viernes, 30 de abril de 2010

Antes de la Media Noche (Parte 2)

Viene de Parte 1

Durante las siguientes dos horas, no supimos nada más de ellos. En ese tiempo Madeira y yo nos entretuvimos revisando las cintas en donde aparecía Harpen. Si bien pudimos escuchar todas y cada una de sus conversaciones, no tenían demasiado sentido. Parecían piezas sueltas de algún enorme rompecabezas, que aún seguían sin encajar del todo. Solo pudimos rescatar una frase lo suficientemente coherente: "Si no despierta hoy antes de las doce, ya no podrá ser acusado del crimen. Si eso pasa, quedaremos muy mal parados: algunos podrían creer que lo estábamos protegiendo..." No revelaba mucho, pero sin embargo, aclaraba bastante el panorama.

Nuestro pasajero siguió sin aparecer por un buen rato más. Cuando lo hizo, tenía una expresión aún más sombría que cuando se fue. Entró en la nave, y casi sin percatarse de nuestra presencia, se dirigió directo hacia su camarote. Allí volvió a desaparecer por, al menos, una hora más. La situación era por demás extraña, y la expresión de Sullivan -quien se quedó con nosotros mientras esperaba-, era de completa incredulidad.
-¿Sucede algo comandante?-le pregunté poniendo mi mejor cara de estúpido. Sullivan dejó de observar fijamente la puerta del cuarto de Harpen, para observarme a mí.
- Sucede que allí en esa casa, hay un hombre que debe responder ante la justicia por sus crímenes. Sin embargo según la ley, no podemos arrestarlo hasta que recupere la consciencia.- hizo una pausa y después agregó algo más. Ese fue el dato que lo aclaró todo.- El muy insensato tomó wisky Akroniano... Si no despierta antes de la medianoche se librará de nosotros...-
- Pues si no despierta pronto, eso no importará: Tal vez nunca más despierte...- las palabras de Madeira resonaron en todo el pasillo, y repentinamente sentí un pequeño estremecimiento. Sullivan asintió con la cabeza, pero no dijo nada más. Un rato después, nuestro ilustre pasajero salió de su cuarto con una sonrisa de oreja a oreja. Parecía ser que de algún modo, había encontrado la solución a su predicamento.

Si bien a nosotros no nos era posible tener un panorama completo de lo que sucedía, podíamos unir las piezas bastante bien.  Harpen había pasado como una tromba por adelante de nosotros, pero no salió de nuestra nave. En cambió se dirigió a la enfermería. Yo cada vez comprendía menos. Caminó hasta quedar delante de la estantería con los medicamentos, y luego de buscar por un rato, finalmente nos habló.
-¿Tienen Adrenalina sintética?- Madeira y yo nos miramos sin comprender nada. Me acerqué aún algo confundido hasta el botiquín, y le alcancé una de las ampollas que teníamos.- Voy a necesitar todas las que tengan.- hizo una pausa y luego siguió- Además de un par de cosas más.-
La lista que nos dio, contenía cuatro o cinco medicamento que yo desconocía, pero que por algún motivo, estaban en nuestra provisión médica. Según me dijo después Madeira, estaban allí porque habían sido remanentes de nuestro último cargamento médico. Harpen tomó todo lo que le dimos y se fue junto a Sullivan, de nuevo hacia la estancia. Después de eso, no volvimos a saber de ellos por mucho tiempo. 

Hacia unas seis horas que habíamos descendido en aquel gélido planeta. Según lo que había dicho nuestro pasajero al llegar, en menos de tres, se terminaría todo. Harpen volvió a aparecer entonces. 
- Señores, nos vamos de este planeta.- Sus expresión era seria, pero al menos, no se lo veía tan abatido como antes. Cuando le preguntamos que había sucedido con su "paciente", solo nos dijo que ya había hecho todo lo posible; que lo único que quedaba por hacer, era esperar. Ante esa respuesta, decidimos no hacer más preguntas.
El capitán me hizo una seña entonces, y procedí a recoger el túnel de acoplamiento. Me llevó tan solo un momento, pero en ese instante, pude ver el rostro de Sullivan, detrás de la puerta de la nave patrulla. Se lo veía igual de serio que al buen doctor, pero a diferencia de él, Mark Sullivan parecía un tanto más relajado. Como si anticipara el resultado final, o si después de todo, no le importara tanto a final de cuentas.

Nos tomó poco tiempo despegar y comenzar a alejarnos. Harpen volvió a encerrarse en su habitación, y no volvió a hablar con nosotros, durante el resto del viaje. Madeira y yo nos quedamos en el puente, para maniobrar entre los objetos del cinturón de Kuiper. Aún, nos quedaba un largo trecho hasta casa. En cierto momento, la pregunta que había estado rondando en nuestras cabezas desde el despegue, quedó evidenciada en el modo que observábamos la pantalla, de los sensores de largo alcance. Acaban de dar las doce; ¿Habrían logrado finalmente su objetivo, o por el contrario, Sauvier seguiría durmiendo indefinidamente? La pregunta quedó suspendida en el aire, hasta que detectamos que otra nave, se acercaba rápidamente hacia nosotros. Era la patrulla de la policía galáctica. Poco después, Sullivan abrió un canal de comunicaciones con nuestra nave y pidió hablar con Harpen. Nosotros le explicamos que había pedido no ser molestado hasta llegar a Gaia. Mark Sullivan sonrió entonces, al tiempo que ladeaba la cabeza.
- Díganle entonces cuando aterricen que es un genio, que lo ha logrado otra vez.- luego de decir aquello último, interrumpió la transmisión sin esperar nuestra respuesta, y acelerando los motores a tope, desapareció rápidamente de nuestros sensores. Yo miré entonces a Madeira al tiempo que me preguntaba, cuales serían los cargos que debería enfrentar el estanciero Solar al llegar a su destino.

sábado, 24 de abril de 2010

Antes de la Media Noche (Parte 1)

La nave despegó exactamente a las 15:30. Su destino era Plutón, y el viaje tomaría aproximadamente unas doce horas. El comandante fijó curso hacia el gélido planeta y activó el piloto automático. Al igual que yo se preguntaba que asuntos podría llegar a tener allí nuestro cliente, como para querer ir a un sitio tan inhóspito como lo era el "noveno" planeta del Sistema Solar.

A principios del siglo 21, se había redefinido la palabra planeta, y Plutón dejó de cumplir con la definición. Aún más, para esa época, habían comenzado a sospechar que Caronte, no era su luna, sino la otra mitad de un sistema planetario de "doble planeta". Pero el paso de los años y la fuerza de las costumbres, habían finalmente determinado que de un modo totalmente paulatino, al menos el común de la gente, lo volviera a incluir en la lista de los planetas del Sistema Solar.
Habían pasado varios siglos desde entonces, y la Tierra ya no existía, pero para todos los mundos de la antigua Federación Terrestre, Plutón seguía siendo el noveno planeta...

Comenzamos una charla bastante amena con nuestro pasajero. Una cosa llevó a la otra, y terminamos hablando sobre la Tierra. Según nos contaba, la desaparición de la Tierra había sido bastante extraña; más aún si se estaba al tanto como él, de un detalle en particular, que muchos desconocían: La Tierra había sido evacuada por completo... 
Muchos creían que la evacuación había sido parcial; que todo había ocurrido en tan solo semanas. Pero la realidad, era que el gobierno de la Tierra había estado preparándose durante varios años, y que las evacuaciones habían comenzado meses antes de lo que se creía. De hecho, no había muerto ni una sola persona durante la destrucción del planeta.

El Comandante Madeira y yo, escuchábamos atentamente a nuestro cliente, el científico Jonathan Harpen. El sabía muy bien de lo que hablaba: según decía, había trabajado en el proyecto "GAIA". Ese proyecto había tenido como misión encontrar un planeta adecuado para sostener a toda la población de la desaparecida Tierra. Decía que la búsqueda había empezado realmente, cinco años antes de la destrucción.
Nos contó decenas de detalles, sin embargo cuando intentamos que nos dijera la verdadera causa de la implosión del planeta, se mostró esquivo, como si aquella fuera una información demasiado peligrosa como para revelar. Lo que si nos aseguró, fue que todo el asunto había sido pensado una y otra vez, buscando la solución más adecuada para la situación que estaban viviendo.
Esos últimos años, la Tierra se convulsionó, como anunciando que ya no le quedaba demasiado tiempo. Aquello puso al gobierno en alerta, y una vez más, como siempre que habían tenido un problema aparentemente irresoluble, lo llamaron a él...

Habían pasado casi veinte años, y Harpen ya se había retirado, pero una vez más, el gobierno "terrícola" lo había llamado para resolver algo aparentemente sin solución: En este caso, la situación resultaba un tanto más mundana, pero potencialmente, era igual de peligrosa para ellos. No nos quiso decir exactamente de que se trataba, pero algo de lo que si nos dijo, nos dio a entender que se trataba de uno de los estancieros "Hieleros" de Plutón. Evidentemente era un asunto netamente político.

Aquellas doce horas de viaje pasaron bastante rápido. Finalmente llegamos a Plutón y comenzamos poco después el acercamiento final para tomar una órbita baja antes de aterrizar en el planeta. Las coordenadas que nos indicó Harpen, nos llevaban justo al corazón de las tierras del hombre más rico del Sistema Solar: la estancia de Mateo Sauvier.
Sauvier era famoso por sus excesos y por el hecho de saber granjearse enemigos muy poderosos. Solía meterse en negocios bastante turbios y tenía la mala costumbre de involucrarse con gente "pesada". Si bien se sabía que Sauvier hacía negocios al estilo de los antiguos mafiosos, no podía imaginarme que podría haber hecho, para que el gobierno terrestre enviara a alguien como el doctor Harpen, a manejar el problema que representaba, fuera cual fuera...

El comandante aterrizó nuestra nave justo delante de la cúpula que cubría el casco de la estancia. Al lado nuestro había otro vehículo, aparentemente una patrulla de la policía galáctica. Harpen parecía estar algo agitado. Revisaba su reloj una y otra vea, como si se le estuviera acabando el tiempo.

- Nos queda muy poco tiempo. En unas horas ya no podremos hacer nada...- Hablaba de un modo totalmente enigmático y hasta en cierto punto incongruente. 
Harpen se acercó a la puerta de popa, y tendió una manga con la nave patrulla. No pasó demasiado tiempo antes de que los ocupantes de la otra nave, activaran el sistema de acople y, luego de igualar la presión, abrieran también su puerta. Yo observaba todo desde el puente. El capitán mientras tanto, controlaba cada movimiento del doctor. 

No pasó demasiado tiempo hasta que uno de los ocupantes del otro vehículo comenzara a caminar por la manga hacia nuestra nave. Vestía el uniforme de la Policía Galáctica, y por los galones de su chaqueta, supe que era Comisario. Caminaba con determinación, directamente hacia nuestro pasajero...
- Doctor Harpen: Soy el Comisario Mark Sullivan. Me alegro de que haya llegado finalmente- Harpen asintió con un leve movimiento de su cabeza. Yo que veía la escena a través del monitor, entendía cada vez menos.
- Dígame cual es exactamente la situación.- Sullivan ladeó un poco la cabeza, como intentando darle a entender, que lo que estaba por decir no era para nada alentador.
- Sigue en trance. Si no despierta en ocho horas se saldrá con la suya.- Nuestro cliente se quedó pensativo por un rato, y finalmente volteó para hablarle al comandante Madeira.
- Capitán: voy a descender con el comisario Sullivan; espérenme aquí. Pase lo que pase, nos iremos en nueve horas.- Madeira asintió  con la cabeza. En ese momento, Harpen comenzó a caminar por la manga y pronto desapareció dentro de la nave patrulla. El comandante cerró entonces la compuerta y volvió al puente conmigo. Yo seguí con mis tareas. Cuando entró él, unos cinco minutos después, había comenzado a purgar los registros en video.
- No toques nada. Deja todo como está que por ahí, viendo esas cintas, podremos saber que está pasando aquí.- Yo que ya tenía el dedo sobre el botón de borrar sonreí. 
- Como tú digas capitán. ¿Por donde quieres empezar?- Madeira se quedó mirándome por un instante, y luego habló.
- Comenzaremos por el registro de llamadas de la nave. Me juego mí puesto de capitán, a que se ha comunicado varias veces con ellos, mientras veníamos para este planeta.- 
La idea me resultó de repente, bastante divertida, y por un momento imagine al capitán recibiendo órdenes en lugar de darlas. Sin embargo, segundos después, la computadora devolvió la consulta del registro telefónico de la nave: Madeira estaba en lo cierto. Harpen había usado el teléfono, a razón de dos o tres llamadas por hora; casi una veintena en total. Todo era cada vez más extraño. 
En ese momento miré por el "parabrisas" de la cabina y pude observar a Harpen salir de la nave patrulla por la puerta inferior. La misma, estaba acoplada a la entrada principal del casco de la estancia de Sauvier. Miré en esa dirección y pude ver a un Zerfatha que llegaba a recibirlos. No fue mucho más lo que pude ver, ya que pocos segundos después los tres habían desaparecido de nuestras vistas.

Continua Parte 2

lunes, 12 de abril de 2010

Un Gran Cambio

Las cosas se estaban poniendo bastante feas. Juan sabía que no faltaba mucho para que todo estallara. Hacía semanas que se encontraba escondido en la casa de su abuelo, cerca de Durazno, pero sabía que no podría permanecer mucho tiempo más allí. Su hermana Vanina, acababa de cumplir los quince años, y él no había tenido el valor para ir a su fiesta. Ricardo se había enojado mucho con él por eso. El era su hermano mayor, tenía veinticuatro años, y pensaba de un modo diametralmente opuesto al suyo.
Juan Asturiano tenía tan solo dieciocho años. Era un muchacho recién egresado del liceo, que acababa de comenzar en la universidad. Desde que podía recordar, había sido muy diferente a su padre Alberto y a su hermano mayor. Tampoco se parecía en nada a Celina, su madre. Siempre había sentido la necesidad de modificar las cosas, de que cambiaran para mejor; por eso se había unido a los Tupamaros. Hacía casi un año que estaba con ellos, y creía firmemente en sus ideas. Pero ahora sus convicciones lo estaban alejando de todos aquellos que le importaban...

Hacía casi dos meses que se escondía en la vieja casa de los abuelos.
Desde que su abuela había fallecido el año anterior, nadie vivía allí. Una noche, Ricardo entró durante la madrugada a su cuarto, y luego de gritarle en todos los idiomas, lo llevó (casi a la rastra) hasta su auto, y comenzó a conducir. Según le había dicho un amigo que tenía dentro del ejército, Juan figuraba en una de las listas con los nombres de quienes presuntamente, habían participado del "Tejazo" unos ocho meses antes. El mismo día en que se había producido, la fuga del penal de Punta Carretas.

Ricardo no le hablaba, solo conducía. Una hora después estaban llegando al barrio de sus abuelos. Juan no entendía nada. Miró a su hermano a los ojos, y luego de unos instantes, este le hablo. Le dijo que lo escondería en la vieja casa de los abuelos, pero que no podría ni siquiera acercar su nariz a una ventana. Lo dejó en la casa y se fue por casi dos horas. Al volver, había llenado el baúl del coche, con enlatados como para tres meses. Le dijo que debería quedarse allí; que él iría a verlo de vez en cuando. Desde entonces Ricardo había ido solo tres veces; y la última, había sido hacía más de quince días.

La idea de su hermano era "guardarlo" allí, hasta poder arreglar su paso a la Argentina. En principio, eso iba a tomar algo más de tres semanas, pero ese tiempo se fue estirando, hasta el punto que aún, no sabía cuanto más le llevaría conseguirlo.
Juan comenzaba a volverse loco allí encerrado, sin siquiera poder ver la luz del día. Ricardo, le había dicho que ni siquiera saliera al patio trasero, y que en lo posible, solo utilizara las habitaciones internas. Por suerte las pesadas persianas de las ventanas, cerraban casi herméticamente, y no dejaban ver desde la calle si las luces estaban prendidas o apagadas. Sin embargo, y por un tema de tranquilidad propia, de noche prendía solo la luz de la cocina, y había decidido dormir en el sótano.

Ese día, sintió que la puerta del garaje se abría, y unos pasos acercándose a la cocina. Pocos instantes después, vio a su hermano entrando. Ricardo tenía una expresión muy sombría. Estaba muy serio; tanto que Juan comenzó a preocuparse. El otro lo miró fijamente y así de repente, habló.
- Ya es hora de que sigas tu viaje...- de inmediato supo que algo no estaba bien.
- Pasó algo ¿no?- Su hermano asintió con un leve movimiento y entonces le contestó.
- Alejandro vio tu nombre en una de las listas de prioritarios.- hizo una pausa y siguió- creen que fuiste uno de los cabecillas en el "Tejazo".- Juan no creía lo que oía.
El había sido solo uno más; de hecho, hacía menos de un año que se había unido al movimiento. Ahora por algún motivo lo habían marcado como uno de los lideres durante lo que las autoridades y la prensa habían denomino “el Tejazo”. Siendo que en realidad, ese día solo había seguido órdenes. Su objetivo era provocar un alboroto tal, que mantuviera a los policías lo suficientemente ocupados, como para que sus compañeros pudieran escapar del penal de Punta Carretas.
Después de eso las cosas se habían puesto muy feas. El presidente le había dado carta blanca a los militares y el ambiente se había enrarecido demasiado.

Ricardo comenzó a juntar las pertenencias de su hermano menor, y las metió en aquel mismo bolso que le había dado, dos días después de dejarlo en esa casa. Lo llevaría hasta Carmelo. Desde allí podría cruzar a la argentina de un modo relativamente seguro. Juan aún no estaba convencido de querer irse, pero sabía que tampoco podía quedarse. Se preguntaba de que viviría una vez que llegara a Buenos Aires, y más importante aún: Donde. Ricardo le dijo que no se preocupara; había tenido semanas para pensar en eso. Sacó entonces un sobre del bolsillo de su saco, y se lo dio en la mano. Dentro había dinero del país vecino, además de todos sus documentos, incluida la copia de su partida de nacimiento.
Además de eso, había logrado conseguir los papeles para que lo dejaran embarcar. No eran copias de gran realismo, pero confiaba en que serían suficientes, como para burlar los controles de la aduana al salir del Uruguay. Juan se subió al auto de su hermano, y este finalmente arrancó. Miraba la bolsa que llevaba en sus manos, y se entristecía pensando que su vida, podía reducirse a un triste bolso marinero.

El Viaje hasta Carmelo, les tomó tres horas. Ricardo miraba a su hermano de reojo cada tanto, solo para percatarse del terror que estaba sintiendo en esos momentos. Luego de que la luz del día desapareciera por completo, llegaron al puerto desde el que saldría el barco que Ricardo había conseguido. Juan aún tenía sus dudas, pero ya no había marcha atrás; lamentablemente, él ya no podía volver, estaba marcado. Tomó entonces aquel bolso que contenía su último vínculo con la vida que estaba dejando, y subió por la rampa hasta la cubierta. Miraba constantemente hacía atrás, como si aún esperara despertarse y que hubiera sido todo un sueño. Finalmente los motores se encendieron, y poco a poco, la nave comenzó a alejarse de la costa. Ricardo lo miraba alejarse desde la costa, al tiempo que pensaba en el futuro que le esperaba a su hermano, al otro lado del río.