lunes, 28 de diciembre de 2009

La Casona (Parte 5 y Final)

Viene de Parte 4

5

Si bien él había creído que sería algo fácil, le tomó tres días dar con la combinación correcta de teclas, que destrabara la puerta. Para entonces, la mayor parte de la manada, se había ido acercando al recibidor, para ver en que se entretenía su líder. Finalmente, la puerta cedió y Todos los presentes se encontraron, ante lo que les pareció una terminal. Pudieron ver los mostradores, las bandas transportadoras funcionando, e incluso a los despachadores trabajando. Eso fue lo que más asombró a todos. Marcelo se alejó un poco del grupo, y acercándose a uno de los empleados intentó hablarle. No le dio tiempo ya que de repente, fue el hombre el que habló.
- Ustedes deben ser los del nuevo grupo de la casona. Están atrasados. Los esperamos hace ya dos días.- Deal no entendía nada.
-¿Nos esperaban? ¿Para qué?- El otro lo miró sin ninguna clase de expresividad y le contestó.
- Para que sigan su viaje. ¿Para qué más? De acá parten los túneles que los llevaran a su destino. A la colonia.- El despachador seguía caminando casi sin fijarse si Marcelo lo seguía o no.- Hoy ya es tarde. Reúnanse todos y vengan mañana antes de las diez. Habrá alguien esperando para guiarlos...- luego de decirle eso último se volvió a alejar. De nada valió que Marcelo lo llamara una y otra vez; el tipo no se dio por enterado.
Deal volvió entonces junto a su gente y les contó lo que aquel hombre le había dicho. Para el atardecer, todos en la casa sabían sobre lo que había pasado. Esa noche hubo un acalorado debate, donde cada uno tenía una opinión diferente; pero hubo algo en lo que todos estuvieron de acuerdo: De quedarse allí, no había garantías sobre cuanto tiempo más estarían a salvo. Hasta el momento nadie había intentado entrar, pero no sabían si las cosas seguirían igual. Por otro lado, a muchos les daba algo de desconfianza toda la situación. Sin embargo sabían que se habían quedado si opciones. Salir de la casa por la puerta principal, estaba totalmente descartado. Los túneles -les decía Marcelo-, eran su mejor opción.

Al día siguiente todos se despertaron temprano y prepararon las cosas para su partida. Luego de hacer una última revisión y de tomar lista, esperaron juntos la aparición de la puerta de acceso a las escaleras. Serían alrededor de las nueve treinta, cuando apareció. Marcelo dejó pasar a todos, y luego de dar una última mirada hacia atrás, cerró la puerta y se apresuró para alcanzar a su grupo. Cuando bajó hasta el segundo subsuelo, vio que la puerta estaba abierta de par en par, pero ninguno de sus amigos se atrevía a pasar. El fue el primero en hacerlo; recién entonces, el resto de la manada lo siguió.
Al otro lado los esperaba el mismo hombre, con el que Marcelo había hablado el día anterior.
- Hola Deal. Veo que has convencido a tu gente de seguir el viaje.- Marcelo lo miró, y tranquilamente le contestó.
- Creo que no nos quedaban demasiadas opciones. El camino de los túneles nos parece el único factible.- el otro asintió entonces con la cabeza. Pero no dijo nada más sobre el tema. En cambio volteó y comenzó a hablar de algo totalmente distinto.
- Ella se llama Marisa.- dijo señalando a una joven.- será su guía.- Marcelo la observó por unos instantes y la reconoció: era la mujer con la que se había visto caminando en aquel sueño. Extrañamente eso no lo sorprendió, por el contrario. Con toda la naturalidad del mundo, se acercó a ella y la saludó.
- Un placer Marisa, yo me llamo Marcelo.- la chica, le devolvió el saludo con una sonrisa en la cara.
Aquel hombre, que luego supieron, se llamaba Basilio, comenzó a pedirles que se apuraran. Fue recién entonces que el grupo pudo ver la entrada, al sistema de túneles que los llevarían a su próximo destino. El túnel era bastante amplio, pero mal iluminado.
- Bueno gente, ya es hora de partir. No se despeguen de mi, y cualquier duda que tengan, consúltenme. Cada uno llevará consigo una lámpara de aceite. Nos iremos alternando en su uso, para que nos duren todo el camino...-luego de decir aquellas palabras, Marisa se internó en el túnel. Marcelo la siguió, al igual que el resto del grupo.

En el preciso momento, en el que el último de ellos entró; la puerta del segundo subsuelo, se cerró estrepitosamente. Basilio que se había quedado cerca, sonrió. Ninguno de los miembros de la manada lo supo en ese momento, pero en el preciso instante en el que esa puerta se cerró, todo en la casona, volvió a estar como el día en el que ellos habían llegado.
La gigantesca heladera volvió a estar contra la pared, la puerta del “P2” volvió a quedar tapada por un muro de ladrillos, y el enorme portón de madera de la entrada principal, volvió a quedar abierto de par en par.

Aparentemente la casona, se estaba preparando para recibir a sus próximos huéspedes. Muy pronto, se convertiría en el refugio de un nuevo grupo de fugitivos...

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La Casona (Parte 4)

Viene de parte 3

4

Durante varias noches, Marcelo Deal intentó resolver los acertijos que representaban, cada uno a su manera, el segundo piso y el segundo subsuelo. En algún punto, durante aquellas horas de desvelo, comenzó a creer que tal vez si lograban entrar al segundo piso, podrían resolver el misterio del nivel más profundo de la casa.
Para Don Vicente no fue muy difícil preparar un par de cargas y disponerlas de tal modo, que pudieran volar la irregular pared que cubría la puerta del "2P". Durante años se había dedicado a demoliciones, y desde su ingreso en la Manada, se había convertido en su experto en explosivos; eso los había salvado algunas veces.
Don Vicente colocó las cargas, en los puntos en que consideró que serían más eficientes, y se alejó. Detrás de él, a un metro más de distancia, estaba Marcelo observando. Tenía los brazos cruzados y la vista clavada en el muro. Don Vicente contó mentalmente los segundos, y al llegar a diez, accionó el detonador. La pared se derrumbó limpiamente, revelando una puerta de metal gris oscuro, igual a las puertas de los demás niveles. Marcelo se acercó y bajó el picaporte. Para su enorme sorpresa, este cedió y la puerta se abrió.
En un principio la penumbra absoluta en la que se encontraba aquel lugar, le impidió observarlo, pero conforme sus ojos se acostumbraban a ese ambiente casi sin luz, Marcelo pudo ver más y más detalles; hasta que en un momento comenzó a distinguir algo más que sombras. Don Vicente miraba hacia todas partes como intentando encontrar algo. Marcelo Deal, comenzó a caminar por todo el cuarto, con la convicción de que la clave para poder entrar al segundo subsuelo, estaba en ese lugar.
El "P2", estaba repleto de artefactos inútiles. De un modo muy parecido a lo que sucedía en el primer subsuelo, pero con la particularidad de que allí, todo estaba increíblemente ordenado. Casi al final del pasillo, habiendo pasado el amplio espacio del hall, vio una puerta que parecía ser diferente a las demás. Para empezar, tenía una inscripción bastante extraña en la parte superior, pero además, aparentemente estaba cerrada.
Marcelo pensó de repente que la llave de esa puerta, debía estar en aquel manojo de llaves, que había encontrado en el portón de la cocina de planta baja. Aún las tenía encima; por algún motivo, las había llevado con él durante los últimos diez días... Se acercó hasta situarse delante de la puerta, y sacó el manojo de su bolsillo. Probó entonces con la que le pareció, la llave más adecuada. El cerrojo increíblemente cedió, y con un ensordecedor chillido, la pesada hoja de metal se abrió.
Al entrar, pudieron ver que dentro del cuarto, había una mesa sobre la que se encontraban etiquetadas un gran número de piezas; mayormente de tamaño reducido. Marcelo se aproximó y miró las cosas detenidamente. Sabía que cuando viera lo que estaba buscando, de algún modo lo reconocería.
De repente todo estuvo claro en su cabeza; simplemente lo supo. Su mente acababa de resolver gran parte del enigma que encerraba aquella casa, permitiéndole concluir que su mejor opción, era seguir la ruta que aquello que gobernaba la casa, les estaba indicando. Era como si algo o alguien, le hiciera llegar la información, directamente a su cabeza. Fue luego de pensar justamente en eso, que encontró lo que buscaba...
Era un pequeño aparatito rectangular, que pronto entendió encajaría perfectamente, en el zócalo que había visto en la puerta del segundo subsuelo. Tenía cinco teclas, dispuestas en forma de cruz con un vértice central. Resultaba obvio concluir, que debería introducir alguna clase de combinación para abrir la puerta. Pero ese no sería realmente un problema, ya que se le acababan de ocurrir un par de posibilidades.

Esa noche soñó cosas bastante extrañas. Se vio a si mismo caminando por una serie de túneles oscuros, con una lámpara de aceite como única iluminación. Todo en aquel sueño le parecía muy normal. Junto a él, caminaba una joven que jamás había visto antes; pero que parecía conocer a la perfección aquel sitio.
Al despertar, tenía la plena seguridad de que aquellos túneles, eran el lugar al que la casa los estaba guiando, y más aún, estaba convencido de que la entrada estaba en el segundo subsuelo. Aquella noche no pudo dormir más...

A la mañana siguiente, se levantó como si hubiera dormido ocho horas seguidas. Tenía mucha energía, y parecía estar inquieto. Desayunó algo de pasada, y se paró a esperar que la puerta de las escaleras apareciera. Para entonces, ya le había tomado el ritmo a la casa, y podía calcular aproximadamente, donde y cuando aparecería una puerta o cuando se encontrarían de repente en otro piso. La puerta tardó un rato largo en aparecer. Deal se apoyó contra la pared, y pacientemente esperó. Especulaba sobre cual podría ser la combinación que abriría la puerta. Creía tener la respuesta entre un grupo de números que había armado. Finalmente la puerta apareció, y sin perder más tiempo, entró y comenzó a bajar por las escaleras. El recibidor del segundo subsuelo, estaba igual que la última vez que lo había visto. Marcelo se acercó entonces a la puerta, y sacando la pequeña caja de su bolsillo, la colocó en su lugar. La caja encajó a la perfección, y de inmediato vio como se iluminó el display, que hasta entonces había estado apagado...

Continuara parte 5 y final

viernes, 18 de diciembre de 2009

La Casona (Parte 3)

Vine de parte 2

3

El "3P", se parecía más a un centro comercial que a otra cosa. Frente a él tenía lo que parecía la sucursal de un banco, con cajero y todo; un hall central llenó de pequeños stands de bijouterie, y otros artículos de lo más variados. Incluso allí había un salón de conferencias. Pero encontró algo, que incluso en un sitio tan extraño como ese, parecía estar totalmente fuera de sitio. Fue algo que vio al final de aquel enorme hall central: allí había una escuela. No cabía ninguna duda; figuraba el nombre, la nomenclatura escolar, e incluso el numero del colegio. Marcelo no podía explicar la presencia de todas esas cosas, en el tercer piso de la casa; pero pronto dejó de importarle.
Aquel lugar tenía de todo. Estaba abandonado, pero podía arreglarse y ponerse en funcionamiento. Por alguna razón que él aún intentaba deducir, las patrullas del Orden no habían tomado esa casa, y no se mostraban muy ansiosos por hacerlo. Las cosas extrañas que allí sucedían parecían ser la causa.

Así pasaron tres días. La manada se acomodó perfectamente en la casona, y pronto se acostumbraron a todo lo extraño que allí sucedía. Cosas tan descabelladas como aparecer de repente, en un piso diferente al que uno estaba inicialmente, o que las puertas aparecieran y desaparecieran mágicamente. En esos tres días, Marcelo había estado explorando la casa. Usando el ascensor, había visitado cuatro de los cinco niveles de la casa; esto incluyendo uno de los dos niveles subterráneos, el cual estaba ocupado por toda clase de objetos, de las más diversas procedencias. Pero aún le faltaba visitar el segundo subsuelo, al cual aún no había podido entrar por una sencilla razón: el ascensor no abría la puerta...
La primera vez se había asustado bastante, le había ocurrido lo mismo que al llegar al tercer piso, pero con la diferencia de que en aquella primera ocasión, después de un rato, las puertas habían abierto. En cambio, en esa oportunidad y en las siguientes, debió marcar el botón de algún otro piso, para poder salir de allí. Era como si el nivel estuviera sellado.
Por supuesto, de entre todos los misterios que encerraba esa casa, el mayor era sin lugar a dudas, el del segundo piso. Un nivel entero que supuestamente no existía. Marcelo sabía que era muy probable que el piso realmente no existiera, y que la nomenclatura 3P fuera un mero accidente, o una broma del constructor. Sin embargo, su instinto le decía que había algo más...

Llegó un punto en el que habían logrado encontrar, cierta clase de lógica en las transformaciones que sufría la casa. Una especie de "ritmo" que se repetía una y otra vez a intervalos más o menos constantes. De ese modo, el grupo de Deal, había logrado acoplarse casi por completo a las modificaciones (puertas desapareciendo, cambios en la ubicación de los cuartos) de la casa. Ya habían pasado unos diez días, y en todo ese tiempo, las patrullas nos los habían molestado.
Marcelo seguía intentando descubrir si había o no un segundo piso, y tratando de entrar al segundo subsuelo. Poco a poco durante aquellos últimos días, algunos se habían unido a su búsqueda; más por combatir el aburrimiento que por convicción, pero lo habían ayudado mucho.
Ese día encontraron una puerta que nunca había visto antes, y para su sorpresa vio que era el acceso a las escaleras que conectaban todos los niveles. En un principio no se animó a entrar, temeroso de que la puerta desapareciera y no pudiera regresar; pero luego de descubrir el patrón que seguía, donde aparecía y con que frecuencia lo hacía, se aventuró al otro lado.
Según las inscripciones, él había ingresado por planta baja. Comenzó entonces a subir por la escalera y vio la puerta del prime piso. Subió un nivel más, y donde debía estar la puerta del segundo, observó una porción de pared totalmente diferente a la de alrededor. Eso le dio la pauta de que allí, en algún momento había existido una puerta. Tanto el tercer piso, como el primer subsuelo, tenían sus accesos habilitados. Pero al llegar al final de la escalera -al llegar al segundo subsuelo-, se dio cuenta de que la puerta, al igual que la del ascensor, estaba clausurada. La puerta parecía oxidada y bastante derruida, aunque inexplicablemente, había señales que hacían pensar a quien la viese, que había sido abierta recientemente. El extraño zócalo que tenía en lugar de cerradura, tenía una inscripción que él jamás había visto antes en la casa: "Santuarium". Aquello estaba escrito en letra clara y bien delineada.

Continuara parte 4...

domingo, 13 de diciembre de 2009

La Casona (Parte 2)

Viene de parte 1

2

Siguió observando y entonces vio que a un lado de la puerta, había un enorme refrigerador, aún más grande que la abertura. Era muy pesado, pero confiaba en que con ayuda, podría moverlo. Entre varios comenzaron con la tarea que sabían de antemano, no sería nada fácil. Pero casi al mismo tiempo que ellos lo intentaban, desde la parte de afuera de la casa, uno de los autos patrulla de la policía del Orden, embistió contra el portón. Las puertas se abrieron de par en par, y ellos pudieron ver como la Chevy amarilla, retrocedía para de ese modo volver a tomar carrera. Ya solo les quedaba una posibilidad, y era lograr mover el refrigerador. No creían poder hacerlo a tiempo. Sin embargo a último momento, y dejando una gran marca en las baldosas, la base se deslizó sobre el piso, pudiendo mover así el gigantesco electrodoméstico, hasta situarlo delante del portón cerrado. Un instante después, sintieron el impacto del auto al chocar contra el portón. Increíblemente, este no cedió.
El refrigerador, tenía prácticamente un metro setenta de profundidad, por dos de alto. Por si mismo pesaría al menos dos toneladas. Además de que al situarlo delante de la entrada, había quedado encajado en un desnivel del piso, un pequeño escalón de no más de tres centímetros, pero suficiente para impedir que el refrigerador se deslizara. Por otro lado, era virtualmente imposible que pudieran voltearlo.

Estando seguro de que por ahí no lograrían entrar, continuó revisando las habitaciones. Justo al lado de la cocina había dos puertas; eran las de dos baños. Uno de ellos parecía encontrarse en perfecto estado, aunque estaba un poco sucio y descuidado; eso resultaba completamente lógico. Sin embargo, lo que realmente llamó la atención del grupo fue el segundo baño.
Al entrar, notaron que el lugar estaba lleno de cosas como juguetes, libros de colorear, e incluso una pequeña e improvisada cama color rosa. Todo indicaba que en algún momento, aquella habitación, había servido como cuarto para una niña. La presencia de todas esas cosas, indicaban que habían debido irse apresuradamente, dejándolo todo atrás. Si bien aquel baño despertaba su curiosidad, Marcelo sabía que debía seguir con su recorrida. Así que cerró las ventanas y salió del cuarto.
Al final del pasillo vio una luz. En ese momento pasaron decenas de cosas por su cabeza, docenas de explicaciones para aquella luz, pero ninguna de sus especulaciones estaba cerca de explicar lo que estaba a punto de ver...
Con cautela se acercó a la puerta y entró. Era una segunda cocina, pero se encontraba en perfecto estado. Los platos estaban apilados sobre la mesada, los vasos al borde de la pileta, y los cubiertos secándose en el escurridor. El piso era blanco, y relucía de limpio. A la mesa, estaban sentadas dos mujeres, conversando animadamente sobre los temas más intrascendentes. Marcelo las observó intentando reconocerlas, pero no recordaba que fueran parte de la manada. Las mujeres ni siquiera repararon en él, pero por algún motivo eso no le preocupó demasiado. Elevó la vista y vio una enorme ventana tipo vaivén; debía cerrarla. Se acercó, y por más que buscó un modo de trancar aquella ventana, luego de casi cinco minutos no había podido hacerlo. Finalmente una de esas dos mujeres le habló.
- Esa ventana no se puede trabar. Igual no te preocupes, que estamos en un primer piso...- Marcelo miró de nuevo hacia la mesa y vio como las dos señoras le sonreían. Entonces asomó la cabeza por la ventana y miró hacia afuera. Efectivamente estaban en un primer piso.
Se veía el techo de tejas, la gran arboleda que ocultaba del exterior buena parte de la casa, y más abajo -a unos cuatro o cinco metros- el césped del parque trasero. Ya de por si, todo era muy extraño; pero más extraño aún fue el hecho de que al voltear nuevamente, la cocina había cambiado por completo: Las dos mujeres no estaban, y todo lo que antes había estado limpio y reluciente, ahora estaba sucio y roto.
Las cosas estaban tornándose muy extrañas. Marcelo comenzó a hacerse entonces una idea, de la razón por la que los miembros de las Patrullas, le temían a la casa...

Fue casi una hora después, que regresó a aquella cocina. En esa segunda ocasión, vio algo que no había visto la primera vez; parecía un ascensor. Era el típico "elevador" con puertas automáticas, todo de metal brillante. Algo que jamás había esperado encontrar en una casa. Al costado de la puerta, había un panel con dos botones, y cinco luces que marcaban cinco paradas. Eso le llamó mucho la atención.
Decidió presionar uno de los botones, y casi de inmediato, la puerta se abrió. Dentro, el elevador estaba todo recubierto por espejos. A un costado, vio el panel con los botones; uno de ellos decía "3P". Aparentemente, ese era el punto más alto del lugar. Le extrañó que no hubiese un segundo piso, pero fue algo más en la lista de cosas extrañas que estaban sucediendo allí. Presionó entonces el botón y las puertas se cerraron.
No tardó demasiado tiempo en detenerse, pero las puertas no se abrieron de inmediato. Por el contrario, transcurrió tanto tiempo que en cierto momento, él comenzó a preocuparse. Finalmente la puerta se abrió, y lo que vio entonces, fue algo increíble...

Continuara parte 3...

martes, 8 de diciembre de 2009

La Casona (Parte 1)

1

Las patrullas del "Nuevo Orden Mundial", estaban conformadas por vetustas camionetas Ford y Chevrolet, bastante antiguas y deterioradas. Su misión era la de mantener a raya los ánimos de los habitantes de la Tierra. En todo el mundo, se podían ver por las noches a sus temibles miembros, sembrando el temor entre los niños y los adultos.
A todos efectos, estaba prohibido salir por las noches de las casas. Dicha restricción era tan extrema, que el solo hecho de encontrarse en la calle, significaba la perdida de todas las garantías civiles, y habilitaba a las patrullas a "tirar a matar". Sin embargo siempre había gente dispuesta a transgredir las reglas, y Marcelo Deal, era uno de ellos.
Marcelo era un muchacho de unos veintidós años, proveniente de una familia de ideología progresista, que había repudiado la instauración del "Nuevo Orden", desde el primer día. Lo habían criado bajo la premisa de que el llamado "Nuevo Orden Mundial", era algo que debía ser combatido por todos los medios. Y fue así que Marcelo fue creciendo y en cierto momento se unió a la Resistencia. Una facción totalmente heterogénea, conformada por jóvenes, adultos e incluso familias completas, que buscaban un lugar donde vivir lejos del yugo despótico del gobierno.
Pertenecía a uno de los grupos, que formaban parte de la resistencia. En la jerga les decían "Manadas", estaban formadas por chicos, jóvenes, adultos y ancianos. Familias enteras en muchos casos, que buscaban un mejor modo de vivir. Su Manada estaba vagando desde hacía un par de semanas. Habían oído hablar de una casona vieja, que las patrullas por algún motivo desconocido, no habían requisado aún. Sus contactos con otros grupos, les dieron información sobre el lugar. Según lo que les dijeron, si bien la casa era bastante extraña -y allí solían pasar algunas cosas inexplicables-, era justamente esa la razón por la cual las patrullas, no se animaban a entrar...
Estaba ubicada justo en el centro de la zona de su mayor actividad. El grupo no iba a pasar precisamente sin hacerse notar. Sin embargo, se les estaban acabando las opciones, y según lo que habían escuchado, aquel lugar era su mejor opción.
En las últimas semanas, Marcelo se había constituido tácitamente, en el líder de la manada. La muerte de su antiguo guía los había dejado casi a la deriva, hasta que Marcelo comenzó a infundirles ánimos. Todos ellos confiaban plenamente en él, a tal punto que estaban dispuestos a aventurarse al corazón mismo de la zona más vigilada de la ciudad, para intentar tomar aquella casa.
El sabía que no les podía pedir que lo acompañaran en aquella empresa, pero no hizo falta, ya que todos estuvieron dispuestos a hacerlo.

La operación había sido muy difícil; dejando como saldo de la avanzada unos cuantos heridos, pero por suerte ninguna muerte que lamentar. Finalmente estaban delante de aquella casona. Desde allí no parecía tan imponente como habían esperado; pero por algún motivo -al menos en un principio-,los integrantes de las patrullas no se acercaban a ellos.
Marcelo observó la fachada de aquella casa. La enorme puerta de madera, estaba abierta de par en par, y las luces estaban encendidas. Habían pasado demasiados peligros para llegar a ese sitio, así que no lo pensaron demasiado y entraron. Fue en ese preciso momento, que quienes los perseguían parecieron salir de su letargo, y comenzaron a correr hacia la casa.
Don Vicente, fue el último en entrar. El era un hombre muy corpulento, con una fuerza descomunal. Un vez que cerraron aquella puerta, él comenzó a empujar un enorme mueble de madera maciza, con la idea de trancarla.
Marcelo miró entonces a su alrededor, y notó que la mayoría de las ventanas estaban abiertas de par en par, así que indicó a algunos que lo acompañaran, en una recorrida por aquel lugar. El objetivo era cerrar todas las ventanas, puertas, e incluso ductos que condujeran al exterior.
Así fueron recorriendo el corredor principal. Al final del mismo, se encontraba lo que parecía una cocina. Estaba por cierto en un estado de conservación deplorable. La puerta metálica de doble hoja, que daba acceso al enorme parque que rodeaba aquella casa, se encontraba abierta, y su cerradura estaba completamente oxidada y endurecida. Los intentos que hicieron por girar aquella llave fueron totalmente inútiles: La cerradura no servía. Debían encontrar otro modo de cerrar el portón...

Continuara parte 2...

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ascenso Orbital

Aquella noche no había ni una estrella en el cielo. Las calles estaban completamente a oscuras, y la única luz que se veía desde lejos era la del ascensor orbital. El apagón había sido generalizado. Kilómetros y kilómetros alrededor de la zona de embarque habían quedado en plena oscuridad.
Joaquín observaba la negrura a su alrededor a medida que la cabina ascendía silenciosa hacia la nada. El recorrido total tomaba unos treinta minutos. Para él aquello no era más raro que un viaje a Rosario, pero para su madre, que había crecido en un mundo completamente diferente, aún resultaba increíble. Cintia, su mamá, observaba a través de la ventana y agradecía no poder ver nada.
-¿Cuanto crees que falte?- le preguntó el muchacho de pronto.
- Demasiado...- esa fue su única respuesta, ya que estaba demasiado ocupada, tratando de no ceder ante la desesperación que comenzaba a sentir.- ¿Por qué demonios tenían que hacerlo transparente?- Joaquín sonrió ante ese comentario, consciente del increíble esfuerzo que significaba para ella el solo hecho de haber subido a ese "horrible aparato".
Cintia se alejó entonces del borde, y se sentó en una de las sillas que había en el área central del ascensor. El aparato tenía unas medidas más que considerables, unos cinco metros de lado, por unos dos y medio de alto. Tenía capacidad para transportar veinte personas, pero esa noche, solo iban cinco. Joaquín seguía observando maravillado, y a medida que iban subiendo, pudo observar que en otras ciudades si había luz. Pensó de repente en su perro Rulo, y en cuanto le asustaba la oscuridad. Pero trató de alejar aquel pensamiento, convencido de que para esa hora Rulo estaría durmiendo, y seguramente ni siquiera se habría enterado del asunto.

El ascensor seguía subiendo, y cada vez, la Tierra se veía más redonda. Joaquín se sintió de repente como aquellos primeros astronautas, contemplando por primera vez el planeta desde el espacio. De repente sonó una bocina y a continuación la voz de una mujer comenzó a oírse por el altoparlante.
-"Por favor diríjanse a sus asientos y abróchense los cinturones. En cuatro minutos, comenzarán a experimentar la disminución de la gravedad"- El muchacho bufó un poco, pero menos de un minuto después -ante la mirada severa de Cintia-, se sentó al lado de su madre y se abrochó el cinturón. "Que decepción" pensó entonces, "yo quería flotar como los astronautas".

Puntualmente cuatro minutos después -tal como lo había anunciado aquella voz-, la gravedad comenzó a disminuir, y tanto Cintia como su hijo comenzaron a sentirse cada vez más livianos. Joaquín se divertía dejando laxos los brazos y viendo al mismo tiempo como la falta de gravedad, hacía que la larga cabellera de su mamá flotara. Cintia intentaba agarrar su pelo, pero en cuanto soltaba los apoyabrazos sentía cierta clase de vértigo que jamás había sentido antes.
Habrían pasado unos veinte minutos de recorrido, y aún faltaban otros diez. Curiosamente lo que para ella estaba resultando un martirio, para su hijo era lo más maravilloso que le había pasado en la vida, y no se cansaba de decirlo cada dos minutos. Para ese momento, se veía perfectamente la silueta de la tierra y el brillo azul de la biosfera. Ya habían recorrido dos tercios del trayecto, y se encontraban a unos setenta kilómetros de la superficie.
- Es hermoso...- dijo el hombre que estaba sentado al lado de ellos, y verdaderamente era cierto. Incluso Cintia tuvo que admitir muy a su pesar que era verdad. Para ese momento, al haber desaparecido la gravedad casi por completo, había olvidado su miedo a las alturas y poco a poco se había ido dibujando una sonrisa en su rostro.

No tardaron mucho más en llegar a la base orbital. Allí, a diferencia de lo que sucedía en el ascensor, si había gravedad artificial. La misma voz anunció luego de frenar, que ya era seguro quitarse los cinturones, y poco después las puertas del ascensor se abrieron. Joaquín salió corriendo y mirando hacia todas partes comenzó a buscar a algo o a alguien. Finalmente pareció encontrar aquello que buscaba y salió corriendo.
- Joaquín vení para acá, no corras.- pero el chico no hacía caso. Cintia apresuró el paso y trató de alcanzarlo.
-¡Papá, papá!- gritaba el chico mientras corría. Finalmente se detuvo detrás de un señor y tocándole un hombro llamó su atención. El hombre volteó entonces y lo miró algo sorprendido.
- ¿Qué hacés acá Joaquín? Que linda sorpresa...- el chico no dijo nada, solo rió y desvió la vista hacia un costado pícaramente.
-¡Joaquín! Dejá de correr.-
Héctor -tal era su nombre- escuchó aquella voz y sonrió. Aquella que venía corriendo era su mujer, la que había jurado jamás subir al ascensor. Aparentemente, su familia había decidido darle una sorpresa...

lunes, 19 de octubre de 2009

El último Puesto de Diarios

Hacía años desde que don José, había vendido el último diario, la última revista, la última colección. Si seguía yendo todos los días a abrir el kiosco, era tan solo porque no sabía que más hacer.
Por supuesto que su tozudez tenía muchísimo que ver, pero definitivamente, la verdadera razón por la que seguía levantándose día a día a abrir aquel puesto de chapa -de no más de dos por uno-, era la esperanza. La ferviente convicción de que algún día, se acercaría alguna de esas personas que solían pasar sin prestarle mayor atención, y le pediría el diario...

Hacía casi una década que las publicaciones se habían vuelto electrónicas. Los diarios se leían en dispositivos móviles, notebooks y celulares. Lo mismo pasaba con las revistas. El papel se usaba cada vez con menos frecuencia, y la fuerte caída de las ventas de las publicaciones en versión impresa, había provocado que las editoriales decidieran dejar de producirlas. Para esa época, lo único que se seguía editando en papel, eran los libros, y sus ventas ni siquiera se comparaban con las de antes...

La mayoría de los "Diarieros", habían advertido la tendencia. Buenos Aires asistió entonces, a la lenta desaparición de los "puestos de diarios y revistas". El de don José, se convirtió de repente en uno de los últimos de la ciudad. Y finalmente en el último.
Por muchos era considerado como algo pintoresco, pero lo que muy pocos entendían, era que aquel puesto ubicado en la esquina de Rivadavia y Centenera -en pleno corazón de Caballito-, era un símbolo. Un recordatorio de una época que aunque así pareciera, no estaba aún tan lejana en el tiempo.

Exactamente, habían pasado nueve años, dos meses y tres días desde aquel en que el distribuidor había entregado el último bulto con los diarios. En la portada de todos ellos aparecía el mismo titular: "ADIOS AL DIARIO EN PAPEL: desde mañana no se imprimirán más publicaciones graficas". Don José aún recordaba la punzada que sintió al leer eso, pero tratando de no desanimarse, intentó trabajar como si ese fuera un día más. El último ejemplar lo vendió a las once y treinta y seis; lo recordaba como si hubiera sido ayer. En ese momento, aún quedaban unos quince puestos de diarios. Poco después, solo quedaría él.

Para muchos, verlo levantarse temprano cada mañana, y esperar el paso del camión del reparto, era algo muy triste. Sin embargo a veces el camión pasaba. Por supuesto no tenía nada que entregar, pero era como si la inercia de toda una vida, lo obligara a seguir. Don José se quedaba en ocasiones casi una hora hablando con el conductor, recordando otros tiempos.

Si bien para la mayoría de la gente, el viejo era solo un personaje más; había un muchacho al que le daba mucha curiosidad todo aquel asunto del puesto de diarios. Tenía tan solo dieciséis años, y para él las publicaciones gráficas formaban parte de la historia. Solía pasar por el puesto de don José y se quedaba embelesado mirando las revistas viejas. Allí había de todo, incluso publicaciones para adultos, todas ellas aún dentro de su envoltorio negro.
Uno pensaría que esas eran las revistas que más llamaban la atención del muchacho, pero no era así. Lo que lo fascinaba, eran los ejemplares del último diario impreso. Podía pasar horas parado delante del puesto de diarios observando las tapas de aquellos dos diarios, que siguieron imprimiendo hasta el último día.
Por alguna extraña razón sentía en cierto punto vergüenza, y por ese motivo se comportaba como si mirar esas revistas fuera algo prohibido. Así habían pasado varios meses, hasta que ese día decidió lo que iba a hacer. Jamás se había acercado tanto al puesto, y mucho menos había hablado con él. Era evidente que el anciano se había dado cuenta de la atracción que su "kiosco" le generaba, pero si bien lo había deseado, Don José nunca había esperado escuchar nuevamente aquellas palabras...

Ramiro -tal era el nombre del joven- se acercó hasta pararse frente al anciano pero en principio no habló. El viejo lo miraba expectante con la esperanza en los ojos. El chico reculó, y casi se fue, pero finalmente levantó la vista y viéndolo directamente a la cara le habló.
- Buenos Días don José; ¿Me da un diario?- en ese momento una silenciosa lágrima comenzó a caer por su mejilla y en su rostro se dibujó la sonrisa más grande de su vida.
Don José se acercó hasta el mostrador donde aún tenía apilados los ejemplares, que aquel lejano día no había podido vender, y tomando uno de ellos se lo ofreció a Ramiro. Las manos habían comenzado a temblarle de la emoción, y lo siguieron haciendo al momento de darle el ejemplar. Ramiro que notó eso se preocupó un poco.
-¿Está bien don José?- el anciano lo miró aún con esa enorme sonrisa en los labios y la cara llena de lágrimas.

- Sí pibe.- le contestó- Me siento mejor que nunca...-

miércoles, 7 de octubre de 2009

El Momento más Esperado

El tren se agitaba y se movía para todas partes. El, al igual que la mayoría de los pasajeros era consciente de que eso se debía al estado lamentable de las vías por las que circulaba. Le daba un poco de miedo el pensar que seguramente estaban sobrepasando la velocidad considerada segura, dadas las condiciones de los rieles, pero muy en el fondo, agradecía que el maquinista, hubiera decidido aumentar la velocidad.Estaba llegando muy tarde. Si se atrasaba demasiado, directamente no lo dejarían entrar. Claro que en realidad esa no era su culpa, ya que todo había ocurrido de golpe. Miró una vez más el reloj, con la firme esperanza de que el mismo se detuviera por un rato. Karina ya debía estar teniendo las primeras contracciones. Habían esperado ansiosamente ese día, pero el bebé se había adelantado casi una semana...
Sergio estaba muy exitado; eufórico sería el término más adecuado. Bajó del tren en la estación de Once y caminó las tres cuadras que lo separaban del sanatorio Mitre, como si se le fuera la vida en ello. Al llegar a las esquinas, miraba hacia ambos lados, y casi sin importarla si había alguien o no, cruzaba lo más rápido que podía. Finalmente llegó a la recepción de la clínica y se identificó. La chica de recepción levantó el telefono y marcó un número de interno. - Tranquilo señor. Todavía esta en preparto.- y dandose vuelta hacia el guardia de seguridad le hablo.- ¿Pedro? ¿Podés acompañaro hasta la sala 2 de "neo"?- Pedro asintió ante el pedido, y rápidamente salió del cuarto.- Acompáñeme señor.- Sergio dejó pasar al guardia y comenzó a caminar detrás de él.Lo condujo por una serie de pasillos y puertas, hasta que llegaron a una pequeña sala de espera, en la cual había dos sillones, una máquina de café, y un dispenser con agua fría y caliente. Sergio creyó por un momento que lo harían esperar allí, pero poco después cuando ya comenzaba a preocuparse, apareció una enfermera, y le hizo una señal para que se acercara.-¿Sos Sergio Torres?- él sintió con la cabeza, pero no dijo nada.- Acompañame que nos tenemos que preparar.- y diciendo esas palabras, lo invitó a pasar delante de ella. Mientras caminaba escuchó el ruido de la puerta al cerrarse y lo pasos de la enfermra al acercarse. Sergio se quedó parado en medio del cuarto, esperando que la chica le diera alguna indicación. Ella, caminó hasta situarse delante de un armario, y luego de mirar hacia donde estaba él una vez más, lo abrió y sacó un ambo celeste de su interior. Sergio se acercó a ella y tomó la ropa que había sacado para él. Era verano, así que solo tenía una remera y un pantalón de tela de vestir. Se puso el ambo encima de su ropa, y a una indicación de la enfermera, se sacó los zapatos. Se miró en el espejo, le resultaba extraño verse con ese atuendo; especialmente ver como lucía su cabeza, con el gorro en el pelo, y el barbijo tapando casi toda su cara.
Finalmente lo acompaño hasta la sala de parto. Allí estaba Karina. Aún en ese momento se veía radiante. Se acercó hasta la camilla, pero no habló. Su mujer que había sentido una nueva presencia en el cuarto, miró hacia donde estaba parado, y sonrió. El tomó su mano entre las suyas y la miró emocionado.- Hola amor.- le dijo- disculpá la demora.- ella lo miró con una enorme sonrisa, y le habló.- ¡Qué suerte que llegaste! No sabés cuanto necesitaba tenerte al lado mio.- el apretó aún más fuerte su mano, pero no dijo nada màs. Ella tampoco.
Las contracciones empezaron poco después. Karina comenzó a pujar entonces, siguiendo las indicaciones de la obstetra. Sergio trataba de mantener su vista en el rostro de ella, consciente como estaba de lo imprecionable que era habitualmente. Karina pujaba y respiraba a intervalos cada vez más cortos. La obstetra iba cambiando las indicaciones, al tiempo que le pedía a Sergio que le tomara más fuerte la mano a su mujer, y que continuara dandole ánimos. No era mucho lo que él podía hacer. Después de todo Karina era la que estaba haciendo todo el trabajo, pero él sabía que de algún modo, eso la reconfortaba.
Fue luego de un tiempo indefinido, durante el cual él mantuvo siempre sus ojos clavados en los de ella, habiendo oido una infinidad de quejidos y respiraciones casi entrecortadas, que escuchó algo diferente. "Ahí viene la cabeza, dale, pujá una vez más ", dijo en cierto momento la doctora; él no pudo resistir la curiosidad y miró entre las piernas de su mujer. Lo que vio entonces fue demasiado para él, y allí mismo, se desmayó.
Volvió en si dos o tres minutos después. Como era de esperarse, nadie se había preocupado demasiado por él. Sergio, se levantó como pudo, aún tambaleandose un poco. Se acercó hasta la la cabecera de la camilla y pudo ver a su mujer, sosteniendo en brazos a quien acababa de llegar a este mundo. Karina tenía una cara de felicidad indescriptible, miraba a esa pequeña personita como si no existiera nada ni nadie alrededor. Sergió se acercó un poquito más, y le tocó el brazo. Ella, lo vio recien entoces, y mirándolo fijamente le habló.-¿Querés sostener a Laura en brazos?- preguntó al tiempo que liberaba un poco la leve presión que ejercía alrededor de su hija.-¿Laura? Entonces eso quiere decir que tuvimos una nena...- Karina asintió entonces con la cabeza, al tiempo que extendía los brazos para que su marido, tomara a la bebe entre los suyos.- Si amor, tuvimos una nena.- Sergio la agarró cuidadosamente, como si estuviera manipulando la cosa más frágil del mundo. "Somos padres; ¡Qué cosa más increible!" pensó en ese momento.- Hola Laura; soy Sergio, tu papá...-

lunes, 21 de septiembre de 2009

La Farsa

1

Si alguna vez creyó que podría ser feliz, en ese momento se dio cuenta de que nunca podría serlo. Bastaba con observar hacia afuera, a travez de esa ventana, para darse cuenta el porque de ese convencimiento tan profundo. Ricardo se enjugó las lágrimas de los ojos, e intentó ser fuerte, por la nena. Marita no tenía nada que ver, y no había razón para que se enterara. Al menos no todavía.
Se limpió el rostro como pudo, y fingiendo una gran sonrisa salió del auto. Se acercó con paso firme y decidido, y tocó el timbre. Del otro lado se escuchó el "ya voy" característico de ella, y poco después la puerta se abrió. Estaba radiante como siempre lo había estado, hasta antes de su pelea, y poco después de conocer a solange.
Eso era lo que lo había hecho pelota. Si lo hubiera dejado por otro hombre, él aún tendría la esperanza de poder volverla a conquistar. Pero se había enamorado de una mujer; era por eso que había perdido las esperanzas por completo.
- Buenos días Ricardo. ¿Pasó algo con Marita?- él la miró aún algo perdido, y luego contestó.
- No, quedate tranquila, solo vine a traerte lo que me pediste que te buscara el otro día.- y diciendo eso extendió el brazo del que colgaba una pequeña bolsa de supermercado con dos o tres cosas adentro. Mariana extendió su mano, y tomó la bolsa.
-¿Querés pasar a tomar algo?- la pregunta le sonó a él, casi como de compromiso. Bajó un poco la cabeza y luego al volverla a subir le contestó.
- No, te agradezco Mariana, pero estoy muy atrasado con el trabajo.- ella asintió con la cabeza, al tiempo que se acercaban para darse un beso en la mejilla. Ricardo se dio entonces media vuelta y se dirigió al auto.
Sentía desgarrado el corazón, y hubiera estado tentado de hacer alguna locura, sino fuera por su hija Marita. Esa niña, se había convertido en todo para él. Ahora más que nunca, porque representaba, la única razón que él tenía para seguir con su vida.

2

El coche arrancó y comenzó a alejarse, para luego desaparecer dos o tres cuadras más adelante. Mariana se quedó mirando hacia esa dirección, hasta que no lo pudo ver más. Su rostro parecía la representación misma de la tristeza. Dio media vuelta sobre sus talones y entró nuevamente a la casa.
Caminó unos cuantos metros y se sentó en la mesa de la cocina. Recién entonces impeccionó la bolsa que su marido le había traido. Alli estaba todo lo que ella le había pedido. Incluso ese CD de música que ella sabía que tanto le gustaba a él. Mariana quedó con la vsta en blanco mirando hacia la pared al tiempo que por su cabeza pasaban un montón de cosas a la vez.


Poco después llegó su amiga Solange. Era un chica rubia de más o menos la misma edad que ella. Una mujer muy bonita, que siempre estaba muy bien acompañada. Al entrar a la cocina, vio a Mariana en ese estado lamentable, y se sentó al lado de ella.
-¿Qué pasa Mariana, por qué estás así?- la otra la miró con la vista aún perdida en otra parte, y le habló.
- Acaba de venir él... Me trajo las cosas que le pedí.- Ninguna de las dos dijo nada más. Solange abrazó a Mariana, y se quedaron así por los siguientes quince minutos. "Si él supiera la verdad..." Pensaba Solange mientras trataba de consolar a su amiga. Ella jamás había estado de acuerdo con el plan, pero le había prometido que la ayudaría. Si bien Mariana creía que sería lo mejor, ella estaba totalmente en desacuerdo.

3

Aquella situación se siguió repitiendo con bastante regularidad, por casi seis meses. Siempre con idénticos resultados. El terminaba sintiendo que ya no valía la pena vivir, y ella terminaba al borde del llanto, sentada en la cocina a la espera de la llegada de Solange. Ambos sufrían enormemente, pero ninguno se atrevía a hablar..

Un día, Ricardo llegó a la casa de Mariana. Se le había hecho costumbre visitarla con cualquier escusa. Ese día, se le habían acabado; sin embargo había decidido que iría igual. Se acercó a la puerta y tocó el timbre. Mariana atendió el llamado. Llevaba puesto un delantal de cocina, para él estaba como siempre, hermosa. Ella lo miró como si no entendiera que podía estar haciendo allí. Según recordaba, no tenía ninguna razón para visitarla. Sin embargo, extrañamente eso la alegró un poco.
-¿Sucedió algo Ricardo?- ella de repente se preocupó bastante por Marita.
- No te preocupes, la nena está bien. Vengo a hablar con vos. ¿Puedo pasar?- Mariana se sorprendió de que le pidiese tal cosa. Jamás había entrado a esa casa; hasta ese día.
- Si por supuesto. Pasá.- y diciendo eso lo invitó a entrar, cerró la puerta, lo llevó hasta la cocina. Ricardo se acomodó en una de las sillas, y luego de asegurarse de que tenía toda su atención, dijo lo que había estado pensando toda la noche anterior.
- Yo sé que vos ya hiciste tu elección; pero no puedo evitar sentirme como me siento. Desde que te fuiste siento un vacío enorme en el corazón. Y es aún más grande por el hecho de que sé que te he perdido para siempre. Yo solo quiero decirte, que te amaré para siempre. Aunque sé que nunca más me corresponderás...- Mariana se quedó completamente muda al escuchar eso, ya que le resultaba imposible decir algo.
Ricardo se levantó de su silla, y sin esperar una respuesta (que él suponía de antemano, que no llegaría), comenzó a alejarse por el pasillo en dirección a la puerta de calle. Ella luchaba con sigo misma y se debatía entre contarle toda la verdad, o dejar todo como estaba. Finalmente dejó que se fuera. Estaba convencida de que la verdad sería más dura que aquella mentira...

Esa fue la última vez que Ricardo vio a Mariana. A partir de ese día, decidió no visitarla más y tratar de continuar con su vida. Por alguna extraña razón, ella jamás pidió ver a su hija. Ni siquiera hablarle por teléfono.

4

Finalmente, casi un año después de la separación, recibió un llamado de Solange. Se notaba que hacía grandes esfuerzos por contener el llanto. El trató de calmarla para que pudiera decirle lo que había pasado. Cuando finalmente se tranquilizó, Solange habló: Mariana acababa de morir. Ricardo sintió como si su mundo estuviera a punto de derrumbarse. Su cordura, era como un castillo de naipes a punto de caer...

Dos horas después, estacionó su auto en la puerta de la casa que Mariana había hecho suya, durante el último año de su vida. Solo encontró a Solange. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, y el rostro desencajado por la angustia. El se acercó y la abrazó.
- Tranquila.- le dijo.- se perfectamente como te sentís en este momento. Yo también la amé con locura.- Solange bajó la cabeza como avergonzada, y luego de pensarlo unos segundos, decidió faltar al juramento que su amiga le había obligado a aceptar.
- Yo la quise muchísimo. Pero no del modo que vos creés. Todo ha sido una farsa...- Ricardo la miró sin entender nada, con la consternación visiblemente marcada en su rostro.
-¿Qué querés decir?- La chica aún dudó un momento, pero finalmente decidió que le debía la verdad.
- Acompañame. Sentémonos en el sillón. Tengo una historia para contarte...-

Ricardo la siguió, y casi sin darse cuenta se sentó en el sillón de dos cuerpos, que estaba justo en el medio de la sala. Solange tomó sus manos entre las suyas, y comenzó a relatarle lo que verdaderamente había ocurrido con Mariana. El escuchó atentamente, al tiempo que las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, una tras otra.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Un Asunto Pendiente

Julián llegó a la puerta de aquel edificio, casi al mismo tiempo que ella. Era muy hermosa, tanto que aquel joven creyó por un momento que estaba soñando. Dio un paso hacia atrás, cediendole de ese modo el paso a la muchacha. En el vestíbulo, pudo apreciar el modo en el que estaba vestida.
Llevaba un precioso vestido color rojo, largo hasta las rodillas, y zapatos haciendo juego. Su pelo rojizo, era completamente lacio. Parecia una de esas modelos de pasarela. En ese edificio en particular no resultaría extraño, ya que en el piso 10 se encontraba la oficina de aquel diseñador de modas. Julián iba justamente a ese lugar.
Tenía sus propios negocios con él. Asuntos inconclusos de tiempo atrás. Se paró delante del ascensor y presionó el botón para que abra. La chica del vestido rojo, se paró justo al lado de él. Julian la miraba de reojo. Realmente era preciosa. Sus ojos de un azul profundo, destacaban aún más, gracias al color tan blanco de su piel. Tenía los ojos perfectamente delineados, y las cejas cuidadosamente arregladas. Sus labios pintados de un clásico color carmesí, parecían llamar a quien los viera a besarlos. Ella era alta y esbelta, justo como suele elegir "él" a sus modelos, pensó.
La puerta del ascensor se abrió finalmete, y ambos lo abordaron. Julián oprimió el botón del piso 10, y esperó a ver si la joven oprimía otró. No lo hizo. En ese momento, Julián supo que no se había equivocado, y casi lamentó que ella fuera al mismo piso que él.

El ascensor no tardó demasiado en llegar a su destino, la primera en bajar fue ella; detrás suyo lo hizo él. La muchacha caminaba pausadamente, cuidando de hacerlo de la forma más elegante posible. Parecía como si practicara para alguna clase de prueba. "¡Pobre chica!", pensó Julián; "Si supiera que clase de pruebas suele tomar Gustav, saldría corriendo en este preciso momento".
La puerta del ascensor se cerró, en el preciso instante en el que Gustav abría la puerta de su oficina. Julián que estaba parado detrás de la joven vestida de rojo, sacó un revolver de adentro del saco, y apuntó directamente hacia él.
-¡Gustav!- gritó con furia él, con la esperanza de que la chica se asustara y se fuera de allí.- He venido a cobrar mi venganza.- El diseñador permaneció allí parado, inmutable. La joven comenzó a gritar desesperadamente, para luego caer desmayada justo en medio de ellos dos. Gustav lo miró con bastante cinismo, y con una mueca burlona le habló.
- Así que finalmente el pendejo cagón ha encontrado sus huevos... ¿Qué esperás? ¿Qué comience a llorar rogando por mi vida?- Julián caminó dos o tres pasos, asegurándose de ese modo de lograr un buen tiro. El era un principiante, y sabía perfectamente que aún a esa distancia, podía llegar a fallar.
-¡Sos un miserable hijo de puta! No espero nada Gustav, solo que finalmente pagués por lo que le hiciste a mi hermana.- y diciendo eso gatilló el revolver y comenzó a disparar.
Las balas salieron una atrás de la otra e impactaron todas sin excepción en el curepo del diseñador. Julián, se acercó entonces hasta el otro, y se aseguró de que estuviera muerto. Así era; su muerte había sido infinitamente más rápida que la de Paola. El muchacho arrojó entonces el arma completamente descargada al piso, y se sentó contra la pared, con las piernas recogidas y la cabeza apoyada entre ellas.


Pocos minutos después, llegó la policía y se encontró con toda esa escena. Uno de los oficiales se acercó hasta donde estaba el muchacho y le tocó el hombro. Él levantó la cabeza y mirando hacia donde estaban atendiendo a la chica, preguntó si iba a estar bien.
- Si muchacho. No le ha pasado absolutamente nada. Ahora decime que carajo pasó acá...-
Julián miró nuevamente al oficial, y con los ojos llenos de lágrimas le alcanzó una hoja de papel. Parecía una carta.
- Tenía que hacerlo.- dijo aún con las lágrimas cayendo por sus mejillas.- No tuve otra alternativa. Si no lo hubiera hecho esta chica hubiera sido la próxima.- y diciendo eso volteó el rostro para ver con furia el cuerpo sin vida Gustav.
El policía, abrió entonces la hoja doblada en tres partes y comenzó a leer. Era la carta de una chica a su hermano. El Teniente Ibañes, cerró de pronto sus ojos, y una solitaria lágrima comenzó a recorrer su rostro. El último párrafo de la carta fue el más revelador.
"Gustav está siendo cada vez más violento con nostras. Anoche golpeó tanto a Marcela que la mató. No he ido a la policía, porque Gustav la maneja como quiere. El sabe que yo lo he visto hacerlo. Se que lo lógico sería que me vaya. Pero no todavía; debo convencer a las demás de que me acompañen..."
Ibañes volvió a darle a Julián su carta, y luego se alejó dos o tres pasos para revisar el cadaver. El muchacho levantó una vez más la cabeza y le habló.
- En cuanto recibí la carta salí para Buenos Aires, pero llegué demasiado tarde. Al día siguiente, ya había matado a las otras tres. Entre ellas mi hermana.- Hizo una pausa y se limpió un poco la cara- Eso fue hace casi un año. Desde entonces he intentado que tu gente hiciera algo, pero a nadie le importó. Finalmente hice lo único que me quedaba por hacer: lo maté yo mismo. Ese bastardo no podrá lastimar nunca más a ninguna chica.- Ibañes lo miró entonces a la cara con un mezcla de tristeza y lástima.
- Pero ahora irás a la carcel ¿Creés que valió la pena?- Julián levantó la vista y la desvió hacia donde estaba aquella muchacha vestida de rojo.
- Absolutamente. Lo que pase conmigo ahora, no importa. Gustav está muerto: ahora mi hermana y las otras podrás descansar en paz...- Ibañes se alejó entonces un poco, y ordenó a dos de los agentes que lo esposaran y se lo llevaran. Cuando ya se lo estaban llevando habló.
- No lo interroguen sin un abogado presente.- y mirando al joven de refilón agregó.- el pibe, acaba de pedirme uno.- Julián lo miró sin entender nada. Según recordaba él no había pedido tal cosa, pero no dijo nada.
Los agentes se lo llevaron del vestibulo, e Ibañes se acercó entonces a la chica de rojo.
-¿Está bien señorita?- ella asintió entonces.- ¿Cómo se llama usted?-
- Anabela.- y viendo hacia donde estaban los forenses, trabajando sobre el cadaver del diseñador le preguntó.- ¿Qué pasó Oficial? Ese muchacho estaba como loco.- Ibañes miró una vez más hacia el cuerpo de Gustav, y sin volver la vista contestó.
- Creo que ese muchacho, este día, le ha salvado la vida...-

domingo, 6 de septiembre de 2009

Una Lista Unica

Sergio tomó entre sus manos aquel manuscrito, como si fuera la cosa más frágil de este mundo. Pasaba sus hojas descoloridas e incluso a veces ajadas, con una pinza plástica. Parecía que estaba poniendo todo su esfuerzo para no cometer ningún error.
Era un ejemplar muy raro. Tenía tal vez unos mil años de antigüedad. Estaba escrito a mano, por el puño del escritor que en los últimos años, habían empezado a señalar como el autor más probable de las famosas Glosas Emilianeses, la muestra más antigua de lo que hoy conocemos como castellano o español.
Ese manuscrito en particular, había sido fechado aproximadamente unos quince años antes que las Glosas. Era un ejemplar único; totalmente escrito a mano, y finamente decorado.


Sergio era curador de la universidad de Salamanca. El era mexicano, pero hacía más de veinte años que vivía en España. Se especializaba en el estudio de libros antiguos y otros objetos de esa índole. De hecho era muy bueno en lo que hacía. Tanto que se lo solía nombrar como una de las cuatro o cinco eminencias dentro su campo. Le habían encomendado una tarea: certificar la veracidad de aquel manuscrito.
Le habían dicho que solo quedaba dos en el mundo, pero que nadie conocía el paradero del otro. Eso convertía al que tenía él entre sus manos en algo único, y aún más valioso de lo que ya de por si era. La datación de carbono, lo situaba en el período correcto, pero aún faltaba el informe del grafólogo, que determinaría si ese manuscrito había sido escrito o no por la misma persona, que las notas más famoso de la lengua castellana.

Siguió trabajando hasta entrada la noche, y para las doce, decidió cortar por aquel día. Sabía que a la mañana siguiente tendría el informe del grafólogo. Esperaba que aquel, develara el misterio y pudiera finalmente terminar un trabajo que ya le había llevado más de dos años. Ansiaba poder empezar con su propio proyecto, la certificación de un antiguo escrito maya.


Al día siguiente, Sergio se levantó como todos los días, desayunó, y se dirigió a la universidad. El informe llegó poco después que él. Barrentos había sacado conclusiones increíbles. El texto era de la misma persona que había escrito el poema, pero además pudo determinar cosas como la edad, e incluso el sexo del escritor. Para la sorpresa de Sergio, Barrentos concluyó que había sido escrito por una mujer de no más de 20 años.
Por supuesto que aquellas conclusiones podían ser erróneas, pero él personalmente no lo creía. Podrían pedir otro análisis, pero a su entender, el resultado sería bastante parecido al que acababa de dar Barrentos. La razón por la cual estaba tan seguro resultaba bastante simple: que su autor fuera una mujer, explicaba muchas cosas...


Sergio leyó una vez más lo que estaba escrito en las primeras tres carillas y sonrió. Lo divertía el contenido del documento. Era como si el destino quisiera jugarle una mala pasada a los eruditos más importantes. Porque el escrito más antiguo de la lengua castellana, no era otra cosa que una lista de víveres... Cuando su informe final se conociera, provocaría un enorme revuelo dentro del ambiente literario mundial.

Después de todo -pensó Sergio-, había cosas para las que ciertas personas, no estaban preparadas. Desde su punto de vista, habría sido mejor que las Glosas Emilianeses, hubieran conservado su "lugar", en la historia de la lengua castellana...

jueves, 13 de agosto de 2009

Cinco Años

El colectivo dobló justo en la esquina anterior a la que ella esperaba. Aldana se quedó mirando embobada, como perdía la oportunidad de alcanzarlo. Su colectivo no paró ni en esa ni en ninguna de las siguientes diez esquinas. Claro que si por error uno se toma un rápido, eso no resulta tan extraño...

Hacía casi cinco años que lo había visto por última vez. En esa ocasión, él le había dicho que debía partir al extranjero, para emprender unos estudios, pero que no se preocupara, que se mantendrían en contacto por carta o por mail. Lo cierto era que desde entonces, jamás había recibido un solo mail, y mucho menos una carta o una postal.
Ella había estado muy enamorada, y aquella desaparición tan brusca, le había partido el alma. Esos últimos cinco años había endurecido su corazón a tal punto, que no había vuelto a enamorarse de nadie. Ya no sentía absolutamente nada por él. Y hasta que esto sucedió, no había pensado para nada en él, por casi tres años. Era evidente que su corazón había sanado, o al menos eso había creído ella hasta el momento en que se lo cruzó en la calle...


Caminaba por el centro como lo hacía casi todos los días. Trabajaba para una empresa de consultoría, y su trabajo consistía en ir a los clientes para efectuar las evaluaciones que requería la tarea. Habría caminado unos treinta minutos sin un rumbo fijo, intentando despejar la cabeza; relajarse. Había sido una semana muy complicada.
De repente le pareció ver de refilón a alguien conocido, su rostro perdido entre un mar de rostros. Agudizó un poco sus sentidos, y al verlo, el corazón le dio un vuelco. Era él; después cinco años de no tener noticias, después de casi tres años sin pensar siquiera en él, allí estaba a unos pocos metros de ella.
Aldana se acercó lo más rápido que pudo diciendo su nombre en voz alta, pero él no se daba por aludido. Finalmente lo vio de frente, y con un tímido "hola" lo saludó; el otro le devolvió el saludo, pero no parecía saber quien era ella. Aldana no entendía porqué hacía de cuenta que no la conocía, pero se mantuvo allí, parada frente a él.
Aquel hombre a quien ella conocía como a nadie más, se despidió con un gesto y se subió a un colectivo. Ella quedó allí parada con el corazón destrozado. Lo que más le había dolido, era la forma en que la había mirado: como si realmente, jamás la hubiera visto.
Para cuando pudo reaccionar, el colectivo estaba a una o dos cuadras de distancia. Miró entonces en el sentido contrario y vio que otro coche se acercaba. A ese se subió. Pero no se había dado cuenta de un detalle: era un "semi rápido". Lo habría perdido nuevamente, y esta vez casi seguro hubiera sido para siempre; pero por algún motivo, el destino no quería ese desenlace...
Unas veinte cuadras después, el colectivo en el que ella iba se descompuso, y todos ellos se bajaron. Fue entonces que volvió a verlo. Observaba hacia todas partes, como si tratara de encontrar algo o a alguien. Finalmente, ella vio como se sentaba en un banco, dejándose caer pesadamente. Aldana, que estaba a unos cien metros de allí, raudamente se acercó hasta pararse delante de él y nuevamente lo saludo.

- Hola Julián...- él la miró extrañado, y finalmente, con un marcado acento extranjero le contestó.
-¿A caso tu me conoces?- ella lo observó muy sorprendida, pero le contestó.
- Por supuesto que te conozco. Hace cinco años que no te veo, pero te reconocería en cualquier parte.- El se rascó la cabeza, aún intentando asociar su rostro con algún recuerdo. Parecía que aquello le costaba horrores. Finalmente su cara se iluminó y entonces habló.
- Creo que algo recuerdo. Tú y yo nos conocimos hace unos ocho años. Claro que eso fue mucho antes de mi accidente...-
-¿Accidente?- el asintió cabeza.
- Si, me ocurrió a los tres o cuatro días de llegar a Frankfurt. Tuve un accidente de tránsito, y desde entonces no recuerdo más que algunas cosas inconexas. Una imagen, un sonido, un olor... Cosas que de repente me resultan muy familiares, pero nada más. Volví a la Argentina para intentar recordar algo. Mi terapeuta dice que eso puede ayudar.
-¿No recordás nada de nada? ¿Ni siquiera tu nombre?-
- No se cual es mi segundo nombre: en mis documentos, solo figuraba la inicial.- De repente el odio hacia ese hombre había desaparecido. Tan solo quedaban el dolor y la incertidumbre. Pero incluso eso, de algún modo, le resultaba reconfortante. Esbozó entonces una sonrisa y le habló.
- "Alejandro". Tu nombre es Julián Alejandro Xisqueira...-
- Por lo que veo me conoces bastante bien.- ella asintió con la cabeza y con un gesto algo melancólico que él detectó enseguida le contestó.
- Mucho más de lo que imaginás...- y luego de una pequeña pausa le preguntó aquello que le estaba carcomiendo la cabeza.- ¿Tenés novia?-
-¿Novia?- preguntó bastante confundido.
- Alguna chica que te esté esperando en Frankfurt.- él, que comenzaba a imaginarse que clase de relación había existido entre ellos, sonrió.
- No.- Aldana entonces sonrió también. Había muchas cosas que debía explicarle. Y lugares que mostrarle.
Fue entonces que levantó la vista y de pronto se dio cuenta, de que estaban sentados frente al edificio, donde ella había vivido cinco años atrás. Volteó entonces hacia Julián y lo miró sin entender nada.
- Sabes una cosa - continuó él- Siempre tuve la sensación de que alguien, me estaba esperando en Buenos Aires...-

viernes, 7 de agosto de 2009

El secreto Peor Guardado

"La empresa no se responsabiliza por el daño, robo, hurto o deterioro de los vehículos..." Alberto jamás había dado demasiada importancias a ese tipo de carteles. Pero de repente se había dado cuenta de que normalmente, se veían por todos lados: en el estacionamiento de un hipermercado, un shoping, o calquier clase de negocio con estacionamiento propio. Incluso había muchas cocheras de pago, que colgaban carteles con leyendas similares a esa, pero nunca les había dado importancia. Cierto era también, que jamás le había sucedido algo al dejar su auto en uno de esos lugares. Hasta ese día...
La imagen que tuvo frente a él, al volver con la bolsa de supermercado, fue devastadora. La puerta del auto estaba forzada y abierta de par en par. Faltaban el estereo y los parlantes, pero lo más grave de todo, era que habían estado revisando su guantera, y habían desaparecido ciertos papeles de suma importancia. Eran papeles muy valiosos; tanto que ni siquiera debería haberlos sacado del edificio de su compañia.
Pero el destino mesquino, había determinado que contrariamente a lo que había hecho durante casi quince años, ese día atendiera al consejo de su jefe: "Llevate los papeles, así ves si podés solucionar el fallo este fin de semana." Según los diagramas, el circuito tenía un error constructivo, que, haría que el dispositivio ni siquiera encendiera.
Ese dato lo había arrojado la medición de cargas y el procedimiento de medición indirecta, utilizado durante las pruebas en banco de laboratorio. Pero de ninguna manera podían determinar exactamente donde estaba la falla.
Por eso se había llevado los papeles, para cumplir con los tiempos de entrega. Pero en ese instante se sentía bastante confundido. Sabía que si llamaba a su empresa e informaba los hechos, lo más probable fuera que lo echaran sin más. Daba por sentado desde ya, que el Ingeniero Dodero, no diría lo que realmente había pasado.
Se volteó con furia hacia la cabina del cobrador. El tipo lo vio, pero ni siquiera se inmuto. Se acercó a él con paso firme y comenzó a vociferar. El empleado mantuvo el semblante totalmente relajado, y sin sobresaltarse le indicó el cartel detrás suyo: "La empresa no...". Alberto montó en colera, pero a sabiendas de que no serviría de nada, se alejó de aquella cabina y se subió al auto.

Su carrera se había arruinado. En cuanto se supiera en el ambiente lo que había pasado, nadie más lo contrataría. ¿Quién podría confiar en alguien tan estúpido como él?. Conducía como si lo lo persiguiera un demonio. Se pasaba los semáforos sin siquiera mirar si estaba o no en verde. Nada parecía importarle demasiado.
De pronto creyó recordar que la noche anterior había bajado algunas cosas del coche. Sintió que aún había una pequeña esperanza de que los papeles no se hubiesen perdido. Pisó aún más a fondo el acelerador, con un único pensamiento en su mente: llegar a su casa lo antes posible.
Fue en una esquina, unas cinco o seis cuadras antes de llegar a su casa, que una luz cegadora, lo iluminó. Los faroles de aquel enorme camión parecían las luces de un faro. Alberto no veía nada, y pronto se estrelló contra un poste de teléfono...

En ese preciso instante, la mujer de Alberto, Laura, se prestaba a poner un poco de orden entre los papeles en el escritorio de su marido. Eran casi las nueve de la noche, y comenzaba a preguntarse donde se habría metido. Arriba del escritorio, junto a su maletín y un par de papeles más, encontró una carpeta con diagramas y circuitos. Le pareció raro ver eso allí, ya que jamás había llevado antes trabajo el fin de semana. En la tapa decía "Diagramas y objetos constructivos: Acelerómetro electromagnético". Laura colocó la carpeta en un lugar visible arriba del escritorio, y salió del cuarto.
Mientras tanto Alberto yacía desmayado sobre el airbag del auto. Los paramédicos no tardaron en llegar. Por suerte no le había pasado nada grave. El médico que lo revisó en emergencias parecía muy optimista.
Laura, había llegado al hospital pocos minutos despues que su esposo. Durante toda esa noche se quedó cerca de él. No tenían hijos, ni siquiera un simple perro. Se tenía tan solo el uno al otro...


Pasarían aún dos días más, hasta que Alberto regresara a su casa y pudiera recuperar aquello, que le había provocado semejante conmoción. Por el accidente no se preocupaba demasiado; el arreglo del coche lo cubriría el seguro. Solo le preocupaban los dichosos papeles. Por suerte para él, aquel era un fin de semana largo...

sábado, 25 de julio de 2009

Un Boleto Ganador (Parte 3 y Final)

Viene de parte 2

Al otro lado le contaron que debería presentarse el ganador, junto a un representante de la agencia, lo antes posible, ese mismo día si el ganador podía. Le aseguraron que la entrega del premio se haría en un plazo no mayor a diez días corridos, y que sería depositado en la cuenta bancaria que él indicara, una vez hechos los descuentos que fijaba la ley.
En la práctica eso significabaque Juan recibiría aproximadamente el 70% del monto total, unos 35 millones en total. El resto se usaría para pagar la comisión de la agencia, las contribuciones fiscales, y el impuesto a las ganancias. Lara cortó poco después la comunicación, y le explicó detaladamente lo que le habían dicho. Juan no tuvo demasiados problemas con el tema de los descuentos... 35 millones, seguían preciendole más que suficiente.
El le aseguró que podían ir cuando ella quisiera a la sede de Loterías Nacional; dandole a entender que esperaba que fuera ella quien lo acompañara. Del fondo se escuchó la vos de un hombre algo mayor que habló.
- Andá Lara, que yo me puedo arreglar perfectamente solo por un par de horas.-
-¿Seguro don Ernesto?-
- Si niña. Yo no tengo interés de ir, así que ve tú. Y asegurate de completar todos los papeles como corresponda, no me gustaría perder semejante comisión, por un problema administrativo...- Lara le aseguró que no tenía que preocuparse por nada, y poco despúes, tomó su cartera y se encaminó hacia la puerta.
- Cierre usted don Ernesto.- del interior del negocio, se escuchó un leve gruñido, como si al viejo le hubiera molestado el recordatorio. Ella entornó la puerta tras de si, y juntos comenzaron a caminar por aquella vereda, con suma tranquilida.
Lara no podía evitar seguir observándolo, Juan, hacía rato que esperaba el momento oportuno para decir la "frase justa". Y así, en ese clima cargado de insinuaciones y miradas complices, siguieron caminando hasta llegar a la boca del subte. El viaje no tomó demasido, y media hora después se encontraban en la entrada del edificio al que debían ir. Los tramites les resultaron bastante más sencillos de lo que habían esperado, y luego de completar la última planilla, y hacer sellar el último cupón, salieron del lugar. Juan la observaba esbosando una sonrisa algo seductora. Ella caminaba con la vista puesta en el piso, intentando evitar mirarlo directamente a los ojos. Fue en ese momento que él habló.
- Hemos hecho bastante más rápido de lo que habíamos calculado... ¿Aceptarías una invitación para almorzar?- ella no pudo evitar levantar la vista entonces y mirarlo directamente.
-¿Ahora? ¿Yo debo volver a la agencia?- Juan se acercó entonces un poco a su persona, consciente del efecto que tendría en ella. Lara se estremeció un poco.
- No veo el inconveniente. Hemos hecho todo en menos de una hora. En teoría tardaríamos dos o tres...- Lara lo pensó unos momentos, y finalmente reconoció que su acompañante tenía razón.- ¿Y entonces? ¿Aceptás mi invitación?- Ella lo miró bastante ruborizada, pero con una sonrisa en el rostro, aceptó.
- Pero con una condición.-
-¿Cual?- preguntó él.
- Que me dejes elegir el lugar...- Juan sonrió, al tiempo que con un gesto de su mano y una pequeña inclinación le daba a entender que estaba a su disposición. Lara se puso entonces aún más colorada.
Comenzaron a alejarse de la entrada del edificio de Lotería Nacional, mientras Juan miraba a Lara, al tiempo que reflexionaba sobre lo mucho que había cambiado su vida en las últimas veinticuatro horas. Sacó nuevamente el portadocumentos de su bolsillo, y observó una vez más el billete de lotería que había cambiado su vida par siempre...

jueves, 23 de julio de 2009

Un Boleto Ganador (Parte 2)

Viene de Parte 1

Juan caminó por aquella calle, hasta la intersección con la avenida Corrientes. Su casa quedaba a escasos doscientos metros de allí. No le llevó demasiado tiempo caminar aquellas dos cuadras, y pronto estuvo dentro de su hogar. Lo primero que hizo al entrar, fue levantar el teléfono para hablar con el arquitecto Ramirez. Lo encontró de muy buen humor, así que le comentó que tenía un trámite urgente que resolver, y que necesitaba tomarse aquel franco que le estaban adeudando, al día siguiente. El arquitecto no tuvo ninguna clase de objeción, aunque no recordaba aquel franco adeudado.
La verdad era que el franco no existía, pero como él siempre le había inspirado la más absoluta confianza a Ramirez, este estaba convencido de su existencia. Juan Contaba con eso. Además, jamás se había abusado de aquella cualidad de su jefe: la falta de memoria.
Juan vivía solo desde hacía casi tres años. Sus padres se habían divorciado hacía casi quince. Su padre se había vuelto a casar, y su madre había muerto poco antes e que él se mudara a aquel depto de dos ambientes. Su vida era bastante monótona; se reducía al trabajo y poco más en realidad. Aquella noche, le costó bastante conciliar el sueño, en realidad era un manojo de nervios.

A la mañana siguiente, se levantó más tarde de lo habitual. Hacía mucho tiempo que no podía dormir dos o tres horas de más, así que disfrutó enormemente aquel momento. Se giró sobre si mismo, y observó el reloj despertador. Eran casi las diez de la mañana. Juan se levantó de la cama ágilmente, y se encaminó hacia el baño.
Ese día tardó más tiempo del habitual en arreglarse. Se miraba en el espejo, se peinaba una y otra vez, e incluso se afeitó; algo raro para él a mitad de semana. Desayunó frugalmente, y salió de su casa. La agencia, había abierto tal vez una hora y media antes. Caminó las pocas cuadras que separaban ambos lugares, y al llegar, abrió la puerta casi sin detenerse. Dentro, atendía el local, la misma chica del día anterior Creía recordar que le había dicho su nombre: Lara.
Lara estaba apoyada con ambas manos sobre el mostrador, totalmente absorta en unos libros que parecían ser estados de cuentas o algo por el estilo. El ruido de la campanita de la puerta al cerrarse, hizo que levantara la vista.
- Buenos días Lara. Acá estoy, como habíamos quedado ayer.- La chica sonrió más efusivamente de lo que habría querido, y le contestó.
- Hola Juan, te estaba esperando. Dame dos minutos que termino con esto, y ya estoy con vos.- dijo levantando aquel cuaderno en el que estaba trabajando.
En ese instante desapareció de su vista, yendo hacia la trastienda del local. Muy pronto reapareció por la misma puerta, ya sin el libro que antes había estado completando. Lara seguía mirandolo con insistencia, tanta que Juan entendió que lo había estado haciendo desde su primer encuentro; aún antes de que supiera que él era el ganador de los cincuenta millones...
Aquella mirada solo podía significar una cosa: la chica mostraba interés por su persona. él estaba seguro de eso. Adoptó entonces también un lenguaje corporal mucho más insinuante. Ya que a él le pasaba algo parecido: La joven lo había fascinado de igual modo. Ella trató de guardar la compostura, pero había algo en él que le impedía dejar de observarlo. Intentó disimularlo del mejor modo, pero era consciente de que no estaba teniendo mucho éxito. El se estaba dando cuenta de lo que le pasaba; y la verdad era que no estaba del todo segura de que aquello la molestara. Muy por el contrario, quizás sería algo bueno.
- Dame un segundo que busco el número de Lotería Nacional.- Lara no tardó demsiado en tomar el teléfono y marcar el numero. Al otro lado una voz la saludó...-
Durante los siguiente minutos, ella conversó con aquella persona, diciéndole que tenía delante de ella al ganador del sortéo del dia anterior...

Continuara (Parte 3)

lunes, 20 de julio de 2009

Un Boleto Ganador (Parte 1)

La vida de Juan estaba a punto de cambiar completamente, sin embargo él aún no lo sospechaba ni remotamente. Si bien había jugado esa convinación exacta de numeros en la lotería, jamás imaginó que realmente tuviera posibilidades de ser el ganador, del pozo acumulado por cincuenta millones de pesos.

Esa día era para él como cualquier otro. Se levantó muy temprano y se dedicó a ordenar las cosas antes de salir a trabajar. Le gustaba tomar un buen desayuno todas las mañanas, así que se levantaba con bastante margen de tiempo para poder hacerlo. Pronto salió de su casa y caminó hasta la entrada del subte que se encontraba a escasos cien metros de su puerta. La linea I acababa de inaugurar su primer tramo, de Cordoba y Escalabrini Ortiz, hasta Rivadavia a la altura de Caballito. El vivía relativamente cerca del "Mio Cid" (más bien para el lado de Corrientes).
Llegó a su trabajo a las ocho como todos los días, y como lo hacía habitualmente, prendió la radio justo a la hora del informativo. Como cada día, los locutores recitaron los números ganadores y fue entonces, luego de un rato de incredulidad, que entendió que aquellos números coincidían exactamente con los de su boleto. El era el ganador...

Fue recién a la tarde, cuando las agencias de lotería estaban a punto de cerrar, que Juan fue a donde había comprado el boleto.
La chica que atendía el local lo vio entrar, y por alguna extraña razón tuvo la sensación de que él era el misterioso ganador. Aquel del que habían estado hablando todo el día. Lo observó de arriba a abajo. No debía tener más de treinta años, y siceramente le parecía bastante atractivo. No era exactamente delgado, pero tampoco era gordo. Tenía el pelo lacio, y muy corto, y era de color castaño. Sus ojos eran de un marrón bastante oscuro. Su rostro transmitía bondad. Resultaba inexplicable aún para ella, pero así, de repente se sintió terriblemente atraida por ese muchacho.
- Buenas tardes; ¿En que puedo ayudarlo?- Dijo intentanto que no se notara su turbación. Juan tenía en su mano derecha el boleto ganador, pero por alguna razón estaba paralizado.
Observaba a la muchacha fijamente; era alta y muy flaca. Sus ojos eran de un color marrón muy claro, como el color de la miel más pura. Su rostro tenía sus rasgos finamente delineados, y sus labios eran rojos como la fresa. Su pelo lacio y largo, que caía hasta media espalda, era de color negro. Su piel blanca como el algodón, contrastaba un poco con la suya, más bien morena. La joven no era voluptuosa, por el contrario, pero su rostro angelical, de facciones casi perfectas, hizo que él sintiera que se perdía en si mismo al verla.
Estaban los dos allí, uno frente al otro sin saber que hacer, e ignorando que el otro se sentía igual de afectado. La chica se llamaba Lara.
Ella fue la primera en reaccionar, cuando escuchó las campanitas de la puerta que había vuelto a abrirse. Lo miró fijamente a los ojos, tratando de superar su parálisis, y volvió a hablarle. El alejando aquellas sensaciones tan intensas, parpadeó un par de veces y entonces le respondió como pudo.
- Oh si, disculpame. Es que necesito que me orienten. Ayer compré este boleto, y...- Ella le hizó una seña para que callase y le indicó que esperara. Atendió al otro hombre lo más rápido que pudo, y al salir aquel, cerro la puerta con llave. Fue recien en ese momento que volvió a hablarle.
- Perdoná que te haya interrumpido, pero es mejor asegurarse en estos casos...-
-¿En qué casos?- preguntó él algo confundido.
-¿Tenés un boleto ganador no?-
- Sí. Exácto...-
- Bueno, en estos casos, los recaudos que se tomen nunca son suficentes. Quien sabe de que puede ser capaz la gente.- En ese momento él entendió lo que la chica estaba diciendo. Se acercó entonces con el ticket y se lo mostro.
- Estos son los numeros que jugué. Los revise con el diario cinco veces; son los mismos.- Lara miró totalmente alucinada los numeros. El muchacho se había ganado los cincuenta millones del premio...- ¿Qué es lo que debo hacer para cobrar tamaña suma?- Ella lo miró y rio divertida.
- Perdón que haya reido, pero esto es increible.-
-¿Qué cosa?-
-¿Te puedo decir la verdad?- él asintió con la cabeza- No tengo la más remota idea. Jamás había conocido a un ganador de lotería.- Juan sonrió también.
- Pero seguro has pagado alguna vez alguna jugada de quiniela. ¿Cómo es en esos casos?-
- Si, pero eso es distinto. Son unos pocos pesos, y en general se les paga en el momento. Esperame dos minutos; voy a hablar con don Ernesto. El seguro va a saber que hacer... Ah, por cierto, mi nombre es Lara. ¿y el tuyo?- en ese momento él sonrió.
- Yo soy Juan.- dijo un poco más suelto de cuerpo.- Mucho gusto Lara.-
La chica desapareció por la puerta del costado y tardó varios minutos en regresar. Juan se quedó allí preguntandose muchas cosas al mismo tiempo. Pero no pudo meditar mucho más, ya que en eso apareció ella otra vez, trayendo en su mano un librito negro.
El libro parecía que estaba forrado con cuero muy fino. Era delgado y aparentemente bastante viejo. La chica abrió el libro aproximadamente a la mitad y comenzó a leer. Levantaba por momentos la vista y volvía a bajarla; ella lo observaba insistentemente. El aún se esforzaba por no perder la concentración. Finalmente soltó el pequeño cuaderno, y le habló.
- Debemos reclamar el premio desde acá. En dos o tres días habrá que ir con el boleto a lotería nacional.- él se quedó callado unos instantes, pero luego le preguntó.
-¿Eso es todo?
- Eso es todo.- afirmó ella.
La chica hizo una prolongada pausa, y por un momento le pareció que ya no volvería a hablar. Juan estaba allí parado, observandola, esperando que dijera algo más. Pero cuando el creyó que no lo haría, Lara continuó.
- Ya es algo tarde para llamar a Loteria Nacional, esos vágos se van a las cinco o antes. Yo te recomiendo que trates de volver mañana temprano, así los llamamos y arreglamos los detalles. ¿Te parece?- el se quedó pensando, que encontraría el modo de conseguirse la mañana libre, y tal vez, si jugaba bien sus cartas, todo el día.
- Ok, quedamos así. Mañana por la mañana estaré aquí.- Le dijo finalmente.
Juan enfiló entonces hacia la puerta, y luego de agradecerle una vez más por su ayuda, salió del negocio. Lara se quedó allí observando a aquel muchacho alejarse. Había algo en él, que la había turbado increiblemente. Trató de alejar aquel pensamiento de su mente, y se dedicó a terminar con sus tareas. Ya solo faltaban diez minutos para cerrar la agencia, y don Ernesto ya estaría apagando todo allá atrás.

Continuara... (parte 2)

miércoles, 17 de junio de 2009

¿Tan solo un error?

Colocó una moneda en el borde del mostrador, el vendedor akeliano lo miró como si le estuviera pagando con basura, y luego exigió un mejor pago. El Atenasoide no llegaba a comprender cuanto más le pediría por un simple vaso con agua. Claro que él no sabía que allí, el líquido vital era mucho más caro que el combustible de su nave.
Sin embargo, como Texus no hablaba el dialecto akeliano no tenía modo de enterarse. El venía de las tierras vírgenes del planeta Atenasó, ubicado mucho más cerca de la estrella de su sistema. A diferencia de lo que sucedía en Akelia, su planeta tenía un enorme reservorio de agua dulce.
Aquel en el que ahora estaba, era un planeta casi desértico, donde la mayor parte de su superficie estaba cubierta de arena o en su defecto por extensos mares, ricos en sales de toda clase. Sin embargo, al ver la ciudad de Damar, eso podía parecer imposible.
Lo que muchos visitantes no sabían, era que todo eso que lo rodeaba era artificial, resultado del trabajo de sus habitantes, y algo cuyo mantenimiento consumía enormes recursos gubernamentales. Texus intentó seguir regateando, pero cuando comprendió que el cantinero no aceptaría menos de treinta créditos, por un vaso de agua, decidió que realmente no tenía tanta sed, y continuó caminando.
El atenasoide siguió atravesando los pasillos de aquella feria, pero no se percató de que una mujer lo estaba siguiendo. De haberla visto hubiera entendido enseguida que no se traía nada bueno entre manos. Vestía con las ropas de quienes responden a la autoridad de Xenon, figura protectora de los integrantes del gremio interplanetario de asesinos.
Texus estaba demasiado ocupado pensando en otros asuntos, así que olvidó mirar hacia atrás cada cierto tiempo, como se había acostumbrado a hacerlo desde hacía unos meses atrás, cuando su antiguo Jefe, Plentar, le había puesto un precio a su cabeza. Pero estando allí en Damar, se había confiado en demasía. Después de todo, Allí, el gremio de asesinos no tenía acuerdos con nadie; no podrían andar a sus anchas como lo hubieran hecho en ciertas zonas de Terranova, o en el mismísimo planeta Atenasó.
La asesina aparentaba encontrarse en la flor de la vida. Tenía las orejas puntiagudas, y sus ojos parecían los de un felino. Por lo demás su apariencia física era bastante similar a la de un humano, salvo el color del pelo, que era de una tonalidad bastante difícil de definir. Se movía sigilosamente, como entre sombras. Parecía que sabía muy bien lo que estaba haciendo, como si actuara con la seguridad de quien ha hecho lo mismo cientos de veces...
Texus ni siquiera volteó al sentir la mano sobre su hombro, pero de inmediato adivinó lo que estaba ocurriendo. Los largos y finos dedos de aquella mano más bien huesuda, solo podían pertenecer a aquella mujer Draconiana cuya fama la precedía en todo el cuadrante. Fue recién entonces que entendió la importancia que tenía para Plentar, el que él muriera: Aquella mujer era Alayha, la asesina más famosa en varios cientos de años luz a la redonda.
Alayha apretaba aún su mano sobre el hombro de su objetivo. Tenía muy poco tiempo para inyectarle el veneno; y por un momento no supo si hacerlo o esperar otra oportunidad. Ese lugar era público, y el veneno, provocaría horribles gritos de dolor casi de inmediato. Decidió mejor esperar, seleccionar cuidadosamente otro veneno que actuara de una forma más discreta que aquel...

Texus, volteó tan solo tres segundos después de sentir la mano, pero aquella mujer había desaparecido. Por un momento pensó que todo lo había imaginado, pero la marca de unos dedos largos y delgados sobre su hombro izquierdo, le hicieron darse cuenta de que no era así. El Atenasoide quedó allí bastante asustado, y con la certeza de que sus días estaban contados: "La Asesina", jamás había fallado.


En ese momento, Alayha caminaba por el pasillo a unos doscientos metros de su objetivo. Sabía que había estado a punto de cometer un tremendo error. Aquel veneno en particular, era el menos recomendable para utilizar. La agonía comenzaba casi de inmediato, y la víctima se convulsionaba de un modo tan evidente, que ella no hubiera tenido tiempo de desaparecer. Usar ese veneno, era casi un suicidio. No entendía como había elegido ese en particular, era como si su subconsciente quisiera sabotearla. Al pensarlo un poco, eso le parecía ridículo pero últimamente, le estaban ocurriendo cosas como esa, bastante a menudo.

"La Asesina", siguió caminando por aquel corredor, consciente de que su víctima, ahora sabía que su verdugo estaba muy cerca. Se golpeó la frente suavemente con la mano, como recriminándose aquella enorme torpeza.
Mientras tanto en lo más profundo de su subconsciente, la pequeña sombra de lo que alguna vez había sido su verdadera personalidad, se daba cuenta de que, poco a poco, comenzaba a recuperar la capacidad de influir en sus actos.
Tenía la apariencia física de la asesina, pero había algo en su semblante totalmente diferente. De repente, su expresión lúgubre y sombría, se iluminó. Comprendió en ese instante, que no pasaría mucho más, antes de que su conciencia recuperara el control; antes de que Alayha "La Asesina", dejara de existir...

martes, 2 de junio de 2009

Ya nada importara... (parte2 y final)

viene de parte1


Por más que insistí y pregunté a todos, nadie recordaba que hubiese una nena en el auto. Todos me decían lo mismo. A ese hospital, solo habíamos llegado mi mujer y yo. Alejandra no estaba en ningún lado, ni en ese hospital, ni en ningún otro. Comencé a desesperar.
La policía tomó mi declaración y corrió un boletín con la foto y los datos de mi hija. Pero no hubo caso. Parecía como si se la hubiera tragado la tierra. Mi madre, que había llegado a la sala de espera un rato antes de que despertara, no se había enterado de nada. Ni siquiera de la muerte de Victoria. Yo no sabía como decírmelo...

3

Menos de un mes después mi mama falleció. Siempre había sufrido del corazón. Se cuidaba, tomaba sus medicinas, pero la situación era demasiado para ella. Mi hija seguía sin aparecer. La policía la buscaba, pero no había siquiera un rastro. Yo lo había perdido todo; mi única esperanza era que Alejandra apareciera sana y salva.
La necesidad de seguir viviendo, pagar las deudas, un detective que buscara a mi princesa, me obligaron a volver al trabajo. Yo no estaba para nada listo, pero así al menos me mantendría ocupado en algo.

Fue casi dos meses después que obtuve mi primera pista. Había indicios de que nuestros atacantes trabajaban para la mafia de Laredo. Si era así, eso explicaba muchas cosas, ya que según algunos comentarios algo dudosos, Una de las prácticas de Laredo, era reclutar a su gente a muy temprana edad, antes de los diez años. Se decía que mataban a toda una familia si era necesario, para luego secuestrar al niño, y educarlo con sus retorcidos valores.
Si eso era lo que había pasado, Laredo y su gente lo pagarían. Lo había perdido todo, no tenía absolutamente nada que perder. Solo me quedaba mi pequeña Alejandra, y la pensaba recuperar fuera como fuera.

4

Me preparé durante semanas para enfrentarme a ellos. Me entrené con los mejores instructores que el dinero podía pagar. Me estaba endeudando de una manera monumental, pero no me importaba. Lo único que tenía en claro, era que lucharía por mi hijita, hasta el último aliento de vida que conservara. Entrené, y preparé un plan para acercarme a él.
Laredo era un hombre muy engreído, él y su gente se jactaban de no conocer el rostro de sus víctimas. No sería difícil acercarme a su círculo sin que me reconocieran. Así que me presenté una noche en su club nocturno, y traté de captar su atención. Provoqué una pelea de tal magnitud, que el mismísimo Sander, su segundo, se acercó.
Sander no fue realmente un contrincante para mí. El no tenía ni idea de lo que yo era capaz de hacer. No le di la menor oportunidad, y ahí mismo, usando tan solo mis manos, lo maté: le rompí el cuello. Obviamente eso levantó un tremendo revuelo, y Laredo en persona se acercó. Me miraba con una sonrisa malévola en el rostro, demostrando la mayor de las indiferencias ante la muerte de su lugarteniente.
Yo jamás había matado a nadie, y aunque era consciente de lo que había hecho, no reaccioné como lo hubiera hecho cualquier persona en mi situación. Permanecí inmutable, manteniéndole la mirada a Laredo, demostrando una confianza absoluta. El hizo un gesto con la mano, y todos se alejaron. Caminó hasta pararse delante de mi, tan cerca como aquella vez cuando aún era un delincuente de poca monta, cuando yo tenía tan solo doce años. Pero a diferencia de entonces, yo no tuve miedo.
De improviso, rodeó mis hombros con su brazo, y dirigiéndose a todos los que estaban allí, proclamó que había encontrado a su nuevo "Sander". Entendí que se refería a mí cuando noté las miradas de odio de los otros lugartenientes. Me sentía muy extraño, siendo abrazado por el tipo que había ordenado la muerte de mi mujer y el secuestro de mi hija. En ese momento por primera vez entendí que acababa de entrar en un juego siniestro. Pero como dije antes, no tenía nada que perder, y algo que recuperar: el ultimo trozo de lo que había sido hasta hace poco, una vida normal.

5
Los días comenzaron a sucederse uno tras otro. Si bien cada día me ganaba más y más la confianza de Laredo, aún no había podio averiguar nada sobre mi hija. En esas últimas semanas había hecho cosas que jamás hubiera imaginado que era capaz de hacer. El lado oscuro empezaba a apoderarse de mí, y lo único que me mantenía cuerdo era mi búsqueda. Laredo me había encomendado algunos trabajos tan retorcidos, que harían avergonzar a la mayoría de los criminales.
Cuando pienso en ello, me pregunto si realmente estaré haciendo lo correcto. Es una gran contradicción moral para mi, ya que por un lado lo que hago va en contra de todos mis principios morales; pero por el otro, se que es la única forma en la que podré recuperar a mi hijita... Cada día, me siento algo más cómodo con lo que estoy haciendo, y eso me asusta enormemente. Solo espero encontrar a mi hija antes de que este lugar acabe con todo lo bueno que hay en mí, antes de que mi nuevo "trabajo" consuma totalmente mi alma.

Cuando eso suceda, ya nada importará...

lunes, 25 de mayo de 2009

Ya nada importara... (parte1)

"La casa de mi madre estaba en la esquina noreste de lo que yo siempre consideré mi barrio. yo se que no es el mejor sitio para vivir, pero cuando mis padres se mudaron, en los 70', aquel, era un sitio precioso...
Tenía calles llenas de arboles frondozos. Las veredas estaban impecables, y la gente parecía siempre feliz. Yo recuerdo muy poco de los primeros años, pero aquel lugar tenía un encanto único, que lo hacía ser diferente a todos los demás barrios que lo rodeaban. Era un típico barrio de película. Sus personajes eran pintorescos, a veces incluso raros, pero la gente era buena y solidaria. ¡Cuan diferente al barrio de hoy en día!
En algún punto, que no llego a identificar cabalmente, aquel paraíso se trunco, se desvió de su cause, como un rió desbocado por la tormenta. Y es que la analogía es totalmente adecuada, ya que si comparamos ambos barrios, el de hace 25 años y el de hoy, veríamos que el actual, se semeja a un paraje desvastado luego de una tormenta.
Yo viví desde los cuatro años. Mis primeros años fueron felices, los más gratificantes de mi existencia, pero poco a poco, la droga, el crimen y la violencia se apoderaron de este pequeño barrio del conurbano...


1

Creo que la primera vez que sentí temor caminando por las calles de mi barrio, fue a los doce años, uno de los tantos días que volvía de la escuela. Hacía poco tiempo que se había formado una barrita de unos seis chicos mayores, que no tenían respeto por nada ni nadie. Su líder se hacía llamar Laredo, y tenían unos diecisiete años. Había escuchado algunos comentarios antes sobre ellos, pero jamás me había cruzado con él y su barra.
Aquel día me interceptaron a mitad de camino, volviendo a casa. Laredo tenía los ojos vidriosos, como si estuviera perdido. Ahora se que lo más probable fuera que estuviera drogado, pero en esa época yo apenas había escuchado alguna vez nombrar la palabra Marihuana; menos aún sabía sobre la existencia de las llamadas drogas duras como la Heroína o el LCD. Laredo me miraba insistentemente como intentando infundirme temor. Por suerte no mostraron mayor interés en mi persona, pero aquel día tuve la sensación de que no podría caminar nunca más sin sentir ninguna clase de temor. Allí estarían siempre Laredo y sus amigos, y eso no me dejaba para nada tranquilo.

El tiempo pasó, y lentamente al principio, y luego de un modo mucho más acelerado, Laredo y su banda comenzaron a sembrar el terror en las calles. Robos, golpizas, peleas con las demás bandas que se fueron formando. En pocos años, el barrio se había convertido en un lugar muy peligroso. Para esa época yo tenía veinte años. Mi novia había quedado embarazada. Ya estábamos pensando hacia meses irnos a vivir juntos en algún momento; así que opté por lo más lógico, adelantar los planes.
Mi pobre vieja se quedó entonces sola en aquel barrio. Había vivido tanto tiempo en ese mismo lugar, que la sola idea de dejarlo, le parecía intolerable. Así que no hubo modo de convencerla, y Vicky y yo nos mudamos.

2

El barrio parecía poblarse cada vez con personajes más peligrosos. Laredo se había convertido en el líder de una bien organizada mafia, que dentro del barrio hacía lo que quería. Lejos habían quedado aquellos primeros años en los que un grupo de chicos algo drogados, aterrorizaban a quienes pasaban por "su territorio". Ahora los negocios eran un tanto más complejos: Prostitución, Drogas, Contrabando de toda clase de cosas. Se habían diversificado y a la vez habían logrado absorber o eliminar a la competencia.

Yo había terminado la universidad, y mi matrimonio con Victoria me daba muchas satisfacciones. Nuestra hija tenía cinco años. Se llamaba Alejandra. Era una niña muy pizpireta, que siempre tenía una sonrisa en sus labios. La vida parecía sonreírme.

Un día, como tantas otros, salí del trabajo, y luego de pasar a buscarlas, nos fuimos a la casa de mi madre. Ella seguía negándose a irse de allí, aún después de enterarse de la muerte de su vecina Lavinia, a manos de la mafia de Laredo. La mujer se había atrasado dos meses en el pago de una deuda que mantenía con uno de sus prestamistas. Según lo que había escuchado, su muerte había sido un mensaje para todos los demás...
Fui por el mismo camino de siempre; doblé en la misma esquina, y me detuve en el mismo semáforo que cada vez. Pero esta vez hubo algo diferente, sentí un ruido estrepitoso, y en seguida vi una mancha de sangre en el rostro de Vicky. Me miraba sin entender nada, como si no estuviera del todo consciente. Poco después sentí un ruido similar, pero a diferencia de la vez anterior, el que comenzó a sangrar fui yo. Sentí como me desvanecía y perdía el conocimiento.

Desperté horas después en una cama de hospital. Me sentía muy débil y casi no podía moverme. Miré a mí alrededor y nadie parecía prestarme atención. Fue recién casi media hora después, que una de las enfermeras se acercó a hablarme. Me decía que había estado muy grave, pero que milagrosamente estaba fuera de peligro. Pregunté por Victoria. Recordaba el ruido y la copiosa cantidad de sangre que salía de su cabeza. Dudaba si decirme o no, pero finalmente habló: mi mujer había muerto...

Continuara... parte2