domingo, 5 de abril de 2009

La Locura

En cada esquina, la veía. Como la sombra de un pasado aún fresco en la memoria; aunque nunca la había conocido en mi vida. Me había enterado de su existencia, por una nota en la tapa de una revista. Era bella, muy bella; tenía ese aire en su mirada, que te dice todo sobre una persona. Parecía inteligente, pero más allá de eso, tenía el aspecto de quien no está conforme con su vida: sentía lástima por ella.
Los meses pasaron, y mi obsesión por su imagen, comenzó a interferir con mi razón. Para ese momento, me había convencido de que la única persona que la podía salvar de su miseria, era yo. Yo, que ni siquiera la conocía; un completo extraño; que un día viendo una foto de tapa, había descubierto la agonía que sentía por dentro.
Ahora entiendo que eso era una locura, pero en ese tiempo, aquello era tan real para mí, como el aire que todos los días respiramos.

Fue en cierto momento -no recuerdo muy bien cuando-, que comencé a seguirla. Creía que vigilándola, podría protegerla; comprender porqué aguantaba esa vida de penurias. Pero no fue así. Ante mis ojos, se mostraba una mujer feliz; frívola, pero feliz. Quise creer que aquella era su forma de sobrellevar la situación, de demostrarle al mundo, que no podría doblegarla. Para ese entonces ya no me alcanzaba con seguirla; necesitaba conocerla, hablar con ella, decirle que sabía por lo que estaba pasando, y que ya no haría falta que sufriera sola.
Pero nada fue tan sencillo. Para empezar, ella vivía sus días en un mundo al que era muy difícil acceder. Yo no pertenecía, y no había modo de que lograra acercarme lo suficiente, a no ser que la interceptara en la calle, o a la salida de algún ensayo. Pero esas no me parecían buenas alternativas, ya que no quería que me confundiera con un merodeador, con alguno de esos desquiciados que intentan acorralar a las celebridades. Yo no me consideraba uno de ellos; yo era su amigo. Un amigo que ella aún no conocía, pero que sabía muy bien todos sus gustos, sueños, anhelos y desdichas.
Intenté acercarme a su entorno, hacerme amigo de alguien que trabajara cerca de ella. Conocí a una joven, se llamaba María. Ella trabajaba como asistente de uno de esos tipos importantes. La veía todos los días, y poco a poco me gané su confianza. Paulatinamente también, me fui enamorando de ella, sin embargo, no sentía que estuviese traicionando a aquella amiga que aún no conocía. Después de todo, siempre la había visto solo como eso; una amiga a quien sentía que debía ayudar.
María no sabía nada de mi obsesión por ella. Le hubiera partido el corazón enterarse que, la única razón por la que -en un principio- le había invitado una copa en aquel bar, había sido conocerla. Pero hacía seis meses que salíamos, y aún no había visto ni una sola vez a aquella mujer, cuya imagen me había obsesionado tanto. Estaba convencido, de que mi “amiga” me necesitaba cuanto antes. Así fue que forjé aquel plan.
No sabía muy bien que lograría haciendo eso, pero creía firmemente que era necesario. Ella se encontraba muy sola y deprimida. Desde mi punto de vista, era infeliz; una mujer condenada a mantener una apariencia de felicidad, que hacía tanto tiempo había perdido.
Llegué a su apartamento muy temprano en la mañana, aún antes de que ella se despertara. Desde que había comenzado a salir con María, había conocido a otras personas que también trabajaban cerca de ella. Una de ellas era el portero del edificio donde vivía.

“Se llamaba José. Yo le había caído bien desde el primer momento. El era un buen amigo del hermano de María. Julián, mi cuñado, trabajaba como parte de la seguridad para las celebridades del estudio. Más de una vez, había tenido que hacer guardia en la puerta de su casa. Fue durante esas asignaciones, que había conocido y entablado una amistad con José.
Una noche Julián nos presentó, parecía un buen tipo. Tenía unos cuarenta años, y aún estaba solo. No fue muy difícil lograr una invitación para tomar unas cervezas en su casa algún día. Conseguir la llave del departamento de ella, tampoco...”

Esa mañana, ella parecía algo más sombría que de costumbre. Se acababa de levantar, yo la observaba desde una posición tal, que hubiera sido imposible que me descubriera, pero lo hizo. Al verme, comenzó a gritar de tal modo, que los dos guardias, que estaban de custodia al otro lado de la puerta, se acercaron a averiguar que pasaba. Uno de ellos era mi cuñado. Lo que sucedía, para ellos era obvio...

Traté de explicarles que estaba haciendo allí, pero no me entendieron. Sin embargo para mí los equivocados eran ellos, al no darse cuenta de que mi “amiga”, necesitaba alguien que le ayudara a salir de su tristeza. Y ese debía ser yo. Los oficiales, no lo entendieron así tampoco. Los psicólogos, no dudaron en internarme en un neuro- psiquiátrico.

Han pasado cinco años desde aquel día. Hoy, luego de un largo tratamiento psicológico, entendí que en esa época yo estaba muy alterado. Pero me ha costado demasiado entenderlo... A María hace tiempo la perdí; a José, mi obsesión, le costó el trabajo. Y a ella, no la volví a ver nunca más. Aún hoy me siento culpable de haber actuado como lo hice, pero todo aquello estaba fuera de mi control.
Lo que realmente lamento, es haber perdido a María. Junto a ella y a su familia, había encontrado algo que siempre había buscado y no había hallado nunca.
Mi locura me costó su amor, mi estupidez me hizo perderla. Ya nada puede ser igual que antes. Ahora solo pienso en lo que pude tener y perdí. Tuve la oportunidad de ser feliz, y no la aproveché. Sin embargo, creo que todo pasa por algo. Si esa noche no le hubiera hablado en aquel bar, sino me hubiese enamorado locamente de ella, quizás aún hoy seguiría encerrado en mi mundo, viendo cosas donde no existían, creyéndome en mi locura, la única persona capaz de salvarlas...

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