lunes, 16 de mayo de 2011

La transformación más profunda (Parte 2)

Viene de la parte 1 

Cuando Ian Campbell llegó al aeropuerto de Ezeiza, su corazón dio un vuelco. Sentía todo tan irreal, que por momentos creía que solo estaba soñando. Comenzó a caminar por el Hall de arribos, buscando la cinta transportadora que traería su equipaje. Observaba sin la más mínima curiosidad, al batallón de robots maleteros que se encargaban de bajar las valijas de los aviones. Su precisión era absoluta. Tenían mucho cuidado con cada uno de los bolsos y maletas que transportaban y siempre se aseguraban de que las mismas fueran colocadas en la cinta correcta. Lejos había quedado aquella época en la que los maleteros eran personas, que solían equivocarse bastante seguido, y que en ocasiones, revolvían el contenido de algunas valijas especialmente llamativas, con el objetivo de hurtar algo de valor. Ian no había conocido esa época. pero su abuelo siempre se lo había contado. Resultaba increíble para él, pero sabía que había sucedido.

Lo primero que hizo luego de pasar por migraciones, fue buscar un taxi. Antes de subir, metió su mano entre las cosas que llevaba en su bolsa de mano, y buscó la dirección de aquella casa que tanto anmsiaba encontrar. le dio un par de indicaciones al chofer y luego se desentendió del tema. Ian jamás había estado en esa región del planeta. De hecho no había salido de Inglaterra hasta ese momento. El joven Inglés contemplaba el paisaje a ambas margenes de la MegaAutopista Richeri, sorprendido de encontrar tanto terreno verde, tan cerca de la capital de aquel país.

Le llevó casi una hora, y una considerable suma de dinero, pero allí estaba, el lugar al que tanto había querido llegar.  Era increíble mirar aquella casona antigua y verla tan parecida a la de la foto que el había conseguido. La foto era de un artículo periodístico publicado por el diario La Nación, en el año 1999. Contrariamente a lo que había esperado, la casa estaba exactamente igual que hacía dos siglos. Era posible incluso, que siguiera perteneciendo a la familia Sefranti.


Se despidió del taxista, y se acercó hasta la puerta principal. En un primer momento, dudo, pero finalmente tocó el timbre de la casa, y esperó a que abrieran. Pocos instantes después, apareció una mujer de aproximadamente su misma edad. Se preguntaba si la joven sería de la familia Sefranti, así que decidió no dar demasiados rodeos y preguntárselo. Ella se presentó entonces como Lucía Sefranti; aquel nombre dejó perplejo a Ian...


Por unos instantes no pudo decir ni una palabra. Lucía era el nombre de la hermana de la doctora Sefranti; la misma que según su propia investigación, había sido la portadora de aquel gen llamado "Gen de la Inmortalidad". Comenzó a preguntarse si aquella mujer, tenía en realidad veinticinco años como él había estimado en un primer momento. Intentó alejar al  menos por el momento, aquellos pensamientos de su mente, y estiró su mano para saludarla. Aquel gesto fue bien recibido por la muchacha quien hizo lo propio y también estrechó su mano. Luego de eso, Ian se presentó ante su anfitriona.

- Mi nombre es Ian Campbell, y soy un genetista Británico. He venido a este lugar  para terminar mi tesis de  post grado: estoy muy interesado en la investigación de Vanina Sefranti.- Laura lo miró sin entender demasiado.
-¿Sabe que Vanina murió hace más de un siglo? Si su idea era hablar con ella, sepa que ha llegado algo tarde.- El joven la observó sin comprender del todo. ¡Por supuesto que él no esperaba encontrar a la doctora Sefranti con vida!

Campbell le explicó entonces, que había ido a esa casa con la esperanza de encontrar los viejos apuntes de la investigación de su antepasada. Creía que de existir algún registro de sus experimentos, estaría en esa casa. Luchi lo miró sin poderlo creer aún. Después de tanto tiempo, finalmente alguien se había interesado por la investigación de su hermana. Su primer impulso, fue invitarlo a pasar y ofrecerle su ayuda incondicional. Sin embargo sabía que ahora se le presentaba un dilema, ya que si el muchacho empezaba a investigar y resultaba ser tan bueno como Vanina, existía la posibilidad de que descubriera quien era ella en realidad.

Finalmente, lo invitó a tomar un café y hablaron un rato. Eso era algo bastante raro en ella, una persona que nunca hablaba con nadie; el muchacho le cayó realmente bien. Luego de hablar sobre la historia de la familia durante casi dos horas, Lucía, le prometió buscar entre los papeles que había en la casa, los documentos que había dejado Vanina antes de morir; y que le avisaría en uno o dos días. Ian pareció muy conforme con esa promesa. Aquello era mucho más de lo que había esperado al partir de Londres el día anterior. Se despidió muy contento de aquella mujer tan enigmática y se dirigió al hotel en el que había hecho su reservación. Había algo con ella que no parecía encajar. No podía saber exactamente que era aquello, pero estaba seguro de que finalmente lo descubriría. Por el momento, solo le importaba que cumpliera la promesa que le había hecho. Ya lo sabría en dos días, cuando volviera a la casa de la familia Sefranti...

Ella se quedó varios minutos más apoyada en el marco de la puerta, observando a Campbell alejarse a pie, con aquellas tres valijas a cuestas. resultaba incluso gracioso verlo hacer malabares con todo lo que llevaba. Por un momento había pasado por su mente la idea de dejarlo empezar en ese momento con su investigación, pero luego se dio cuenta de que primero debía pensar bastante las cosas. Debía tomar una decisión. Si dejaba que aquel joven hurgara entre los papeles de su hermana, siempre existía la posibilidad de que descubriera algo sobre ella, y eso la asustaba un poco. Por otro lado, si le contaba la verdad al joven, tal vez podría ayudarla finalmente a envejecer; una fantasía más que recurrente durante sus noches de sueño. 

Ya había visto a todos sus seres queridos morir a su alrededor, y comenzaba a preguntarse cuando le llegaría el turno a ella... 

Continuara... Parte 3 

martes, 10 de mayo de 2011

La transformación más profunda (parte 1)

Luego de la muerte de sus padres, vivió con su hermana durante casi veinte años. Hasta que un día, Vanina falleció. A sus setenta y cinco años, había vivido una vida plena. No se había casado, pero había adoptado una niña, a la que -igual que sus padres habían hecho con ella- crió como toda una Sefranti. Se llamaba Camila, y tanto ella como Lucía, la consentían en todo...

Lucía adoraba a Vanina y a Camila por sobre todas las cosas. y fue por esa razón que aquel accidente en el que ambas muriefue tan traumático para ella. Hacía varios años que había comenzado a hacerse a la idea de que en algún momento tanto su hermana como su sobrina morirían, y que ella, que ya comenzaba a parecer más joven que su sobrina, seguiría allí. Sin embargo no creyó que eso sucedería tan pronto, al menos no en el caso de Camila...

Fue un accidente brutal; tanto que la noticia del mismo recorrió el mundo. Principalmente por que una de las víctimas, había sido la afamada genetista Vanina Sefranti. La noticia captó la atención de todos, hasta el punto en el que, con el correr de los días, la prensa no parecía estar dispuesta a olvidar el asunto. Luchi estaba destruida, ya que finalmente, y como tanto había temido desde la muerte de sus padres, se había quedado completamente sola en este mundo. Tenía casi ochenta y cinco años, aunque no aparentaba más de veinticinco. Sin embargo, volvía a sentirse tan indefensa como aquella beba que había vivido sin crecer, por algo más de cuarenta y cinco años. EL tiempo pasó, finalmente los medios se olvidaron de la trágica historia de su familia, pero las heridas no sanaron. Más bien cerraron en falso, por decirlo de algún modo; y ella que jamás había padecido enfermedad alguna, se sumió en una depresión tal que le tomó años superar. Se cerró en si misma, y limitó su contacto con el mundo exterior al mínimo. Con los años, la historia de Lucía Sefranti se convirtió en un mito, para luego ser olvidada casi por completo...

Habían pasado muchos años desde el momento en el que Lucía había quedado sola. Aún mantenía el contacto con el exterior al mínimo, pero por motivos completamente diferentes. Su historia había adquirido el carácter de leyenda; a tal punto que la mayoría de la gente creía que ella había muerto como cualquiera. Para ese entonces no quedaba ni una sola persona viva que la hubiera conocido de joven, y por ende no quedaba nadie que pudiera reconocerla. Para todos en el barrio, ella era la nieta de la Lucía original, y aunque compartían el nombre, nadie podía siquiera sospechar que se trataba de la misma persona.

Lucía tenía casi doscientos años, aunque seguía aparentando tener una edad indefinida entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Jamás se había casado, y había limitado sus relaciones sociales al mínimo indispensable. Trabajaba desde su casa. Para esa época, eso era tan común como las escapadas de fin de semana a la luna. Contrariamente a lo que la gente creía a principios del siglo 21, el fin del mundo no había llegado ni mucho menos. todo lo contrario: La humanidad había avanzado y por algún motivo, había decidido poner un poco de orden al caos...


El trabajo de Luchi tenía que ver con un área que irónicamente, alguna vez había sido el centro de todo, pero que para esa época, estaba casi olvidada: La Internet. En algún momento, la gran red de redes había comenzado a ser dejada de lado, siendo reemplazada paulatinamente por su versión mejorada: La "infovía sináptica". Las terminales de computadora fueron reemplazadas paulatinamente al principio, y luego compulsivamente, por terminales sinápticas, conectadas directamente al tallo cerebral. Al principio, eran aparatos externos, cableados y sin una verdadera integración neurológica. Sin embargo, bastaron un par de años para que los receptores se integraran a la red neural de las personas, y para que la Infovía, se convirtiera en algo presente en todos los rincones del planeta, algo intangible que le daba acceso a la gente a toda el conocimiento de la humanidad de forma instantánea y en cualquier parte. Eso casi marcó el fin de Internet; pero no del todo.

Algunas personas se negaron a formar parte del nuevo fenómeno. Eran mayormente personas mayores, demasiado incómodas con la idea de que un cirujano hurgara en sus cerebros por algo tan estúpido como una conexión con la nueva red de redes, la también llamada "Red Orgánica". Lucía era una de esas personas. Pertenecía a una época en la que la Internet se encontraba en su apogeo. Para ella, esa era la mejor forma de interactuar con el ciberespacio.

Se encargaba de mantener un antiguo portal de noticias, que ya existía el día que ella había nacido. En sus mejores épocas, el portal había empleado a decenas de periodistas, programadores, y diseñadores. Las noticias se actualizaban minuto a minuto, y tenía millones de visitas al mes. Sin embargo para esa época, solo escribían en él dos periodistas, ya próximos a jubilarse, y las noticias se actualizaban a lo sumo una vez al día. Lucía veía como todo lo que conocía, incluso esas cosas que había creído casi tan eternas como ella, llegaban a su fin.

Había escuchado hablar bastante sobre esa revolución tecnológica y social, de la que se había mantenido por completo al margen. Según lo que sabía, la interacción era muy diferente dependiendo del sujeto, pero la mayoría de las personas se veía transportada a un lugar que podía ser comparado con la representación que películas antiguas como Tron o Matrix, hacían del tan nombrado pero por entonces poco conocido Ciberespacio, o Realidad Virtual. En algunos casos la experiencia era la de flotar entre datos y circuitos, y en otros algo más cercana a la de encontrarse en un mundo virtual complejo, muy parecido a la realidad.

Los expertos decían que eso dependía de varios factores, entre ellos el grado de integración de los circuitos con la red sináptica del cerebro del usuario, la antigüedad del dispositivo implantado y hasta la psiquis del sujeto en cuestión. Lucía vivía en un ostracismo casi absoluto, sumida siempre en una completa soledad.

Ian Campbell era un joven científico inglés. Tenía un interés especial en la antigua investigación de la genetista Vanina Sefranti especialmente en su segundo y menos conocido trabajo: su investigación sobre el muchas veces denominado "Gen de la Inmortalidad". Hacía varios años que investigaba sobre el tema; para él, la posibilidad de continuar con el trabajo de aquella famosa científica del siglo 21, resultaba sumamente interesante. Tanto que luego de investigar lo suficiente, decidió ir al lugar en donde la doctora Sefranti había realizado su investigación.

No le costó demasiado averiguar su última dirección conocida, y aunque no tenía demasiadas esperanzas de encontrar aquella casa después de más de cien años, creía que ese sería un buen lugar para empezar. Así que una vez decidido el asunto, sacó un pasaje a Sudamérica y viajó a Buenos Aires; su primera parado en una búsqueda que no sabía muy bien como terminaría.

Continuara...  Parte 2