domingo, 12 de septiembre de 2010

Toda Una Vida

Timothy Ramsey tenía veintidós años de edad. Era un joven oriundo de un pequeño pueblo de Oregon, que jamás había salido de su pueblo, hasta el día en el que había decidido servir a su país. Lo atípico fue el modo en el que decidió hacerlo. A los veinte años, se había convertido en agente del servicio secreto estadounidense. Y era tan solo un novato en el momento en el que su comandante, le asignó una misión que cambiaría su vida para siempre. 

Lo enviaron a la embajada "norteamericana" en Buenos Aires, con una misión muy especial: asumir la identidad de otra persona, y acercarse a ciertos grupos tildados de "subversivos" por el estado de aquel país. Era el año 1979, y en esa época, en la mayoría de los países de sudamérica, los ánimos estaban bastante exacerbados. En un primer momento, comenzó a preguntarse cual podría ser la razón por la cual, su gobierno se mezclaba en ese tipo de asuntos. Sin embargo, jamás se lo planteó a ninguno de sus superiores. 
Unos meses después de llegar a la Argentina, Ramsey asumió la identidad de Carlos Rafeti: Un joven de buena familia, que se había educado en el MIT, y que volvía a su país, justo en medio de todos aquellos sucesos, de los que se hablaba en el mundo, pero de los que dentro de la Argentina, no eran de conocimiento público. Timothy, había estudiado español como segundo idioma y había llegado a ser muy bueno hablándolo. Hoy por hoy, eso no tiene nada de extraño, pero en esos días, era muy raro que un estadounidense supiera habar español con tanta fluidez... Su misión comenzó bastante bien, pero en cierto  momento, tan solo unos meses después de comenzar, perdió todo contacto con su gente. Su ultima orden había sido continuar, pasara lo que pasara. Al quedar aislado, solo le quedó una opción: Continuar. 

Debía acercarse a Marisa Cagnoli; una mujer despampanante, de cabello rojizo y piel blanca como la nieve. Debía seducirla, convertirse en su novio y de ese modo, ingresar a ese submundo al que, según los informes de inteligencia, pertenecía ella. Carlos, cumplió tan bien con su objetivo, que con el tiempo terminó casándose con ella, y teniendo dos hijos. Sin embargo, jamás conoció a ninguno de esos subversivos que supuestamente, eran parte de su grupo de amigos. Con el tiempo volvió a establecer contacto con su comando, pero las instrucciones seguían siendo las mismas: debía continuar.
Los años pasaron, y la orden que le habían dado en 1979, seguía vigente: debía permanecer cerca de ella, ya que aún luego de unos años -cuando la democracia ya había vuelto-, seguían sospechando de su mujer. Carlos, terminó olvidando casi por completo que alguna vez había sido Timothy Ramsey, y vivía felizmente su vida junto aquella mujer que había conquistado su corazón, desde el primer momento en el que la había visto. Por supuesto, ella jamás supo la verdad, y de ese modo pasaron treinta y un años.
Su vida careció por completo de todo aquel glamour con el que había soñado al ingresar al servicio secreto. Carlos Rafeti, era un simple vendedor de seguros. Con aquel título del MIT que le habían proporcionado sus superiores, el podría haber conseguido empleos mucho mejores, pero el temor de que alguien lo descubriera, lo había hecho desistir de ello.
Su matrimonio era muy feliz. Después de veintiocho años de casados, aún seguían manteniendo la llama encendida. Marisa se había recibido de contadora, y trabajaba como tesorera de una sucursal de un banco que paradójicamente, era de origen estadounidense. El por su parte, con el tiempo había llegado a ser el gerente de la sucursal donde trabajaba, y había hecho varios cursos y maestrías de especialización. Sus hijos tenían veinticinco y veintidós años respectivamente.
La más grande, Malena, era la viva imagen de su madre a esa edad. Acababa de recibirse de Arquitecta, y ya había conseguido un trabajo en un estudio de diseño de la capital. Juan Pablo por su parte, aún no decidía que hacer con su vida. Se dedicaba a comprar autos en mal estado, arreglarlos y venderlos. Solía sacar una buena diferencia, y con eso sustentaba sus gatos con comodidad. Por lo visto no tenía demasiado apuro por decidir sobre su futuro, pero Carlos no estaba realmente preocupado; ya que estaba seguro de que llegado el momento, su hijo sentaría cabeza.

Su vida era buena. Tenía una mujer a quien amaba con locura, y dos hijos que adoraba. Se podría decir en pocas palabras, que era feliz. Hacía tiempo que no recibía un solo comunicado de sus superiores; al menos unos nueve años. Según le habían dicho en su momento, aún investigaban a su mujer. El no había entendido nunca porque aún insistían con ese tema. El se había dado cuenta casi de inmediato, de lo que para él siempre había resultado obvio: los informes de inteligencia estaban equivocados; sin embargo, sus superiores jamás lo habían escuchado.

Ese día en particular -que de hecho había comenzado como cualquier otro-, ocurrió aquello que jamás había esperado: Sus superiores se comunicaron; y después de haberlo olvidado por casi una década, solicitaron su inmediato regreso a Washington. Aparentemente, luego de más de treinta años de investigación, finalmente habían cerrado el caso. Ahora, le pedían que volviera a asumir su verdadera identidad. Eso implicaba muchas cosas: primero que Rafeti dejaría de existir, y segundo que debería abandonar lo que por más de tres décadas, había sido su vida.
Carlos no sabía que hacer. Por un lado, le agradaba la idea de volver a ver a sus padres, pero por otra parte, no tenía la menor intención de abandonar a su mujer y a sus hijos. El ya se había acostumbrado a ser Carlos Rafeti, y había olvidado completamente, como ser Timothy Ramsey.
Su primer reacción fue la de acatar las órdenes de sus superiores, pero casi de inmediato, recordó que en realidad, eran los superiores de Ramsey; no lo suyos. Carlos Rafeti, era un egresado del MIT, que había trabajado toda su vida de agente de seguros. Tenía dos hijos, y una bella esposa que lo amaba. Desde su punto de vista, Timothy Ramsey había dejado de existir hacía muchos años.
- Piense lo que está diciendo Ramsey.- comenzó a decirle el comandante de trabajos especiales de la agencia. Carlos jamás lo había visto; diez años atrás, había sido otro comandante el que había hablado con él.- Usted es un oficial del gobierno de los Estados Unidos. Ha jurado poner a su patria por sobre todas las cosas. Además, esa vida que lleva es totalmente falsa.- Rafeti lo miró fijamente a los ojos
- Agradezco que se haya tomado el tiempo de venir aquí, y comunicarme que mi misión finalmente ha terminado. Sin embargo creo que está completamente equivocado: Durante los últimos treinta y un años, esta ha sido mi vida. Me casé y tuve dos hijos. He armado una vida en este país. No estoy dispuesto a dejarlo todo, solo porque usted me lo ordena.- Carlos hizo una pausa y mirándolo incluso con mayor ímpetu, redobló la apuesta.- Es más, presento mi renuncia. Por lo que a mi respecta, puede declarar que Timothy Ramsey, murió en el cumplimiento de su deber. Después de todo, eso es más o menos lo que pasó...- 

Carlos Rafeti se dio media vuelta, y comenzó a caminar alejándose de aquellas dos personas que, en ese momento, representaban su único nexo con aquella otra vida, que casi no recordaba. Realmente no pensaba volver. De hecho, había decidido que nunca más respondería a ningún llamado de aquella gente. Como le había dicho al comandante, Ramsey había desaparecido hacía mucho tiempo... 

Siguió caminando entonces, sin voltear siquiera una vez. Dejando a esos dos militares vestidos de civil, parados allí, completamente solos. El comandante Connor, miró extrañado a su asistente, esperando ver la misma consternación en su rostro. Sin embargo, aquello no era exactamente lo vio allí. Más bien, parecía ser que aquel asistente, comprendía perfectamente la reacción de Ramsey.
- No pareces demasiado sorprendido Gutierrez...- El otro lo miró y sonriendo levemente le contestó.
- En verdad no estoy sorprendido en lo más mínimo. Le dije que no querría volver. Y eso es lógico. Allá en USA, no hay nada para él. Su vida está aquí.- Connor seguía mirando fijamente en la dirección por la cual se alejaba Ramsey.
- No estoy sorprendido por esa razón. Es más, me hubiera resultado extraña otra diferente. Lo que me sorprende, es la seguridad con la que se desenvolvió. Creo que desperdiciamos a este agente: Podría haber sido muy bueno en el servicio activo...- Gutierrez asintió con la cabeza. El había seguido la misión de Ramsey, desde su misma génesis.

Para él siempre había estado claro: Allí, nunca hubo nada que investigar. Tan solo las teorías paranoica de un grupo de meciánicos. Sin embargo lo hecho, hecho estaba. Ramsey, se merecía seguir viviendo como Carlos Rafeti, y ellos al menos, le debían el no interferir de ahí en adelante. A pesar de lo que había dicho unos minutos antes, Connor creía lo mismo. Levantó entonces la mirada y observó por última vez la silueta difusa de su agente, al tiempo que le deseaba la mejor de las suertes...

lunes, 16 de agosto de 2010

Desde el Pasado más Remoto

Emma era una turista norteamericana que había llegado a la patagonia argentina, para conocer los lugares de los que sus amigos, le habían hablado tantas vaces. Había estado recorriéndolos los ultimos quince días y debía reconocer que algunos de ellos, parecían mágicos. En especial había sentido esa sensación, al visitar el "bosque petríficado". Esos árboles tenían tantos años, que no le resultaba dificil imaginar el modo en el que habían convivido, con los distintos habitantes de aquel extraño paraje.
Ya había estado allí el segundo día de su viaje, pero por alguna extraña razón, tuvo la necesidad de volver a aquel lugar. Estaba parada justo delante de un ejemplar maravilloso. Era enorme y ya de por si, debía tener muchísimos años, en el momento en el que un capricho de la naturaleza, lo había congelado para siempre en un instante en el tiempo. Un enorme bloque de piedra, un fósil puesto allí como testigo de la historia. Emma se sentía casi hipnotizada, miraba aquel árbol con tal atención y concentración, que en cierto momento comenzó a sentirse bastante mariada. La vista se le comenzó a nublar, y de repente pudo entrever lo que a ella le pareció, una imagen desde el pasado...

Ella no lo sabía, pero hacía algo así como diez mil años, otra jóven, había estado parada al lado de aquel mismo árbol, planteandose exáctamente las mismas cosas. Su nombre se había perdido en el eco de la historia, pero su recuerdo aún perduraba en los mitos de los aborígenes de la zona. La llamaban simplemente "Malen", "Joven" o "Princesa" en el idioma mapuche.

Malen había nacido y vivido toda su vida, en la aldea que se encontraba cerca del bosque de los "Arboles de Piedra". Aquel sitio era considerado místico, y muy rara vez alguno de los suyos se animaba a adentrarse en él. Sin embargo Malen no era como la mayoría de los de su pueblo. Ella comprendía que aquel lugar era solo una rareza de la naturaleza, como esos huesos tan extraños que había visto el verano anterior, en su viaje hacia el norte.
En su viaje hacia aquel enorme valle, que se extendía hasta ser interrumpido por los grandes ríos, habían podido ver cientos de huesos esparcidos por el suelo, en la zona más desertica por la que pasaron. Al igual que los árboles, aparentaban ser de alguna clase de piedra. Parecían los restos de seres oscuros y monstruosos, por lo que de inmediato, casi todos sus compañeros de viaje, consideraron que se trataba de alguna clase de magia oscura. Malen en cambio,  pensó que esos huesos habían pertenecido a algún animal tan antiguo, que ni siquiera había sobrevivido en las historias de la tribu.

Contrariamente a los consejos de todos aquellos a los que conocía, Malen visitaba aquel paraje frecuentemente, casi a diario. Para ella ese lugar representaba un misterio excepcional, una ventana al pasado más lejano. No tenía modo de saber la antigüedad exacta de ese bosque, ni siquiera podía darse una idea aproximada, pero por alguna razón estaba convencida de que era tan antiguo como aquellos huesos que aún recordaba.

La vida en la aldea de Malen era como la que se podía llegar a tener en cualquier otra aldea en esa época tan lejana. Los pueblos eran principalmente nómades, aunque ellos eran parte de aquellos pueblos sendentarios, que se podían contar con los dedos de una mano, en el vasto territorio del Sur. Su antiguo lider, el "Gran Sabio", los había convencido unas treinta primaveras atrás, para que se asentaran allí a la vera del bosque de Piedra, bajo la protección de los espíritus que lo habitaban.
Lo cierto era que durante todo ese tiempo, la vida se había tornado mucho más fácil que antes de asentarse, y la aldea había crecido hasta tal punto, que había comenzado a ser conocida en todas partes, recibiendo habitualmente visitantes que querían conocer la majestuosa "Ciudad Invernal", el mayor asentamiento permanente en las tierras del sur.
Malen era nieta del Gran Sabio. Su abuelo le había explicado alguna vez, que la razón por la que los había convencido para asentarse allí, era simplemente estratégica. Según le decía, allí había fuentes de agua fresca que fluían siempre, y manantiales de agua caliente que podían usar para muchas cosas. Además, en esa zona había buena caza todo el año, y en verano, podían conseguir muy buena pezca. La única contra era el frio, pero cuando Gran Sabió entendió, que podía llegar a usar el agua de los manantiales calientes para combatir el frio, creyo que el lugar era perfecto, y no se había equivocado.
Desde el momento en que decidieron construir su aldea allí, esta se había desarrollado increiblemente, y al tener todo mejor organizado, y contar con ciertas comodidades que les facilitaban la vida, la gente tuvo más tiempo libre, y mayor márgen para crear. Así fue que comenzaron a desarrollar ideas y materializarlas.
Aparecieron los primeros artesanos, asi como también las primeras personas que comenzaron a buscar respuestas a todo. Malen era una de ellas. Aunque con toda seguridad, ella era la más curiosa y la más inconformista de todas. Tenía la firme convicción de que todo o casi todo debía tener una explicación simple y razonable. Podríamos decir que Malen, fue la primera persona que se permitió dudar, de todo lo que los demás habían atribuido a espiritus, magia, o seres malignos. De algún modo Malena fue la primer agnóstica.

Sus caminatas por el bosque duraban a veces, hasta el momento en el que e sol comenzaba a ocultarse tras las montañas. Recien entonces volvía a la Gran Aldea a ocuparse de sus tareas pendientes. Caminaba tranquilamente por los senderos del bosque y recorría grandes tramos adentrándose en el mismo, aunque siempre terminaba parándose delante de aquel gigantesco arbol.
La atracción que le generaba era indescriptible. Se paraba mirándolo fijamente y comenzaba a imaginar cuantas cosas podría contar cualquiera de esos árboles si pudiera hablar.

Un día, durante uno de aquellos paseos, se paró delante de aquel arbol que tanto llamaba su atención, y se quedó mirándolo fijmente. Algo le impedía dejar de observarlo, tenía la sensación de que estaba por pasar algo increible...

Malen observó el tronco del arbol, y de repente creyó ver una imagen delante de ella. Iba desde el piso mismo, hasta un poco más arriba de su cabeza. Parecía alguna clase de ventana a otro sitio. Del otro lado, había una jóven, no mucho más grande que ella, con cabellos del color del sol, y piel casi tan blanca como la nieve. La chica la miraba incrédula, pensando tal vez lo mismo que ella: aquello simplemente no era posible, seguramente su imaginación le estaba jugando una mala pasada...
Se refregó varias veces los ojos, esperando que de un momento a otro, aquella visión desapareciera, pero parecía cada vez más nítida. La imagen al otro lado era cristalina, tanto que Malen podía ver lo que había, más allá de la figura que aún la miraba atónita. Algunas de las cosas que llegaba a distinguir, le resultaron completamente fantásticas. Detrás de la joven, pudo observar varias personas más, todas ella vestidas con ropas desconocidas para ella. Malen seguía mirando con tanta atención, que en cierto momento sintió que podía tocar lo que había al otro lado. Estiró entonces su mano y se dio cuenta de que tenía razón.
Fue un instante -tan solo un momento-, lo que le llevó dar el segundo paso. Y finalmente, Malen atravesó el portal. Emma dio un paso hacia atrás de un modo totalmente instintivo, y de repente tuvo frente a ella a aquella joven, que parecía haber salido de un libro de historia.
Malen miraba hacia todas partes como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que había hecho, pero ya era tarde: la ventana se estaba cerrando. Comenzó a distinguir algunas cosas, pero la mayor parte de lo que veía resultaba totalmente desconocido para ella. Al menos sabía donde estaba: aquel parecía ser el mismo bosque. Malen lo conocía de memoria, y estaba segura que era el mismo lugar. Sin embago algo le decía que si salía de aquel lugar, no encontraría su Ciudad Invernal.
Jamás en su vida había visto a una mujer como la que tenía frente a ella. Como ya había notado antes de cruzar, su cabello era muy rubio, y su piel era casi tan blanca como la nieve. Solo el tono rojizo de sus mejillas -producto del frío que hacía-, le daba algo de color a su rostro. La miró directo a los ojos, y pudo ver que eran de un color azul claro, más bien celeste, como el color del cielo del mediodía. Hasta ese momento, ninguna de las dos había pronunciado una sola palabra. Sin embargo la jóven viajera, tenía el presentimiento de que todos modos, no se entenderían...
Emma veía fijamente a la joven que ahora tenía delante suyo, convencida aún de que todo era alguna clase de sueño lúcido. Sin embargo no recordaba haberse dormido... Se acercó hasta pararse delante de ella y la saludo en inglés. Realmente no espera que ella pudiera responderle, al menos no en el mismo idioma, asi que no se sorprendió demasiado cuando la chica, dijo algo que para ella resultaba completamente incomprensible.
Le hizo una seña, como queriendole dar a entender que la esperara unos momentos. Emma se alejó entonces de aquel imponente arbol, y se acercó al guía de su grupo. Ella sabía que su guía era descendiente de aborígenes. Su razonamiento era que tal vez, él hablaría el idioma de la chica.
No tardó demasiado en regresar. Detrás de ella venía el jóven guía al que recién en ese momento, comenzó a explicarle lo que estaba sucediendo. Sergio se acercó hasta pararse al lado de Emma, y observó con curiosidad a la muchacha. Por su ropa parecía Mapuche, así que decidió hablarle en el idioma que había aprendido de sus antepasados.
Malen sonrió visiblemente, y luego de un instante le contestó. Aquel muchacho hablaba su mismo idioma, o al menos uno muy parecido al suyo. Le explicó que ella vivía en la " Ciudad invernal", y que había sido su abuelo el que había convencido a su gente de construirla allí. Sergio supo de repente que tenía frente a él, a aquella princesa mapuche de la que hablaba  esa antigua leyenda, que le había contado su abuela cuando era chico.

Según la misma, la joven Malen, había desaparecido un día en el Bosque de los Arboles de Piedra, y nunca más se había vuelto a saber nada de ella. La leyenda decía también, que solo luego de que pasaron muchas primaveras, cuando hasta la última de las personas qe la habían conocido había cruzado al más allá, Malén había regresado a su ciudad. Lo más notable, era que no había envejecido un solo día, y que parecía saber mucho sobre las cosas que aún no habían sucedido...

El joven guía, se acercó hasta ponerse justo delante de ella, y la saludó del modo en el que, según las tradiciones, se debía saludar a la hija de un gran lider. Según decían los ancianos, aquella costumbre se había originado en los albores de su historia, cuando su pueblo aún estaba formado por un puñado de tribús nómades que habitaban el sur.
Malen agradeció el gesto, al tiempo que le pidió amablamente que en lo sucesivo precindiera del mismo. Se sentía bastante incómoda cada vez que alguien mostraba aquellos recaudos frente a ella. Sin embargo, gracias a eso se dio cuenta que aquel muchacho sabía quien era. Intentó sacarle algo más de información, pero lo único que él le dijo, fue que conocía la historia de la legendaria Ciudad Invernal. Una historia que se había contado por cientos de generaciones, y que su eco aún resonaba desde los albores de la historia de su pueblo.
Malen entendió entonces que de algún modo, había viajado hacia el futuro, y que su ciudad y su gente habían desaparecido muchísimo tiempo atrás. En ese momento levantó la vista y notó un montón de cosas que hasta ese momento, ni siquiera había percibido. Vio un carro moviendose sin que nadie tirara de él, y un enorme pájaro de metal, levantando vuelo con tres personas en su interior. Volvió a mirarlo a los ojos, como esperando que él le explicara.
- Ya habrá tiempo de que lo sepas todo, pero por ahora, ven con Emma y conmigo. Debemos conseguirte algo de ropa como la nuestra; con esa resaltás demasiado...- Malen no hizo más preguntas y comenzó a caminar detrás de aquellas dos personas. Por algún motivo, estaba convencida de que ellos dos la ayudarían...

lunes, 12 de julio de 2010

El Joven Titán

Hacía rato que ambos oponentes se miraban fijamente a los ojos. Stillman parecía ser quien ganaría al final; se lo veía tranquilo, calmado. Jürgen en cambio no se encontraba en su mejor momento. Cualquiera hubiera dicho que poco a poco estaba perdiendo el control. Claro que Stillman, estaba haciendo todo lo posible para que eso sucediera.
Jürgen miraba sus manos. Aquellos poderes, que había heredado de su madre, comenzaban a manifestarse. De su mano derecha brotaba aquella energía que tantas veces, le había observado controlar con tanta facilidad. Pero con él, las cosas eran muy diferentes. Estaba demasiado enojado como para pensar con claridad. Eso había tornado casi imposible que lograra controlar su poder. Jürgen observaba su derecha, en la cual había comenzado a formarse una esfera brillante de energía, que poco a poco había empezado a crecer.
Levantó entonces su mano izquierda y la colocó encima de aquella esfera, esperando que aquello, fuera suficiente para contenerla. Pero no parecía serlo. La esfera crecía a cada instante, y por más que Jürgen intentaba comprimirla con todas sus fuerzas, crecía cada vez más rápido.
Era consciente de que si no lograba controlarla, cuando se liberara la energía, destruiría todo en un radio de cincuenta metros, eso incluía a Stillman y a ese grupo de jóvenes que observaban la peculiar contienda... Decidió entonces pensar en la pradera. Siempre que lo había necesitado, aquel pensamiento lo había devuelto a su centro. Se veía a si mismo montando a Jigzzi, ese caballo que recordaba con tanto cariño, al que no había vuelto a ver desde el momento en el que, aún siendo un niño, había dejado el oficio de jockey.
Poco a poco, dicho pensamiento había comenzado a hacer efecto, y aunque él no podía verlo, ya que continuaba con sus ojos cerrados, concentrado en aquella fantasía, la esfera había comenzado a reducir su tamaño. Finalmente, Jürgen abrió los ojos. Stillman que lo veía directamente no podía creer el cambio en el semblante de su oponente, quien hasta hacía unos instantes se encontraba nervioso, fuera de su centro, pero que en ese instante se mostraba muy seguro de si mismo y completamente calmado.
Observó nuevamente sus manos, y abarcó por completo la esfera en el hueco de las mismas, para luego aplanarlas y comenzar a frotarlas en círculos. Finalmente separó las manos, disipando una pequeña chispa, justo en el momento en el que los últimos dos dedos dejaron de tocarse. Stillman lo observaba ahora con odio, completamente decidido a volverlo a hacer enojar.
Su joven oponente, que ya había adivinado sus intenciones, levantó su mano izquierda, y luego de concentrar en el hueco de ella, una pequeña cantidad de energía, la disipó apuntándole directamente al pecho. Stillman, voló tres metros hacia atrás, y cayó inconciente al piso, luego de golpear contra la pared del cuarto.
El joven y poderoso Titán miró a todos a su alrededor ,como asegurándose de que ninguno estuviera herido, y finalmente sonrió satisfecho: Por primera vez, había logrado controlar sus poderes...

viernes, 2 de julio de 2010

El Perro de John Gibons

John Gibons había trabajado toda su vida en un depósito de chatarra. Pasaba la mayor parte de sus días separando chapas viejas, clasificando partes de autos desarmados, y alimentando al perro guardián del lugar: Sanson. Ya ni siquiera recordaba como había conseguido aquel empleo, solo sabía que antes de trabajar allí, tenía un trabajo normal, en un sitio normal; pero estando aburrido de todo, decidió probar suerte en un empleo un tanto más "glamoroso".
Como todas las mañanas al llegar, debía convencer a Sanson de regresar a su perrera y dejarse atar. Era un perro bastante traicionero, capaz de arrancarle la mano a un niño. Pero por algún motivo, a John siempre le había mostrado cariño. Ni siquiera Julius Davenport, el dueño del lugar, entendía porque aquel perro traicionero y malhumorado, apreciaba tanto a Gibons.
Davenport visitaba el lugar dos o tres veces por semana, y se encargaba de que siempre hubiera suficiente "basura" en el depósito. Decía que no iba más seguido, porque estaba ocupado con sus otros negocios; sin embargo John creía que la verdad, era que le temía demasiado a Sanson. No era que el perro no le diera razones, pero para él, su jefe era lisa y llanamente un cobarde.

Una noche, John cerró el depósito y soltó a Sanson como siempre. El perro comenzó a vagar por el lugar sintiéndose su dueño. John, que había visto aquella actitud cientos de veces, sonrió y se alejó caminando hacia la avenida principal.
Le llevó mucho más de lo normal, pero finalmente llegó a su casa. Esa noche no durmió demasiado bien, y al día siguiente se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Llamó entonces a Davenport para avisarle que no iría a trabajar, y le recomendó que no abriera el negocio. El otro insistió, diciendo que aquel día vendría un cliente muy importante, por lo que debía abrir sí o sí. John temió que Sanson pudiera lastimar a su jefe, pero luego se tranquilizó al pensar que en cuanto escuchara los ladridos del perro, desistiría y volvería a su casa.
Así pasó todo aquel día y uno más. Al tercer día, John Gibons se levantó para ir a trabajar. Al llegar a la puerta del depósito, le extraño encontrar la puerta sin llave, aunque cerrada. La oficina estaba desierta, pero la puerta que daba al playón estaba abierta de par en par. A John aquella situación lo estaba preocupando cada vez más. Estaba casi convencido de que algún ladrón se había atrevido a entrar, y que Sanson había dado cuenta de él.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando encontró al perro masticando un enorme hueso. El can al verlo soltó por un momento su trofeo y como siempre, le demostró su afecto. El, como todas las mañanas, lo llevó hasta su cucha, y con algo de paciencia logró ponerle su cadena. No abrió el negocio de inmediato. En cambio, se puso a revisar los alrededores, en busca de más huesos que confirmaran o desecharan su sospecha.
Le llevó casi una hora, pero al final, encontró lo que tanto temía: un cráneo humano completamente limpio. Siguió buscando, pero por más que lo hizo casi hasta el mediodía, lo único que logró encontrar, fueron un par de huesos más, y bastantes restos de sangre y tejido entre las chapas. John Gibons no quiso seguir investigando demasiado, convencido como estaba de que la víctima, había sido un desgraciado ladronzuelo, que había tenido la fatídica idea de entrar a robar a ese lugar.
Decidió actuar como si no hubiera pasado nada. John quería demasiado a Sanson, y sabía con seguridad, que si denunciaba aquella muerte, el perro sería sacrificado. Así que limpio todo rastro de sangre que encontró, y se deshizo de los huesos.

Pasaron varios días y las cosas volvieron a la normalidad. Salvo por el hecho de que Davenport no había vuelto a aparecer por el lugar, las cosas estaban igual que siempre. Así transcurrieron casi dos semanas. Recién cuando el stock de algunas cosas comenzó a reducirse drásticamente, John comenzó a sentir curiosidad por la ausencia de su jefe. El sabía que a Davenport no le gustaba demasiado ir al depósito, pero también sabía que siempre se daba una vuelta, al menos una o dos veces a la semana. Habían pasado más de quince días desde su última pasada, así que lo llamó al teléfono de su casa. Julius Davenport era soltero y vivía solo. Era un ser bastante antisocial que solo sabía dedicarse a su trabajo.
El teléfono sonó una y otra vez, pero al otro lado, nadie contestó. Gibons comenzó a preocuparse en ese momento. Levantó nuevamente el teléfono, y preguntó en cada uno de los negocios que le pertenecían. Sus colegas, encargados de cada uno de los locales y negocios, le respondieron todos lo mismo: Hacía algo más de quince días que no tenían noticias de él...

Esa tarde John se disponía a cerrar el lugar, cuando vio algo brillante, tirado en una de las esquinas del cuarto donde estaba la cucha de Sanson. Se acercó con bastante curiosidad hasta allí, y se agachó para recogerlo. Su sorpresa fue mayúscula, cuando vio que se trataba del anillo de la universidad a donde había asistido Davenport. Era extraño, ya que jamás se lo quitaba del dedo. Más extraño aún fue cuando encontró tirada por otro lado, la enorme hebilla de aquel cinturón, que había usado siempre desde que él lo conocía. La tomó entre sus dedos y la revisó con detenimiento. Encontró lo que parecían marcas de dientes y rastros de sangre. Su mente trabajaba a toda velocidad; la conclusión comenzaba a resultar obvia. Observó nuevamente el anillo, y se dio cuenta de que también tenía marcas de dientes.

John Gibons miró asombrado a Sanson convencido ahora de que su víctima, había sido Julius Davenport. No podía creer que su jefe se hubiera atrevido a abrir el local sin él. Al parecer, después de todo no había resultado ser tan cobarde como él creía. Miró nuevamente al perro, y luego de meditarlo un rato, se acercó hasta donde estaba y lo soltó como todas las noches. El animal, volteó su enorme cabeza y moviendo la cola, se despidió hasta el otro día. John, cerró el local, y se fue para su casa como todos los días.
Mientras se alejaba, comenzó a dibujarse una sonrisa macabra e su rostro. Había tomado una decisión: Davenport, no tenía a nadie. Ningún familiar vivo, y por lo que él sabía, jamás había hecho un testamento. Pasarían años, antes de que alguien reclamara la propiedad del local. Si él pagaba todas las cuentas, y mantenía un perfil bajo, no llamaría la atención, y podría seguir trabajando. De seguro algún día alguien haría preguntas, pero hasta entonces, él se encargaría de que sus negocios, siguieran funcionando como hasta ese momento. Nadie tenía porqué enterarse de lo que había sucedido. Para el mundo, Julius Davenport, sencillamente, había desaparecido…

sábado, 26 de junio de 2010

La Herencia Familiar (parte 2)

Viene de la parte 1

A la mañana siguiente Ernesto salió de su casa como todos los días, pero no fue a trabajar. Había hablado el día anterior con don Armando para pedirle el día libre, ya que según le dijo, debía terminar con unos trámites de índole personal. Don Armando que siempre había apreciado a Ernesto, no tuvo problema en darle el permiso. Comenzó a caminar por la avenida, hasta que llegó a la calle donde estaba la casa de sus viejos. En la puerta ya lo estaba esperando Facundo. El a diferencia de su hermano mayor, no debía rendirle cuentas a nadie, ya que el manejaba la distribuidora de su viejo. Algo a lo que Ernesto se había resistido durante mucho tiempo.
Facundo había estado pensando toda la noche sobre a que cerradura podía pertenecer aquella llave, pero aún no lograba descifrarlo. Decidieron entrar a la casa, hacerse unos mates, y pensar. Ernesto se acercó y puso la pava sobre el fuego. Sacó la yerba de la alacena, y lavó el mate que había quedado el día anterior sobre la mesa de la cocina. No pasó demasiado tiempo para que el agua estuviera lista; para entonces ya había preparado todo sobre la mesa. Se sentaron uno frente al otro y con la lapicera en la mano, comenzaron a hacer una lista con las diferentes posibilidades que iban explorando.
Ernesto estaba convencido de que fuera lo que fuera, estaba en la casa. Si la preocupación de la madre, solo hubiera sido por aquella llave, no hubiera sido necesario hacerle prometer que no vendería la casa. Era lógico que estuviera allí.
La lista que obtuvieron, después de estar allí sentados durante casi dos horas, no era demasiado larga. En realidad no había demasiados cerrojos allí, aún menos luego de que clausuraran el sótano cuando ellos eran chicos. Según recordaba Ernesto, que era algo más grande que su hermano, habían rellenado todo el nivel, a excepción de un pequeño cuarto debajo de la cocina. Sin embargo dos años después, terminaron levantando una pared delante de la puerta, y tapando el hueco de la escalera. Aquel recuerdo se encontraba tan nítidamente grabado en su memoria, que aún recordaba el lugar exacto donde había estado. Facundo ni siquiera recordaba, que alguna vez habían tenido un sótano, tan era así que se sorprendió bastante cuando su hermano lo mencionó.
No tardaron mucho en decidir lo que iban a hacer. Después de todo, solo tendrían que levantar dos o tres tablones, lo necesario para poder pasar. Ernesto tomó la caja de herramientas que estaba guardada en el garaje, y rápidamente comenzó a despegar uno de los tablones, con un martillo. Su hermano tomó otro, y comenzó a hacer lo mismo con el tablón de al lado. Pocos minutos después habían levantado cuatro maderas, y dejado espacio más que suficiente para bajar.
Al costado, había una tecla de iluminación, y en la pared una lámpara colgando. Facundo la accionó sin demasiadas esperanzas, pero contra todo pronóstico, aún funcionaba. No era demasiado potente, pero daba suficiente luz. La escalera era corta, constaba de solo diez escalones, y a diferencia de lo que recordaba su hermano, al final no había ningún muro de ladrillos; solo una pesada puerta de madera. Ernesto se acercó hasta pararse delante, y conteniendo el aliento casi por completo, introdujo la oxidada llave en el cerrojo. Comenzó a girar la llave, y luego de ejercer algo de fuerza, esta cedió; la puerta se abrió con un ruido fuerte y sordo.

Al otro lado, la oscuridad era la reina absoluta, y si bien, una vez que la puerta estuvo abierta de par en par, la luz de la escalera se escurría dentro del cuarto, no se veía nada más allá de la entrada. Facundo se acercó y usando la luz de la pantalla de su celular, intentó iluminar un poco. Lo único que pudo distinguir entonces fueron sombras y algunos contornos. Al lado de la entrada, había otra tecla de iluminación. Ernesto creyó que si la de la escalera aún funcionaba, tal vez esa también. Lo más increíble de todo, fue que tenía razón…

En cuanto el cuarto se iluminó, la escena que se presentó ante ellos los dejó sin aliento. El cuarto estaba lleno de objetos de arte de la más variada índole. Allí adentro había de todo: desde joyas con perlas y piedras preciosas, hasta algunas de las obras de arte más famosas. En total contaron veinte cuadros que debían valer millones de dólares. Las joyas eran en su mayoría de oro y platino, y las piedras eran diamantes esmeraldas y rubíes. Y si bien ninguno de los dos podía considerarse un experto en arte, estaban convencidos que allí adentro había una enorme fortuna. En ese momento entendieron el porque del pedido de su madre moribunda, aunque aún no se imaginaban como había llegado todo eso a aquel lugar.

Facundo caminó por el cuarto hasta pararse, delante de una de los exhibidores donde estaban preservadas, cuidadosamente aquellas joyas. Encima del vidrio había un sobre liso, en donde se podían leer sus nombres. Lo tomó entre sus dedos, y sacando la carta de su interior, comenzó a leer en voz alta. Era una carta de su madre:

“Queridos hijos:

            Si llegan a leer esta carta, lo más probable es que yo haya muerto, y que ustedes finalmente hayan encontrado la “Herencia Familiar”. Seguramente en este momento se preguntarán de donde ha salio todo. Si se tomaron el trabajo de contar, sabrán que hay veintiún pinturas –todas ellas de enorme valor- y en total cuarenta y siete joyas de lo más excepcionales. Todo esto conforma la fortuna de nuestra familia.
            En uno de los muebles, encontraran los títulos de propiedad de los cuadros, y los certificados de autenticidad de las joyas. El valor total de lo que hay en el cuarto, era en 1993 de ciento quince millones de dólares. Dicho monto puede haber cambiado, pero no creo que haya disminuido; por el contrario. Este fue el modo en el que decidimos invertir el dinero que obtuvimos por la venta de una serie de patentes que su padre y yo habíamos registrado a nuestro nombre.
            Se preguntarán por que jamás les dijimos nada sobre esto, bueno, sucede que en ese momento decidimos que era lo mejor. Jamás quisimos que ustedes vivieran como millonarios, por el solo hecho de que no queríamos esa vida para ustedes.>Cada tanto, si nuestra economía lo requería, vendíamos alguna de las joyas menos valiosas, o alguno de los diamantes sueltos que se encuentran en las tres bolsitas de felpa negras. Jamás necesitamos más, y mucho menos necesitábamos ser tratados diferentes por nuestro dinero. El dinero no solo cambia a las personas, sino también a quienes los rodean...

            Ahora que nosotros ya no estamos, todo esto es suyo. Solo espero que como les pedí, no hayan vendido la casa, y que no se dejen seducir por el dinero. Yo se porque se los digo: hubo un tiempo en el que yo misma, me sentí seducida por su poder…”


La carta terminaba de aquel modo tan abrupto. Facundo se había quedado sin habla. Se fijó si había más dentro del sobre, pero no era así. Ernesto estaba simplemente azorado. Levantó la vista y observó a su hermano menor; de pronto se le iluminó la cara.

- Eso quiere decir que somos millonarios.- El otro lo miró aún perdido, pero luego le habló con mucha seriedad.
- Ya escuchaste lo que nos dijo mamá. Nadie debe saber sobre nuestra fortuna.- Ernesto lo miró entonces con la misma seriedad que él y asintió con su cabeza. De eso no debía enterarse nadie.

Al día siguiente le avisaron a Robles que la casa ya no estaba en venta. A sus mujeres les dijeron que sus padres, habían dejado suficiente dinero como para pagar todas sus deudas, pero jamás les aclararon cuanto. No les resultó muy difícil vender dos de los pequeños diamantes que estaban en las bolsas negras. Sus padres incluso les habían dejado los datos, de algunos joyeros famosos por su discreción absoluta. Luego de saldar todas sus deudas, invirtieron el resto en la distribuidora. Ernesto, dejó finalmente su empleo en el negocio de don Armando, y comenzó a trabajar con su hermano. Decidieron trasladar las oficinas de la administración, a la vieja casa de sus padres. En cuanto al cuarto, volvió a quedar cerrado; esperando él día en el que por alguna razón, fuera necesario volver a abrirlo.

Habían decidido respetar la voluntad de sus padres: Nadie sabría jamás sobre la existencia de aquel majestuoso tesoro. Ese secreto, también sería parte de la Herencia de la familia Torres.

domingo, 20 de junio de 2010

La Herencia Familiar (parte 1)

Ernesto Torres jamás había creído realmente que ese momento llegaría. El y su hermano habían especulado sobre eso durante los últimos tres años, pero nunca creyó que realmente lo hicieran... Desde que su madre había muerto -hacía unos cuatro años-, La idea de vender la casa de sus viejos, había estado siempre presente en sus conversaciones. Cecilia, su esposa, trataba siempre de convencerlo, de "hacerle entender" que aquello era lo "mejor". Pero él no estaba tan seguro. Ernesto tenía demasiados recuerdos acumulados en aquel lugar, y creía que en el fondo, Facundo, su hermano menor, sentía lo mismo. Solo la insistencia de Cecilia y Marta (la mujer de Facu) había logrado que ellos aceptaran averiguar en una inmobiliaria.
El tasador llegó a la casa un sábado a la mañana. Durante la semana, todos ellos trabajaban hasta tarde, y no había modo de que alguno pudiera atenderlo, además estaba el hecho de que tanto Facundo como Ernesto, querían estar presentes. Aquella visita lo cambiaría todo. La idea de vender pasaría de ser solo eso, a convertirse en una realidad palpable.
Los cuatro estaban sentados en la cocina de la casa, esperando a que tocaran el timbre.  Se encontraban en absoluto silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. Ernesto miraba a su alrededor, y cientos de recuerdos pasaban en rápida sucesión, delante de sus ojos. Parecía como si estuviera sentado delante de una pantalla de cine, y su visión estuviera totalmente ocupada, observando aquella rápida sucesión de imágenes a todo color. Cuando sonó el timbre finalmente, estaba tan compenetrado en sus recuerdos que ni se enteró. Cecilia -luego de llamarlo por su nombre dos o tres veces-, toco suavemente su mejilla con el anverso de la mano. Solo entonces, reaccionó.

El tasador saludó cordialmente a todos ellos, y luego de las presentaciones de rigor, comenzó con su trabajo. Lo que en un principio les había parecido un mero trámite, se había convertido en una labor, que se extendió por algo más de una hora. Rogelio Toscano, revisó cada rincón de la casa, tomó nota de cada mancha de humedad, cada cerámica ajada, usando aquellos datos como si fueran números dentro de una complicada suma algebraica. Finalmente y luego de casi media hora más, Toscano les aseguró que la inmobiliaria se comunicaría con ellos el lunes, y les informaría cual era valor de mercado de la casa.
Ese día decidieron quedarse allí y ordenar un poco. La mayor parte de las cosas de sus viejos, aún estaba guardadas en esa casa. Además, creían que una buena limpieza, serviría para darle otro aspecto al lugar; uno que fuera menos lúgubre y más llamativo para los compradores. Ernesto seguía bastante conflictuado con respecto a la venta de la casa. Por alguna razón, durante los últimos cuatro o cinco días, había comenzado a soñar con su mamá.

Aquel lunes, el agente inmobiliario, tocó la puerta de la casa de Ernesto. Eran cerca de las seis de la tarde; él acababa de volver del trabajo, tan solo unos minutos antes. Cecilia dejó lo que estaba haciendo, y abrió la puerta. Juan Robles, entró entonces por tercera vez a aquel sitio.
La casa de Facundo, no estaba demasiado lejos de allí. Ambos habían comprado sus casas, en el mismo barrio en el que estaba aquella, en la que había transcurrido toda su infancia. Ernesto saludó a Robles con un apretón de manos, y luego levantó el teléfono para llamar a su hermano. Facundo, que atendió el llamado al otro lado, prometió que estaría allí en no más de diez minutos. Exactamente nueve minutos después, tocaba el timbre. Ernesto abrió la puerta raudamente, y lo hizo pasar. Juan Robles se sentó entonces en el sillón del comedor, y luego de esperar a que los demás se acomodaran, se dispuso a darles las buenas nuevas a los hermanos Torres.
El valor que el tasador había recomendado, como precio de mercado para la casa de sus viejos, era más que atractivo; incluso a ellos les pareció un poco alto. Sin embargo, según Robles, no era así. Mentalmente, hicieron cuentas: ese dinero resultaba suficiente como para cancelar la hipoteca de las casas de ambos y además, invertir algo de dinero en el negocio familiar. Ellos sabían hacía tiempo, que la distribuidora necesitaba una inyección de capital...
Facundo parecía el más entusiasmado de los dos, aunque Ernesto creyó darse cuenta de que tenía las mismas dudas que él. A su mujer, Cecilia, parecía que le brillaban los ojos; pero él no estaba seguro de nada. Era una oferta más que tentadora, pero él sentía que estaban yendo en contra de los deseos de sus padres.
Recordó de repente aquello que su mamá, le había dicho en el hospital, el mismo día en el que luego falleció: "No deben vender la casa por ninguna razón; tiene que permanecer en la familia". Ese día Ernesto estuvo tentado por preguntarle la razón, pero luego creyó que no debía molestarla. ¡Cómo se arrepintió luego por no habérselo preguntado en ese momento! Robles se retiró de la casa tan pronto como terminaron de conversar. Quedaron en que los hermanos lo irían a visitar en uno o dos días, y le dirían si habían decidido finalmente vender. Parecía tranquilo, como si algo le dijera que aquel era un cliente seguro.

A la mañana siguiente, Ernesto salió a trabajar como todos los días. Aquel recuerdo de su madre aún seguía dándole vueltas. Ese día transcurrió como si él realmente no estuviera. Su mente estaba perdida entre recuerdos sobre sus padres y especulaciones sobre aquello que tornaba tan importante para su mamá, el que no vendieran jamás la casa. Ese era un asunto que lo había mantenido casi sin dormir la noche anterior, y que ahora, no le permitía concentrarse adecuadamente en su trabajo. Tanto era sí que en cierto momento don Armando, su patrón, le dijo que fuera y resolviera lo que lo tenía tan distraído, ya que (palabras textuales de él) en ese estado no le servía…
Eran cerca de las dos de la tarde, y aún era temprano para volver a su casa, así que decidió hacerle caso a su jefe y fue a la vieja casa familiar. Por suerte tenía con él su copia de las llaves, aunque aún no sabía por donde empezaría a buscar, y mucho menos, que era lo que debía buscar. Le llevó unos veinte minutos, pero finalmente se detuvo delante de la puerta principal. De primera le llamó la atención el hecho de que la ventana del frente, estuviera a medio subir, pero mucho más los sorprendió, comprobar que la puerta del frente estaba abierta. En ese instante dudó, pero finalmente decidió entrar, tratando de no hacer ruido. Se escuchaban ruidos que venían de la cocina, y hacia allá comenzó a caminar con algo de miedo. Sin embargo, cuando asomó la cabeza hasta la entrada, pudo ver una figura más que conocida, sentada a la mesa, con la cabeza gacha, y las manos apoyadas sobre su rostro.
-¿No tendrías que estar trabajando vos?- su hermano levantó entonces la cabeza, y luego de sobreponerse a la sorpresa inicial le contestó.
- Podría preguntarte lo mismo…- Ernesto se acercó hasta la mesa, y se sentó de frente a Facundo. Se acomodó lo mejor que pudo y volvió a hablar.
- Don Armando me mandó a pasear…- Facundo lo miró preocupado, pero antes de que pudiera hablar, él continuó.- Quedate tranquilo que no me echó, pero me mandó a que resuelva aquello que me tiene tan distraído.- Hizo una nueva pausa y luego siguió.- Es por la venta de la casa, no puedo evitar pensar en la vieja y lo que me dijo el mismo día en el que murió…-
-¿Qué no debíamos vender la casa por nada del mundo?- Ernesto lo miró muy extrañado. Como preguntándole como sabía eso.- Tal vez no lo recordás, pero ese día, yo estaba sentado a dos metros de vos, y también la escuché. Estuve toda la noche pensando en cual podía ser la razón para que nos dijera eso…- El otro asintió con la cabeza, al parecer, después de todo, los dos estaban igual de inseguros, sobre la venta de la casa.
La conversación siguió por un rato, hasta que decidieron comenzar a buscar. Si realmente había una razón por la cual no debían vender la casa, ellos creían que sería algo que encontrarían allí mismo. El problema era que no tenían ni idea de por donde debían comenzar.

Fueron casi cuatro horas revolviendo cajones, revisando papeles, y tratando de encontrarle una explicación a cada cosa que iban encontrado, pero finalmente lo encontraron; un objeto que parecía fuera de lugar, que aparentemente no tenía ninguna razón para estar allí. Parecía ser una simple llave vieja y algo oxidada, pero algo les decía que esa era la clave de todo. Ernesto sostenía la llave entre sus dedos, como si se tratara de algo extremadamente importante, frágil e irremplazable. Pero si bien habían llegado hasta ese punto, no tenía idea de que cerradura abriría.
Decidieron entonces guardarla por aquella noche, y seguir investigándolo al otro día. Se había hecho bastante tarde, y ambos debían volver a sus casas. Se despidieron hasta el día siguiente, y cada uno comenzó a caminar. Ninguno de los dos vivía a más de ocho cuadras de allí, así que les tomó muy poco tiempo llegar. Habían decidido que por el momento no le dirían nada a sus esposas, por lo que cuando Cecilia le preguntó a su marido donde había estado, él simplemente le dijo “se me hizo tarde”. Su mujer pareció conformarse con esa respuesta, ya que de inmediato olvidó el asunto, ocupada como parecía estarlo, pensando en lo que podrían hacer con el dinero de la venta de la casa.

Continua en la parte 2

martes, 15 de junio de 2010

Un Vistazo al Pasado


Juan siempre había creído que de nada servía mirar hacia atrás. Para él lo importante era el presente, y aquello que estuviera por venir.

Ese día comenzó a percibir en aquel restaurante, los sabores y olores que lo remitieron a su más tierna infancia. Aquellos aromas que no sentía desde que era un chico, antes de que su mamá muriera tan inesperadamente; y a diferencia de lo que le pasaba habitualmente, en esa oportunidad, dicha sensación lo turbó visiblemente. Y esa noche se acostó -pocas horas después de aquella experiencia- con la sensación de que estaba siendo literalmente transportado al pasado. Aquel pasado que tan desesperadamente intentaba olvidar...



A la mañana siguiente se despertó temprano, como lo había hecho toda su vida. Se sentía diferente, tal vez menos cansado. Se refregó los ojos un poco e intentó observar lo que lo rodeaba. Miró la hora en su reloj y se dio cuenta que ya era algo tarde, ese día debía entregar un trabajo práctico en la escuela... Aquella frase, que su mente había formulado por si misma, le pareció de repente todo un enigma: Hacía años que no iba a la escuela. Levantó entonces nuevamente la vista, y volvió a observar las cosas a su alrededor. Recién entonces notó que estaba percibiendo el mundo de un modo diferente, como si todo fuera más grande.

Trató de despabilarse y miró el cuarto con mayor atención. Se dio cuenta de que, si bien le resultaba familiar, ese no era su cuarto; o mejor dicho, lo había sido muchos años atrás... Se refregó los ojos varias veces, convencido de que todo era solo una jugarreta de su mente aún adormilada, pero no: Realmente estaba allí. Miró mejor el cuarto, y se dio cuenta que era el de su primera casa, la de Nuñez, en donde había vivido hasta que cumplió los diez años. En esa época asistía a una escuela del barrio en la que no tenía demasiados amigos. Sin embargo él era feliz. Sus dos mejores amigos, Carlitos y Martín, vivían en la misma cuadra que él; todas las tardes, luego de hacer la tarea, ellos se convertían en los protagonistas de las más grandes aventuras.



Decidió levantarse de la cama, cambiarse y explorar la casa. A un costado, apilada sobre el respaldo de una silla, estaba su ropa del colegio, perfectamente ordenada. Se cambió rápidamente -como solía hacerlo cuando era chico- y fue hacia el baño. Aquel cepillo de dientes, ese que siempre recordaba, estaba adentro del vaso. Comenzó a asearse y en cierto momento levantó la vista; al verse al espejo se sorprendió: el que veía, era su rostro de cuando tenía ocho años.



Quince minutos después se sentaba en la mesa de la cocina. Al mismo tiempo, su mamá, Alejandra, estaba terminando de llenar su tazón con leche y copos. Juan no podía creer nada de lo que estaba pasando. Comió en absoluto silencio, aún buscando una explicación lógica a lo que sucedía. Alejandra se encargó de revisar su mochila y asegurarse de que no olvidara llevar nada.

-¿Hiciste el trabajo práctico Juan?- El miró a su madre con algo de duda, pero finalmente, y luego de hacer memoria, le contestó.

- Si Ma, está adentro del cuaderno grande.- ella lo revisó, y sonrió. "Juachi" había dejado una tarjetita para ella entre las hojas de aquel mismo cuaderno.

La tomó, y doblándola a la mitad, se la guardó en un bolsillo. Revisó entonces nuevamente el cuaderno, y luego de asegurarse de que el trabajo estaba allí, volvió a guardar todo como estaba, y se acerco a Juan, para darle un beso en la mejilla.

- Gracias por la carta.- le dijo mientras sacaba el papel de su bolsillo. Juan que estaba atento para ver a lo que se refería, reconoció aquel papel lleno de colores, que en alguna oportunidad, para él lejana y difusa en el tiempo, había dibujado para su mama. Entonces también sonrió.



Su papá lo dejó en la escuela antes de ir al trabajo. En la entrada lo esperaban Carlitos y Martín. Al verlos sintió una extraña sensación, un sentimiento de gran alegría y unas ganas casi incontenibles de correr a abrazarlos. Pero decidió contenerse, y simplemente se acercó y estrechó sus manos, como la mayoría de los chicos solían hacer en su época. A medida que fue pasando aquel día, Juan comenzó a habituarse a su nueva situación, y si bien quería saber lo que estaba pasando, no estaba nervioso, o tenso de algún modo. Resultaba extraño, pero en realidad, en ningún momento se había sentido así...

Al finalizar las clases, los pasó a buscar la mamá de Martín, y los llevó hasta sus casas. Quedaron en encontrarse después de hacer las tareas, como todos los días. Si bien comenzaba a convencerse de que toda aquella situación era real, su mente, su parte racional, le seguía diciendo que aquello era imposible. Sin embargo, Juan había decidido vivir el momento al máximo; rememorar la época más feliz de su vida: Aquella en la que su madre aún no había enfermado, y su padre parecía el hombre más feliz sobre la tierra. El era consciente de que todo podía ser simplemente un sueño, pero en ese momento no le importaba demasiado.

Cuado llegó a su casa, su mamá lo esperaba con la comida recién servida, y una vez más, los aromas invadieron su olfato. Dos minutos después, llegó Jaime, su papá. Como si todo estuviera de algún modo cronometrado al detalle, los tres se sentaron a la mesa. La comida transcurrió entre risas y alegría. De hecho así había sido siempre, hasta el día en el que todo cambio… Sin embargo Juan estaba tranquilo: aún faltaban casi dos años para que eso sucediera.



Terminaron de comer y rápidamente se fue a hacer la tarea. Para alguien como él, que había dedicado su vida a la docencia, aquellos ejercicios eran sumamente sencillos, así que en menos de veinte minutos los había terminado. Se quedó en su cuarto haciendo algo de tiempo, y finalmente, cerca de las dos de la tarde, bajó con el cuaderno para que lo viera su mamá. Alejandra revisó los ejercicios y sonriendo le dijo que podía salir a jugar con sus amigos. Justo en ese momento, Jaime que estaba sentado en el sillón individual del comedor, dejó el diario que leía a un costado, y luego de tomar su abrigo se preparó para volver a salir. Antes de irse, saludo a su esposa, y le dio un beso en la frente a su hijo, como si fuese parte de un ritual cotidiano. Aquello dejó algo perplejo a Juan, quien no recordaba que su padre acostumbrara a saludarlo así. Se preguntaba, que otros detalles sobre aquellos años habría olvidado…



Al llegar a la esquina, encontró a sus dos amigos jugando a las bolitas, junto al viejo Palo Borracho de la casa de la Señora Gutiérrez. Juan se acercó hasta pararse junto a ellos, y luego de arrodillarse, comenzó a jugar también. Esa tarde estuvieron divirtiéndose como él no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. Juegos como las bolitas, la payana, o “Duque espacial”, que ya ni recordaba como eran; pero en los que se desenvolvió como un experto. A medida que pasaron las horas, la sensación de que se acercaba el final, se hizo cada vez más fuerte.

A las seis y media, tomaron la leche con galletitas en la casa de Carlitos, como lo hacían todas las tardes, y luego de eso, cada uno se despidió y volvió a su casa. Juan pasó el resto de aquel día, haciéndole compañía a su mamá, intentando estar el mayor tiempo posible junto ella. A las nueve en punto, Alejandra sirvió la comida y a las diez y media Juan finalmente se fue a acostar. Estaba muy cansado a causa de todas las cosas que había hecho aquel día, y le costaba mantener los ojos abiertos. Su papá lo arropó y le dio el beso de las buenas noches, y su mamá, como solía hacerlo, le leyó aquel cuento que él nunca se cansaba de oír. No llegó ni a la tercera página, ya que la dulce voz de su madre, logró que el sueño lo venciera del todo, quedando entonces completamente dormido…





A la mañana siguiente se despertó renovado. Abrió los ojos y notó que su percepción de las cosas había vuelto a cambiar. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba nuevamente en su casa de Villa Crespo, junto a Agustina, su mujer. Era sábado así que no tenía que ir a trabajar. Aquello le resultó de repente muy extraño. Si todo lo que él había vivido, solo había sido un sueño, debería ser viernes, pero no era así. Se cercioró varias veces de no estar equivocado, y cuando se convenció por completo, recién entonces se levantó. Fue directo a la cocina y sirvió tres tazones con copos y leche.

Julia acababa de levantarse, y observaba con curiosidad como su papá, preparaba lo que ella creía, era el desayuno. La nena que tenía ocho años, se acercó hasta la mesa de la cocina, y sin decir nada se sentó. Juan que la vio en el mismo instante en el que entró, se aproximó hasta su silla y le dio un beso en la frente. Julia sonrió.

-¿Qué estás haciendo papi?- Juan se detuvo un instante, y miró a su hija.

- Estoy preparando el desayuno para los tres…- En ese momento Agustina entró a la cocina envuelta en su bata y se apoyó contra la heladera.

-¿Y que hay de desayuno?-

-¡Copos con leche! – dijo Julia, para luego llevarse una gran cucharada a su boca.

Agustina se sentó a la Mesa junto a su hija y luego de revolverle el pelo con su mano, tomó una cuchara y la imitó. Miraba a su marido. Había algo en él que era diferente. Parecía como si todos sus conflictos internos, aquellos que lo habían acompañado toda su vida, se hubieran esfumado de repente. Se lo veía calmado, contento, lleno de alegría. Todo al mismo tiempo. Estiró entonces su mano y tomó la de él. Juan la miró con enorme ternura en sus ojos, y luego acercó aquella mano a su rostro, y la besó.

Aquel desayuno fue memorable. Allí estaban los tres, sentados a la mesa a las ocho de la mañana de un sábado, comiendo copos y riendo casi en todo momento. Juan se sentía distinto. Era como si hubiese dejado olvidada aquella pesada mochila, que cargaba con él desde la muerte de su mamá, en aquel cuarto de aquella casa de Nuñez. Tenía la certeza de que su vida acababa de cambiar. Algo o alguien, le había dado -por una razón que él desconocía- la oportunidad de recordar y recuperar las cosas buenas, que había olvidado en el camino hacia la adultez. El había sufrido bastante luego de la muerte de su mamá. Jaime, su padre, se había encerrado en si mismo, y por momentos pareció que había olvidado que tenía un hijo. Lo había llegado a odiar por eso, pero en ese momento, esos sentimientos habían desaparecido. El simple recuerdo de aquel beso en la frente, antes de ir a trabajar, o el modo en el que lo arropó para dormir, fueron suficientes para que olvidara todo lo otro. El sabía que su viejo había sufrido tanto como él, y que tal vez, no supo como continuar. Miró de reojo el teléfono que estaba colgado en la pared, y decidió que ese mismo día lo llamaría. Tenían mucho de que hablar…

martes, 11 de mayo de 2010

Aquella Mañana

Aquella mañana, al igual que las anteriores, el mundo a mí alrededor me pareció demasiado falso, artificial por decirlo de algún modo. Las nubes se movían por el firmamento a una velocidad constante, de un modo tal que nunca llegaban a tapar el sol por completo. La brisa soplaba suave y constantemente, y la temperatura era la ideal. Bueno, de hecho así era siempre desde que el concilio terrestre, había decidido hacer uso de la tecnología de control del clima, que habían desarrollado mis abuelos...

Hacía años que Federico Cellmann trabajaba junto a su colega Alfredo Palazo en la tecnología que ellos, estaban seguros, lograría darle control a la humanidad, sobre los caprichos de la naturaleza. No se trataba solo de lanzar pequeñas cargas a las nubes, para provocar su reacción. Ellos buscaban poder generar esas nubes de la nada, controlar la intensidad de las tormentas, y lo más importante: poder controlar por completo el comportamiento del clima. Aquella fue la investigación de sus vidas, y también la de sus respectivos hijos: Verónica Cellmann y Ariel Palazo. 

Mi nombre es Federico Palazo, y soy el hijo de Verónica y Ariel. Cuando era chico, era común escucharles decir, tanto a mis padres como a mis abuelos, que yo seguiría la investigación familiar, y que perfeccionaría la tecnología. Pero mis viejos me "ganaron de mano", y para cuando había cumplido los veintidós, ya no había razones para seguir con el "negocio" familiar. 
Mi verdadera pasión era el teatro, y así se los hice saber un día, poco antes de terminar la Universidad. Había estudiado física y meteorología, y la verdad era que no tenía demasiadas ganas de trabajar en eso el resto de mi vida.
La noticia cayó muy mal en mi familia; tanto que mi papá, no me habló por un par de semanas. Mi madre en cambio, si bien se notaba que estaba decepcionada, solo quería que yo fuera feliz, por lo que a regañadientes, aceptó mi decisión. A partir de entonces, mi relación con ellos, fue deteriorándose poco a poco. Finalmente, unos diez años después de aquella decisión; la misma noche en la que me consagraba como actor profesional, ellos dejaron de hablarme por completo.
Supongo que hasta ese momento, aún abrigaban la esperanza de que recapacitara y volviera a la "senda", pero esa noche entendieron que ya no lo haría. Aquella desaparición tan abrupta, caló hondo en mi corazón, pero estaba convencido de que el teatro era mi vida, y no pensaba dejar que nadie arruinara, lo que para mi era lo más importante...


Más allá de aquella decisión que había tomado de un modo casi subconsciente, a partir de ese momento todo fue algo irreal para mí. Ni el éxito, ni la fama que logré en los siguientes años, significaron demasiado para mí. Pero yo no pensaba claudicar. Si la condición implícita para recuperar a mi familia, era abandonar mis sueños y mi carrera, entonces no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer.
Fue en ese período en el que las autoridades, decidieron hacer uso de la tecnología que había desarrollado mi familia durante décadas. No se exactamente en que momento, ya que durante aquella década, las cosas resultaron algo nebulosas para mi. 
Finalmente pasaron otros diez años -veinte desde mi confesión-. Ya no pensaba tanto en mi familia; había formado una propia, y realmente era feliz. Me preocupaba que mis hijos crecieran en un mundo tan artificial como ese, pero no había demasiado que yo pudiera hacer al respecto. De vez en cuando me llegaban noticias sobre ellos. Así me había enterado de las muertes de mis abuelos, y del deterioro en la salud de mi padre.
Mi carrera como actor me había llevado a la pantalla grande, y si bien mi país no tenía una gigantesca industria cinematográfica, como la del país del norte, podría decirse que yo era uno de los "grandes". Mi esposa era maravillosa, la mujer a la que más amaba en el mundo. Ella no era actriz, y tal vez por ese motivo, yo le había resultado tan seductor. 
Lo cierto era que yo nunca me había considerado un casanova, y antes de conocerla, no había salido con demasiadas mujeres. Pero al hacerlo, supe que pasaría con ella el resto de mis días. Sin embargo la vida tenía otros planes para nosotros…

El día en el que cumplí cuarenta y cinco años, mi mujer tuvo el primero de una serie de desmayos, que con el correr de las semanas, se hicieron más y más frecuentes. Finalmente fuimos a consultar un especialista. El médico no tenía idea de lo que le estaba pasando. Yo solo notaba que los desmayos se intensificaban algunos días, y durante días enteros, parecía estar bien. La razón de aquello, parecía ser desconocida.
Así pasaron seis o siete meses, entre doctores, desmayos y preocupación. Y de repente una mañana, los desmayos cesaron, tan abruptamente como habían aparecido. Durante aproximadamente un año, nuestra vida comenzó a transcurrir de igual modo, que antes de que todo comenzara.
En la vida real, no siempre hay un final feliz como en las películas. De hecho, los finales felices son bastante escasos; casi diría que una rareza. Se preguntarán porque digo todo esto de repente... Pues la respuesta es simple; ya que al final, y sin siquiera avisar, la parca se llevó a mi mujer.

 Desde ese día solo viví para averiguar que había pasado. ¿De que modo podía ser posible, que una persona enfermara, se recuperara por completo, y que finalmente, muriera de un modo tan inesperado? Pronto supe cual era la razón: La tecnología de control climático de mi familia...
Yo jamás había ejercido mi profesión, pero en ese momento, en lo único que pensaba era en la muerte de mi esposa. Así que abandoné la actuación, tomé un puesto como científico en una prestigiosa universidad, y logré que me permitieran investigar lo que yo quería. En realidad nada de eso, me había supuesto demasiado esfuerzo, solo me hizo falta decir mi nombre, para que varias universidades se pelearan por mí. Yo siempre había sido consciente del prestigio del que gozaba mi apellido dentro de la comunidad científica, pero hasta ese día no había comprendido la verdadera magnitud de aquel.
No me costó demasiado ponerme al día en mis conocimientos. Eso se lo debía a mis padres, de quienes había heredado una notable memoria. De hecho y luego de más de veinte años, aún recordaba la mayor parte de lo que había estudiado en la universidad. 
Me llevó casi dos años, pero finalmente descubrir que uno de los procesos del sistema de control climático, producía un desecho semi radioactivo, que atacaba solo a ciertos grupos genéticos muy específicos. Alentado por aquel descubrimiento, seguí adelante y finalmente, un día di con la respuesta definitiva.

Esos últimos meses había estado tratando de aislar el isótopo, y había comenzado a hacer pruebas sobre tejidos humanos. En cierto punto, tomé muestras microscópicas de la piel de mis dos hijos, y las expuse a grandes cantidades de radiación. Increíblemente, y luego de semanas de exposición, las únicas muestras que se habían visto afectadas, habían sido las que había tomado de mi difunta mujer. Entonces lo supe. Fue como un clic en mi cabeza, aunque no lograba entender porque lo había hecho... Salí como un loco de mi laboratorio, y fui directo a la casa de mi infancia. Allí estaba mi padre sentado en su silla favorita, leyendo el diario. 

- ¡Fuiste vos! Creaste un isótopo cuya radiación afecta solo a un ADN en particular: El de mi esposa.- hice una pausa e intenté calmarme.- Vos la mataste.- Mi Viejo ni siquiera intentó defenderse. Sin embargo mantenía su mirada desafiante y permanecía completamente imperturbable.
-¿Cómo lo descubriste?- yo lo miré aún con más odio y finalmente le respondí con enorme desprecio.
- Lo abandoné todo, mi carrera, mi vocación. Y conseguí un empleo como físico teórico. Me dediqué día y noche a encontrar lo que había causado su muerte. Hoy finalmente lo supe...- 
Mi padre me miró fijamente a los ojos y comenzó a sonreír cínicamente. Luego levantó nuevamente el diario y comenzó a leerlo otra vez. Quedé allí entonces, completamente ignorado y totalmente azorado. Y finalmente lo entendí todo. En su retorcida mente, todo aquello había perseguido un único fin: Lograr que su hijo, volviera a la “senda". 
Yo que durante casi veinte años, había dicho que no pensaba dar el brazo a torcer, finalmente lo había hecho. Mi padre había logrado el objetivo que se había fijado, más de dos décadas atrás, cuando yo había confesado mi amor por la actuación. Para él, solo se trataba de un problema de física más, al cual le había encontrado una solución científica.
Esa fue la primera vez en casi veinte años que pise la casa, y también fue la última. A mi padre no lo volví a ver nunca más, y a mi madre, la vi por última vez en el funeral del viejo. Poco tiempo después, ella también murió.

 Han pasado casi diez años desde aquel entonces. Mis hijos tienen 14 y 16 años respectivamente. Yo dejé nuevamente la ciencia, y recuperé mi carrera de actor. Nunca me volví a casar; aún hoy la extraño. Me sigo levantando todos los días y el mundo me sigue pareciendo tan artificial, como aquella lejana mañana...

viernes, 30 de abril de 2010

Antes de la Media Noche (Parte 2)

Viene de Parte 1

Durante las siguientes dos horas, no supimos nada más de ellos. En ese tiempo Madeira y yo nos entretuvimos revisando las cintas en donde aparecía Harpen. Si bien pudimos escuchar todas y cada una de sus conversaciones, no tenían demasiado sentido. Parecían piezas sueltas de algún enorme rompecabezas, que aún seguían sin encajar del todo. Solo pudimos rescatar una frase lo suficientemente coherente: "Si no despierta hoy antes de las doce, ya no podrá ser acusado del crimen. Si eso pasa, quedaremos muy mal parados: algunos podrían creer que lo estábamos protegiendo..." No revelaba mucho, pero sin embargo, aclaraba bastante el panorama.

Nuestro pasajero siguió sin aparecer por un buen rato más. Cuando lo hizo, tenía una expresión aún más sombría que cuando se fue. Entró en la nave, y casi sin percatarse de nuestra presencia, se dirigió directo hacia su camarote. Allí volvió a desaparecer por, al menos, una hora más. La situación era por demás extraña, y la expresión de Sullivan -quien se quedó con nosotros mientras esperaba-, era de completa incredulidad.
-¿Sucede algo comandante?-le pregunté poniendo mi mejor cara de estúpido. Sullivan dejó de observar fijamente la puerta del cuarto de Harpen, para observarme a mí.
- Sucede que allí en esa casa, hay un hombre que debe responder ante la justicia por sus crímenes. Sin embargo según la ley, no podemos arrestarlo hasta que recupere la consciencia.- hizo una pausa y después agregó algo más. Ese fue el dato que lo aclaró todo.- El muy insensato tomó wisky Akroniano... Si no despierta antes de la medianoche se librará de nosotros...-
- Pues si no despierta pronto, eso no importará: Tal vez nunca más despierte...- las palabras de Madeira resonaron en todo el pasillo, y repentinamente sentí un pequeño estremecimiento. Sullivan asintió con la cabeza, pero no dijo nada más. Un rato después, nuestro ilustre pasajero salió de su cuarto con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía ser que de algún modo, había encontrado la solución a su predicamento.

Si bien a nosotros no nos era posible tener un panorama completo de lo que sucedía, podíamos unir las piezas bastante bien.  Harpen había pasado como una tromba por adelante de nosotros, pero no salió de nuestra nave. En cambió se dirigió a la enfermería. Yo cada vez comprendía menos. Caminó hasta quedar delante de la estantería con los medicamentos, y luego de buscar por un rato, finalmente nos habló.
-¿Tienen Adrenalina sintética?- Madeira y yo nos miramos sin comprender nada. Me acerqué aún algo confundido hasta el botiquín, y le alcancé una de las ampollas que teníamos.- Voy a necesitar todas las que tengan.- hizo una pausa y luego siguió- Además de un par de cosas más.-
La lista que nos dio, contenía cuatro o cinco medicamento que yo desconocía, pero que por algún motivo, estaban en nuestra provisión médica. Según me dijo después Madeira, estaban allí porque habían sido remanentes de nuestro último cargamento médico. Harpen tomó todo lo que le dimos y se fue junto a Sullivan, de nuevo hacia la estancia. Después de eso, no volvimos a saber de ellos por mucho tiempo. 

Hacia unas seis horas que habíamos descendido en aquel gélido planeta. Según lo que había dicho nuestro pasajero al llegar, en menos de tres, se terminaría todo. Harpen volvió a aparecer entonces. 
- Señores, nos vamos de este planeta.- Sus expresión era seria, pero al menos, no se lo veía tan abatido como antes. Cuando le preguntamos que había sucedido con su "paciente", solo nos dijo que ya había hecho todo lo posible; que lo único que quedaba por hacer, era esperar. Ante esa respuesta, decidimos no hacer más preguntas.
El capitán me hizo una seña entonces, y procedí a recoger el túnel de acoplamiento. Me llevó tan solo un momento, pero en ese instante, pude ver el rostro de Sullivan, detrás de la puerta de la nave patrulla. Se lo veía igual de serio que al buen doctor, pero a diferencia de él, Mark Sullivan parecía un tanto más relajado. Como si anticipara el resultado final, o si después de todo, no le importara tanto a final de cuentas.

Nos tomó poco tiempo despegar y comenzar a alejarnos. Harpen volvió a encerrarse en su habitación, y no volvió a hablar con nosotros, durante el resto del viaje. Madeira y yo nos quedamos en el puente, para maniobrar entre los objetos del cinturón de Kuiper. Aún, nos quedaba un largo trecho hasta casa. En cierto momento, la pregunta que había estado rondando en nuestras cabezas desde el despegue, quedó evidenciada en el modo que observábamos la pantalla, de los sensores de largo alcance. Acaban de dar las doce; ¿Habrían logrado finalmente su objetivo, o por el contrario, Sauvier seguiría durmiendo indefinidamente? La pregunta quedó suspendida en el aire, hasta que detectamos que otra nave, se acercaba rápidamente hacia nosotros. Era la patrulla de la policía galáctica. Poco después, Sullivan abrió un canal de comunicaciones con nuestra nave y pidió hablar con Harpen. Nosotros le explicamos que había pedido no ser molestado hasta llegar a Gaia. Mark Sullivan sonrió entonces, al tiempo que ladeaba la cabeza.
- Díganle entonces cuando aterricen que es un genio, que lo ha logrado otra vez.- luego de decir aquello último, interrumpió la transmisión sin esperar nuestra respuesta, y acelerando los motores a tope, desapareció rápidamente de nuestros sensores. Yo miré entonces a Madeira al tiempo que me preguntaba, cuales serían los cargos que debería enfrentar el estanciero Solar al llegar a su destino.

sábado, 24 de abril de 2010

Antes de la Media Noche (Parte 1)

La nave despegó exactamente a las 15:30. Su destino era Plutón, y el viaje tomaría aproximadamente unas doce horas. El comandante fijó curso hacia el gélido planeta y activó el piloto automático. Al igual que yo se preguntaba que asuntos podría llegar a tener allí nuestro cliente, como para querer ir a un sitio tan inhóspito como lo era el "noveno" planeta del Sistema Solar.

A principios del siglo 21, se había redefinido la palabra planeta, y Plutón dejó de cumplir con la definición. Aún más, para esa época, habían comenzado a sospechar que Caronte, no era su luna, sino la otra mitad de un sistema planetario de "doble planeta". Pero el paso de los años y la fuerza de las costumbres, habían finalmente determinado que de un modo totalmente paulatino, al menos el común de la gente, lo volviera a incluir en la lista de los planetas del Sistema Solar.
Habían pasado varios siglos desde entonces, y la Tierra ya no existía, pero para todos los mundos de la antigua Federación Terrestre, Plutón seguía siendo el noveno planeta...

Comenzamos una charla bastante amena con nuestro pasajero. Una cosa llevó a la otra, y terminamos hablando sobre la Tierra. Según nos contaba, la desaparición de la Tierra había sido bastante extraña; más aún si se estaba al tanto como él, de un detalle en particular, que muchos desconocían: La Tierra había sido evacuada por completo... 
Muchos creían que la evacuación había sido parcial; que todo había ocurrido en tan solo semanas. Pero la realidad, era que el gobierno de la Tierra había estado preparándose durante varios años, y que las evacuaciones habían comenzado meses antes de lo que se creía. De hecho, no había muerto ni una sola persona durante la destrucción del planeta.

El Comandante Madeira y yo, escuchábamos atentamente a nuestro cliente, el científico Jonathan Harpen. El sabía muy bien de lo que hablaba: según decía, había trabajado en el proyecto "GAIA". Ese proyecto había tenido como misión encontrar un planeta adecuado para sostener a toda la población de la desaparecida Tierra. Decía que la búsqueda había empezado realmente, cinco años antes de la destrucción.
Nos contó decenas de detalles, sin embargo cuando intentamos que nos dijera la verdadera causa de la implosión del planeta, se mostró esquivo, como si aquella fuera una información demasiado peligrosa como para revelar. Lo que si nos aseguró, fue que todo el asunto había sido pensado una y otra vez, buscando la solución más adecuada para la situación que estaban viviendo.
Esos últimos años, la Tierra se convulsionó, como anunciando que ya no le quedaba demasiado tiempo. Aquello puso al gobierno en alerta, y una vez más, como siempre que habían tenido un problema aparentemente irresoluble, lo llamaron a él...

Habían pasado casi veinte años, y Harpen ya se había retirado, pero una vez más, el gobierno "terrícola" lo había llamado para resolver algo aparentemente sin solución: En este caso, la situación resultaba un tanto más mundana, pero potencialmente, era igual de peligrosa para ellos. No nos quiso decir exactamente de que se trataba, pero algo de lo que si nos dijo, nos dio a entender que se trataba de uno de los estancieros "Hieleros" de Plutón. Evidentemente era un asunto netamente político.

Aquellas doce horas de viaje pasaron bastante rápido. Finalmente llegamos a Plutón y comenzamos poco después el acercamiento final para tomar una órbita baja antes de aterrizar en el planeta. Las coordenadas que nos indicó Harpen, nos llevaban justo al corazón de las tierras del hombre más rico del Sistema Solar: la estancia de Mateo Sauvier.
Sauvier era famoso por sus excesos y por el hecho de saber granjearse enemigos muy poderosos. Solía meterse en negocios bastante turbios y tenía la mala costumbre de involucrarse con gente "pesada". Si bien se sabía que Sauvier hacía negocios al estilo de los antiguos mafiosos, no podía imaginarme que podría haber hecho, para que el gobierno terrestre enviara a alguien como el doctor Harpen, a manejar el problema que representaba, fuera cual fuera...

El comandante aterrizó nuestra nave justo delante de la cúpula que cubría el casco de la estancia. Al lado nuestro había otro vehículo, aparentemente una patrulla de la policía galáctica. Harpen parecía estar algo agitado. Revisaba su reloj una y otra vea, como si se le estuviera acabando el tiempo.

- Nos queda muy poco tiempo. En unas horas ya no podremos hacer nada...- Hablaba de un modo totalmente enigmático y hasta en cierto punto incongruente. 
Harpen se acercó a la puerta de popa, y tendió una manga con la nave patrulla. No pasó demasiado tiempo antes de que los ocupantes de la otra nave, activaran el sistema de acople y, luego de igualar la presión, abrieran también su puerta. Yo observaba todo desde el puente. El capitán mientras tanto, controlaba cada movimiento del doctor. 

No pasó demasiado tiempo hasta que uno de los ocupantes del otro vehículo comenzara a caminar por la manga hacia nuestra nave. Vestía el uniforme de la Policía Galáctica, y por los galones de su chaqueta, supe que era Comisario. Caminaba con determinación, directamente hacia nuestro pasajero...
- Doctor Harpen: Soy el Comisario Mark Sullivan. Me alegro de que haya llegado finalmente- Harpen asintió con un leve movimiento de su cabeza. Yo que veía la escena a través del monitor, entendía cada vez menos.
- Dígame cual es exactamente la situación.- Sullivan ladeó un poco la cabeza, como intentando darle a entender, que lo que estaba por decir no era para nada alentador.
- Sigue en trance. Si no despierta en ocho horas se saldrá con la suya.- Nuestro cliente se quedó pensativo por un rato, y finalmente volteó para hablarle al comandante Madeira.
- Capitán: voy a descender con el comisario Sullivan; espérenme aquí. Pase lo que pase, nos iremos en nueve horas.- Madeira asintió  con la cabeza. En ese momento, Harpen comenzó a caminar por la manga y pronto desapareció dentro de la nave patrulla. El comandante cerró entonces la compuerta y volvió al puente conmigo. Yo seguí con mis tareas. Cuando entró él, unos cinco minutos después, había comenzado a purgar los registros en video.
- No toques nada. Deja todo como está que por ahí, viendo esas cintas, podremos saber que está pasando aquí.- Yo que ya tenía el dedo sobre el botón de borrar sonreí. 
- Como tú digas capitán. ¿Por donde quieres empezar?- Madeira se quedó mirándome por un instante, y luego habló.
- Comenzaremos por el registro de llamadas de la nave. Me juego mí puesto de capitán, a que se ha comunicado varias veces con ellos, mientras veníamos para este planeta.- 
La idea me resultó de repente, bastante divertida, y por un momento imagine al capitán recibiendo órdenes en lugar de darlas. Sin embargo, segundos después, la computadora devolvió la consulta del registro telefónico de la nave: Madeira estaba en lo cierto. Harpen había usado el teléfono, a razón de dos o tres llamadas por hora; casi una veintena en total. Todo era cada vez más extraño. 
En ese momento miré por el "parabrisas" de la cabina y pude observar a Harpen salir de la nave patrulla por la puerta inferior. La misma, estaba acoplada a la entrada principal del casco de la estancia de Sauvier. Miré en esa dirección y pude ver a un Zerfatha que llegaba a recibirlos. No fue mucho más lo que pude ver, ya que pocos segundos después los tres habían desaparecido de nuestras vistas.

Continua Parte 2

lunes, 12 de abril de 2010

Un Gran Cambio

Las cosas se estaban poniendo bastante feas. Juan sabía que no faltaba mucho para que todo estallara. Hacía semanas que se encontraba escondido en la casa de su abuelo, cerca de Durazno, pero sabía que no podría permanecer mucho tiempo más allí. Su hermana Vanina, acababa de cumplir los quince años, y él no había tenido el valor para ir a su fiesta. Ricardo se había enojado mucho con él por eso. El era su hermano mayor, tenía veinticuatro años, y pensaba de un modo diametralmente opuesto al suyo.
Juan Asturiano tenía tan solo dieciocho años. Era un muchacho recién egresado del liceo, que acababa de comenzar en la universidad. Desde que podía recordar, había sido muy diferente a su padre Alberto y a su hermano mayor. Tampoco se parecía en nada a Celina, su madre. Siempre había sentido la necesidad de modificar las cosas, de que cambiaran para mejor; por eso se había unido a los Tupamaros. Hacía casi un año que estaba con ellos, y creía firmemente en sus ideas. Pero ahora sus convicciones lo estaban alejando de todos aquellos que le importaban...

Hacía casi dos meses que se escondía en la vieja casa de los abuelos.
Desde que su abuela había fallecido el año anterior, nadie vivía allí. Una noche, Ricardo entró durante la madrugada a su cuarto, y luego de gritarle en todos los idiomas, lo llevó (casi a la rastra) hasta su auto, y comenzó a conducir. Según le había dicho un amigo que tenía dentro del ejército, Juan figuraba en una de las listas con los nombres de quienes presuntamente, habían participado del "Tejazo" unos ocho meses antes. El mismo día en que se había producido, la fuga del penal de Punta Carretas.

Ricardo no le hablaba, solo conducía. Una hora después estaban llegando al barrio de sus abuelos. Juan no entendía nada. Miró a su hermano a los ojos, y luego de unos instantes, este le hablo. Le dijo que lo escondería en la vieja casa de los abuelos, pero que no podría ni siquiera acercar su nariz a una ventana. Lo dejó en la casa y se fue por casi dos horas. Al volver, había llenado el baúl del coche, con enlatados como para tres meses. Le dijo que debería quedarse allí; que él iría a verlo de vez en cuando. Desde entonces Ricardo había ido solo tres veces; y la última, había sido hacía más de quince días.

La idea de su hermano era "guardarlo" allí, hasta poder arreglar su paso a la Argentina. En principio, eso iba a tomar algo más de tres semanas, pero ese tiempo se fue estirando, hasta el punto que aún, no sabía cuanto más le llevaría conseguirlo.
Juan comenzaba a volverse loco allí encerrado, sin siquiera poder ver la luz del día. Ricardo, le había dicho que ni siquiera saliera al patio trasero, y que en lo posible, solo utilizara las habitaciones internas. Por suerte las pesadas persianas de las ventanas, cerraban casi herméticamente, y no dejaban ver desde la calle si las luces estaban prendidas o apagadas. Sin embargo, y por un tema de tranquilidad propia, de noche prendía solo la luz de la cocina, y había decidido dormir en el sótano.

Ese día, sintió que la puerta del garaje se abría, y unos pasos acercándose a la cocina. Pocos instantes después, vio a su hermano entrando. Ricardo tenía una expresión muy sombría. Estaba muy serio; tanto que Juan comenzó a preocuparse. El otro lo miró fijamente y así de repente, habló.
- Ya es hora de que sigas tu viaje...- de inmediato supo que algo no estaba bien.
- Pasó algo ¿no?- Su hermano asintió con un leve movimiento y entonces le contestó.
- Alejandro vio tu nombre en una de las listas de prioritarios.- hizo una pausa y siguió- creen que fuiste uno de los cabecillas en el "Tejazo".- Juan no creía lo que oía.
El había sido solo uno más; de hecho, hacía menos de un año que se había unido al movimiento. Ahora por algún motivo lo habían marcado como uno de los lideres durante lo que las autoridades y la prensa habían denomino “el Tejazo”. Siendo que en realidad, ese día solo había seguido órdenes. Su objetivo era provocar un alboroto tal, que mantuviera a los policías lo suficientemente ocupados, como para que sus compañeros pudieran escapar del penal de Punta Carretas.
Después de eso las cosas se habían puesto muy feas. El presidente le había dado carta blanca a los militares y el ambiente se había enrarecido demasiado.

Ricardo comenzó a juntar las pertenencias de su hermano menor, y las metió en aquel mismo bolso que le había dado, dos días después de dejarlo en esa casa. Lo llevaría hasta Carmelo. Desde allí podría cruzar a la argentina de un modo relativamente seguro. Juan aún no estaba convencido de querer irse, pero sabía que tampoco podía quedarse. Se preguntaba de que viviría una vez que llegara a Buenos Aires, y más importante aún: Donde. Ricardo le dijo que no se preocupara; había tenido semanas para pensar en eso. Sacó entonces un sobre del bolsillo de su saco, y se lo dio en la mano. Dentro había dinero del país vecino, además de todos sus documentos, incluida la copia de su partida de nacimiento.
Además de eso, había logrado conseguir los papeles para que lo dejaran embarcar. No eran copias de gran realismo, pero confiaba en que serían suficientes, como para burlar los controles de la aduana al salir del Uruguay. Juan se subió al auto de su hermano, y este finalmente arrancó. Miraba la bolsa que llevaba en sus manos, y se entristecía pensando que su vida, podía reducirse a un triste bolso marinero.

El Viaje hasta Carmelo, les tomó tres horas. Ricardo miraba a su hermano de reojo cada tanto, solo para percatarse del terror que estaba sintiendo en esos momentos. Luego de que la luz del día desapareciera por completo, llegaron al puerto desde el que saldría el barco que Ricardo había conseguido. Juan aún tenía sus dudas, pero ya no había marcha atrás; lamentablemente, él ya no podía volver, estaba marcado. Tomó entonces aquel bolso que contenía su último vínculo con la vida que estaba dejando, y subió por la rampa hasta la cubierta. Miraba constantemente hacía atrás, como si aún esperara despertarse y que hubiera sido todo un sueño. Finalmente los motores se encendieron, y poco a poco, la nave comenzó a alejarse de la costa. Ricardo lo miraba alejarse desde la costa, al tiempo que pensaba en el futuro que le esperaba a su hermano, al otro lado del río.