John Gibons había trabajado toda su vida en un depósito de chatarra. Pasaba la mayor parte de sus días separando chapas viejas, clasificando partes de autos desarmados, y alimentando al perro guardián del lugar: Sanson. Ya ni siquiera recordaba como había conseguido aquel empleo, solo sabía que antes de trabajar allí, tenía un trabajo normal, en un sitio normal; pero estando aburrido de todo, decidió probar suerte en un empleo un tanto más "glamoroso".
Como todas las mañanas al llegar, debía convencer a Sanson de regresar a su perrera y dejarse atar. Era un perro bastante traicionero, capaz de arrancarle la mano a un niño. Pero por algún motivo, a John siempre le había mostrado cariño. Ni siquiera Julius Davenport, el dueño del lugar, entendía porque aquel perro traicionero y malhumorado, apreciaba tanto a Gibons.
Davenport visitaba el lugar dos o tres veces por semana, y se encargaba de que siempre hubiera suficiente "basura" en el depósito. Decía que no iba más seguido, porque estaba ocupado con sus otros negocios; sin embargo John creía que la verdad, era que le temía demasiado a Sanson. No era que el perro no le diera razones, pero para él, su jefe era lisa y llanamente un cobarde.
Una noche, John cerró el depósito y soltó a Sanson como siempre. El perro comenzó a vagar por el lugar sintiéndose su dueño. John, que había visto aquella actitud cientos de veces, sonrió y se alejó caminando hacia la avenida principal.
Le llevó mucho más de lo normal, pero finalmente llegó a su casa. Esa noche no durmió demasiado bien, y al día siguiente se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Llamó entonces a Davenport para avisarle que no iría a trabajar, y le recomendó que no abriera el negocio. El otro insistió, diciendo que aquel día vendría un cliente muy importante, por lo que debía abrir sí o sí. John temió que Sanson pudiera lastimar a su jefe, pero luego se tranquilizó al pensar que en cuanto escuchara los ladridos del perro, desistiría y volvería a su casa.
Así pasó todo aquel día y uno más. Al tercer día, John Gibons se levantó para ir a trabajar. Al llegar a la puerta del depósito, le extraño encontrar la puerta sin llave, aunque cerrada. La oficina estaba desierta, pero la puerta que daba al playón estaba abierta de par en par. A John aquella situación lo estaba preocupando cada vez más. Estaba casi convencido de que algún ladrón se había atrevido a entrar, y que Sanson había dado cuenta de él.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando encontró al perro masticando un enorme hueso. El can al verlo soltó por un momento su trofeo y como siempre, le demostró su afecto. El, como todas las mañanas, lo llevó hasta su cucha, y con algo de paciencia logró ponerle su cadena. No abrió el negocio de inmediato. En cambio, se puso a revisar los alrededores, en busca de más huesos que confirmaran o desecharan su sospecha.
Le llevó casi una hora, pero al final, encontró lo que tanto temía: un cráneo humano completamente limpio. Siguió buscando, pero por más que lo hizo casi hasta el mediodía, lo único que logró encontrar, fueron un par de huesos más, y bastantes restos de sangre y tejido entre las chapas. John Gibons no quiso seguir investigando demasiado, convencido como estaba de que la víctima, había sido un desgraciado ladronzuelo, que había tenido la fatídica idea de entrar a robar a ese lugar.
Decidió actuar como si no hubiera pasado nada. John quería demasiado a Sanson, y sabía con seguridad, que si denunciaba aquella muerte, el perro sería sacrificado. Así que limpio todo rastro de sangre que encontró, y se deshizo de los huesos.
Pasaron varios días y las cosas volvieron a la normalidad. Salvo por el hecho de que Davenport no había vuelto a aparecer por el lugar, las cosas estaban igual que siempre. Así transcurrieron casi dos semanas. Recién cuando el stock de algunas cosas comenzó a reducirse drásticamente, John comenzó a sentir curiosidad por la ausencia de su jefe. El sabía que a Davenport no le gustaba demasiado ir al depósito, pero también sabía que siempre se daba una vuelta, al menos una o dos veces a la semana. Habían pasado más de quince días desde su última pasada, así que lo llamó al teléfono de su casa. Julius Davenport era soltero y vivía solo. Era un ser bastante antisocial que solo sabía dedicarse a su trabajo.
El teléfono sonó una y otra vez, pero al otro lado, nadie contestó. Gibons comenzó a preocuparse en ese momento. Levantó nuevamente el teléfono, y preguntó en cada uno de los negocios que le pertenecían. Sus colegas, encargados de cada uno de los locales y negocios, le respondieron todos lo mismo: Hacía algo más de quince días que no tenían noticias de él...
Esa tarde John se disponía a cerrar el lugar, cuando vio algo brillante, tirado en una de las esquinas del cuarto donde estaba la cucha de Sanson. Se acercó con bastante curiosidad hasta allí, y se agachó para recogerlo. Su sorpresa fue mayúscula, cuando vio que se trataba del anillo de la universidad a donde había asistido Davenport. Era extraño, ya que jamás se lo quitaba del dedo. Más extraño aún fue cuando encontró tirada por otro lado, la enorme hebilla de aquel cinturón, que había usado siempre desde que él lo conocía. La tomó entre sus dedos y la revisó con detenimiento. Encontró lo que parecían marcas de dientes y rastros de sangre. Su mente trabajaba a toda velocidad; la conclusión comenzaba a resultar obvia. Observó nuevamente el anillo, y se dio cuenta de que también tenía marcas de dientes.
John Gibons miró asombrado a Sanson convencido ahora de que su víctima, había sido Julius Davenport. No podía creer que su jefe se hubiera atrevido a abrir el local sin él. Al parecer, después de todo no había resultado ser tan cobarde como él creía. Miró nuevamente al perro, y luego de meditarlo un rato, se acercó hasta donde estaba y lo soltó como todas las noches. El animal, volteó su enorme cabeza y moviendo la cola, se despidió hasta el otro día. John, cerró el local, y se fue para su casa como todos los días.
Mientras se alejaba, comenzó a dibujarse una sonrisa macabra e su rostro. Había tomado una decisión: Davenport, no tenía a nadie. Ningún familiar vivo, y por lo que él sabía, jamás había hecho un testamento. Pasarían años, antes de que alguien reclamara la propiedad del local. Si él pagaba todas las cuentas, y mantenía un perfil bajo, no llamaría la atención, y podría seguir trabajando. De seguro algún día alguien haría preguntas, pero hasta entonces, él se encargaría de que sus negocios, siguieran funcionando como hasta ese momento. Nadie tenía porqué enterarse de lo que había sucedido. Para el mundo, Julius Davenport, sencillamente, había desaparecido…
Como todas las mañanas al llegar, debía convencer a Sanson de regresar a su perrera y dejarse atar. Era un perro bastante traicionero, capaz de arrancarle la mano a un niño. Pero por algún motivo, a John siempre le había mostrado cariño. Ni siquiera Julius Davenport, el dueño del lugar, entendía porque aquel perro traicionero y malhumorado, apreciaba tanto a Gibons.
Davenport visitaba el lugar dos o tres veces por semana, y se encargaba de que siempre hubiera suficiente "basura" en el depósito. Decía que no iba más seguido, porque estaba ocupado con sus otros negocios; sin embargo John creía que la verdad, era que le temía demasiado a Sanson. No era que el perro no le diera razones, pero para él, su jefe era lisa y llanamente un cobarde.
Una noche, John cerró el depósito y soltó a Sanson como siempre. El perro comenzó a vagar por el lugar sintiéndose su dueño. John, que había visto aquella actitud cientos de veces, sonrió y se alejó caminando hacia la avenida principal.
Le llevó mucho más de lo normal, pero finalmente llegó a su casa. Esa noche no durmió demasiado bien, y al día siguiente se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Llamó entonces a Davenport para avisarle que no iría a trabajar, y le recomendó que no abriera el negocio. El otro insistió, diciendo que aquel día vendría un cliente muy importante, por lo que debía abrir sí o sí. John temió que Sanson pudiera lastimar a su jefe, pero luego se tranquilizó al pensar que en cuanto escuchara los ladridos del perro, desistiría y volvería a su casa.
Así pasó todo aquel día y uno más. Al tercer día, John Gibons se levantó para ir a trabajar. Al llegar a la puerta del depósito, le extraño encontrar la puerta sin llave, aunque cerrada. La oficina estaba desierta, pero la puerta que daba al playón estaba abierta de par en par. A John aquella situación lo estaba preocupando cada vez más. Estaba casi convencido de que algún ladrón se había atrevido a entrar, y que Sanson había dado cuenta de él.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando encontró al perro masticando un enorme hueso. El can al verlo soltó por un momento su trofeo y como siempre, le demostró su afecto. El, como todas las mañanas, lo llevó hasta su cucha, y con algo de paciencia logró ponerle su cadena. No abrió el negocio de inmediato. En cambio, se puso a revisar los alrededores, en busca de más huesos que confirmaran o desecharan su sospecha.
Le llevó casi una hora, pero al final, encontró lo que tanto temía: un cráneo humano completamente limpio. Siguió buscando, pero por más que lo hizo casi hasta el mediodía, lo único que logró encontrar, fueron un par de huesos más, y bastantes restos de sangre y tejido entre las chapas. John Gibons no quiso seguir investigando demasiado, convencido como estaba de que la víctima, había sido un desgraciado ladronzuelo, que había tenido la fatídica idea de entrar a robar a ese lugar.
Decidió actuar como si no hubiera pasado nada. John quería demasiado a Sanson, y sabía con seguridad, que si denunciaba aquella muerte, el perro sería sacrificado. Así que limpio todo rastro de sangre que encontró, y se deshizo de los huesos.
Pasaron varios días y las cosas volvieron a la normalidad. Salvo por el hecho de que Davenport no había vuelto a aparecer por el lugar, las cosas estaban igual que siempre. Así transcurrieron casi dos semanas. Recién cuando el stock de algunas cosas comenzó a reducirse drásticamente, John comenzó a sentir curiosidad por la ausencia de su jefe. El sabía que a Davenport no le gustaba demasiado ir al depósito, pero también sabía que siempre se daba una vuelta, al menos una o dos veces a la semana. Habían pasado más de quince días desde su última pasada, así que lo llamó al teléfono de su casa. Julius Davenport era soltero y vivía solo. Era un ser bastante antisocial que solo sabía dedicarse a su trabajo.
El teléfono sonó una y otra vez, pero al otro lado, nadie contestó. Gibons comenzó a preocuparse en ese momento. Levantó nuevamente el teléfono, y preguntó en cada uno de los negocios que le pertenecían. Sus colegas, encargados de cada uno de los locales y negocios, le respondieron todos lo mismo: Hacía algo más de quince días que no tenían noticias de él...
Esa tarde John se disponía a cerrar el lugar, cuando vio algo brillante, tirado en una de las esquinas del cuarto donde estaba la cucha de Sanson. Se acercó con bastante curiosidad hasta allí, y se agachó para recogerlo. Su sorpresa fue mayúscula, cuando vio que se trataba del anillo de la universidad a donde había asistido Davenport. Era extraño, ya que jamás se lo quitaba del dedo. Más extraño aún fue cuando encontró tirada por otro lado, la enorme hebilla de aquel cinturón, que había usado siempre desde que él lo conocía. La tomó entre sus dedos y la revisó con detenimiento. Encontró lo que parecían marcas de dientes y rastros de sangre. Su mente trabajaba a toda velocidad; la conclusión comenzaba a resultar obvia. Observó nuevamente el anillo, y se dio cuenta de que también tenía marcas de dientes.
John Gibons miró asombrado a Sanson convencido ahora de que su víctima, había sido Julius Davenport. No podía creer que su jefe se hubiera atrevido a abrir el local sin él. Al parecer, después de todo no había resultado ser tan cobarde como él creía. Miró nuevamente al perro, y luego de meditarlo un rato, se acercó hasta donde estaba y lo soltó como todas las noches. El animal, volteó su enorme cabeza y moviendo la cola, se despidió hasta el otro día. John, cerró el local, y se fue para su casa como todos los días.
Mientras se alejaba, comenzó a dibujarse una sonrisa macabra e su rostro. Había tomado una decisión: Davenport, no tenía a nadie. Ningún familiar vivo, y por lo que él sabía, jamás había hecho un testamento. Pasarían años, antes de que alguien reclamara la propiedad del local. Si él pagaba todas las cuentas, y mantenía un perfil bajo, no llamaría la atención, y podría seguir trabajando. De seguro algún día alguien haría preguntas, pero hasta entonces, él se encargaría de que sus negocios, siguieran funcionando como hasta ese momento. Nadie tenía porqué enterarse de lo que había sucedido. Para el mundo, Julius Davenport, sencillamente, había desaparecido…

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