domingo, 26 de abril de 2009

El llanto de María

Es muy raro que hable en primera persona en mis posts. Solo lo he hecho dos veces: Cuando ignauguré este blog, y ahora. El cuento que están a punto de leer, lo escribí especialmente para un grupo de gente que busca su origen biológico, su historia...
La agrupación que formaron, se llama Raiz Natal ("por el derecho a la identidad biológica"), y desde hace casi siete años, trabajan para ayudar a quienes se acercan, y para concientizar a la sociedad.
Acá los dejo con el relato. Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo...


El llanto de María

El llanto de María José se escuchaba en toda la casa. Sus padres estaban sentados en la cocina sin saber como actuar. Y era lógico que no supieran que hacer, ya que al haber guardado el secreto durante tanto tiempo, habían olvidado planear como le dirían la verdad. En realidad, habían llegado a creer que no sería necesario revelar aquel secreto. ¿Cómo iban a imaginar que ella lo descubriría por si sola?

María José había sido siempre una chica muy jovial; muy despierta para sus 17 años. Le encantaba salir con sus amigos, y solía ser la voz consciente del grupo. Sus padres sabían que su hija era de fiar. Su vida transcurría como la cualquier adolescente de su edad, hasta el día en el que tuvo aquel accidente.
El choque no fue demasiado grave en si mismo. Su novio Alejandro, era quien conducía, pero de ningún modo se podía decir que él era el culpable. El otro conductor estaba borracho, y se había empecinado en circular del lado contrario del camino. Ambos jóvenes fueron hospitalizados. Alejandro estaba inconciente, pero ella podía escucharlo todo.
Había perdido bastante sangre a causa del profundo corte que tenía en la pierna. Sin embargo, los médicos decían que se iba a recuperar por completo. Necesitaba una transfusión sanguínea, así que los médicos se acercaron a su familia para pedir donantes, ya que su grupo, era uno de los más inusuales que existen: el denominado "0" negativo. Lo extraño fue lo que escuchó decir a uno de los doctores un rato más tarde: Ninguno de sus padres compartía ni su grupo, ni su factor. En ese momento, estaba demasiado débil como para hacer preguntas; tanto que pocos instantes después ella también perdió el conocimiento.
Despertó varias horas más tarde. Se encontraba en una cama de terapia intermedia, cuidada por sus padres. Levantó la vista y pudo verlos a ambos, estaban dormidos en el sillón de la habitación.
Les preguntó por su novio. Sus padres le aseguraron que él estaba bien, y le pidieron que descansara. Ella accedió; en ese momento, no tuvo el valor de preguntarles nada. Así pasó una semana. El mismo día, Alejandro y ella fueron dados de alta. María José estaba bastante rara y Alejandro estaba comenzando a preocuparse. Fue recién un día más tarde que él se animó a preguntarle que era lo que pasaba.
La respuesta de ella le resultó aún más preocupante. En un primer momento, quiso convencerla de que seguramente, había escuchado mal a causa de la perdida de sangre. Pero la insistencia de ella, y el hecho de que realmente su tipo sanguíneo era extremadamente raro, le hicieron comprender que su chica tenía razón. Había algo muy raro.

Fue él quien puso manos a la obra y comenzó a investigar. Así supo, luego de hacer ciertas averiguaciones, que había un modo relativamente fácil de saber lo que querían: revisar la partida de nacimiento de ella. ¿Había alguna clase de inscripción al margen? Cuando el se lo planteó, ella se percató de una cosa. Se dio cuenta de que en realidad, jamás había visto su partida de nacimiento. Al menos no en detalle falta. Además, su madre guardaba esa clase de papeles, como si se tratara de un tesoro nacional...
Decidió que en cuanto tuviera la oportunidad, le daría una hojeada a su partida de nacimiento.

Pasaron varios días más, y la oportunidad de revisar los papeles en la pieza de sus padres no aparecía. Hasta que finalmente, un día su madre se fue de la casa, asegurando que volvería tarde. María José no quiso perder tiempo, y raudamente se dirigió a la pieza. Los armarios estaban todos cerrados con llave, pero ella ya había tomado los recaudos necesarios, y había tomado la llave que su mama llevaba siempre en su cartera. Jamás había entendido porque mantenían aquellas puertas cerradas, pero creía que estaba por descubrirlo.
En un rincón en el fondo del armario, encontró una caja color ámbar, repleta de papeles. Estaba segura que lo que buscaba esta allí, así que vació el contenido sobre la cama y empezó a leer. Allí había de todo, desde un comprobante por la compra de un sillón veinte años antes, hasta el certificado del curso de operación de grúas que su papá había sacado dos o tres años antes; pero aparentemente, la partida de nacimiento no estaba allí.
Ya estaba a punto de desistir, cuando recordó otro lugar donde solían guardar esa clase de cosas: En el fondo del placar, habían practicado un corte en la madera y colocado una pequeña caja de seguridad oculta. Ella sabía que sus padres no eran muy avispados en cuanto a la tecnología, así que confió en que jamás hubieran cambiado la combinación de fábrica. E increíblemente, jamás lo habían hecho. Digitó los cinco dígitos y esperó que la puerta abriera. En su interior halló lo que buscaba.
La idea era que ellos no se enteraran que había estado revisando, así que valiéndose del multifunción de la PC, hizo dos copias. Tomó el original y volvió a dejarlo en su lugar. Lo mismo hizo con los demás papeles que había revisado. Terminó justo a tiempo para sentarse en el sillón del comedor, segundos antes de que su madre entrara por la puerta de la cocina.

Los días que sucedieron a aquel, fueron interminables para María José. Había revisado la partida de principio a fin, pero lo único extraño que había encontrado fue una referencia a la hoja y el folio de la partida original, y un numero que ella no entendía. Fue su novio Alejandro, que entendía algo sobre papeles legales, quien le explicó finalmente lo que decía allí.
Revisó la partida de arriba a abajo, y advirtió algo que su novia no había visto. La partida estaba fechada dos años después de su nacimiento. Según él, eso solo podía significar una cosa: ella había sido adoptada.
A esas alturas, María ya no tenía dudas, pero no se sentía con la fuerza suficiente, como para enfrentar a sus padres ella sola. Fue por eso que les pidió a Alejandro y a su mejor amiga Verónica que al día siguiente, la acompañaran a su casa luego de clases...

Entraron por la cocina. Sus padres estaban allí sentados tomando unos mates. Le tomó aún unos minutos más, pero finalmente reunión el valor suficiente para hablar. Estaba allí sentada, con la cabeza inclinada hacia abajo cuando les espetó:
- Se que soy adoptada. Lo descubrí todo.- les dijo, mientras luchaba porque sus piernas dejaran de temblar como gelatina.
Sus padres la miraron con los ojos desorbitados. No podían creer que su "bebe", hubiera descubierto la verdad. Realmente no se molestaron en tratar de fingir, decirle que estaba equivocada; por el contrario, le pidieron perdón. Le dijeron que la habían adoptado, y que sino se lo habían dicho, era por que jamás habían podido reunir el valor para hacerlo. María José, se levantó llorando de la mesa, y salió corriendo hacia su cuarto. Allí quedaron entonces, sentados a la mesa, sus padres, Alejandro y Verónica, mirándose entre si en el más absoluto de los silencios, y sin saber que hacer o que decir.

El mundo de María, lo que siempre había creído era la historia de su origen, acababa de derrumbarse por completo, y de repente sintió que había perdido una parte de su identidad; desconocía su origen. Ya vendría más adelante la posibilidad de investigar, y tal vez comprender lo que había pasado entre aquel día en que había llegado al mundo, y aquel otro en el que sus padres la habían adoptado. Pero en ese momento, ella se sentía desolada. Lloraba desconsoladamente
Mientras en aquella cocina, sus padres lamentaban no haber tenido el valor suficiente, para no lastimar de ese modo, a la persona que ellos amaban más que a ninguna otra en el mundo...



para saber más sobre esta problemática visiten el sitio http://www.raiznatal.com.ar

lunes, 13 de abril de 2009

Un encuentro inesperado

Esa mañana, Alejandro salió de su casa como tantas otras veces. En la calle, todo estaba muy negro; el cielo estaba nublado y había comenzado a lloviznar. No había pasado demasiado tiempo, cuando comenzó a llover a cántaros. Caminaba por las calles, escondiéndose debajo de su pilotín negro. Cuando finalmente llegó a la parada, estaba totalmente empapado.
El colectivo 181, siempre había sido conocido por dos cosas: su intrincado recorrido -lleno de idas y vueltas que hacían que este pareciera interminable- y por lo que podía tardar en aparecer. Así que se resignó; se sentó en el banquito del refugio, tratando de escurrir un poco sus mojadas ropas, y se dispuso a esperar… Pero sucedió algo que jamás había sucedido antes: una joven de aproximadamente su misma edad, llegó -tanto o más mojada que él- a la parada. Era verano, así que Alejandro pudo apreciar como su ropa, se pegaba a su voluptuoso cuerpo. Aquella era una vista que hubiera turbado a cualquiera, y Alejandro, no era precisamente un monje…
Trató de recuperar la compostura, y comenzó a observarla con más detenimiento. Tenía pelo color azabache, este era bastante largo y con bucles. Sus ojos, eran de un azul marino intenso; y su piel tan blanca como la leche. Siguió observando; en su precioso rostro, tenía dibujada una sonrisa. Era perfectamente consciente de que él la miraba. No sabía si sonreía o si sentía algo de vergüenza.
La chica permaneció parada en un costado del refugio, casi sin moverse. No debía medir más de un metro sesenta y cinco, pero llevaba zapatos con plataforma, que la hacían parecer al menos diez centímetros más alta. Vestía un Jean Azul ceñido al cuerpo, y una blusa con volados color blanca. Debajo se notaba un corpiño también blanco de esos que las chicas jóvenes solían usar, pero que resultaba insuficiente para soportar el peso de sus grandes senos. La blusa se había pegado completamente a su torso, y era imposible no notar como sus pezones se habían endurecido por el frío; La chica estaba temblando.
Alejandro se paró y se acercó a ella. Le parecía extraño no reconocerla del barrio. Permaneció callado un momento, y luego decidió hablar.
- Hola… ¿Estás bien? Estás completamente empapada y temblando.- Ella lo miró sin entender del todo y le respondió.
- No te preocupes, en diez minutos va a pasar el colectivo; puedo aguantar.- Volvió a girarse y se quedó mirando hacia la dirección por la que debía venir el 181. Pero no pasaron más de tres o cuatro segundos, para que volviera a mirarlo.- Disculpá la grosería… Mi nombre es Mariela. ¿Y el tuyo?- El sonrió y le contestó-
- Yo me llamo Alejandro.- El extendió la mano y ella lo imitó.- Mucho gusto en conocerte Mariela. ¿Eres del barrio?-
- Si y no. En realidad me mudé hace menos de una semana.- Mariela se veía bastante más relajada que en un principio.- Me mudé junto a mis padres acá nomás, a cuatro cuadras de la parada.-
- Con razón, ya que no recordaba haberte visto por el barrio; y creeme, me acordaría…- Mariela se sonrojó un poco por el comentario. Aquel joven le había caído muy bien. Fue entonces que él recordó que llevaba un buzo consigo. Lo buscó rápidamente en el bolso, y se lo ofreció.
- Tomá, ponete esto.- le dijo- que sino te va a agarrar una pulmonía.- Mariela primero dijo que no hacía falta, pero ante la insistencia de él, decidió aceptarlo.-
- Gracias…- Se puso el buzo, y de inmediato sintió como la temperatura regresaba a su cuerpo. Alejandro pudo ver como lentamente le volvía el color a las mejillas.
Ante sus ojos ahora, ella se veía aún más hermosa. El buzo le llegaba hasta la mitad de los glúteos, evidentemente le quedaba un poco largo. El la miraba y parecía como hipnotizado; ella lo notó.
-¿Te pasa algo?- él la miró y sonrió. Por un momento no dijo nada.
- No, no me pasa nada. Es solo que con ese buzo te ves muy hermosa.- Las palabras le salieron sin pensarlo, luego de decirlas, no estuvo seguro de haber hecho bien. Ella volvió a sonrojarse, pero para su alivio, le agradeció el cumplido.
No se consideraba alguien especialmente apuesto. No era feo, pero definitivamente no era un adonis. Sin embargo, de vez en cuando había logrado que alguna chica pusiera interés en él. Esa mañana, en aquella parada de colectivo, había logrado que Mariela -que además de ser despampanante, había resultado ser una chica muy simpática- mostrara particular interés en su persona.
Ambos Jóvenes, siguieron charlando por unos minutos, mientras que sus miradas se seguían cruzando. Finalmente, y luego de mucho esperar, apareció el colectivo girando en una esquina dos o tres cuadras más atrás. Ella estiró su mano, e hizo señas para que parase. El chofer acercó el vehículo al cordón, y faltó poco para que los empapara aún más. Alejandro subió primero, y ayudo a Mariela a saltar el gran charco de agua que separa al colectivo del cordón de la vereda. Ella con una extraña expresión de ternura y sorpresa, le agradeció el gesto.
El bondi estaba a medio pasaje, así que no fue muy difícil hallar dos asientos uno al lado del otro. La charla siguió durante el viaje; había cierta magia en el ambiente. Los gestos insinuantes de uno, provocaban los del otro. El había quedado fascinado con Mariela; y a ella, Alejandro le había empezado a atraer enormemente. Siguieron hablando y riendo, hasta que uno de ellos debió bajarse.
Se despidieron como si se conocieran de mucho tiempo. Realmente ninguno quería despedirse; pero era necesario. Alejandro se levanto del asiento, y se dirigió a la puerta de atrás para tocar el timbre. Al hacerlo, volteó la cabeza para así darse cuenta de que ella lo había seguido con la mirada…
-¿Mañana a la misma hora?- pregunto ella con una sonrisa en la cara. El la miró y esbozando también una sonrisa le contestó.
- Puedes contar con eso…-
El colectivo estacionó aún más lejos de la vereda que cuando abordaron. Alejandro se cerró el pilotín, y se puso la capucha; para luego bajar del bondi. Mariela, miró como aquella figura de negro caminaba bajo la lluvia, esperando que el tiempo pasara rápido, para volver a verlo al día siguiente; a la misma hora…

domingo, 5 de abril de 2009

La Locura

En cada esquina, la veía. Como la sombra de un pasado aún fresco en la memoria; aunque nunca la había conocido en mi vida. Me había enterado de su existencia, por una nota en la tapa de una revista. Era bella, muy bella; tenía ese aire en su mirada, que te dice todo sobre una persona. Parecía inteligente, pero más allá de eso, tenía el aspecto de quien no está conforme con su vida: sentía lástima por ella.
Los meses pasaron, y mi obsesión por su imagen, comenzó a interferir con mi razón. Para ese momento, me había convencido de que la única persona que la podía salvar de su miseria, era yo. Yo, que ni siquiera la conocía; un completo extraño; que un día viendo una foto de tapa, había descubierto la agonía que sentía por dentro.
Ahora entiendo que eso era una locura, pero en ese tiempo, aquello era tan real para mí, como el aire que todos los días respiramos.

Fue en cierto momento -no recuerdo muy bien cuando-, que comencé a seguirla. Creía que vigilándola, podría protegerla; comprender porqué aguantaba esa vida de penurias. Pero no fue así. Ante mis ojos, se mostraba una mujer feliz; frívola, pero feliz. Quise creer que aquella era su forma de sobrellevar la situación, de demostrarle al mundo, que no podría doblegarla. Para ese entonces ya no me alcanzaba con seguirla; necesitaba conocerla, hablar con ella, decirle que sabía por lo que estaba pasando, y que ya no haría falta que sufriera sola.
Pero nada fue tan sencillo. Para empezar, ella vivía sus días en un mundo al que era muy difícil acceder. Yo no pertenecía, y no había modo de que lograra acercarme lo suficiente, a no ser que la interceptara en la calle, o a la salida de algún ensayo. Pero esas no me parecían buenas alternativas, ya que no quería que me confundiera con un merodeador, con alguno de esos desquiciados que intentan acorralar a las celebridades. Yo no me consideraba uno de ellos; yo era su amigo. Un amigo que ella aún no conocía, pero que sabía muy bien todos sus gustos, sueños, anhelos y desdichas.
Intenté acercarme a su entorno, hacerme amigo de alguien que trabajara cerca de ella. Conocí a una joven, se llamaba María. Ella trabajaba como asistente de uno de esos tipos importantes. La veía todos los días, y poco a poco me gané su confianza. Paulatinamente también, me fui enamorando de ella, sin embargo, no sentía que estuviese traicionando a aquella amiga que aún no conocía. Después de todo, siempre la había visto solo como eso; una amiga a quien sentía que debía ayudar.
María no sabía nada de mi obsesión por ella. Le hubiera partido el corazón enterarse que, la única razón por la que -en un principio- le había invitado una copa en aquel bar, había sido conocerla. Pero hacía seis meses que salíamos, y aún no había visto ni una sola vez a aquella mujer, cuya imagen me había obsesionado tanto. Estaba convencido, de que mi “amiga” me necesitaba cuanto antes. Así fue que forjé aquel plan.
No sabía muy bien que lograría haciendo eso, pero creía firmemente que era necesario. Ella se encontraba muy sola y deprimida. Desde mi punto de vista, era infeliz; una mujer condenada a mantener una apariencia de felicidad, que hacía tanto tiempo había perdido.
Llegué a su apartamento muy temprano en la mañana, aún antes de que ella se despertara. Desde que había comenzado a salir con María, había conocido a otras personas que también trabajaban cerca de ella. Una de ellas era el portero del edificio donde vivía.

“Se llamaba José. Yo le había caído bien desde el primer momento. El era un buen amigo del hermano de María. Julián, mi cuñado, trabajaba como parte de la seguridad para las celebridades del estudio. Más de una vez, había tenido que hacer guardia en la puerta de su casa. Fue durante esas asignaciones, que había conocido y entablado una amistad con José.
Una noche Julián nos presentó, parecía un buen tipo. Tenía unos cuarenta años, y aún estaba solo. No fue muy difícil lograr una invitación para tomar unas cervezas en su casa algún día. Conseguir la llave del departamento de ella, tampoco...”

Esa mañana, ella parecía algo más sombría que de costumbre. Se acababa de levantar, yo la observaba desde una posición tal, que hubiera sido imposible que me descubriera, pero lo hizo. Al verme, comenzó a gritar de tal modo, que los dos guardias, que estaban de custodia al otro lado de la puerta, se acercaron a averiguar que pasaba. Uno de ellos era mi cuñado. Lo que sucedía, para ellos era obvio...

Traté de explicarles que estaba haciendo allí, pero no me entendieron. Sin embargo para mí los equivocados eran ellos, al no darse cuenta de que mi “amiga”, necesitaba alguien que le ayudara a salir de su tristeza. Y ese debía ser yo. Los oficiales, no lo entendieron así tampoco. Los psicólogos, no dudaron en internarme en un neuro- psiquiátrico.

Han pasado cinco años desde aquel día. Hoy, luego de un largo tratamiento psicológico, entendí que en esa época yo estaba muy alterado. Pero me ha costado demasiado entenderlo... A María hace tiempo la perdí; a José, mi obsesión, le costó el trabajo. Y a ella, no la volví a ver nunca más. Aún hoy me siento culpable de haber actuado como lo hice, pero todo aquello estaba fuera de mi control.
Lo que realmente lamento, es haber perdido a María. Junto a ella y a su familia, había encontrado algo que siempre había buscado y no había hallado nunca.
Mi locura me costó su amor, mi estupidez me hizo perderla. Ya nada puede ser igual que antes. Ahora solo pienso en lo que pude tener y perdí. Tuve la oportunidad de ser feliz, y no la aproveché. Sin embargo, creo que todo pasa por algo. Si esa noche no le hubiera hablado en aquel bar, sino me hubiese enamorado locamente de ella, quizás aún hoy seguiría encerrado en mi mundo, viendo cosas donde no existían, creyéndome en mi locura, la única persona capaz de salvarlas...