Frente a ella, había cinco o seis carpetas amarillas iguales a las del laboratorio.
Se la notaba ocupada, revisando el contenido de cada una de esas carpetas con gran atención. Por alguna razón, estaba convencida de que dentro de esa pequeña pila de papel y separadores de plástico, podía estar la respuesta que había buscado tan largamente.
Lucía se dedicó entonces a leer una y otra vez esos documentos en busca de algún dato nuevo. Esa no era la primera vez que leía esas páginas. De hecho habían sido innumerables, las veces en que, sabiendo que era casi imposible que encontrara alguna información nueva, había vuelto a leer ese material durante noches enteras. Era consciente de que aquello rayaba la locura, pero le parecía un mejor modo de ocupar su tiempo, que solo esperar...

Fue después de un rato, que noto un extraño brillo blanco proveniente del pasillo, pero por más que lo intentaba, no lograba siquiera imaginar cual podía ser su causa; por eso se levantó de su asiento y se dirigió hacia allí. Caminó los pocos pasos que la separaba de aquel lugar, y se asomó tratando de no hacer ruido. Pronto comenzó a oír una voz femenina harto conocida para ella. Siguió caminando y se acercó hasta la puerta del laboratorio. Cuando lo hizo se quedó como tildada, observando embobada la imagen que estaba siendo proyectada en el centro del cuarto. Lucía se preguntó de repente como podía ser eso posible, al tiempo que un mal movimiento llamó la atención de Campbell.
Ian se acercó hasta donde ella estaba parada -en un completo estado de estupefacción-, y la tomó del brazo suavemente. La llevó hasta el centro del cuarto y le mostró un pequeño aparato del mismo tamaño que las primeras tablet PC. Ese formato, le resultó arcaico en comparación a las pantallas de tamaño variable, y por supuesto aún más comparándolo con una interfaz sináptica, pero aparentemente resultaba ser el método más simple y preciso, para controlar un proyector holográfico.
-¿Cómo lo hiciste?, ¿Cómo conseguiste una imagen holográfica de mi hermana? Ella no llegó a filmarse nunca con una "Holo-cámara"...- Ian sonrió al escuchar ese comentario y entonces le contestó.
- Ya lo sé, por eso tuve que recopilar imágenes de decenas de videos y proyecciones, en donde aparecía desde diferentes ángulos, y alimentar la matriz con esos datos... El resto fue trabajo del dispositivo Holográfico: unió los fragmentos, y llenó los espacios vacíos. El resultado es este.- Lucía no podía creer lo que estaba viendo; parecía como si Vanina estuviera realmente allí, trabajando en su laboratorio una vez más.
Decidió sentarse en un rincón y escuchar junto a Campbell las palabras de su hermana.
Ian había compilado todas las bitácoras de la doctora Sefranti: audio, video e incluso texto; y las integró a la matriz del holograma que acababa de crear. La interacción se daba a través de la tableta de control, en donde usando un índice temporal, Ian Campbell iba eligiendo las bitácoras a escuchar. Creía que de ese modo, le resultaría mucho más simple clasificar toda la información y formarse una idea un tanto más definida, sobre los conceptos de la investigación de Sefranti. La idea era profundizar ciertos detalles como los referidos a la hormona denominada "Fluense"...

Luego de varias horas escuchando su voz, y después de haber afianzado ciertos aspectos de la investigación que nunca había logrado entender, Ian tenía la sensación de haberla conocido personalmente. Había quedado aún más fascinado e intrigado que antes. Le parecía una mujer de un enorme coraje, en cuyo vocabulario no existía la palabra "imposible".
Lucía por su parte, había pasado aquel tiempo observando absorta la imagen de su hermana, con su rostro desencajado por las lágrimas. Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba su voz y la dulce cadencia de sus entonación al hablar. Ella adoraba a su hermana menor. Vanina lo había dado todo por ella y Lucía, aún después de tantas décadas, se sentía en deuda.
Observó nuevamente la imagen en el centro de la habitación y lo miró a Campbell; de repente se dio cuenta de cuan equivocada había estado: Desde la llegada de aquel joven, ella solo había esperado que de algún modo, descubriera la manera de terminar con su inmortalidad. Creía que si lo dejaba revisar los papeles de la investigación de Vanina, tal vez él descubriera la razón por la que ella no envejecía y quizás, hallaría el modo de revertir su "maldición"...
Ahora se daba cuenta de cual era su error; aquello que hasta entonces había considerado una maldición, había sido en realidad un regalo. Ella misma, era el mayor y más perdurable legado que había dejado Vanina. La prueba irrefutable de su paso por este mundo.

Lucía Sefranti caminó nuevamente a la cocina y regresó al laboratorio trayendo las carpetas que había estado revisando. Creía que lo mejor sería que Ian continuara con su investigación. Sin embargo sabía que ya no estaría obsesionada por los resultados. Según lo veía ella, la mejor manera de honrar la memoria de su hermana, y saldar finalmente la deuda de gratitud que sentía para con ella, sería recuperar su trabajo más importante: aquel al que había dedicado más de la mitad de su vida adulta.

Ya no le importaba si Ian Campbell, descubría o no el modo de revertir su aparente inmortalidad. Curiosamente, el solo hecho de ver y escuchar nuevamente a su hermana, había sido suficiente para devolverle las ganas y dibujarle una sonrisa en el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, Lucía Sefranti se sentía feliz...

sábado, 27 de agosto de 2011

La transformación más profunda (Parte 4)

Viene de la parte 3



El muchacho, esperaba en la puerta de la antigua casona. Lucía se acercó hasta pararse al otro lado y la abrió de par en par. De un modo inconsciente, intentaba demostrarle a Ian, que era bienvenido. Con una sonrisa en el rostro, le hizo una seña para que entrara. Rápidamente, cerró la puerta y dando media vuelta sobre sus talones, se dirigió hacía la cocina. El, sin preguntar nada, comenzó a caminar detrás de ella.
Cuando entraron en la cocina, Campbell se encontró con lo que le pareció una merienda inglesa, sacada de las antiguas revistas del siglo veinte. Ella se sentó en una de las dos sillas que había dispuesto a cada lado de la mesa, y comenzó a servir dos tazas de lo que para él, era Té Earl Gray en hebras. Ian tomó la taza y la acercó a su rostro, con la intensión de sentir el fuerte perfume de la infusión. Supo entonces que no estaba equivocado...

Durante un rato hablaron sobre los temas más variados; principalmente sobre el pasado de la familia Sefranti. El joven inglés intentaba por todos los medios descubrir algo, lo que pudiera, sobre el pasado de Lucía. Le resultaba asombroso aquel notable parecido. Aquella mujer con la que estaba charlando, era idéntica a la hermana de Vanina Sefranti. Muy pocas personas, hubieran podido reconocer a Lucía. Pero él había investigado a la familia Sefranti durante casi seis años, y había encontrado cosas que nadie había visto antes. Una de ellas, era una foto de Lucía, tomada el día en el que su sobrina Camila, se había recibido en la UBA.
Formaba parte de un álbum fotográfico, publicado por uno de sus compañeros de graduación. Se encontraba en Internet, en un sitio totalmente olvidado llamado Facebook. Esa "Red Social" -como según supo, eran denominados ese tipo de sitios-, ni siquiera aparecía en los buscadores. Pero increíblemente, y de un modo completamente inesperado, se topó con él. Le asombraba el hecho de que alguna vez, aquella "Red Social" había sido "habitada" por cientos de millones de personas en el mundo, y que no había sido la única…


Estaban sentados frente a frente, y lo cierto es que no podía olvidar aquella fotografía. Aquella Lucía, era idéntica a la que él había visto en la red. Se preguntaba como reaccionaría si finalmente, él decía en voz alta lo que hasta para él, era una locura. Los desvaríos de un investigador demasiado entusiasta. Sin embargo, ¿no era acaso su objetivo retomar una antigua investigación sobre el funcionamiento del llamado "gen de la inmortalidad"? Todo era posible, por más descabellado que pareciera…. 

Sumido como estaba en sus pensamientos, se levantó de repente de su silla y comenzó a caminar. Miró hacia todas partes y finalmente decidió que se lo iba a decir. Lucía lo observaba atentamente. Finalmente, luego de unos instantes que a ambos les parecieron eternos, habló...
- Alguna vez viste una foto de Lucía la hermana de Vanina.- ella lo miró extrañada. No era esa la pregunta que esperaba...
- Si por supuesto, después de todo, yo soy su descendiente.- creyó que con esa respuesta había zanjado el asunto, pero se equivocaba.
- Pues resulta que yo también.- lo dijo así como al pasar, esperando capturar de ese modo su atención. - La encontré en un sitio de Internet que alguna vez fue increíblemente popular. Su nombre es Facebook, y allí pude ver una foto de la graduación de Camila, en la que posaba junto a Vanina y su tía... El parecido es increíble.- 

Aquello último lo dijo con cierta intencionalidad en la voz. Ella que comprendió de inmediato la insinuación no dijo nada. Ian cambió entonces de tema; creía que su reacción había sido extraña, demasiado controlada. Cada vez estaba más convencido de aquello que al mismo tiempo, le parecía imposible...

La conversación siguió durante un rato, hasta que en cierto momento ella le pidió que la acompañara. Caminaron por un largo pasillo, hasta pararse delante de una puerta de acero inoxidable que brillaba endemoniadamente. Campbell veía su reflejo en esa puerta, al tiempo que su anfitriona introducía un código en un pequeño panel a un costado del marco. La puerta se abrió y pudo ver el interior de aquel lugar.
- Este es el laboratorio de Vanina. Eres la primera persona que ve este lugar en décadas.- Ian no daba crédito a lo que sus ojos veían: sobre una de las mesas había una pila de papeles pulcramente ordenados, y un soporte para tubos de ensayo como los que se usaban antes...
A principios del siglo veintidós, se logró desarrollar un proceso para digitalizar las muestras para su análisis. Desde entonces el tubo de ensayos y el porta objetos se convirtieron en piezas de museo. Todo en ese lugar parecía tan reluciente como nuevo. Costaba trabajo creer que había estado en desuso durante casi doscientos años. 
-¿Nunca habías entrado a este lugar?- Lucía aún se debatía entre decirle o no la verdad, pero ya había decidido lo que haría, incluso antes de llamarlo al hotel.
- Por supuesto: he entrado cientos de veces, pero eso fue en otra vida. Hace ya mucho tiempo... Décadas...- Ian Campbell estaba cada vez más sorprendido: lo que en un principio había sido una expresión de perplejidad, en pocos instantes se transformó en una de asombro; al escuchar de sus propios labios tamaña confesión. Le costaba trabajo procesar lo que ella estaba diciendo. La joven frente a él, le acababa de decir que no era tan joven como aparentaba. Más aún: Estaba diciéndole que era la misma Lucía, por cuya causa la doctora Sefranti había iniciado su revolucionaria investigación.

Pasaron unos instantes y el investigador inglés, seguía tan mudo como en un primer momento. Lucía aún esperaba que dijera algo, pero parecía que estaba demasiado anonadado. Caminó dos o tres pasos y tomó una pequeña caja, que se encontraba sobre uno de los mostradores laterales. Ian seguía mirando hacia todas partes e intentando decidir si había entendido bien; y finalmente habló.
- Eso quiere decir que tienes algo más de doscientos años de edad...- la miró fijamente a los ojos y esperó su respuesta- ¿entendí bien?- Ella se sentó entonces en una silla y le contestó.
- Entendiste perfectamente: Yo soy Lucía Sefranti; la hermana mayor de Vanina...- se detuvo un momento y abrió la caja que aún tenía en sus manos.- Y por si te lo preguntabas: Si, soy inmortal...-  


Continuara parte 5

viernes, 3 de junio de 2011

La transformación más profunda (Parte 3)

Viene de la parte 2

Hacía dos días que Ian Campbell esperaba en su hotel. Durante ese tiempo no se había atrevido a salir de allí, convencido como estaba de que podía recibir aquel llamado en cualquier momento. Pasaba su tiempo entre su habitación y el hall del hotel, leyendo publicaciones electrónicas en su e-paper, y escuchando música de artistas de principios del siglo 21. A diferencia de la mayor parte de sus amigos y parientes, jamás se había implantado un "chip sináptico". Sus razones eran diferentes a las de aquellas personas, aterradas con la idea de una operación cerebral: sufría de una rara condición neurológica que tornaba peligrosa, incluso la más pequeña incisión en su cerebro.

Para él, una operación como esa implicaba enormes riesgos; que incluso con la fabulosa tecnología de principios del siglo 23, resultaban imposibles de eliminar. Por ese motivo, Ian se había acostumbrado a interactuar con la tecnología a través de periféricos, del mismo modo en el que lo había hecho su abuelo.

Ese día, se había levantado muy temprano; tanto que cuando fue a  tomar el desayuno, las luces estaban aun apagadas. Tenía la sensación de que aquel día pasaría algo muy importante, y la ansiedad le había impedido seguir durmiendo. Como el comedor aún no había abierto, prefirió ir al hall y seguir leyendo. De inmediato se sumergió en su lectura, y todo lo demás, aquello que sucedía a su alrededor, pasó a un segundo plano. Los ruidos y las voces, resultaban para él lo mismo que un murmullo o una ambientación; un sonido de fondo. Las horas pasaron sin que se diera cuenta, y para cuando terminó de leer, el desayuno ya había quedado muy atrás, y el personal del hotel, preparaba el almuerzo. Ian se levantó del cómodo sillón del recibidor, y se acercó al mostrador.

-¿Algún mensaje para mi?- preguntó entonces con algo de ansiedad. Por algún motivo, estaba absolutamente convencido de que la respuesta sería "sí". Y no se equivocaba...

El recepcionista, revisó los casilleros numerados, correspondientes a cada una de las habitaciones, y tomó un papel del casillero de la suya. Estiró entonces su mano, y se lo entregó. La hoja estaba doblada a la mitad; Ian miraba la hoja sin poder moverse, sabía que solo había dos respuestas posibles... Finalmente tomó coraje y desdobló la hoja. En su interior solo se leía una frase: "Podés venir cuando quieras." En su rostro, se dibujó una enorme sonrisa. La angustia que había sentido durante aquellos días, había desaparecido por completo.

Guardó entonces el papel en un bolsillo, y volvió a revisar la hora: En pocos minutos servirían el almuerzo, por lo que decidió preparar sus cosas, y bajar a comer. Ya tendría tiempo, una vez tuviera el estomago lleno, de salir del hotel, y volver a la casa de los Sefranti...

Mientras tanto, Lucía aún se preguntaba si había tomado la decisión más acertada. Aún no estaba del todo segura sobre nada; sin embargo, para bien o para mal, ya la había tomado, y en poco tiempo, aquel joven británico, tocaría la puerta de su casa.

Durante aquellos dos días, había meditado mucho las cosas. Comenzaba a creer que se había escondido por suficiente tiempo, y que era hora de dejarlo de hacer. Hacía mucho que esperaba que alguien tocara a su puerta, que alguna persona quisiera reflotar la investigación de su hermana. Sabía que el día que eso sucediera, alguien podría descubrir su historia. Aquel muchacho que apenas comenzaba a salir del cascarón, era ese alguien al que tanto había esperado y a la vez temido durante tantos años. Realmente ni ella entendía muy bien a que le tenía tanto miedo.

Era tanta la ansiedad que sentía, que solo podía soportarla manteniendose ocupada. Y había sido por esa razón, que se había dedicado a ordenar los archivos de su hermana; a clasificar las diferentes investigaciones, notas y documentos, que llevaban años guardados en gruesas carpetas con tapas de cuero negro. Había mucho material en ese cuarto, y lo increíble era que aquella, era la primera vez que lo revisaba...

Finalmente, a eso de las tres de la tarde de aquel día, el timbre sonó. Lucía sabía perfectamente quien era el que esperaba al otro lado de la puerta. Dejó aquello que estaba haciendo, y fue a abrir. Su corazón latía ruidosamente; sus manos temblaban. En pocos segundos, estaría cara a cara, con aquella persona que lo cambiaría todo. Aunque lo intentaba, no podía contener su nerviosismo. Lo que no sabía era que a Ian Campbell, le estaba pasando lo mismo...

continuará parte 4

lunes, 16 de mayo de 2011

La transformación más profunda (Parte 2)

Viene de la parte 1 

Cuando Ian Campbell llegó al aeropuerto de Ezeiza, su corazón dio un vuelco. Sentía todo tan irreal, que por momentos creía que solo estaba soñando. Comenzó a caminar por el Hall de arribos, buscando la cinta transportadora que traería su equipaje. Observaba sin la más mínima curiosidad, al batallón de robots maleteros que se encargaban de bajar las valijas de los aviones. Su precisión era absoluta. Tenían mucho cuidado con cada uno de los bolsos y maletas que transportaban y siempre se aseguraban de que las mismas fueran colocadas en la cinta correcta. Lejos había quedado aquella época en la que los maleteros eran personas, que solían equivocarse bastante seguido, y que en ocasiones, revolvían el contenido de algunas valijas especialmente llamativas, con el objetivo de hurtar algo de valor. Ian no había conocido esa época. pero su abuelo siempre se lo había contado. Resultaba increíble para él, pero sabía que había sucedido.

Lo primero que hizo luego de pasar por migraciones, fue buscar un taxi. Antes de subir, metió su mano entre las cosas que llevaba en su bolsa de mano, y buscó la dirección de aquella casa que tanto anmsiaba encontrar. le dio un par de indicaciones al chofer y luego se desentendió del tema. Ian jamás había estado en esa región del planeta. De hecho no había salido de Inglaterra hasta ese momento. El joven Inglés contemplaba el paisaje a ambas margenes de la MegaAutopista Richeri, sorprendido de encontrar tanto terreno verde, tan cerca de la capital de aquel país.

Le llevó casi una hora, y una considerable suma de dinero, pero allí estaba, el lugar al que tanto había querido llegar.  Era increíble mirar aquella casona antigua y verla tan parecida a la de la foto que el había conseguido. La foto era de un artículo periodístico publicado por el diario La Nación, en el año 1999. Contrariamente a lo que había esperado, la casa estaba exactamente igual que hacía dos siglos. Era posible incluso, que siguiera perteneciendo a la familia Sefranti.


Se despidió del taxista, y se acercó hasta la puerta principal. En un primer momento, dudo, pero finalmente tocó el timbre de la casa, y esperó a que abrieran. Pocos instantes después, apareció una mujer de aproximadamente su misma edad. Se preguntaba si la joven sería de la familia Sefranti, así que decidió no dar demasiados rodeos y preguntárselo. Ella se presentó entonces como Lucía Sefranti; aquel nombre dejó perplejo a Ian...


Por unos instantes no pudo decir ni una palabra. Lucía era el nombre de la hermana de la doctora Sefranti; la misma que según su propia investigación, había sido la portadora de aquel gen llamado "Gen de la Inmortalidad". Comenzó a preguntarse si aquella mujer, tenía en realidad veinticinco años como él había estimado en un primer momento. Intentó alejar al  menos por el momento, aquellos pensamientos de su mente, y estiró su mano para saludarla. Aquel gesto fue bien recibido por la muchacha quien hizo lo propio y también estrechó su mano. Luego de eso, Ian se presentó ante su anfitriona.

- Mi nombre es Ian Campbell, y soy un genetista Británico. He venido a este lugar  para terminar mi tesis de  post grado: estoy muy interesado en la investigación de Vanina Sefranti.- Laura lo miró sin entender demasiado.
-¿Sabe que Vanina murió hace más de un siglo? Si su idea era hablar con ella, sepa que ha llegado algo tarde.- El joven la observó sin comprender del todo. ¡Por supuesto que él no esperaba encontrar a la doctora Sefranti con vida!

Campbell le explicó entonces, que había ido a esa casa con la esperanza de encontrar los viejos apuntes de la investigación de su antepasada. Creía que de existir algún registro de sus experimentos, estaría en esa casa. Luchi lo miró sin poderlo creer aún. Después de tanto tiempo, finalmente alguien se había interesado por la investigación de su hermana. Su primer impulso, fue invitarlo a pasar y ofrecerle su ayuda incondicional. Sin embargo sabía que ahora se le presentaba un dilema, ya que si el muchacho empezaba a investigar y resultaba ser tan bueno como Vanina, existía la posibilidad de que descubriera quien era ella en realidad.

Finalmente, lo invitó a tomar un café y hablaron un rato. Eso era algo bastante raro en ella, una persona que nunca hablaba con nadie; el muchacho le cayó realmente bien. Luego de hablar sobre la historia de la familia durante casi dos horas, Lucía, le prometió buscar entre los papeles que había en la casa, los documentos que había dejado Vanina antes de morir; y que le avisaría en uno o dos días. Ian pareció muy conforme con esa promesa. Aquello era mucho más de lo que había esperado al partir de Londres el día anterior. Se despidió muy contento de aquella mujer tan enigmática y se dirigió al hotel en el que había hecho su reservación. Había algo con ella que no parecía encajar. No podía saber exactamente que era aquello, pero estaba seguro de que finalmente lo descubriría. Por el momento, solo le importaba que cumpliera la promesa que le había hecho. Ya lo sabría en dos días, cuando volviera a la casa de la familia Sefranti...

Ella se quedó varios minutos más apoyada en el marco de la puerta, observando a Campbell alejarse a pie, con aquellas tres valijas a cuestas. resultaba incluso gracioso verlo hacer malabares con todo lo que llevaba. Por un momento había pasado por su mente la idea de dejarlo empezar en ese momento con su investigación, pero luego se dio cuenta de que primero debía pensar bastante las cosas. Debía tomar una decisión. Si dejaba que aquel joven hurgara entre los papeles de su hermana, siempre existía la posibilidad de que descubriera algo sobre ella, y eso la asustaba un poco. Por otro lado, si le contaba la verdad al joven, tal vez podría ayudarla finalmente a envejecer; una fantasía más que recurrente durante sus noches de sueño. 

Ya había visto a todos sus seres queridos morir a su alrededor, y comenzaba a preguntarse cuando le llegaría el turno a ella... 

Continuara... Parte 3 

martes, 10 de mayo de 2011

La transformación más profunda (parte 1)

Luego de la muerte de sus padres, vivió con su hermana durante casi veinte años. Hasta que un día, Vanina falleció. A sus setenta y cinco años, había vivido una vida plena. No se había casado, pero había adoptado una niña, a la que -igual que sus padres habían hecho con ella- crió como toda una Sefranti. Se llamaba Camila, y tanto ella como Lucía, la consentían en todo...

Lucía adoraba a Vanina y a Camila por sobre todas las cosas. y fue por esa razón que aquel accidente en el que ambas muriefue tan traumático para ella. Hacía varios años que había comenzado a hacerse a la idea de que en algún momento tanto su hermana como su sobrina morirían, y que ella, que ya comenzaba a parecer más joven que su sobrina, seguiría allí. Sin embargo no creyó que eso sucedería tan pronto, al menos no en el caso de Camila...

Fue un accidente brutal; tanto que la noticia del mismo recorrió el mundo. Principalmente por que una de las víctimas, había sido la afamada genetista Vanina Sefranti. La noticia captó la atención de todos, hasta el punto en el que, con el correr de los días, la prensa no parecía estar dispuesta a olvidar el asunto. Luchi estaba destruida, ya que finalmente, y como tanto había temido desde la muerte de sus padres, se había quedado completamente sola en este mundo. Tenía casi ochenta y cinco años, aunque no aparentaba más de veinticinco. Sin embargo, volvía a sentirse tan indefensa como aquella beba que había vivido sin crecer, por algo más de cuarenta y cinco años. EL tiempo pasó, finalmente los medios se olvidaron de la trágica historia de su familia, pero las heridas no sanaron. Más bien cerraron en falso, por decirlo de algún modo; y ella que jamás había padecido enfermedad alguna, se sumió en una depresión tal que le tomó años superar. Se cerró en si misma, y limitó su contacto con el mundo exterior al mínimo. Con los años, la historia de Lucía Sefranti se convirtió en un mito, para luego ser olvidada casi por completo...

Habían pasado muchos años desde el momento en el que Lucía había quedado sola. Aún mantenía el contacto con el exterior al mínimo, pero por motivos completamente diferentes. Su historia había adquirido el carácter de leyenda; a tal punto que la mayoría de la gente creía que ella había muerto como cualquiera. Para ese entonces no quedaba ni una sola persona viva que la hubiera conocido de joven, y por ende no quedaba nadie que pudiera reconocerla. Para todos en el barrio, ella era la nieta de la Lucía original, y aunque compartían el nombre, nadie podía siquiera sospechar que se trataba de la misma persona.

Lucía tenía casi doscientos años, aunque seguía aparentando tener una edad indefinida entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Jamás se había casado, y había limitado sus relaciones sociales al mínimo indispensable. Trabajaba desde su casa. Para esa época, eso era tan común como las escapadas de fin de semana a la luna. Contrariamente a lo que la gente creía a principios del siglo 21, el fin del mundo no había llegado ni mucho menos. todo lo contrario: La humanidad había avanzado y por algún motivo, había decidido poner un poco de orden al caos...


El trabajo de Luchi tenía que ver con un área que irónicamente, alguna vez había sido el centro de todo, pero que para esa época, estaba casi olvidada: La Internet. En algún momento, la gran red de redes había comenzado a ser dejada de lado, siendo reemplazada paulatinamente por su versión mejorada: La "infovía sináptica". Las terminales de computadora fueron reemplazadas paulatinamente al principio, y luego compulsivamente, por terminales sinápticas, conectadas directamente al tallo cerebral. Al principio, eran aparatos externos, cableados y sin una verdadera integración neurológica. Sin embargo, bastaron un par de años para que los receptores se integraran a la red neural de las personas, y para que la Infovía, se convirtiera en algo presente en todos los rincones del planeta, algo intangible que le daba acceso a la gente a toda el conocimiento de la humanidad de forma instantánea y en cualquier parte. Eso casi marcó el fin de Internet; pero no del todo.

Algunas personas se negaron a formar parte del nuevo fenómeno. Eran mayormente personas mayores, demasiado incómodas con la idea de que un cirujano hurgara en sus cerebros por algo tan estúpido como una conexión con la nueva red de redes, la también llamada "Red Orgánica". Lucía era una de esas personas. Pertenecía a una época en la que la Internet se encontraba en su apogeo. Para ella, esa era la mejor forma de interactuar con el ciberespacio.

Se encargaba de mantener un antiguo portal de noticias, que ya existía el día que ella había nacido. En sus mejores épocas, el portal había empleado a decenas de periodistas, programadores, y diseñadores. Las noticias se actualizaban minuto a minuto, y tenía millones de visitas al mes. Sin embargo para esa época, solo escribían en él dos periodistas, ya próximos a jubilarse, y las noticias se actualizaban a lo sumo una vez al día. Lucía veía como todo lo que conocía, incluso esas cosas que había creído casi tan eternas como ella, llegaban a su fin.

Había escuchado hablar bastante sobre esa revolución tecnológica y social, de la que se había mantenido por completo al margen. Según lo que sabía, la interacción era muy diferente dependiendo del sujeto, pero la mayoría de las personas se veía transportada a un lugar que podía ser comparado con la representación que películas antiguas como Tron o Matrix, hacían del tan nombrado pero por entonces poco conocido Ciberespacio, o Realidad Virtual. En algunos casos la experiencia era la de flotar entre datos y circuitos, y en otros algo más cercana a la de encontrarse en un mundo virtual complejo, muy parecido a la realidad.

Los expertos decían que eso dependía de varios factores, entre ellos el grado de integración de los circuitos con la red sináptica del cerebro del usuario, la antigüedad del dispositivo implantado y hasta la psiquis del sujeto en cuestión. Lucía vivía en un ostracismo casi absoluto, sumida siempre en una completa soledad.

Ian Campbell era un joven científico inglés. Tenía un interés especial en la antigua investigación de la genetista Vanina Sefranti especialmente en su segundo y menos conocido trabajo: su investigación sobre el muchas veces denominado "Gen de la Inmortalidad". Hacía varios años que investigaba sobre el tema; para él, la posibilidad de continuar con el trabajo de aquella famosa científica del siglo 21, resultaba sumamente interesante. Tanto que luego de investigar lo suficiente, decidió ir al lugar en donde la doctora Sefranti había realizado su investigación.

No le costó demasiado averiguar su última dirección conocida, y aunque no tenía demasiadas esperanzas de encontrar aquella casa después de más de cien años, creía que ese sería un buen lugar para empezar. Así que una vez decidido el asunto, sacó un pasaje a Sudamérica y viajó a Buenos Aires; su primera parado en una búsqueda que no sabía muy bien como terminaría.

Continuara...  Parte 2

sábado, 2 de abril de 2011

Decepciones

Las personas suelen preguntarse como las ven realmente los demás. Para muchos la opinión de los otros resulta fundamental. Tanto que hay quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para ser aceptados. Sin embargo la mayoría solo se preocupa por el modo en el que la gente los percibe. Damián Cohen no era así, y aunque solía hacerse esa pregunta, no era algo que lo desvelara particularmente. Pero cada tanto se lo preguntaba. Solía imaginar que los demás lo veían como a alguien de una conducta intachable, de una honradez absoluta: como a una persona de bien...
El era muy solidario y se preocupaba por todos los que lo rodeaban. No resultaba extraño que alguno de sus amigos o familiares le pidiera algo de dinero prestado, como así tampoco que los ayudara de muchas otras maneras. Damián se ganaba la vida como técnico electrónico; arreglando televisores, DVDs, minicomponentes. En ciertas épocas ese era su único ingreso, y así y todo se negaba a cobrarles los arreglos a sus amigos y familiares. No pasaba una semana sin que uno o varios de ellos le llevaran algo para reparar. Solo algunos se ofrecían a pagar; y de estos, tan solo dos o tres le pagaba el arreglo aunque no lo quisiera. La mayor parte de ellos disfrutaba de aquel beneficio, sin detenerse a pensar que tal vez, ese dinero le podía llegar a hacer falta.
Pero él no solía quejarse por dinero. Era soltero, vivía con sus padres, y aunque compartía los gastos con ellos, siempre se las arreglaba de algún modo para llegar a fin de mes, y nunca dejar de pagarle a su padre. En ocasiones el "viejo" se negaba  aceptar su dinero, pero Damián siempre le respondía lo mismo: "Esta plata es tuya; dejá que me preocupe yo, por si llego o no a fin de mes..."

Quienes realmente lo querían, rara vez le pedían algo. No por alguna clase de orgullo mal entendido, sino porque sabían que nunca se negaría al pedido de un amigo. A veces sentían que se abusaban de su generosidad. Solía comprar cosas a pedido de algunas personas, para dejárselas "al costo", incluso si eso significaba que él tuviera que pagar los impuestos. No existía nadie más desprendido y generoso que él, y sin embargo para algunos eso no era suficiente.

Cuando Marcelo le pidió que le consiguiera aquel convertidor de voltaje tan raro, el único lugar donde Damián pudo encontrarlo fue en un sitio de subastas en Internet. El muchacho que lo vendía lo hacía desde Canadá, y aclarando que el no podía asegurar que fuera compatible con todos los dispositivos electrónicos que usaran ese tipo de conector. Damián también sabía que podía no servir, y creyó que su amigo, quien se había sentado a revisar la publicación junto a él, también lo había entendido. Le prestó su tarjeta y hasta su cuenta para la compra internacional. Marcelo se fue muy contento de su casa, con la ilusión de finalmente poder conseguir aquello que había estado buscando.
Pasaron los días, y casi un mes después, llegó el preciado paquete. Sin embargo, como por fuera no decía de que se trataba, la mamá de Damián, al ver que estaba dirigido a su hijo lo abrió. Esa noche cuando él llegó vio lo que había llegado, revisó lo que traía adentro, y llamó a su amigo Marcelo. Su amigo se mostró muy contento, y prometió que pasaría a buscarlo al día siguiente durante el día. Y ahí empezaron los problemas...
Marcelo pasó por la casa, charló un rato con doña Elena, dejó el dinero y se marchó contento con su paquete. Entonces, casi de inmediato le envió un mensaje a Damián. Se quejaba por la calidad del aparato, por que según decía parecía ser usado, porque no era exactamente igual que le de la foto. A todo esto él ni siquiera lo había probado, pero ya estaba convencido de que lo habían cagado. Pronto comenzó a recriminarle por haber abierto el paquete, aunque eso de ningún modo, impedía que lo devolvieran si llegaba a no ser compatible.
Cuando llegó a su casa, y lo conectó al aparato para el que lo había comprado, descubrió que no era compatible. Sin embargo, lejos de pensar que no había tenido suerte y comenzar las averiguaciones para devolverlo a su vendedor, comenzó a maquinar y poco a poco se convenció de que su amigo Damián lo había cagado. "Este no es el aparato que yo compré", decía. "seguro que Damián me lo cambió". Al principio le envió algunos mensajes a su amigo exigiéndole que lo llamara. Damián no entendía lo que pasaba. Le contestó varias veces que lo llamara a su casa por la noche, cuando volvía del trabajo. Sin embargo Marcelo no lo llamó nunca. En cambio los mensajes iban subiendo de tenor, hasta que en cierto punto, directamente lo acusó de estafarlo. Le exigía la plata que le había pagado, al tiempo que lo insultaba de muchas formas.
Hasta ese momento, Damián había preferido mantener bajos los decibeles, pero había comenzado a enojarse también. Estaba profundamente herido y ofendido por los dichos de su supuesto amigo. Recordaba las cientos de veces que le había dado su ayuda, e intentaba entender como había llegado a creer eso de él. Realmente le daba lástima enterarse de lo bajo que podía llegar a caer aquella persona, por unos pocos pesos. Se conocían desde hacía casi veinte años, y en ese tiempo, Damián siempre le había perdonado todo. Incluso aquella vez en la que Marcelo había intentado levantarse a aquella chica que Damián había conocido en aquel bar en el centro. Finalmente la mina los había plantado a ambos, y Damián decidió olvidarlo todo, ya que quería mucho a su amigo.
Luego de eso, la vida los distanció un poco. Seguían viéndose de vez en cuando, aunque por épocas, parecía que Marcelo se instalaba en la casa de él. Su relación siempre había sido bastante ciclotímica. Damián creí a que se debía al carácter de su amigo, y algunas cosas que le habían pasado en esos últimos años. Luego, como siempre, las cosas se arreglaban mágicamente y su amigo volvía a instalarse en su casa y a salir con él para todos lados.

Cuando Damián leyó aquel último mensaje, sintió que algo se había roto. El dolor aún le impedía tomar una decisión definitiva, pero estaba seguro de que no quería salvar aquella amistad. Había visto el lado oscuro de la personalidad de su amigo, y no le había gustado lo que había visto. Tenía la firme creencia de que las palabras, una vez dichas, no podían ser borradas, que luego de decir ciertas cosas, no había marcha atrás. Esa era una de esas veces...

Podría haberle enviado un mail al vendedor y devolver el regulador. Igual habrían tenido que afrontar el costo del envío, pero no hubiera sido demasiado alto. Sin embargo, ni siquiera se molestó. Marcelo jamás lo llamó para intentar aclarar las cosas, y ni siquiera intentó ver la manera de solucionar el tema. Aparentemente necesitaba enojarse con alguien, hacerlo responsable de todas sus desgracias, y Damián había aparecido en el momento justo. Lo peor de todo, fue el hecho de que había logrado hacerlo sentir terriblemente mal.
Tan solo el hecho de que su amigo lo tildara de deshonesto lo ponía muy mal. El que siempre había ayudado desinteresadamente a los demás, comenzó a preguntarse si realmente no sería esa, la imagen que ellos tenían de él. Pero por supuesto eso no era así, aunque por mucho tiempo esa pregunta rondó en su mente, y por primera vez en su vida se preocupó por la opinión de los demás.

Con Marcelo no habló nunca más, aunque se lo cruzó dos o tres veces por la calle. El otro lo seguía viendo con desprecio, convencido como estaba sobre la "culpabilidad" del otro. Desde ese día, Damián fue mucho más selectivo al momento de brindar su amistad, siempre acosado por el temor, de que la historia se repitiera. Y si bien los años pasaron, nunca más pudo dar todo por todos, como lo había hecho siempre, hasta antes de ese suceso.

miércoles, 19 de enero de 2011

En el Fondo de un Baúl

Hacía varias horas que Gerard leía aquella historia, como se lo había pedido de su hermano Jean Piere. La habían encontrado mientras revisaban las cosas, que habían quedado en el garaje. A esa altura se encontraba bastante cansado. Luego de haber pasado la mayor parte de la tarde leyendo, y viendo como comenzaba a oscurecer, no le quedaban demasiadas ganas de seguir; pero ya quedaban pocas páginas.
De todos modos, aunque se hubiera animado a proponerlo, Jean Piere no hubiera aceptado continuar al día siguiente...

"...Sinceramente no recordaba nada de lo que había pasado la noche anterior. Había despertado en la cama junto a una desconocida, y ni siquiera era mi cama. Levanté la vista y observé su rostro: aún dormía.
La observaba al tiempo que trataba de recordar algo, cualquier cosa, pero mi mente estaba en blanco. Ella respiraba pausadamente, sin sobresaltos. Siempre me había gustado ver a las mujeres con las que despertaba, mientras aún dormían. Solían verse justo como ella ese momento: Relajadas, felices y satisfechas. No es que estuviera alardeando; después de todo, no tenía idea de lo que había sucedido aquella noche.
Me levanté y comencé a observar hacia todas partes. Buscaba mi ropa, mis zapatos, mi billetera y mi celular. Pronto las encontré y comencé a vestirme. Volví a observar a la mujer que estaba junto a mí en aquella cama. Era preciosa. Sus cabellos rubios cubrían parte del rostro, pero no hacía falta verlo completo, para admirar esos labios tan rojos y sensuales, y aquel rostro angelical. Efectivamente era una hermosa mujer.
Por un momento pensé en despertarla, pero finalmente decidí que sería mejor irme sin más. Es cierto que de ese modo, jamás sabría lo que había sucedido esa noche, pero creo que en ese momento no quería una explicación. Me apresuré entonces a tomar todas mis cosas, y salí del cuarto haciendo el menor ruido posible.
Fuera de allí, me encontré con un largo pasillo, y una escalera al final. El lugar parecía desierto, sin embargo había algo allí que me estremecía..."

Gerard dejó de leer abruptamente. La historia estaba llegando a su momento de mayor tensión. Sin embargo a él no parecía importarle. Había volteado su cabeza, y observaba la ventana que se encontraba justo a sus espaldas. Acababa de escuchar un ruido bastante inusual, tanto que se había sobresaltado. Jean Piere se había enojado un poco ante la actitud de su hermano. A su entender, él siempre hacía lo mismo: Bastaba que ocurriera cualquier cosa a su alrededor, para que olvidara todo lo demás.
-¿Y ahora que pasó?- preguntó entones algo ofuscado.- Gerad le tocó el brazo como lo hacía cada vez que quería pedirle que hiciera silencio. Jean Piere no entendía nada de lo que estaba pasando. Finalmente casi un minuto después, su hermano le habló.
-¿No escuchaste ese ruido?-
-¿Que ruido Gerard?-
- Es extraño que no lo hayas escuchado... Tu audición debería ser bastante más sensible que la mía; dada tu condición...- Jean Piere era ciego, y si bien no podía mirarlo directamente a los ojos, endureció la expresión de su rostro y con tono severo le contestó.
- La verdad es que no se de donde sacaste esa estupidez. Mejor seguí leyendo, que te detuviste justo en el mejor momento.- Pero Gerard aún lo observaba como si esperara que su hermano recordara algo crucial.
-¿Y el ruido?- pregunto entonces.
-¡Olvídate de ese ruido y seguí leyendo!- dijo por último Jean Piere. En ese instante, Gerard se dio cuenta de cuan enojado estaba su hermano; según su experiencia lo mejor, sería que continuara con la lectura.

"Seguí caminando, alejándome del cuarto donde había despertado unos minutos antes, hasta que comencé a bajar por la escalera. Pensaba en la chica que estaba dejando en esa habitación, en lo que pasaría por su cabeza al despertar y no encontrarme allí junto a ella. Por alguna razón, no podía irme simplemente y dejarla allí sola...
Tomé entonces una determinación, y volví sobre mis pasos, hasta pararme justo delante de la puerta de la habitación. Allí reinaba el silencio más absoluto. No tardé demasiado en entrar. En cuanto lo hice, me llevé la sorpresa más grande de mi vida: el cuarto era totalmente diferente; la cama estaba desecha, y las sabanas parecían jirones. Todo el cuarto se encontraba cubierto por una espesa capa de polvo; tanto que al caminar, iba dejando profundas huellas en el piso.
Lo siguiente que hice fue buscar con la vista a la joven con la que había despertado, pero allí no había nadie. Parecía ser que ese lugar había estado abandonado durante años.
De repente comencé a recordar algunas cosas sobre la noche anterior. Entre ellas la razón, por la que había ido a ese lugar en un primer momento. Siempre se había dicho que esa vieja casa estaba embrujada, pero yo nunca lo había creído...
En ese momento se hacía evidente para mí, que había estado equivocado. Aún no recordaba demasiado, pero estaba seguro de una cosa: de algún modo, alguien o algo, había logrado que perdiera el sentido del tiempo y el espacio, y me había hecho ver lo que no era. Evidentemente había sido otra víctima del espíritu de la Joven Doncella..."

Al terminar la lectura, Gerard cerró el libro y lo dejó sobre la mesita de noche. Jean Piere seguía expectante, como si no pudiera creer que aquella hubiera sido la conclusión de la historia. Su hermano hizo un inútil gesto con las manos, y le dijo que eso era todo. Sin embargo algo llamó su atención también, y luego de revisar un poco el libro, se dio cuenta de que le faltaban tres o cuatro hojas. Seguramente, al menos una de ellas, debía contener el verdadero final.
Gerard revolvió el fondo del baúl donde lo habían encontrado, pero no vio nada. Lo más extraño de todo, era que las hojas parecían haber sido cortadas con algo filoso, de un modo recto y cuidadoso. Era algo sumamente curioso.
Jean Piere esperaba ansioso el veredicto de su hermano. Se movía inquieto en su silla, como si el hecho de no poder escuchar el final de la historia, significara demasiado para él. Y en cierto modo eso era entendible: Ese manuscrito, había sido escrito por su padre poco antes de morir. Aquella era su obra póstuma, la que finalmente lograría el reconocimiento que merecía, como el grandioso escritor que había sido.

Por la mente de Gerard pasaban pensamientos similares. Se devanaba los sesos, intentando descifrar lo que había ocurrido con aquellas hojas. De repente un pensamiento fugaz, cruzó por su mente. Observó una vez más aquella última página, y notó un pequeño símbolo en la parte interna de la contratapa. La observó más de cerca y notó algo más: era bastante más gruesa que la tapa frontal...
Eso, le hizo pensar que tal vez, había algo oculto en su interior; así que tomó una trincheta y cortó el borde. Efectivamente, adentro había algo. Eran las hojas faltantes del manuscrito; y allí, escritas con aquella preciosa letra caligráfica, que su padre había aprendido durante su juventud, estaban las que creyó, eran las últimas palabras que completaban la historia. Sin embargo eso no era del todo cierto...

Cuando desdobló aquellas hojas, pudo ver que contenían una carta de su padre; un mensaje que él, había dejado oculto para ellos dos. Gerard lo leyó una primera vez para si mismo.  Poco después, cuando se dio cuenta de que no había dicho ni una sola palabra en voz alta, comenzó a leer de nuevo. Esta vez, se aseguró de que su hermano pudiera escucharlo:

"A mis Hijos:

               Si están leyendo esta carta, significa que han llegado hasta la última  página del manuscrito, preguntándose por el final. Pues aquí va la respuesta: No escribí ningún final...
               Sucede que hace tiempo que intento terminar con esta historia, pero me ha resultado imposible. Ningún final que intento me convence, ningún giro en la trama me parece lo suficientemente bueno, para coronar aquella que considero mí mejor historia. Así que he decidido dejar de intentarlo y encomendarles a ustedes esta tarea.
               Ya me los estoy imaginando a ambos, diciendo que no se consideran a la altura de tamaña responsabilidad, que jamás se atreverían a terminar de escribir esta historia. Yo por mi parte les digo que estoy convencido de que cualquiera de ustedes, lo podrá hacer mejor que yo. Y aunque ustedes mismos no se tengan confianza, yo si se las tengo.
               Me siento tranquilo, sabiendo que serán ustedes, quienes le darán un final adecuado a mi libro... Les deseo mucha suerte.

PD: En las próximas cuatro hojas, encontraran todas las notas e ideas que volqué mientras iba escribiendo esta historia. Estoy seguro de que les serán de gran utilidad.
Se que piensan que les estoy pidiendo demasiado, pero estoy seguro de que podrán hacerlo..."

La nota terminaba luego de esa frase. Gerard volteó esa primera hoja, y encontró una lista de palabras, frases, e ideas sueltas que pronto pudo interpretar. Su padre, había tomado sus notas siempre del mismo modo, y él sabía exactamente como leerlas.
Jean Piere permanecía en completo silencio. Estaba muy serio y parecía meditar. El siempre había admirado mucho a su padre. Solía decir que su padre merecía pertenecer a ese puñado de escritores, considerados fundamentales para la literatura mundial. Creía que esa tarea no les correspondía...

Gerard en cambio, estaba convencido de que, si lo intentaban juntos, podrían lograrlo. Confiaba mucho, en la capacidad e inventiva de su hermano menor.
- Bueno, manos a la obra: debemos terminar el libro.- Jean Piere volteó la cabeza con los ojos abiertos como platos.
-¿Estás seguro de esto Gerard?, yo no me siento a la altura del reto.-
- Si papá nos encomendó esta tarea, fue porque confiaba en nosotros; y yo no tengo la intención de defraudarlo. Además, si quieres saber como termina la historia, es mejor que nos pongamos a escribir el final...- El muchacho de unos dieciocho años, se levantó de la silla y caminó hasta pararse justo delante de la ventana. Sentía la suave brisa del otoño sobre su rostro, al igual que un dejo del aroma de los tilos que su madre, había plantado en el frente años atrás. Volvió a sentarse en su silla, y esperó pacientemente a que su hermano, comenzara a leer los apuntes de su padre. Y poco a poco, se dibujó una sonrisa en su rostro...