lunes, 21 de septiembre de 2009

La Farsa

1

Si alguna vez creyó que podría ser feliz, en ese momento se dio cuenta de que nunca podría serlo. Bastaba con observar hacia afuera, a travez de esa ventana, para darse cuenta el porque de ese convencimiento tan profundo. Ricardo se enjugó las lágrimas de los ojos, e intentó ser fuerte, por la nena. Marita no tenía nada que ver, y no había razón para que se enterara. Al menos no todavía.
Se limpió el rostro como pudo, y fingiendo una gran sonrisa salió del auto. Se acercó con paso firme y decidido, y tocó el timbre. Del otro lado se escuchó el "ya voy" característico de ella, y poco después la puerta se abrió. Estaba radiante como siempre lo había estado, hasta antes de su pelea, y poco después de conocer a solange.
Eso era lo que lo había hecho pelota. Si lo hubiera dejado por otro hombre, él aún tendría la esperanza de poder volverla a conquistar. Pero se había enamorado de una mujer; era por eso que había perdido las esperanzas por completo.
- Buenos días Ricardo. ¿Pasó algo con Marita?- él la miró aún algo perdido, y luego contestó.
- No, quedate tranquila, solo vine a traerte lo que me pediste que te buscara el otro día.- y diciendo eso extendió el brazo del que colgaba una pequeña bolsa de supermercado con dos o tres cosas adentro. Mariana extendió su mano, y tomó la bolsa.
-¿Querés pasar a tomar algo?- la pregunta le sonó a él, casi como de compromiso. Bajó un poco la cabeza y luego al volverla a subir le contestó.
- No, te agradezco Mariana, pero estoy muy atrasado con el trabajo.- ella asintió con la cabeza, al tiempo que se acercaban para darse un beso en la mejilla. Ricardo se dio entonces media vuelta y se dirigió al auto.
Sentía desgarrado el corazón, y hubiera estado tentado de hacer alguna locura, sino fuera por su hija Marita. Esa niña, se había convertido en todo para él. Ahora más que nunca, porque representaba, la única razón que él tenía para seguir con su vida.

2

El coche arrancó y comenzó a alejarse, para luego desaparecer dos o tres cuadras más adelante. Mariana se quedó mirando hacia esa dirección, hasta que no lo pudo ver más. Su rostro parecía la representación misma de la tristeza. Dio media vuelta sobre sus talones y entró nuevamente a la casa.
Caminó unos cuantos metros y se sentó en la mesa de la cocina. Recién entonces impeccionó la bolsa que su marido le había traido. Alli estaba todo lo que ella le había pedido. Incluso ese CD de música que ella sabía que tanto le gustaba a él. Mariana quedó con la vsta en blanco mirando hacia la pared al tiempo que por su cabeza pasaban un montón de cosas a la vez.


Poco después llegó su amiga Solange. Era un chica rubia de más o menos la misma edad que ella. Una mujer muy bonita, que siempre estaba muy bien acompañada. Al entrar a la cocina, vio a Mariana en ese estado lamentable, y se sentó al lado de ella.
-¿Qué pasa Mariana, por qué estás así?- la otra la miró con la vista aún perdida en otra parte, y le habló.
- Acaba de venir él... Me trajo las cosas que le pedí.- Ninguna de las dos dijo nada más. Solange abrazó a Mariana, y se quedaron así por los siguientes quince minutos. "Si él supiera la verdad..." Pensaba Solange mientras trataba de consolar a su amiga. Ella jamás había estado de acuerdo con el plan, pero le había prometido que la ayudaría. Si bien Mariana creía que sería lo mejor, ella estaba totalmente en desacuerdo.

3

Aquella situación se siguió repitiendo con bastante regularidad, por casi seis meses. Siempre con idénticos resultados. El terminaba sintiendo que ya no valía la pena vivir, y ella terminaba al borde del llanto, sentada en la cocina a la espera de la llegada de Solange. Ambos sufrían enormemente, pero ninguno se atrevía a hablar..

Un día, Ricardo llegó a la casa de Mariana. Se le había hecho costumbre visitarla con cualquier escusa. Ese día, se le habían acabado; sin embargo había decidido que iría igual. Se acercó a la puerta y tocó el timbre. Mariana atendió el llamado. Llevaba puesto un delantal de cocina, para él estaba como siempre, hermosa. Ella lo miró como si no entendiera que podía estar haciendo allí. Según recordaba, no tenía ninguna razón para visitarla. Sin embargo, extrañamente eso la alegró un poco.
-¿Sucedió algo Ricardo?- ella de repente se preocupó bastante por Marita.
- No te preocupes, la nena está bien. Vengo a hablar con vos. ¿Puedo pasar?- Mariana se sorprendió de que le pidiese tal cosa. Jamás había entrado a esa casa; hasta ese día.
- Si por supuesto. Pasá.- y diciendo eso lo invitó a entrar, cerró la puerta, lo llevó hasta la cocina. Ricardo se acomodó en una de las sillas, y luego de asegurarse de que tenía toda su atención, dijo lo que había estado pensando toda la noche anterior.
- Yo sé que vos ya hiciste tu elección; pero no puedo evitar sentirme como me siento. Desde que te fuiste siento un vacío enorme en el corazón. Y es aún más grande por el hecho de que sé que te he perdido para siempre. Yo solo quiero decirte, que te amaré para siempre. Aunque sé que nunca más me corresponderás...- Mariana se quedó completamente muda al escuchar eso, ya que le resultaba imposible decir algo.
Ricardo se levantó de su silla, y sin esperar una respuesta (que él suponía de antemano, que no llegaría), comenzó a alejarse por el pasillo en dirección a la puerta de calle. Ella luchaba con sigo misma y se debatía entre contarle toda la verdad, o dejar todo como estaba. Finalmente dejó que se fuera. Estaba convencida de que la verdad sería más dura que aquella mentira...

Esa fue la última vez que Ricardo vio a Mariana. A partir de ese día, decidió no visitarla más y tratar de continuar con su vida. Por alguna extraña razón, ella jamás pidió ver a su hija. Ni siquiera hablarle por teléfono.

4

Finalmente, casi un año después de la separación, recibió un llamado de Solange. Se notaba que hacía grandes esfuerzos por contener el llanto. El trató de calmarla para que pudiera decirle lo que había pasado. Cuando finalmente se tranquilizó, Solange habló: Mariana acababa de morir. Ricardo sintió como si su mundo estuviera a punto de derrumbarse. Su cordura, era como un castillo de naipes a punto de caer...

Dos horas después, estacionó su auto en la puerta de la casa que Mariana había hecho suya, durante el último año de su vida. Solo encontró a Solange. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, y el rostro desencajado por la angustia. El se acercó y la abrazó.
- Tranquila.- le dijo.- se perfectamente como te sentís en este momento. Yo también la amé con locura.- Solange bajó la cabeza como avergonzada, y luego de pensarlo unos segundos, decidió faltar al juramento que su amiga le había obligado a aceptar.
- Yo la quise muchísimo. Pero no del modo que vos creés. Todo ha sido una farsa...- Ricardo la miró sin entender nada, con la consternación visiblemente marcada en su rostro.
-¿Qué querés decir?- La chica aún dudó un momento, pero finalmente decidió que le debía la verdad.
- Acompañame. Sentémonos en el sillón. Tengo una historia para contarte...-

Ricardo la siguió, y casi sin darse cuenta se sentó en el sillón de dos cuerpos, que estaba justo en el medio de la sala. Solange tomó sus manos entre las suyas, y comenzó a relatarle lo que verdaderamente había ocurrido con Mariana. El escuchó atentamente, al tiempo que las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, una tras otra.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Un Asunto Pendiente

Julián llegó a la puerta de aquel edificio, casi al mismo tiempo que ella. Era muy hermosa, tanto que aquel joven creyó por un momento que estaba soñando. Dio un paso hacia atrás, cediendole de ese modo el paso a la muchacha. En el vestíbulo, pudo apreciar el modo en el que estaba vestida.
Llevaba un precioso vestido color rojo, largo hasta las rodillas, y zapatos haciendo juego. Su pelo rojizo, era completamente lacio. Parecia una de esas modelos de pasarela. En ese edificio en particular no resultaría extraño, ya que en el piso 10 se encontraba la oficina de aquel diseñador de modas. Julián iba justamente a ese lugar.
Tenía sus propios negocios con él. Asuntos inconclusos de tiempo atrás. Se paró delante del ascensor y presionó el botón para que abra. La chica del vestido rojo, se paró justo al lado de él. Julian la miraba de reojo. Realmente era preciosa. Sus ojos de un azul profundo, destacaban aún más, gracias al color tan blanco de su piel. Tenía los ojos perfectamente delineados, y las cejas cuidadosamente arregladas. Sus labios pintados de un clásico color carmesí, parecían llamar a quien los viera a besarlos. Ella era alta y esbelta, justo como suele elegir "él" a sus modelos, pensó.
La puerta del ascensor se abrió finalmete, y ambos lo abordaron. Julián oprimió el botón del piso 10, y esperó a ver si la joven oprimía otró. No lo hizo. En ese momento, Julián supo que no se había equivocado, y casi lamentó que ella fuera al mismo piso que él.

El ascensor no tardó demasiado en llegar a su destino, la primera en bajar fue ella; detrás suyo lo hizo él. La muchacha caminaba pausadamente, cuidando de hacerlo de la forma más elegante posible. Parecía como si practicara para alguna clase de prueba. "¡Pobre chica!", pensó Julián; "Si supiera que clase de pruebas suele tomar Gustav, saldría corriendo en este preciso momento".
La puerta del ascensor se cerró, en el preciso instante en el que Gustav abría la puerta de su oficina. Julián que estaba parado detrás de la joven vestida de rojo, sacó un revolver de adentro del saco, y apuntó directamente hacia él.
-¡Gustav!- gritó con furia él, con la esperanza de que la chica se asustara y se fuera de allí.- He venido a cobrar mi venganza.- El diseñador permaneció allí parado, inmutable. La joven comenzó a gritar desesperadamente, para luego caer desmayada justo en medio de ellos dos. Gustav lo miró con bastante cinismo, y con una mueca burlona le habló.
- Así que finalmente el pendejo cagón ha encontrado sus huevos... ¿Qué esperás? ¿Qué comience a llorar rogando por mi vida?- Julián caminó dos o tres pasos, asegurándose de ese modo de lograr un buen tiro. El era un principiante, y sabía perfectamente que aún a esa distancia, podía llegar a fallar.
-¡Sos un miserable hijo de puta! No espero nada Gustav, solo que finalmente pagués por lo que le hiciste a mi hermana.- y diciendo eso gatilló el revolver y comenzó a disparar.
Las balas salieron una atrás de la otra e impactaron todas sin excepción en el curepo del diseñador. Julián, se acercó entonces hasta el otro, y se aseguró de que estuviera muerto. Así era; su muerte había sido infinitamente más rápida que la de Paola. El muchacho arrojó entonces el arma completamente descargada al piso, y se sentó contra la pared, con las piernas recogidas y la cabeza apoyada entre ellas.


Pocos minutos después, llegó la policía y se encontró con toda esa escena. Uno de los oficiales se acercó hasta donde estaba el muchacho y le tocó el hombro. Él levantó la cabeza y mirando hacia donde estaban atendiendo a la chica, preguntó si iba a estar bien.
- Si muchacho. No le ha pasado absolutamente nada. Ahora decime que carajo pasó acá...-
Julián miró nuevamente al oficial, y con los ojos llenos de lágrimas le alcanzó una hoja de papel. Parecía una carta.
- Tenía que hacerlo.- dijo aún con las lágrimas cayendo por sus mejillas.- No tuve otra alternativa. Si no lo hubiera hecho esta chica hubiera sido la próxima.- y diciendo eso volteó el rostro para ver con furia el cuerpo sin vida Gustav.
El policía, abrió entonces la hoja doblada en tres partes y comenzó a leer. Era la carta de una chica a su hermano. El Teniente Ibañes, cerró de pronto sus ojos, y una solitaria lágrima comenzó a recorrer su rostro. El último párrafo de la carta fue el más revelador.
"Gustav está siendo cada vez más violento con nostras. Anoche golpeó tanto a Marcela que la mató. No he ido a la policía, porque Gustav la maneja como quiere. El sabe que yo lo he visto hacerlo. Se que lo lógico sería que me vaya. Pero no todavía; debo convencer a las demás de que me acompañen..."
Ibañes volvió a darle a Julián su carta, y luego se alejó dos o tres pasos para revisar el cadaver. El muchacho levantó una vez más la cabeza y le habló.
- En cuanto recibí la carta salí para Buenos Aires, pero llegué demasiado tarde. Al día siguiente, ya había matado a las otras tres. Entre ellas mi hermana.- Hizo una pausa y se limpió un poco la cara- Eso fue hace casi un año. Desde entonces he intentado que tu gente hiciera algo, pero a nadie le importó. Finalmente hice lo único que me quedaba por hacer: lo maté yo mismo. Ese bastardo no podrá lastimar nunca más a ninguna chica.- Ibañes lo miró entonces a la cara con un mezcla de tristeza y lástima.
- Pero ahora irás a la carcel ¿Creés que valió la pena?- Julián levantó la vista y la desvió hacia donde estaba aquella muchacha vestida de rojo.
- Absolutamente. Lo que pase conmigo ahora, no importa. Gustav está muerto: ahora mi hermana y las otras podrás descansar en paz...- Ibañes se alejó entonces un poco, y ordenó a dos de los agentes que lo esposaran y se lo llevaran. Cuando ya se lo estaban llevando habló.
- No lo interroguen sin un abogado presente.- y mirando al joven de refilón agregó.- el pibe, acaba de pedirme uno.- Julián lo miró sin entender nada. Según recordaba él no había pedido tal cosa, pero no dijo nada.
Los agentes se lo llevaron del vestibulo, e Ibañes se acercó entonces a la chica de rojo.
-¿Está bien señorita?- ella asintió entonces.- ¿Cómo se llama usted?-
- Anabela.- y viendo hacia donde estaban los forenses, trabajando sobre el cadaver del diseñador le preguntó.- ¿Qué pasó Oficial? Ese muchacho estaba como loco.- Ibañes miró una vez más hacia el cuerpo de Gustav, y sin volver la vista contestó.
- Creo que ese muchacho, este día, le ha salvado la vida...-

domingo, 6 de septiembre de 2009

Una Lista Unica

Sergio tomó entre sus manos aquel manuscrito, como si fuera la cosa más frágil de este mundo. Pasaba sus hojas descoloridas e incluso a veces ajadas, con una pinza plástica. Parecía que estaba poniendo todo su esfuerzo para no cometer ningún error.
Era un ejemplar muy raro. Tenía tal vez unos mil años de antigüedad. Estaba escrito a mano, por el puño del escritor que en los últimos años, habían empezado a señalar como el autor más probable de las famosas Glosas Emilianeses, la muestra más antigua de lo que hoy conocemos como castellano o español.
Ese manuscrito en particular, había sido fechado aproximadamente unos quince años antes que las Glosas. Era un ejemplar único; totalmente escrito a mano, y finamente decorado.


Sergio era curador de la universidad de Salamanca. El era mexicano, pero hacía más de veinte años que vivía en España. Se especializaba en el estudio de libros antiguos y otros objetos de esa índole. De hecho era muy bueno en lo que hacía. Tanto que se lo solía nombrar como una de las cuatro o cinco eminencias dentro su campo. Le habían encomendado una tarea: certificar la veracidad de aquel manuscrito.
Le habían dicho que solo quedaba dos en el mundo, pero que nadie conocía el paradero del otro. Eso convertía al que tenía él entre sus manos en algo único, y aún más valioso de lo que ya de por si era. La datación de carbono, lo situaba en el período correcto, pero aún faltaba el informe del grafólogo, que determinaría si ese manuscrito había sido escrito o no por la misma persona, que las notas más famoso de la lengua castellana.

Siguió trabajando hasta entrada la noche, y para las doce, decidió cortar por aquel día. Sabía que a la mañana siguiente tendría el informe del grafólogo. Esperaba que aquel, develara el misterio y pudiera finalmente terminar un trabajo que ya le había llevado más de dos años. Ansiaba poder empezar con su propio proyecto, la certificación de un antiguo escrito maya.


Al día siguiente, Sergio se levantó como todos los días, desayunó, y se dirigió a la universidad. El informe llegó poco después que él. Barrentos había sacado conclusiones increíbles. El texto era de la misma persona que había escrito el poema, pero además pudo determinar cosas como la edad, e incluso el sexo del escritor. Para la sorpresa de Sergio, Barrentos concluyó que había sido escrito por una mujer de no más de 20 años.
Por supuesto que aquellas conclusiones podían ser erróneas, pero él personalmente no lo creía. Podrían pedir otro análisis, pero a su entender, el resultado sería bastante parecido al que acababa de dar Barrentos. La razón por la cual estaba tan seguro resultaba bastante simple: que su autor fuera una mujer, explicaba muchas cosas...


Sergio leyó una vez más lo que estaba escrito en las primeras tres carillas y sonrió. Lo divertía el contenido del documento. Era como si el destino quisiera jugarle una mala pasada a los eruditos más importantes. Porque el escrito más antiguo de la lengua castellana, no era otra cosa que una lista de víveres... Cuando su informe final se conociera, provocaría un enorme revuelo dentro del ambiente literario mundial.

Después de todo -pensó Sergio-, había cosas para las que ciertas personas, no estaban preparadas. Desde su punto de vista, habría sido mejor que las Glosas Emilianeses, hubieran conservado su "lugar", en la historia de la lengua castellana...