Cuando finalmente Ian se recuperó de su asombro, habló. Tenía el rostro desencajado y aún estaba bastante turbado.
- Si lo que dices es cierto, tu caso es único en el mundo. Es casi un milagro...- aún le costaba creer lo que ella acababa de decirle. Seguía maquinando, intentando encontrar una explicación lógica. - Es algo increíble, bastante difícil de creer...- Ella lo miró en un principio sin decirle nada, pero luego le contestó.
- Yo no necesito que me creas. A mi me da lo mismo. Vos eras el que quería retomar la investigación de Vanina sobre el "Gen Luchi", el gen de la inmortalidad.- se detuvo un momento como midiendo sus palabras.- Bueno, ¿por qué creés que lo llamó así?- aquello era verdad; después de todo hasta un rato antes, el que había estado convencido de que ella, era la hermana de la doctora Sefranti, había sido él.
La razón de su viaje, había sido la de encontrar los datos de la investigación original de la doctora Sefranti. No había llegado desde Europa para conocer la Argentina, sino para averiguar todo lo que pudiera, sobre lo que había sido su obsesión durante años. Se preguntó que ocurriría a continuación, y que otras sorpresas lo esperaban durante aquel viaje. Sin embargo como supo poco después, Lucía lo había decidido de antemano.
Ella le dio una palmada en la espalda y lo invitó a que revisara todo lo que quisiera. Según le dijo todos los documentos allí, estaban a su disposición. Ian comenzó a revisar meticulosamente todo aquello que por algún motivo llamaba su atención, procurando no pasar nada por alto. El laboratorio era un lugar asombroso. Estaba lleno de documentos tan únicos como la mujer que habitaba esa casa. En una de las carpetas encontró una referencia a la hermana mayor de la doctora. Allí se describía el funcionamiento de una hormona única que había llamada "Fluense", encargada según esos papeles de "congelar" el envejecimiento celular.
El documento parecía sacado de un film de ciencia ficción; sin embargo era real. La firma de Vanina Sefranti estaba en cada una de sus hojas. Además estaba redactado con el léxico, usado por los médicos hacia finales del siglo 21. Ese "paper" -como solían llamarlos en esa época-, podía resultar clave para su investigación, ya que prometía ser el comienzo de una serie de descubrimientos más que prometedores.
Lo guardó entonces en un cajón que estaba vacío, de modo de poder ubicarlo fácilmente. Luego, miró a su alrededor y se preguntó que más estaría apunto de descubrir…
Mientras tanto, Lucía se encontraba sentada en la cocina; parecía como si se hubiera sacado un peso de encima. Se la veía tranquila y relajada. Creía que no faltaba demasiado para que aquel muchacho develara el último de sus secretos… Tenía la mirada fija en el infinito, realmente no parecía estar mirando nada en concreto. En su mano derecha tenía una taza llena de café humeante, negro y sin azúcar. Frente a ella, había cinco o seis carpetas amarillas iguales a las del laboratorio.
Se la notaba ocupada, revisando el contenido de cada una de esas carpetas con gran atención. Por alguna razón, estaba convencida de que dentro de esa pequeña pila de papel y separadores de plástico, podía estar la respuesta que había buscado tan largamente.
Lucía se dedicó entonces a leer una y otra vez esos documentos en busca de algún dato nuevo. Esa no era la primera vez que leía esas páginas. De hecho habían sido innumerables, las veces en que, sabiendo que era casi imposible que encontrara alguna información nueva, había vuelto a leer ese material durante noches enteras. Era consciente de que aquello rayaba la locura, pero le parecía un mejor modo de ocupar su tiempo, que solo esperar...
Fue después de un rato, que noto un extraño brillo blanco proveniente del pasillo, pero por más que lo intentaba, no lograba siquiera imaginar cual podía ser su causa; por eso se levantó de su asiento y se dirigió hacia allí. Caminó los pocos pasos que la separaba de aquel lugar, y se asomó tratando de no hacer ruido. Pronto comenzó a oír una voz femenina harto conocida para ella. Siguió caminando y se acercó hasta la puerta del laboratorio. Cuando lo hizo se quedó como tildada, observando embobada la imagen que estaba siendo proyectada en el centro del cuarto. Lucía se preguntó de repente como podía ser eso posible, al tiempo que un mal movimiento llamó la atención de Campbell.
Ian se acercó hasta donde ella estaba parada -en un completo estado de estupefacción-, y la tomó del brazo suavemente. La llevó hasta el centro del cuarto y le mostró un pequeño aparato del mismo tamaño que las primeras tablet PC. Ese formato, le resultó arcaico en comparación a las pantallas de tamaño variable, y por supuesto aún más comparándolo con una interfaz sináptica, pero aparentemente resultaba ser el método más simple y preciso, para controlar un proyector holográfico.
-¿Cómo lo hiciste?, ¿Cómo conseguiste una imagen holográfica de mi hermana? Ella no llegó a filmarse nunca con una "Holo-cámara"...- Ian sonrió al escuchar ese comentario y entonces le contestó.
- Ya lo sé, por eso tuve que recopilar imágenes de decenas de videos y proyecciones, en donde aparecía desde diferentes ángulos, y alimentar la matriz con esos datos... El resto fue trabajo del dispositivo Holográfico: unió los fragmentos, y llenó los espacios vacíos. El resultado es este.- Lucía no podía creer lo que estaba viendo; parecía como si Vanina estuviera realmente allí, trabajando en su laboratorio una vez más.
Decidió sentarse en un rincón y escuchar junto a Campbell las palabras de su hermana.
Ian había compilado todas las bitácoras de la doctora Sefranti: audio, video e incluso texto; y las integró a la matriz del holograma que acababa de crear. La interacción se daba a través de la tableta de control, en donde usando un índice temporal, Ian Campbell iba eligiendo las bitácoras a escuchar. Creía que de ese modo, le resultaría mucho más simple clasificar toda la información y formarse una idea un tanto más definida, sobre los conceptos de la investigación de Sefranti. La idea era profundizar ciertos detalles como los referidos a la hormona denominada "Fluense"...
Luego de varias horas escuchando su voz, y después de haber afianzado ciertos aspectos de la investigación que nunca había logrado entender, Ian tenía la sensación de haberla conocido personalmente. Había quedado aún más fascinado e intrigado que antes. Le parecía una mujer de un enorme coraje, en cuyo vocabulario no existía la palabra "imposible".
Lucía por su parte, había pasado aquel tiempo observando absorta la imagen de su hermana, con su rostro desencajado por las lágrimas. Hacía muchísimo tiempo que no escuchaba su voz y la dulce cadencia de sus entonación al hablar. Ella adoraba a su hermana menor. Vanina lo había dado todo por ella y Lucía, aún después de tantas décadas, se sentía en deuda.
Observó nuevamente la imagen en el centro de la habitación y lo miró a Campbell; de repente se dio cuenta de cuan equivocada había estado: Desde la llegada de aquel joven, ella solo había esperado que de algún modo, descubriera la manera de terminar con su inmortalidad. Creía que si lo dejaba revisar los papeles de la investigación de Vanina, tal vez él descubriera la razón por la que ella no envejecía y quizás, hallaría el modo de revertir su "maldición"...
Ahora se daba cuenta de cual era su error; aquello que hasta entonces había considerado una maldición, había sido en realidad un regalo. Ella misma, era el mayor y más perdurable legado que había dejado Vanina. La prueba irrefutable de su paso por este mundo.
Lucía Sefranti caminó nuevamente a la cocina y regresó al laboratorio trayendo las carpetas que había estado revisando. Creía que lo mejor sería que Ian continuara con su investigación. Sin embargo sabía que ya no estaría obsesionada por los resultados. Según lo veía ella, la mejor manera de honrar la memoria de su hermana, y saldar finalmente la deuda de gratitud que sentía para con ella, sería recuperar su trabajo más importante: aquel al que había dedicado más de la mitad de su vida adulta.
Ya no le importaba si Ian Campbell, descubría o no el modo de revertir su aparente inmortalidad. Curiosamente, el solo hecho de ver y escuchar nuevamente a su hermana, había sido suficiente para devolverle las ganas y dibujarle una sonrisa en el rostro. Por primera vez en mucho tiempo, Lucía Sefranti se sentía feliz...
