viernes, 13 de abril de 2012

Un Ultimo Intento


Como todos los días, Emilio se levantó bien temprano por la mañana. Tardó aproximadamente media hora en peinarse y cambiarse; y media hora más para finalmente, salir de su casa. El ya sabía de antemano que cualquier intento por recuperar su trabajo resultaría poco más que inútil, pero de todos modos creía que debía intentarlo. Comenzó a caminar con paso lento pero constante. Aún no había podido despabilarse del todo. A ese ritmo, le tomaría exactamente veinte minutos llegar al edificio a donde había trabajado hasta el viernes anterior. Como se imaginarán a estas alturas, lo tenía perfectamente cronometrado... 
Aún no lograba comprender cual había sido el criterio que habían usado para decidir su despido. Hasta donde él sabía, era un empleado laborioso y responsable, que nunca había llegado tarde y no faltaba a menos que una enfermedad lo mantuviera en cama. No creía haber faltado más de nueve o diez veces en los seis años que había trabajado para esa compañía. Pero aparentemente esos detalles no habían importado en lo absoluto. 
Mientras pensaba en todo aquello se encontró de repente, casi sin darse cuenta, ante el portal de aquel edificio de la Avenida Alem, que tan bien conocía. Se acercó aún algo dubitativo al puesto de seguridad y sacó su tarjeta de acceso del bolsillo de la camisa. Ni siquiera sabía si lo dejarían pasar, pero pensaba arriesgarse. Existía la posibilidad de que la tarjeta ya no sirviera, o que los guardias le prohibieran la entrada. Sin embargo nada de eso sucedió.
Luego de pasar los molinetes, se acercó al grupo de ascensores que paraban en los pisos impares, y esperó que alguno abriera. Como había ocurrido siempre, en menos de quince segundos, uno de ellos paró. El ascensorista lo reconoció y como todos los días lo saludó efusivamente. Axel -aquel joven, novato en ese oficio tan raro-, había ingresado a trabajar hacía menos de un año. Era el hijo de Harold, quien se había retirado por problemas de salud. Según había escuchado, le habían ofrecido ocupar el puesto de su padre; aparentemente eso era normal en aquel lugar...
- ¿Al piso 15, como de costumbre?- La pregunta lo sorprendió y en cierto punto lo inquietó un poco, pero pronto recupero la compostura y con una sonrisa le dijo que sí. Poco después el muchacho detuvo el ascensor en el piso solicitado, y él se despidió mientras bajaba. Alex, lo saludó a su vez, y con una sonrisa en el rostro, cerró nuevamente la puerta y continuó su recorrido de casi cuarenta pisos.

Emilio continuó avanzando por aquel estrecho corredor hacia la última puerta, que se veía a lo lejos como a unos cien metros de distancia. Aquel era realmente un  edificio muy grande; de esos de largos pasillos y puertas a ambos lados. Se detuvo precisamente delante del departamento 15M, y tocó el timbre de recepción. Se preguntó si Johana, la recepcionista, aún trabajaría allí, o si por el contrario, habría corrido la misma suerte que él. Se preguntó además si lo dejarían entrar.
Tocó varias veces, y después de un rato comenzó a pensar que nadie contestaría. Decidió entonces golpear tan fuerte como fuera necesario, y hasta que alguien apareciera. Sin embargo, en cuanto tocó la puerta, se abrió sola. Precavido, la entornó un poco más y se asomó para observar. Su sorpresa fue total, cuando se dio cuenta de que la oficina estaba completamente vacía...
Fue entonces que volvió a mirar, y se cercioró de no haberse confundido de lugar. El departamento era el correcto, pero por las dudas, luego de abrir la puerta de par en par, caminó hasta la zona de ascensores y verificó si realmente estaba en el piso 15. Aparentemente estaba en el lugar correcto... volvió entonces sobre sus pasos y regresó a la que hasta el viernes había sido su oficina. Miró el interior de aquel apartamento, parado en el umbral de la puerta, sin entender lo que estaba sucediendo. Luego de eso, decidió entrar.

Cuando Emilio entró, notó que no quedaba prácticamente ningún indicio de haber estado ocupado hasta la semana anterior. Más aún, parecía como si alguien se hubiera tomado el trabajo de limpiarlo meticulosamente. Mucho más que lo habitual al entregar una oficina o apartamento. Toda aquella situación resultaba extraña. ¿Cual podría haber sido la razón para hacer algo cómo eso?
Revisó el lugar a conciencia y de modo bastante meticuloso. Buscaba algo, lo que fuera, que le contestara las preguntas que se estaba haciendo en ese momento: ¿que había pasado en ese lugar? ¿A dónde había ido a parar la empresa para la que él había trabajado hasta el viernes anterior?... Sin embargo, luego de casi dos horas de búsqueda, se fue finalmente con las manos vacías. Tenía la sensación de que no pasaría mucho tiempo antes de descubrir algo más... y tenía razón.
La primera pista sobre lo que había pasado, se la dio uno de los guardias de seguridad cuando él ya estaba a punto de salir del edificio. Fue Carlos Morales, quien al verlo, se mostró bastante sorprendido.  No comprendía que hacía en ese lugar, ya que según lo que tenía entendido, su empresa se había mudado a otro edificio... Fue por ese motivo, movido por la gran curiosidad que sintió, que le hizo aquella pregunta. Emilio que no entendió lo que Morales le estaba diciendo, le pidió que por favor repitiera lo que había dicho.
- Le preguntaba si se había olvidado que hoy ya empezaban todos en la nueva oficina. Según me dijo Don Hipólito, hace un mes que se estaban mudando de a poco...- Aquella afirmación le pareció de repente bastante cínica: Hacía exactamente un mes que había comenzado a despedir gente. Ese último día que él había trabajado, quedaban menos de la tercera parte de los que eran, antes de que comenzara todo.

Hacía meses que don Hipólito venía quejándose constantemente, "llorando" por decirlo de alguna forma. Decía que las cuentas no cerraban, y que si las ventas no mejoraban, debería comenzar a echar gente. Durante aquel último mes, casi todos los días, había despedido a alguien. Luego de dos semanas, Emilio y sus compañeros pasaban cada día esperando saber quien sería el próximo. Ninguno de ellos creía que su jefe estuviera diciéndoles la verdad. Las ventas seguían estando tan altas como siempre, e incluso habían conseguido nuevos clientes. 
El le creía menos aún; ya que al ser el asistente del gerente contable, sabía sobradamente cual era el volumen de los ingresos, y los márgenes de ganancias: La empresa estaba facturando más que nunca...

No le quedaban dudas, don Hipólito había decidido vaciar la empresa. Seguramente declararía la quiebra, y así evitaría pagarles la indemnización a todos ellos. Quizá conservaría un pequeño grupo de empleados, aquellos más cercanos a él. Tal vez había alquilado realmente nuevas oficinas, pero seguramente pensaba cambiar la razón social. Esa era una práctica más que común entre los empresarios para defraudar tanto a empleados, como a acreedores e incluso al fisco...
Finalmente, las piezas de aquel extraño rompecabezas comenzaban a encajar. Tenía una sensación muy extraña; de repente  se sintió estafado, como un verdadero tonto. Comenzó a caminar y a alejarse de ese lugar. Por su cabeza pasaban miles de cosas. Pensaba en las familias de los veinticinco empleados que como él, habían sido despedidos durante ese último mes. Se preguntaba si alguno de ellos ya habría conseguido un nuevo trabajo. Por un momento, pensó en llamarlos uno por uno y contarles lo que había pasado, pero pronto se dio cuenta de que no debía hacerlo, al menos hasta averiguar un poco más.
Pero de algo estaba seguro: si don Hipólito creía que se saldría con la suya así de fácil, estaba equivocado. Emilio había tomado la precaución de guardar copias de todos los documentos que habían pasado por sus manos durante aquellos últimos meses. Tenía información más que suficiente para complicarle del todo la vida; y a partir de ese momento, eso era exactamente lo que pensaba hacer. Los problemas de don Hipólito aún no habían comenzado...

lunes, 5 de diciembre de 2011

La Noche de las Sombras

La luz mortecina de aquel velador no alcanzaba para iluminar ni la tercera parte del cuarto. El rincón opuesto al de su cama quedaba pues, sumido en la más absoluta oscuridad. Clara no podía dormir, tenía su mirada fija en ese sitio, como si esperara que de un momento a otro saliera algo horrible de allí. Era verano, por lo que solía dormir destapada, pero esa noche no. Se había cubierto completamente con la sabana -incluso la cabeza-, dejando tan solo un pequeño espacio por el que miraba constantemente hacia allí...
El viento movía las cortinas, al compás de un silbido tenebroso, que anunciaba la proximidad de una tormenta. Los ruidos, las sombras y la absoluta oscuridad en esa porción específica de la habitación, le parecían por momentos algo sobrenatural. Sabía que su miedo era completamente irracional, pero le era imposible no sentirlo. Hacía horas que Clara intentaba dormir, pero aquella sensación que la embargaba, le impedía incluso cerrar sus ojos.

Poco a poco al principio, y luego a un ritmo cada vez mayor, el viento aumentó su intensidad y su estruendo. Las sombras comenzaron a invadir la habitación, como no lo habían hecho hasta entonces y poco a poco su ansiedad comenzó a aumentar. Las formas, por momentos fantasmagóricas y amenazantes, se acercaban a su cama y se volvían a alejar. Ella intentaba recordar por todos los medios que era tan solo su imaginación, pero cada vez le costaba más separar la realidad de la fantasía.

Su mente le estaba jugando una mala pasada, y a medida que los minutos transcurrían le era cada vez más difícil mantener la calma. Los monstruos imaginarios comenzaron con su desfile macabro, avivados una y otra vez por el viento y los silbidos. Pronto comenzaron a caer los primeros relámpagos, y con ellos los truenos. Clara seguía mirando fijamente el rincón; lo había hecho durante varias horas. Esperaba que alguno de esos instantes de claridad, iluminara aquel lugar, trayéndole algo de calma a su agitado ser. Su corazón latía cada vez más rápido, y su respiración, por momentos se volvía entrecortada.
A esa altura solo quería que llegara el amanecer, y que al hacerlo, ahuyentara a todos esos seres que tanto miedo le estaban causando. Finalmente el cansancio pudo más que el temor, y Clara se durmió sin siquiera darse cuenta. De repente su semblante se relajó, y en su rostro se dibujó una sonrisa...
A la mañana siguiente Andrea entró al cuarto. Le pareció extraño encontrar la pequeña linterna de pared aún encendida, pero no le dio mucha importancia. Miró entonces a Clara que aún estaba dormida. Parecía muy cansada, como si no hubiera podido dormir muy bien. Era domingo, así que decidió dejarla dormir un rato más. Entonces relacionó la luz encendida con la tormenta de la noche anterior, el viento y su zumbido, y supo entonces porque Clara estaba tan cansada. "Pobre Chica" pensó; su hijita tenía una imaginación asombrosa...

jueves, 20 de octubre de 2011

La Transformación más Profunda (Parte 5 y Final)

Viene de la parte 4

Cuando finalmente Ian se recuperó de su asombro, habló. Tenía el rostro desencajado y aún estaba bastante turbado.
- Si lo que dices es cierto, tu caso es único en el mundo. Es casi un milagro...- aún le costaba creer lo que ella acababa de decirle. Seguía maquinando, intentando encontrar una explicación lógica. - Es algo increíble, bastante difícil de creer...- Ella lo miró en un principio sin decirle nada, pero luego le contestó.
- Yo no necesito que me creas. A mi me da lo mismo. Vos eras el que quería retomar la investigación de Vanina sobre el "Gen Luchi", el gen de la inmortalidad.- se detuvo un momento como midiendo sus palabras.- Bueno, ¿por qué creés que lo llamó así?- aquello era verdad; después de todo hasta un rato antes, el que había estado convencido de que ella, era la hermana de la doctora Sefranti, había sido él.

La razón de su viaje, había sido la de encontrar los datos de la investigación original de la doctora Sefranti. No había llegado desde Europa para conocer la Argentina, sino para averiguar todo lo que pudiera, sobre lo que había sido su obsesión durante años. Se preguntó que ocurriría a continuación, y que otras sorpresas lo esperaban durante aquel viaje. Sin embargo como supo poco después, Lucía lo había decidido de antemano.

Ella le dio una palmada en la espalda y lo invitó a que revisara todo lo que quisiera. Según le dijo todos los documentos allí, estaban a su disposición. Ian comenzó a revisar meticulosamente todo aquello que por algún motivo llamaba su atención, procurando no pasar nada por alto. El laboratorio era un lugar asombroso. Estaba lleno de documentos tan únicos como la mujer que habitaba esa casa. En una de las carpetas encontró una referencia a la hermana mayor de la doctora. Allí se describía el funcionamiento de una hormona única que había llamada "Fluense", encargada según esos papeles de "congelar" el envejecimiento celular.
El documento parecía sacado de un film de ciencia ficción; sin embargo era real. La firma de Vanina Sefranti estaba en cada una de sus hojas. Además estaba redactado con el léxico, usado por los médicos hacia finales del siglo 21. Ese "paper" -como solían llamarlos en esa época-, podía resultar clave para su investigación, ya que prometía ser el comienzo de una serie de descubrimientos más que prometedores.
Lo guardó entonces en un cajón que estaba vacío, de modo de poder ubicarlo fácilmente. Luego, miró a su alrededor y se preguntó que más estaría apunto de descubrir…


Mientras tanto, Lucía se encontraba sentada en la cocina; parecía como si se hubiera sacado un peso de encima. Se la veía tranquila y relajada. Creía que no faltaba demasiado para que aquel muchacho develara el último de sus secretos… Tenía la mirada fija en el infinito, realmente no parecía estar mirando nada en concreto. En su mano derecha tenía una taza llena de café humeante, negro y sin azúcar. Frente a ella, había cinco o seis carpetas amarillas iguales a las del laboratorio.
Se la notaba ocupada, revisando el contenido de cada una de esas carpetas con gran atención. Por alguna razón, estaba convencida de que dentro de esa pequeña pila de papel y separadores de plástico, podía estar la respuesta que había buscado tan largamente.
Lucía se dedicó entonces a leer una y otra vez esos documentos en busca de algún dato nuevo. Esa no era la primera vez que leía esas páginas. De hecho habían sido innumerables, las veces en que, sabiendo que era casi imposible que encontrara alguna información nueva, había vuelto a leer ese material durante noches enteras. Era consciente de que aquello rayaba la locura, pero le parecía un mejor modo de ocupar su tiempo, que solo esperar...

Fue después de un rato, que noto un extraño brillo blanco proveniente del pasillo, pero por más que lo intentaba, no lograba siquiera imaginar cual podía ser su causa; por eso se levantó de su asiento y se dirigió hacia allí. Caminó los pocos pasos que la separaba de aquel lugar, y se asomó tratando de no hacer ruido. Pronto comenzó a oír una voz femenina harto conocida para ella. Siguió caminando y se acercó hasta la puerta del laboratorio. Cuando lo hizo se quedó como tildada, observando embobada la imagen que estaba siendo proyectada en el centro del cuarto. Lucía se preguntó de repente como podía ser eso posible, al tiempo que un mal movimiento llamó la atención de Campbell.
Ian se acercó hasta donde ella estaba parada -en un completo estado de estupefacción-, y la tomó del brazo suavemente. La llevó hasta el centro del cuarto y le mostró un pequeño aparato del mismo tamaño que las primeras tablet PC. Ese formato, le resultó arcaico en comparación a las pantallas de tamaño variable, y por supuesto aún más comparándolo con una interfaz sináptica, pero aparentemente resultaba ser el método más simple y preciso, para controlar un proyector holográfico.
-¿Cómo lo hiciste?, ¿Cómo conseguiste una imagen holográfica de mi hermana? Ella no llegó a filmarse nunca con una "Holo-cámara"...- Ian sonrió al escuchar ese comentario y entonces le contestó.
- Ya lo sé, por eso tuve que recopilar imágenes de decenas de videos y proyecciones, en donde aparecía desde diferentes ángulos, y alimentar la matriz con esos datos... El resto fue trabajo del dispositivo Holográfico: unió los fragmentos, y llenó los espacios vacíos. El resultado es este.- Lucía no podía creer lo que estaba viendo; parecía como si Vanina estuviera realmente allí, trabajando en su laboratorio una vez más.
Decidió sentarse en un rincón y escuchar junto a Campbell las palabras de su hermana.
Ian había compilado todas las bitácoras de la doctora Sefranti: audio, video e incluso texto; y las integró a la matriz del holograma que acababa de crear. La interacción se daba a través de la tableta de control, en donde usando un índice temporal, Ian Campbell iba eligiendo las bitácoras a escuchar. Creía que de ese modo, le resultaría mucho más simple clasificar toda la información y formarse una idea un tanto más definida, sobre los conceptos de la investigación de Sefranti. La idea era profundizar ciertos detalles como los referidos a la hormona denominada "Fluense"...

Luego de varias horas escuchando su voz, y después de haber afianzado ciertos aspectos de la investigación que nunca había logrado entender, Ian tenía la sensación de haberla conocido personalmente. Había quedado aún más fascinado e intrigado que antes. Le parecía una mujer de un enorme coraje, en cuyo vocabulario no existía la palabra "imposible".
Lucía por su parte, había pasado aquel tiempo observando absorta la imagen de su hermana, con su rostro desencajado por las lágrimas. Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba su voz y la dulce cadencia de sus entonación al hablar. Ella adoraba a su hermana menor. Vanina lo había dado todo por ella y Lucía, aún después de tantas décadas, se sentía en deuda.
Observó nuevamente la imagen en el centro de la habitación y lo miró a Campbell; de repente se dio cuenta de cuan equivocada había estado: Desde la llegada de aquel joven, ella solo había esperado que de algún modo, descubriera la manera de terminar con su inmortalidad. Creía que si lo dejaba revisar los papeles de la investigación de Vanina, tal vez él descubriera la razón por la que ella no envejecía y quizás, hallaría el modo de revertir su "maldición"...
Ahora se daba cuenta de cual era su error; aquello que hasta entonces había considerado una maldición, había sido en realidad un regalo. Ella misma, era el mayor y más perdurable legado que había dejado Vanina. La prueba irrefutable de su paso por este mundo.

Lucía Sefranti caminó nuevamente a la cocina y regresó al laboratorio trayendo las carpetas que había estado revisando. Creía que lo mejor sería que Ian continuara con su investigación. Sin embargo sabía que ya no estaría obsesionada por los resultados. Según lo veía ella, la mejor manera de honrar la memoria de su hermana, y saldar finalmente la deuda de gratitud que sentía para con ella, sería recuperar su trabajo más importante: aquel al que había dedicado más de la mitad de su vida adulta.

Ya no le importaba si Ian Campbell, descubría o no el modo de revertir su aparente inmortalidad. Curiosamente, el solo hecho de ver y escuchar nuevamente a su hermana, había sido suficiente para devolverle las ganas y dibujarle una sonrisa en el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, Lucía Sefranti se sentía feliz...

sábado, 27 de agosto de 2011

La transformación más profunda (Parte 4)

Viene de la parte 3



El muchacho, esperaba en la puerta de la antigua casona. Lucía se acercó hasta pararse al otro lado y la abrió de par en par. De un modo inconsciente, intentaba demostrarle a Ian, que era bienvenido. Con una sonrisa en el rostro, le hizo una seña para que entrara. Rápidamente, cerró la puerta y dando media vuelta sobre sus talones, se dirigió hacía la cocina. El, sin preguntar nada, comenzó a caminar detrás de ella.
Cuando entraron en la cocina, Campbell se encontró con lo que le pareció una merienda inglesa, sacada de las antiguas revistas del siglo veinte. Ella se sentó en una de las dos sillas que había dispuesto a cada lado de la mesa, y comenzó a servir dos tazas de lo que para él, era Té Earl Gray en hebras. Ian tomó la taza y la acercó a su rostro, con la intensión de sentir el fuerte perfume de la infusión. Supo entonces que no estaba equivocado...

Durante un rato hablaron sobre los temas más variados; principalmente sobre el pasado de la familia Sefranti. El joven inglés intentaba por todos los medios descubrir algo, lo que pudiera, sobre el pasado de Lucía. Le resultaba asombroso aquel notable parecido. Aquella mujer con la que estaba charlando, era idéntica a la hermana de Vanina Sefranti. Muy pocas personas, hubieran podido reconocer a Lucía. Pero él había investigado a la familia Sefranti durante casi seis años, y había encontrado cosas que nadie había visto antes. Una de ellas, era una foto de Lucía, tomada el día en el que su sobrina Camila, se había recibido en la UBA.
Formaba parte de un álbum fotográfico, publicado por uno de sus compañeros de graduación. Se encontraba en Internet, en un sitio totalmente olvidado llamado Facebook. Esa "Red Social" -como según supo, eran denominados ese tipo de sitios-, ni siquiera aparecía en los buscadores. Pero increíblemente, y de un modo completamente inesperado, se topó con él. Le asombraba el hecho de que alguna vez, aquella "Red Social" había sido "habitada" por cientos de millones de personas en el mundo, y que no había sido la única…


Estaban sentados frente a frente, y lo cierto es que no podía olvidar aquella fotografía. Aquella Lucía, era idéntica a la que él había visto en la red. Se preguntaba como reaccionaría si finalmente, él decía en voz alta lo que hasta para él, era una locura. Los desvaríos de un investigador demasiado entusiasta. Sin embargo, ¿no era acaso su objetivo retomar una antigua investigación sobre el funcionamiento del llamado "gen de la inmortalidad"? Todo era posible, por más descabellado que pareciera…. 

Sumido como estaba en sus pensamientos, se levantó de repente de su silla y comenzó a caminar. Miró hacia todas partes y finalmente decidió que se lo iba a decir. Lucía lo observaba atentamente. Finalmente, luego de unos instantes que a ambos les parecieron eternos, habló...
- Alguna vez viste una foto de Lucía la hermana de Vanina.- ella lo miró extrañada. No era esa la pregunta que esperaba...
- Si por supuesto, después de todo, yo soy su descendiente.- creyó que con esa respuesta había zanjado el asunto, pero se equivocaba.
- Pues resulta que yo también.- lo dijo así como al pasar, esperando capturar de ese modo su atención. - La encontré en un sitio de Internet que alguna vez fue increíblemente popular. Su nombre es Facebook, y allí pude ver una foto de la graduación de Camila, en la que posaba junto a Vanina y su tía... El parecido es increíble.- 

Aquello último lo dijo con cierta intencionalidad en la voz. Ella que comprendió de inmediato la insinuación no dijo nada. Ian cambió entonces de tema; creía que su reacción había sido extraña, demasiado controlada. Cada vez estaba más convencido de aquello que al mismo tiempo, le parecía imposible...

La conversación siguió durante un rato, hasta que en cierto momento ella le pidió que la acompañara. Caminaron por un largo pasillo, hasta pararse delante de una puerta de acero inoxidable que brillaba endemoniadamente. Campbell veía su reflejo en esa puerta, al tiempo que su anfitriona introducía un código en un pequeño panel a un costado del marco. La puerta se abrió y pudo ver el interior de aquel lugar.
- Este es el laboratorio de Vanina. Eres la primera persona que ve este lugar en décadas.- Ian no daba crédito a lo que sus ojos veían: sobre una de las mesas había una pila de papeles pulcramente ordenados, y un soporte para tubos de ensayo como los que se usaban antes...
A principios del siglo veintidós, se logró desarrollar un proceso para digitalizar las muestras para su análisis. Desde entonces el tubo de ensayos y el porta objetos se convirtieron en piezas de museo. Todo en ese lugar parecía tan reluciente como nuevo. Costaba trabajo creer que había estado en desuso durante casi doscientos años. 
-¿Nunca habías entrado a este lugar?- Lucía aún se debatía entre decirle o no la verdad, pero ya había decidido lo que haría, incluso antes de llamarlo al hotel.
- Por supuesto: he entrado cientos de veces, pero eso fue en otra vida. Hace ya mucho tiempo... Décadas...- Ian Campbell estaba cada vez más sorprendido: lo que en un principio había sido una expresión de perplejidad, en pocos instantes se transformó en una de asombro; al escuchar de sus propios labios tamaña confesión. Le costaba trabajo procesar lo que ella estaba diciendo. La joven frente a él, le acababa de decir que no era tan joven como aparentaba. Más aún: Estaba diciéndole que era la misma Lucía, por cuya causa la doctora Sefranti había iniciado su revolucionaria investigación.

Pasaron unos instantes y el investigador inglés, seguía tan mudo como en un primer momento. Lucía aún esperaba que dijera algo, pero parecía que estaba demasiado anonadado. Caminó dos o tres pasos y tomó una pequeña caja, que se encontraba sobre uno de los mostradores laterales. Ian seguía mirando hacia todas partes e intentando decidir si había entendido bien; y finalmente habló.
- Eso quiere decir que tienes algo más de doscientos años de edad...- la miró fijamente a los ojos y esperó su respuesta- ¿entendí bien?- Ella se sentó entonces en una silla y le contestó.
- Entendiste perfectamente: Yo soy Lucía Sefranti; la hermana mayor de Vanina...- se detuvo un momento y abrió la caja que aún tenía en sus manos.- Y por si te lo preguntabas: Si, soy inmortal...-  


Continuara parte 5

viernes, 3 de junio de 2011

La transformación más profunda (Parte 3)

Viene de la parte 2

Hacía dos días que Ian Campbell esperaba en su hotel. Durante ese tiempo no se había atrevido a salir de allí, convencido como estaba de que podía recibir aquel llamado en cualquier momento. Pasaba su tiempo entre su habitación y el hall del hotel, leyendo publicaciones electrónicas en su e-paper, y escuchando música de artistas de principios del siglo 21. A diferencia de la mayor parte de sus amigos y parientes, jamás se había implantado un "chip sináptico". Sus razones eran diferentes a las de aquellas personas, aterradas con la idea de una operación cerebral: sufría de una rara condición neurológica que tornaba peligrosa, incluso la más pequeña incisión en su cerebro.

Para él, una operación como esa implicaba enormes riesgos; que incluso con la fabulosa tecnología de principios del siglo 23, resultaban imposibles de eliminar. Por ese motivo, Ian se había acostumbrado a interactuar con la tecnología a través de periféricos, del mismo modo en el que lo había hecho su abuelo.

Ese día, se había levantado muy temprano; tanto que cuando fue a  tomar el desayuno, las luces estaban aun apagadas. Tenía la sensación de que aquel día pasaría algo muy importante, y la ansiedad le había impedido seguir durmiendo. Como el comedor aún no había abierto, prefirió ir al hall y seguir leyendo. De inmediato se sumergió en su lectura, y todo lo demás, aquello que sucedía a su alrededor, pasó a un segundo plano. Los ruidos y las voces, resultaban para él lo mismo que un murmullo o una ambientación; un sonido de fondo. Las horas pasaron sin que se diera cuenta, y para cuando terminó de leer, el desayuno ya había quedado muy atrás, y el personal del hotel, preparaba el almuerzo. Ian se levantó del cómodo sillón del recibidor, y se acercó al mostrador.

-¿Algún mensaje para mi?- preguntó entonces con algo de ansiedad. Por algún motivo, estaba absolutamente convencido de que la respuesta sería "sí". Y no se equivocaba...

El recepcionista, revisó los casilleros numerados, correspondientes a cada una de las habitaciones, y tomó un papel del casillero de la suya. Estiró entonces su mano, y se lo entregó. La hoja estaba doblada a la mitad; Ian miraba la hoja sin poder moverse, sabía que solo había dos respuestas posibles... Finalmente tomó coraje y desdobló la hoja. En su interior solo se leía una frase: "Podés venir cuando quieras." En su rostro, se dibujó una enorme sonrisa. La angustia que había sentido durante aquellos días, había desaparecido por completo.

Guardó entonces el papel en un bolsillo, y volvió a revisar la hora: En pocos minutos servirían el almuerzo, por lo que decidió preparar sus cosas, y bajar a comer. Ya tendría tiempo, una vez tuviera el estomago lleno, de salir del hotel, y volver a la casa de los Sefranti...

Mientras tanto, Lucía aún se preguntaba si había tomado la decisión más acertada. Aún no estaba del todo segura sobre nada; sin embargo, para bien o para mal, ya la había tomado, y en poco tiempo, aquel joven británico, tocaría la puerta de su casa.

Durante aquellos dos días, había meditado mucho las cosas. Comenzaba a creer que se había escondido por suficiente tiempo, y que era hora de dejarlo de hacer. Hacía mucho que esperaba que alguien tocara a su puerta, que alguna persona quisiera reflotar la investigación de su hermana. Sabía que el día que eso sucediera, alguien podría descubrir su historia. Aquel muchacho que apenas comenzaba a salir del cascarón, era ese alguien al que tanto había esperado y a la vez temido durante tantos años. Realmente ni ella entendía muy bien a que le tenía tanto miedo.

Era tanta la ansiedad que sentía, que solo podía soportarla manteniendose ocupada. Y había sido por esa razón, que se había dedicado a ordenar los archivos de su hermana; a clasificar las diferentes investigaciones, notas y documentos, que llevaban años guardados en gruesas carpetas con tapas de cuero negro. Había mucho material en ese cuarto, y lo increíble era que aquella, era la primera vez que lo revisaba...

Finalmente, a eso de las tres de la tarde de aquel día, el timbre sonó. Lucía sabía perfectamente quien era el que esperaba al otro lado de la puerta. Dejó aquello que estaba haciendo, y fue a abrir. Su corazón latía ruidosamente; sus manos temblaban. En pocos segundos, estaría cara a cara, con aquella persona que lo cambiaría todo. Aunque lo intentaba, no podía contener su nerviosismo. Lo que no sabía era que a Ian Campbell, le estaba pasando lo mismo...

continuará parte 4

lunes, 16 de mayo de 2011

La transformación más profunda (Parte 2)

Viene de la parte 1 

Cuando Ian Campbell llegó al aeropuerto de Ezeiza, su corazón dio un vuelco. Sentía todo tan irreal, que por momentos creía que solo estaba soñando. Comenzó a caminar por el Hall de arribos, buscando la cinta transportadora que traería su equipaje. Observaba sin la más mínima curiosidad, al batallón de robots maleteros que se encargaban de bajar las valijas de los aviones. Su precisión era absoluta. Tenían mucho cuidado con cada uno de los bolsos y maletas que transportaban y siempre se aseguraban de que las mismas fueran colocadas en la cinta correcta. Lejos había quedado aquella época en la que los maleteros eran personas, que solían equivocarse bastante seguido, y que en ocasiones, revolvían el contenido de algunas valijas especialmente llamativas, con el objetivo de hurtar algo de valor. Ian no había conocido esa época. pero su abuelo siempre se lo había contado. Resultaba increíble para él, pero sabía que había sucedido.

Lo primero que hizo luego de pasar por migraciones, fue buscar un taxi. Antes de subir, metió su mano entre las cosas que llevaba en su bolsa de mano, y buscó la dirección de aquella casa que tanto anmsiaba encontrar. le dio un par de indicaciones al chofer y luego se desentendió del tema. Ian jamás había estado en esa región del planeta. De hecho no había salido de Inglaterra hasta ese momento. El joven Inglés contemplaba el paisaje a ambas margenes de la MegaAutopista Richeri, sorprendido de encontrar tanto terreno verde, tan cerca de la capital de aquel país.

Le llevó casi una hora, y una considerable suma de dinero, pero allí estaba, el lugar al que tanto había querido llegar.  Era increíble mirar aquella casona antigua y verla tan parecida a la de la foto que el había conseguido. La foto era de un artículo periodístico publicado por el diario La Nación, en el año 1999. Contrariamente a lo que había esperado, la casa estaba exactamente igual que hacía dos siglos. Era posible incluso, que siguiera perteneciendo a la familia Sefranti.


Se despidió del taxista, y se acercó hasta la puerta principal. En un primer momento, dudo, pero finalmente tocó el timbre de la casa, y esperó a que abrieran. Pocos instantes después, apareció una mujer de aproximadamente su misma edad. Se preguntaba si la joven sería de la familia Sefranti, así que decidió no dar demasiados rodeos y preguntárselo. Ella se presentó entonces como Lucía Sefranti; aquel nombre dejó perplejo a Ian...


Por unos instantes no pudo decir ni una palabra. Lucía era el nombre de la hermana de la doctora Sefranti; la misma que según su propia investigación, había sido la portadora de aquel gen llamado "Gen de la Inmortalidad". Comenzó a preguntarse si aquella mujer, tenía en realidad veinticinco años como él había estimado en un primer momento. Intentó alejar al  menos por el momento, aquellos pensamientos de su mente, y estiró su mano para saludarla. Aquel gesto fue bien recibido por la muchacha quien hizo lo propio y también estrechó su mano. Luego de eso, Ian se presentó ante su anfitriona.

- Mi nombre es Ian Campbell, y soy un genetista Británico. He venido a este lugar  para terminar mi tesis de  post grado: estoy muy interesado en la investigación de Vanina Sefranti.- Laura lo miró sin entender demasiado.
-¿Sabe que Vanina murió hace más de un siglo? Si su idea era hablar con ella, sepa que ha llegado algo tarde.- El joven la observó sin comprender del todo. ¡Por supuesto que él no esperaba encontrar a la doctora Sefranti con vida!

Campbell le explicó entonces, que había ido a esa casa con la esperanza de encontrar los viejos apuntes de la investigación de su antepasada. Creía que de existir algún registro de sus experimentos, estaría en esa casa. Luchi lo miró sin poderlo creer aún. Después de tanto tiempo, finalmente alguien se había interesado por la investigación de su hermana. Su primer impulso, fue invitarlo a pasar y ofrecerle su ayuda incondicional. Sin embargo sabía que ahora se le presentaba un dilema, ya que si el muchacho empezaba a investigar y resultaba ser tan bueno como Vanina, existía la posibilidad de que descubriera quien era ella en realidad.

Finalmente, lo invitó a tomar un café y hablaron un rato. Eso era algo bastante raro en ella, una persona que nunca hablaba con nadie; el muchacho le cayó realmente bien. Luego de hablar sobre la historia de la familia durante casi dos horas, Lucía, le prometió buscar entre los papeles que había en la casa, los documentos que había dejado Vanina antes de morir; y que le avisaría en uno o dos días. Ian pareció muy conforme con esa promesa. Aquello era mucho más de lo que había esperado al partir de Londres el día anterior. Se despidió muy contento de aquella mujer tan enigmática y se dirigió al hotel en el que había hecho su reservación. Había algo con ella que no parecía encajar. No podía saber exactamente que era aquello, pero estaba seguro de que finalmente lo descubriría. Por el momento, solo le importaba que cumpliera la promesa que le había hecho. Ya lo sabría en dos días, cuando volviera a la casa de la familia Sefranti...

Ella se quedó varios minutos más apoyada en el marco de la puerta, observando a Campbell alejarse a pie, con aquellas tres valijas a cuestas. resultaba incluso gracioso verlo hacer malabares con todo lo que llevaba. Por un momento había pasado por su mente la idea de dejarlo empezar en ese momento con su investigación, pero luego se dio cuenta de que primero debía pensar bastante las cosas. Debía tomar una decisión. Si dejaba que aquel joven hurgara entre los papeles de su hermana, siempre existía la posibilidad de que descubriera algo sobre ella, y eso la asustaba un poco. Por otro lado, si le contaba la verdad al joven, tal vez podría ayudarla finalmente a envejecer; una fantasía más que recurrente durante sus noches de sueño. 

Ya había visto a todos sus seres queridos morir a su alrededor, y comenzaba a preguntarse cuando le llegaría el turno a ella... 

Continuara... Parte 3 

martes, 10 de mayo de 2011

La transformación más profunda (parte 1)

Luego de la muerte de sus padres, vivió con su hermana durante casi veinte años. Hasta que un día, Vanina falleció. A sus setenta y cinco años, había vivido una vida plena. No se había casado, pero había adoptado una niña, a la que -igual que sus padres habían hecho con ella- crió como toda una Sefranti. Se llamaba Camila, y tanto ella como Lucía, la consentían en todo...

Lucía adoraba a Vanina y a Camila por sobre todas las cosas. y fue por esa razón que aquel accidente en el que ambas muriefue tan traumático para ella. Hacía varios años que había comenzado a hacerse a la idea de que en algún momento tanto su hermana como su sobrina morirían, y que ella, que ya comenzaba a parecer más joven que su sobrina, seguiría allí. Sin embargo no creyó que eso sucedería tan pronto, al menos no en el caso de Camila...

Fue un accidente brutal; tanto que la noticia del mismo recorrió el mundo. Principalmente por que una de las víctimas, había sido la afamada genetista Vanina Sefranti. La noticia captó la atención de todos, hasta el punto en el que, con el correr de los días, la prensa no parecía estar dispuesta a olvidar el asunto. Luchi estaba destruida, ya que finalmente, y como tanto había temido desde la muerte de sus padres, se había quedado completamente sola en este mundo. Tenía casi ochenta y cinco años, aunque no aparentaba más de veinticinco. Sin embargo, volvía a sentirse tan indefensa como aquella beba que había vivido sin crecer, por algo más de cuarenta y cinco años. EL tiempo pasó, finalmente los medios se olvidaron de la trágica historia de su familia, pero las heridas no sanaron. Más bien cerraron en falso, por decirlo de algún modo; y ella que jamás había padecido enfermedad alguna, se sumió en una depresión tal que le tomó años superar. Se cerró en si misma, y limitó su contacto con el mundo exterior al mínimo. Con los años, la historia de Lucía Sefranti se convirtió en un mito, para luego ser olvidada casi por completo...

Habían pasado muchos años desde el momento en el que Lucía había quedado sola. Aún mantenía el contacto con el exterior al mínimo, pero por motivos completamente diferentes. Su historia había adquirido el carácter de leyenda; a tal punto que la mayoría de la gente creía que ella había muerto como cualquiera. Para ese entonces no quedaba ni una sola persona viva que la hubiera conocido de joven, y por ende no quedaba nadie que pudiera reconocerla. Para todos en el barrio, ella era la nieta de la Lucía original, y aunque compartían el nombre, nadie podía siquiera sospechar que se trataba de la misma persona.

Lucía tenía casi doscientos años, aunque seguía aparentando tener una edad indefinida entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Jamás se había casado, y había limitado sus relaciones sociales al mínimo indispensable. Trabajaba desde su casa. Para esa época, eso era tan común como las escapadas de fin de semana a la luna. Contrariamente a lo que la gente creía a principios del siglo 21, el fin del mundo no había llegado ni mucho menos. todo lo contrario: La humanidad había avanzado y por algún motivo, había decidido poner un poco de orden al caos...


El trabajo de Luchi tenía que ver con un área que irónicamente, alguna vez había sido el centro de todo, pero que para esa época, estaba casi olvidada: La Internet. En algún momento, la gran red de redes había comenzado a ser dejada de lado, siendo reemplazada paulatinamente por su versión mejorada: La "infovía sináptica". Las terminales de computadora fueron reemplazadas paulatinamente al principio, y luego compulsivamente, por terminales sinápticas, conectadas directamente al tallo cerebral. Al principio, eran aparatos externos, cableados y sin una verdadera integración neurológica. Sin embargo, bastaron un par de años para que los receptores se integraran a la red neural de las personas, y para que la Infovía, se convirtiera en algo presente en todos los rincones del planeta, algo intangible que le daba acceso a la gente a toda el conocimiento de la humanidad de forma instantánea y en cualquier parte. Eso casi marcó el fin de Internet; pero no del todo.

Algunas personas se negaron a formar parte del nuevo fenómeno. Eran mayormente personas mayores, demasiado incómodas con la idea de que un cirujano hurgara en sus cerebros por algo tan estúpido como una conexión con la nueva red de redes, la también llamada "Red Orgánica". Lucía era una de esas personas. Pertenecía a una época en la que la Internet se encontraba en su apogeo. Para ella, esa era la mejor forma de interactuar con el ciberespacio.

Se encargaba de mantener un antiguo portal de noticias, que ya existía el día que ella había nacido. En sus mejores épocas, el portal había empleado a decenas de periodistas, programadores, y diseñadores. Las noticias se actualizaban minuto a minuto, y tenía millones de visitas al mes. Sin embargo para esa época, solo escribían en él dos periodistas, ya próximos a jubilarse, y las noticias se actualizaban a lo sumo una vez al día. Lucía veía como todo lo que conocía, incluso esas cosas que había creído casi tan eternas como ella, llegaban a su fin.

Había escuchado hablar bastante sobre esa revolución tecnológica y social, de la que se había mantenido por completo al margen. Según lo que sabía, la interacción era muy diferente dependiendo del sujeto, pero la mayoría de las personas se veía transportada a un lugar que podía ser comparado con la representación que películas antiguas como Tron o Matrix, hacían del tan nombrado pero por entonces poco conocido Ciberespacio, o Realidad Virtual. En algunos casos la experiencia era la de flotar entre datos y circuitos, y en otros algo más cercana a la de encontrarse en un mundo virtual complejo, muy parecido a la realidad.

Los expertos decían que eso dependía de varios factores, entre ellos el grado de integración de los circuitos con la red sináptica del cerebro del usuario, la antigüedad del dispositivo implantado y hasta la psiquis del sujeto en cuestión. Lucía vivía en un ostracismo casi absoluto, sumida siempre en una completa soledad.

Ian Campbell era un joven científico inglés. Tenía un interés especial en la antigua investigación de la genetista Vanina Sefranti especialmente en su segundo y menos conocido trabajo: su investigación sobre el muchas veces denominado "Gen de la Inmortalidad". Hacía varios años que investigaba sobre el tema; para él, la posibilidad de continuar con el trabajo de aquella famosa científica del siglo 21, resultaba sumamente interesante. Tanto que luego de investigar lo suficiente, decidió ir al lugar en donde la doctora Sefranti había realizado su investigación.

No le costó demasiado averiguar su última dirección conocida, y aunque no tenía demasiadas esperanzas de encontrar aquella casa después de más de cien años, creía que ese sería un buen lugar para empezar. Así que una vez decidido el asunto, sacó un pasaje a Sudamérica y viajó a Buenos Aires; su primera parado en una búsqueda que no sabía muy bien como terminaría.

Continuara...  Parte 2