jueves, 26 de marzo de 2009

Lucía (parte 3 y final)

Viene de la parte 2

A partir de entonces, la hija mayor del matrimonio Sefranti, creció como cualquiera de nosotros, y año tras año celebraron con alegría cada cumpleaños de Lucía. Cada año crecía más y más, dandoles la sensación de que todo había sido un amargo sueño. Pero la imagen que les devolvía el espejo al mirarse, les hacía enteder que todo aquello había ocurrido. Cada año que ella crecía, ellos se hacían más y más viejos. Fue doce años después del tratamiento, cuando la alegre niña que aparentaba tener tan solo trece años, cumplía en verdad cincuenta y nueve, que Ana y Roberto, se dieron cuenta de que ya casi tenían ochenta años. Se preocupaban por su hija; por quien la cuidaría cuando ellos partieran de este mundo. Sabían que su hermana siempre la cuidaría, y aunque pudiera parecer egoista, eso los hacía sentir mejor.

Ana y Roberto murieron el mismo día. Tenían casi noventa años. Fue Lucía, ya convertida en toda una mujer, quien los encontró abrazados totalmente inmóviles en su cama. En un primer momento se desesperó, pero poco después se algró de que ninguno de los dos, hubiera tenido que ver al otro morir. Sus rostros estaban en completa paz, y las sonrisas que tenían en sus labios, le decían que habían sido felices hasta el útimo día de sus vidas. Luchi tomó el telefono y llamó a su hermana menor. Vanina llegó pocos minutos después a la casa. Aún resultaba increible para Lucía el ver a su hermana y verla tanto más grande que ella. Lucía conocía la extraña historia sobre su infancia de más de medio siglo, pero como cualquier bebe, no recordaba nada sobre todos esos años. Su hermana la abrazó muy fuerte y juntas entraron a la habitación de sus papas.
El funeral fue poco después. Muchos fueron los que se acercaron a dar su pésame, pero de todos hubo uno que resalto, con su cabello blanco y su bastón. Era Marcelo Lorenzetti, que a sus ochenta y cinco años, tenía la actitud de que quien contempla su propio futuro. Camino con dificultad hasta pararse en medio de los dos feretros, y una vez allí, apoyó cada una de sus manos sobre uno de los dos, y les deseó un buen viaje al más allá.
- Espérenme viejos amigos, que en poco tiempo más me les uniré...- decía casi balbuceando. Lucía se acercó al viejo, y apoyando la mano en su espalda, lo ayudo a recomponerse y a alejarse de ahí. Ella no lo conocía, y fue así que le preguntó quien era. Él la miró con dulzura y entonces le contestó.- Yo fui tu pediatra hace muchos años, cuando aún no crecías...- y diciendo eso último, la palmeó en el hombro y lentamente se alejó.
De repente, Lucía comenzó a ver cientos de imágenes confusas en su mente; y luego de unos minutos, increíblemente lo recordó todo. Recordó la llegada de su hermana, los tratamientos que intentaron, y cuanto habían luchado todos por lograr que ella creciera. Observó a su hermana hablando con los demás asistentes y en ese mismo instante, una silenciosa lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.

martes, 24 de marzo de 2009

Lucía (parte 2)

viene de la parte 1

Así, pasaron casi veinticinco años desde aquel día en el que Lucía había nacido, pero ella seguía siendo una beba. Su caso clínico era un emblema dentro de la comunidad médica del planeta. En ese lapso habían aparecido (antes y después) pacientes con patologías similares, pero su caso era único por una razón: a diferencia de los demás niños con este mal, la salud de Lucía era más que excelente. Tanto como para decir que jamás había sufrido ni siquiera un resfrío. Los médicos estaban fascinados, aunque Marcelo Lorenzetti (que seguía atendiendo a Lucía), se había encargado de mantener el anonimato sobre el paradero de la pequeña.
Durante esos años habían probado infinidad de tratamientos; algunos muy extraños por cierto. Sus padres estaban dispuestos a probarlo todo, siempre y cuando no fuera peligroso para ella.
En esos años, Ana y Roberto, habían pensado en tener otro hijo; pero el temor a que le ocurriese lo mismo que a "Luchi", los hcía siempre desistir. Finalmente, casi diez años después del nacimiento de su primera hija, Los Sefranti adoptaron una pequeña nena de un año y medio, a la que llamaron Vanina.
Era una niña bastante compradora, y más que encantadora. Su caracter era muy tranquilo, y siempre tenía una sonrisa en su rostro. Solía mirar a su pequeña hermana mayor, y se preguntaba en que pensaría. Le encantaba jugar con Lucía, y aunque con los años creció como es natural para casi todos los seres humanos, nunca dejo de prestarle atención a su hermana. Ella había sabido desde siempre que era adoptada, y eso no le molestaba. Ella era una Sefranti, y nadie podría decirle jamás lo contrario. Los cuatro intentaban vivir su vida del modo más simple posible.

Vanina siguió creciendo, y el tiempo siguió transcurriendo. Lucía seguía imperturbable ante su paso, y su hermana menor ya había cumplido veinticinco años. Vanina había estudiado medicina, y sus tesis había sido justamente sobre su hermana. Quería lograr lo que ninguno de los doctores había podido en treinta y cinco años: ayudar a Luchi a crecer.
Para esa época, la cantidad de casos documentados, similares al de su hermana, casi se habían triplicado, aunque seguían siendo muy pocos como para que alguien se interesara realmente en descubrir una cura. Vanina había observado durante sus investigaciones, que el caso de su hermana era único en varios aspectos. Para empezar, ella no había tenido jamás una enfermedad, ni siquiera algo de fiebre. En contraste, todos los demás bebes con esa afección, solían ser bastante enfermizos, e incluso eran suceptibles a tumores y otras clases de enfermedades degenerativas.
Le llevó otra década, pero finalmente descubrió una diferencia clave entre Lucía y los demás. Era algo tan imperceptible, que tuvieron que transcurrir casi cuarenta y cinco años para que la genética avanzara lo suficiente como para poder notarlo. Hacía casi doce años (desde el inicio de su tesis doctoral), que Vanina Sefranti trabajaba para descubrir ese detalle clave que ayudaría a su hermana y a todos aquellos en su misma situación.
Lo que descubrió, fue que si comparaban su mapa genético con uno normal, había un diminuto gen, que a principios del siglo XXI creían inútil, que no producía ninguna clase de actividad. Ese gen controlaba la absorción de las diferentes hormonas de crecimiento, y por ende controlaba el desarrollo desde el nacimiento hasta la adultez. En el caso de Lucía, simplementa estaba apagado. Como resultado su cuerpo permanecía siempre inalterable. Su investigación había determinado, que si lograban activar ese en particular, Luchi comenzaría a crecer, al menos hasta alcanzar la adultez... Eso era lo que creía a partir de su segundo descubrimiento, otro gen, de los llamados "residuales", cuya función no habían logrado determinar, pero que directamente estaba ausente en el mapa genético de ella. Vanina creía que ese gen controlaba el envejecimiento celular; no por si solo, pero si interactuando con otro grupo de genes. Ella creía que Lucía crecería y se convertiría en toda una mujer, pero no envejecería, o cuanto mucho, lo haría a un ritmo demasiado lento.
No le tomó más de un año, encontrar el modo de activar el gen "Luchi" (como su descubridora insistió en llamarlo). El resultado fue que finalmente sus padres pudieron ver como su pequeña Lucía comenzó a crecer. El tratamiento sirvió además para los demás afectados, que para esa época eran unos treinta casos documentados, de los que aún sobrevían veinte. Nadie sabía el origen de aquella falla genética, y mucho menos, porque de todos ellos, Lucía era la única a la que le faltaba el gen al que todos habían comenzado a llamar el "Gen de la Inmortalidad". Vanina recibió decenas de premios por sus descubrimientos, que además sirvieron para crear tratamientos para todos aquellos niños con problemas de desarrollo; pero ella era feliz, tan solo por un motivo: finalmente vería crecer a su hermana mayor...

Continuara... parte 3

domingo, 22 de marzo de 2009

Lucía (parte 1)

Lucía nació un día como cualquier otro. Aquel día su padre estaba trabajando, y tuvo que dejarlo todo para buscar a su esposa que estaba comenzando a tener las contracciones. Rápidamente llegó a su casa, cargó los bolsos que ambos habían preparado unos días antes, y salió hacia el hospital a toda velocidad. Roberto conducía como si lo estuviera persiguiendo un demonio, mientras que Ana, intentaba calmarse para no acelerar el parto. Ambos estaban felices; era su primera hija.
Ese había sido un tema de discusión durante el embarazo. Ella no quería saber el sexo de su bebé, pero Roberto, siendo un tanto más pragmático, consideraba que sería bueno para poder comprar solo ropita del color correcto, y pintar la habitación que le estaban preparando de azul o rosa, según correspondiera. Fue “el” tema, durante casi tres meses, hasta que una mañana del séptimo mes, ella cambió de opinión. Al día siguiente, estaban los dos delante de su obstetra, pidiéndole que les dijera si sería una nena o un barón. La doctora, sonría algo divertida…
Ana y Roberto llegaron al hospital y entraron por la puerta de la guardia. En el hall los esperaba la doctora Stevens, su obstetra.
- Quédense tranquilos que tenemos tiempo.- dijo observando directo a los ojos a la joven futura mama.- Carla, encargate de acompañar a la señora Sefranti a que se prepare.- dijo a una de las enfermeras. Carla, se acercó a Ana, y le pidió que fuera con ella. Roberto, se quedó allí solo, sin saber muy bien que hacer.

El parto no tuvo ningún sobresalto, y la pequeña Lucía parecía ser una beba completamente normal. Roberto estuvo en todo momento al lado de Ana, sosteniéndole la mano y dándole las fuerzas que necesitaba. El parto duró más de una hora. Al final, ella estaba exhausta...

La llamaron Lucía como a la prima de Ana que tanto los había ayudado siempre. Los días pasaron, y ya de regreso en su hogar, sus vidas transcurrieron como las de cualquier otra pareja de papás primerizos. Así fue durante casi un año, momento en el cual se percataron de que sucedía algo muy extraño con ella.
La llevaban constantemente al pediatra. El doctor media su altura, su peso, y observaba su desarrollo en forma general. Desde el primer día, había gozado de una salud inmejorable, pero había algo que preocupaba a sus padres: en los últimos meses, la pequeña parecía no crecer. Los médicos les decían que no se preocuparan, que cada chico era un mundo en si mismo, pero tanto Roberto como Ana, no podían hacer de cuenta que no notaban nada raro. En tres meses, no había crecido ni siquiera un milímetro...

Pasaron tres años más, para ese momento ambos se habían acostumbrado a la extraña condición de Lucía. No era la única en el mundo con esa condición, pero sobraban los dedos de las manos para llevar la cuenta. Ella se veía y actuaba como una beba de no más de ocho o diez meses. Sabía decir algunas palabras sueltas, y se hacía entender perfectamente, pero no mucho más.
Para ese momento los doctores habían entendido que ocurría algo muy extraño con su paciente, pero no tenía ni siquiera una idea aproximada. Fue Ana, quien buscando en Internet, logró encontrar referencias a otro caso como el de su hija en Estados Unidos. Allí los médicos no sabían mucho más, pero al menos tenía una o dos teorías.
Una de las teorías contemplaba la posibilidad de que sus células no asimilaran correctamente la hormona de crecimiento que nuestro organismo produce. Por ende habían probado un par de tratamientos en los cuales le inyectaron a la paciente, distintas clases de hormonas de crecimiento.
Cada médico tenía una propuesta diferente, así que no era de extrañarse, que los médicos locales no supieran que hacer. Ana recopiló todo aquello que le pareció relevante, y se presentó un día junto a su esposo, en el consultorio del doctor Lorenzetti.
Marcelo Lorenzetti, estudiaba el caso de Lucía desde hacía tres años. El había sido el primer doctor en creer que los padres de la beba estaban en lo cierto. Aquella no era la primera vez que la señora Sefranti llegaba a su consulta con una investigación tan detallada... El pediatra tomó la gruesa carpeta con las dos manos y comenzó a ojearla. La mayor parte del material era muy interesante, y había cosas que increíblemente, él jamás había escuchado en el ambiente médico. Prometió que leería todas y cada una de aquellas páginas, y que en unos días le daría una respuesta. El rostro de Ana se iluminó al escucharlo. El siempre atendía sus pedidos, incluso si pensaba que estaba equivocada. Era por esa razón que tanto ella como Roberto lo habían elegido como el pediatra de su hija.
Quince días después, Lucía recibía la primera de una serie de inyecciones que le aplicarían a razón de una al mes, durante los siguientes veinte meses. Era una solución compuesta de una clase muy particular de hormonas de crecimiento y un suero prepaparado entre otras cosas, con células de cordón umbilical. Todos pusieron sus esperanzas en aquel tratamiento pero solo el tiempo mostraría los resultados...

Continuara... parte 2

sábado, 14 de marzo de 2009

En un vaso de Wisky (parte 2 y final)

Viene de la parte 1

En su mente sucedían muchas cosas a la vez. Mateo se veía a si mismo caminando por un largo sendero que no parecía tener fin. Representaba la línea de su vida, un camino lleno de desvíos y salidas que estaba transitando a contramano. El conocía bastante bien aquel lugar; no era la primera vez que lo transitaba…

La patrulla de reconocimiento se estaba acercando a la órbita del gélido planeta. Mark Sullivan comandaba aquella nave. Tenían orden de arrestar al señor Mateo Sauvier. El planeta estaba poblado por unas diez mil personas. Su economía se basaba en la explotación del principal recurso de Plutón: El Hielo. Sauvier vivía en la zona menos poblada del planeta, y era considerado el mayor comerciante del Sistema Solar. Sus tierras ocupaban la quinta parte del planeta, además de poseer la cuarta parte de Caronte, el planeta hermano de Plutón.
Sullivan ordenó descender en el pequeño planeta justo frente a la cúpula del casco de la estancia de Sauvier. Casi de inmediato, distinguieron la verde figura de un criado Zerfatha. El sirviente, se acercó hasta el puerto de acople, y esperó a que la nave se enganchara, e igualara la presión. Pronto pudo observar cuatro figuras humanos, que con paso seguro, se dirigieron hasta la puerta.
- Buenos días señores. ¿Se les ofrece algo?- uno de ellos, el que parecía alguna clase de líder, le habló.
- Soy el Comisario Mark Sullivan, de la policía Galáctica. Tenemos una orden de arresto contra el señor Mateo Sauvier.- Selgar los miró sin poderlo creer.
-¿Una orden de arresto contra el amo Mateo? No puede ser, debe haber alguna clase de error.- Sullivan movió su cabeza negativamente.
- Ningún error señor. Debemos apresarlo de inmediato.- Selgar no sabía que decirles, él tenía muy claro que en ese momento, no era conveniente molestar al amo.

Sin mediar ninguna palabra más, el Criado abrió la puerta y los dejó pasar. Sullivan indicó al resto que lo esperaran en la antesala, y que los llamaría si hacía falta. Selgar agradeció silenciosamente aquella gentileza. Mark Sullivan fue conducido por una serie de pasillos hasta lo que parecía una antigua biblioteca con libros en papel. En el centro de la habitación, había un costosísimo sillón de un cuerpo y una mesita de caoba haciendo juego. En la silla estaba durmiendo Sauvier, y delante de él había una botella de Wisky casi vacía.
El comisario se acercó con gran decisión hasta donde estaba Mateo Sauvier, y con firmeza, sacudió levemente el cuerpo del estanciero para que despertara, pero este no reaccionó. Fue en ese momento que leyó la etiqueta de la botella delante de él, y se dio cuenta de lo que pasaba.
-¿Sabía que lo veníamos a buscar no? Fue por eso que cometió esta locura…-
- No lo sé comisario, y no es la primera vez que entra en esta clase de trance. Ya ha logrado ir y volver cinco veces…- Sullivan se sorprendió enormemente al escuchar las palabras del zerfatha.
-¿Acaso eso es cierto?- Selgar le respondió con algo de orgullo.
- Oh, si señor. Yo he velado por él cada vez que ha emprendido uno de esos viajes.-
- Pues no puedo moverlo en este estado; lo mataría. Tendré que esperar que despierte. Por cierto: ¿Cuánto puede llegar a tardar en despertar?-
- La última vez estuvo casi veinte días explorando su propia mente.-
- ¿Veinte?- se preguntaba que haría allí durante tanto tiempo. No lo sabía, pero de algo estaba seguro: no se iría de allí sin arrestar a Sauvier.
El problema era que su crimen, según la ley, caducaba en veintiún días. Si no despertaba para ese momento, su viaje habría sido para nada. Mark Sullivan saludó cortésmente a Selgar, y salió de la casa.

-¿Qué pasó Comisario? Preguntó uno de sus agentes.- él lo miró totalmente desconcertado.
- Tomó Wisky Akroniano. Debemos esperar a que despierte…- Sullivan de repente se quedó muy callado. Tanto que sus subordinados comenzaron a preguntarse que pasaba. Pero luego de esa pausa, dijo una frase que extrañó aún más a su gente-…Si es que despierta…-

Sullivan dejó pasar al último de sus hombres, y cerró la puerta de la nave tras de sí. En ese momento se resignó a tomar aquel forzoso descanso en un sitio tan inhóspito e inclemente como lo era Plutón.

El siempre lo había dicho: Los Solares, estaban todos locos.

jueves, 12 de marzo de 2009

En un vaso de Wisky (parte 1)

La noche transcurría silenciosa y misteriosa. Dando lugar a la aparición de aquellos seres mitológicos que suelen poblar las mentes de las personas durante aquellas horas. Mateo no lograba pegar un ojo. En su mano derecha, tenía un vaso de wisky, el cual agitaba lentamente antes y después de cada sorbo. Tenía demasiadas cosas en que pensar. Observaba la oscuridad de aquella noche sin estrellas, maravillado ante la gran cantidad de cosas que suceden mientras la mayoría duerme.
- Dame otro...- le dijo sin ninguna clase de emoción en la voz, al criado que atendía a su familia desde hacía casi quince años.
-¿Está seguro señor que quiere seguir bebiendo?- Su amo lo miró sin expresividad de ningún tipo en sus ojos, y le contestó.
- Eso a ti no debe importarte. Se que tienes las mejores intenciones, pero esta noche beberé hasta desfallecer.-
Selgar, hizo un gesto de aceptación, y luego de servirle el trago, se alejó prudentemente unos cuantos pasos, hasta el otro lado de la habitación y se entretuvo observando los cuatro dedos de su verde mano. El era un zerfatha, hacía siglos que su pueblo se había cruzado con los humanos.
Los zerfathas, eran un pueblo pacífico cuyo mundo había sido colonizado por los Terrícolas. Ellos lejos de intentar echar al invasor por medio de la acción bélica, decidieron recibirlos y ofrecerles lo mejor de su hospitalidad. Con los años, su pueblo se hizo famoso en toda la galaxia, por ser considerados los mejores sirvientes, mucamos y mayordomos. Su dedicación era absoluta, y su carácter en todo momento calmado.
Mateo vivía en Plutón, era parte de aquel selecto grupo de humanos que aún vivían en el vecindario de la desaparecida Tierra, la cuna de toda su raza. Su vida había sido siempre bastante sencilla, pero a la vez solitaria.
Agitaba su vaso y observaba el fondo, como si pudiera ver alguna suerte de imagen en la superficie del trago. Su vista comenzó entonces a nublarse, y su percepción del universo a trastocarse. Lentamente comenzaba a sentir que su cuerpo flotaba; y de repente ya no sintió nada en lo absoluto. Solo veía lo que sucedía ante sus ojos, como si se tratara de alguna clase de filmación. Su mente se encontraba muy lejos de su cuerpo, perdida dentro de un vaso de wisky.
Ese solía ser el efecto que la malta Akroniana producía en los humanos, pero el estaba completamente consciente de aquello. Estaba viajando hacia el sitio exacto al que quería ir: las profundidades de su mente.

Selgar notó como lentamente su amo parecía perderse entre la bruma de los recuerdos, y entendió que había traspasado la última barrera. No había garantía de que pudiese regresar. Pero a diferencia de otros humanos que había conocido en su larga vida, el amo Mateo había logrado regresar cinco veces de aquel letargo. Aunque jamás lo había visto beber como aquella noche.
Tomó entonces el vaso de cristal que estaba a punto de caérsele de las manos, y lo apoyó sobre la mesita de luz. Mateo seguía sumido en el más profundo de los trances que un humano podía experimentar. Un estado muy cercano a lo que los antiguos denominaban Nirvana. Un estado de la consciencia donde todo resultaba relativo.

Continuará... parte 2