"La empresa no se responsabiliza por el daño, robo, hurto o deterioro de los vehículos..." Alberto jamás había dado demasiada importancias a ese tipo de carteles. Pero de repente se había dado cuenta de que normalmente, se veían por todos lados: en el estacionamiento de un hipermercado, un shoping, o calquier clase de negocio con estacionamiento propio. Incluso había muchas cocheras de pago, que colgaban carteles con leyendas similares a esa, pero nunca les había dado importancia. Cierto era también, que jamás le había sucedido algo al dejar su auto en uno de esos lugares. Hasta ese día...
La imagen que tuvo frente a él, al volver con la bolsa de supermercado, fue devastadora. La puerta del auto estaba forzada y abierta de par en par. Faltaban el estereo y los parlantes, pero lo más grave de todo, era que habían estado revisando su guantera, y habían desaparecido ciertos papeles de suma importancia. Eran papeles muy valiosos; tanto que ni siquiera debería haberlos sacado del edificio de su compañia.
Pero el destino mesquino, había determinado que contrariamente a lo que había hecho durante casi quince años, ese día atendiera al consejo de su jefe: "Llevate los papeles, así ves si podés solucionar el fallo este fin de semana." Según los diagramas, el circuito tenía un error constructivo, que, haría que el dispositivio ni siquiera encendiera.
Ese dato lo había arrojado la medición de cargas y el procedimiento de medición indirecta, utilizado durante las pruebas en banco de laboratorio. Pero de ninguna manera podían determinar exactamente donde estaba la falla.
Por eso se había llevado los papeles, para cumplir con los tiempos de entrega. Pero en ese instante se sentía bastante confundido. Sabía que si llamaba a su empresa e informaba los hechos, lo más probable fuera que lo echaran sin más. Daba por sentado desde ya, que el Ingeniero Dodero, no diría lo que realmente había pasado.
Se volteó con furia hacia la cabina del cobrador. El tipo lo vio, pero ni siquiera se inmuto. Se acercó a él con paso firme y comenzó a vociferar. El empleado mantuvo el semblante totalmente relajado, y sin sobresaltarse le indicó el cartel detrás suyo: "La empresa no...". Alberto montó en colera, pero a sabiendas de que no serviría de nada, se alejó de aquella cabina y se subió al auto.
Su carrera se había arruinado. En cuanto se supiera en el ambiente lo que había pasado, nadie más lo contrataría. ¿Quién podría confiar en alguien tan estúpido como él?. Conducía como si lo lo persiguiera un demonio. Se pasaba los semáforos sin siquiera mirar si estaba o no en verde. Nada parecía importarle demasiado.
De pronto creyó recordar que la noche anterior había bajado algunas cosas del coche. Sintió que aún había una pequeña esperanza de que los papeles no se hubiesen perdido. Pisó aún más a fondo el acelerador, con un único pensamiento en su mente: llegar a su casa lo antes posible.
Fue en una esquina, unas cinco o seis cuadras antes de llegar a su casa, que una luz cegadora, lo iluminó. Los faroles de aquel enorme camión parecían las luces de un faro. Alberto no veía nada, y pronto se estrelló contra un poste de teléfono...
En ese preciso instante, la mujer de Alberto, Laura, se prestaba a poner un poco de orden entre los papeles en el escritorio de su marido. Eran casi las nueve de la noche, y comenzaba a preguntarse donde se habría metido. Arriba del escritorio, junto a su maletín y un par de papeles más, encontró una carpeta con diagramas y circuitos. Le pareció raro ver eso allí, ya que jamás había llevado antes trabajo el fin de semana. En la tapa decía "Diagramas y objetos constructivos: Acelerómetro electromagnético". Laura colocó la carpeta en un lugar visible arriba del escritorio, y salió del cuarto.
Mientras tanto Alberto yacía desmayado sobre el airbag del auto. Los paramédicos no tardaron en llegar. Por suerte no le había pasado nada grave. El médico que lo revisó en emergencias parecía muy optimista.
Laura, había llegado al hospital pocos minutos despues que su esposo. Durante toda esa noche se quedó cerca de él. No tenían hijos, ni siquiera un simple perro. Se tenía tan solo el uno al otro...
Pasarían aún dos días más, hasta que Alberto regresara a su casa y pudiera recuperar aquello, que le había provocado semejante conmoción. Por el accidente no se preocupaba demasiado; el arreglo del coche lo cubriría el seguro. Solo le preocupaban los dichosos papeles. Por suerte para él, aquel era un fin de semana largo...

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