Esa mañana, Alejandro salió de su casa como tantas otras veces. En la calle, todo estaba muy negro; el cielo estaba nublado y había comenzado a lloviznar. No había pasado demasiado tiempo, cuando comenzó a llover a cántaros. Caminaba por las calles, escondiéndose debajo de su pilotín negro. Cuando finalmente llegó a la parada, estaba totalmente empapado.
El colectivo 181, siempre había sido conocido por dos cosas: su intrincado recorrido -lleno de idas y vueltas que hacían que este pareciera interminable- y por lo que podía tardar en aparecer. Así que se resignó; se sentó en el banquito del refugio, tratando de escurrir un poco sus mojadas ropas, y se dispuso a esperar… Pero sucedió algo que jamás había sucedido antes: una joven de aproximadamente su misma edad, llegó -tanto o más mojada que él- a la parada. Era verano, así que Alejandro pudo apreciar como su ropa, se pegaba a su voluptuoso cuerpo. Aquella era una vista que hubiera turbado a cualquiera, y Alejandro, no era precisamente un monje…
Trató de recuperar la compostura, y comenzó a observarla con más detenimiento. Tenía pelo color azabache, este era bastante largo y con bucles. Sus ojos, eran de un azul marino intenso; y su piel tan blanca como la leche. Siguió observando; en su precioso rostro, tenía dibujada una sonrisa. Era perfectamente consciente de que él la miraba. No sabía si sonreía o si sentía algo de vergüenza.
La chica permaneció parada en un costado del refugio, casi sin moverse. No debía medir más de un metro sesenta y cinco, pero llevaba zapatos con plataforma, que la hacían parecer al menos diez centímetros más alta. Vestía un Jean Azul ceñido al cuerpo, y una blusa con volados color blanca. Debajo se notaba un corpiño también blanco de esos que las chicas jóvenes solían usar, pero que resultaba insuficiente para soportar el peso de sus grandes senos. La blusa se había pegado completamente a su torso, y era imposible no notar como sus pezones se habían endurecido por el frío; La chica estaba temblando.
Alejandro se paró y se acercó a ella. Le parecía extraño no reconocerla del barrio. Permaneció callado un momento, y luego decidió hablar.
- Hola… ¿Estás bien? Estás completamente empapada y temblando.- Ella lo miró sin entender del todo y le respondió.
- No te preocupes, en diez minutos va a pasar el colectivo; puedo aguantar.- Volvió a girarse y se quedó mirando hacia la dirección por la que debía venir el 181. Pero no pasaron más de tres o cuatro segundos, para que volviera a mirarlo.- Disculpá la grosería… Mi nombre es Mariela. ¿Y el tuyo?- El sonrió y le contestó-
- Yo me llamo Alejandro.- El extendió la mano y ella lo imitó.- Mucho gusto en conocerte Mariela. ¿Eres del barrio?-
- Si y no. En realidad me mudé hace menos de una semana.- Mariela se veía bastante más relajada que en un principio.- Me mudé junto a mis padres acá nomás, a cuatro cuadras de la parada.-
- Con razón, ya que no recordaba haberte visto por el barrio; y creeme, me acordaría…- Mariela se sonrojó un poco por el comentario. Aquel joven le había caído muy bien. Fue entonces que él recordó que llevaba un buzo consigo. Lo buscó rápidamente en el bolso, y se lo ofreció.
- Tomá, ponete esto.- le dijo- que sino te va a agarrar una pulmonía.- Mariela primero dijo que no hacía falta, pero ante la insistencia de él, decidió aceptarlo.-
- Gracias…- Se puso el buzo, y de inmediato sintió como la temperatura regresaba a su cuerpo. Alejandro pudo ver como lentamente le volvía el color a las mejillas.
Ante sus ojos ahora, ella se veía aún más hermosa. El buzo le llegaba hasta la mitad de los glúteos, evidentemente le quedaba un poco largo. El la miraba y parecía como hipnotizado; ella lo notó.
-¿Te pasa algo?- él la miró y sonrió. Por un momento no dijo nada.
- No, no me pasa nada. Es solo que con ese buzo te ves muy hermosa.- Las palabras le salieron sin pensarlo, luego de decirlas, no estuvo seguro de haber hecho bien. Ella volvió a sonrojarse, pero para su alivio, le agradeció el cumplido.
No se consideraba alguien especialmente apuesto. No era feo, pero definitivamente no era un adonis. Sin embargo, de vez en cuando había logrado que alguna chica pusiera interés en él. Esa mañana, en aquella parada de colectivo, había logrado que Mariela -que además de ser despampanante, había resultado ser una chica muy simpática- mostrara particular interés en su persona.
Ambos Jóvenes, siguieron charlando por unos minutos, mientras que sus miradas se seguían cruzando. Finalmente, y luego de mucho esperar, apareció el colectivo girando en una esquina dos o tres cuadras más atrás. Ella estiró su mano, e hizo señas para que parase. El chofer acercó el vehículo al cordón, y faltó poco para que los empapara aún más. Alejandro subió primero, y ayudo a Mariela a saltar el gran charco de agua que separa al colectivo del cordón de la vereda. Ella con una extraña expresión de ternura y sorpresa, le agradeció el gesto.
El bondi estaba a medio pasaje, así que no fue muy difícil hallar dos asientos uno al lado del otro. La charla siguió durante el viaje; había cierta magia en el ambiente. Los gestos insinuantes de uno, provocaban los del otro. El había quedado fascinado con Mariela; y a ella, Alejandro le había empezado a atraer enormemente. Siguieron hablando y riendo, hasta que uno de ellos debió bajarse.
Se despidieron como si se conocieran de mucho tiempo. Realmente ninguno quería despedirse; pero era necesario. Alejandro se levanto del asiento, y se dirigió a la puerta de atrás para tocar el timbre. Al hacerlo, volteó la cabeza para así darse cuenta de que ella lo había seguido con la mirada…
-¿Mañana a la misma hora?- pregunto ella con una sonrisa en la cara. El la miró y esbozando también una sonrisa le contestó.
- Puedes contar con eso…-
El colectivo estacionó aún más lejos de la vereda que cuando abordaron. Alejandro se cerró el pilotín, y se puso la capucha; para luego bajar del bondi. Mariela, miró como aquella figura de negro caminaba bajo la lluvia, esperando que el tiempo pasara rápido, para volver a verlo al día siguiente; a la misma hora…
El colectivo 181, siempre había sido conocido por dos cosas: su intrincado recorrido -lleno de idas y vueltas que hacían que este pareciera interminable- y por lo que podía tardar en aparecer. Así que se resignó; se sentó en el banquito del refugio, tratando de escurrir un poco sus mojadas ropas, y se dispuso a esperar… Pero sucedió algo que jamás había sucedido antes: una joven de aproximadamente su misma edad, llegó -tanto o más mojada que él- a la parada. Era verano, así que Alejandro pudo apreciar como su ropa, se pegaba a su voluptuoso cuerpo. Aquella era una vista que hubiera turbado a cualquiera, y Alejandro, no era precisamente un monje…
Trató de recuperar la compostura, y comenzó a observarla con más detenimiento. Tenía pelo color azabache, este era bastante largo y con bucles. Sus ojos, eran de un azul marino intenso; y su piel tan blanca como la leche. Siguió observando; en su precioso rostro, tenía dibujada una sonrisa. Era perfectamente consciente de que él la miraba. No sabía si sonreía o si sentía algo de vergüenza.
La chica permaneció parada en un costado del refugio, casi sin moverse. No debía medir más de un metro sesenta y cinco, pero llevaba zapatos con plataforma, que la hacían parecer al menos diez centímetros más alta. Vestía un Jean Azul ceñido al cuerpo, y una blusa con volados color blanca. Debajo se notaba un corpiño también blanco de esos que las chicas jóvenes solían usar, pero que resultaba insuficiente para soportar el peso de sus grandes senos. La blusa se había pegado completamente a su torso, y era imposible no notar como sus pezones se habían endurecido por el frío; La chica estaba temblando.
Alejandro se paró y se acercó a ella. Le parecía extraño no reconocerla del barrio. Permaneció callado un momento, y luego decidió hablar.
- Hola… ¿Estás bien? Estás completamente empapada y temblando.- Ella lo miró sin entender del todo y le respondió.
- No te preocupes, en diez minutos va a pasar el colectivo; puedo aguantar.- Volvió a girarse y se quedó mirando hacia la dirección por la que debía venir el 181. Pero no pasaron más de tres o cuatro segundos, para que volviera a mirarlo.- Disculpá la grosería… Mi nombre es Mariela. ¿Y el tuyo?- El sonrió y le contestó-
- Yo me llamo Alejandro.- El extendió la mano y ella lo imitó.- Mucho gusto en conocerte Mariela. ¿Eres del barrio?-
- Si y no. En realidad me mudé hace menos de una semana.- Mariela se veía bastante más relajada que en un principio.- Me mudé junto a mis padres acá nomás, a cuatro cuadras de la parada.-
- Con razón, ya que no recordaba haberte visto por el barrio; y creeme, me acordaría…- Mariela se sonrojó un poco por el comentario. Aquel joven le había caído muy bien. Fue entonces que él recordó que llevaba un buzo consigo. Lo buscó rápidamente en el bolso, y se lo ofreció.
- Tomá, ponete esto.- le dijo- que sino te va a agarrar una pulmonía.- Mariela primero dijo que no hacía falta, pero ante la insistencia de él, decidió aceptarlo.-
- Gracias…- Se puso el buzo, y de inmediato sintió como la temperatura regresaba a su cuerpo. Alejandro pudo ver como lentamente le volvía el color a las mejillas.
Ante sus ojos ahora, ella se veía aún más hermosa. El buzo le llegaba hasta la mitad de los glúteos, evidentemente le quedaba un poco largo. El la miraba y parecía como hipnotizado; ella lo notó.
-¿Te pasa algo?- él la miró y sonrió. Por un momento no dijo nada.
- No, no me pasa nada. Es solo que con ese buzo te ves muy hermosa.- Las palabras le salieron sin pensarlo, luego de decirlas, no estuvo seguro de haber hecho bien. Ella volvió a sonrojarse, pero para su alivio, le agradeció el cumplido.
No se consideraba alguien especialmente apuesto. No era feo, pero definitivamente no era un adonis. Sin embargo, de vez en cuando había logrado que alguna chica pusiera interés en él. Esa mañana, en aquella parada de colectivo, había logrado que Mariela -que además de ser despampanante, había resultado ser una chica muy simpática- mostrara particular interés en su persona.
Ambos Jóvenes, siguieron charlando por unos minutos, mientras que sus miradas se seguían cruzando. Finalmente, y luego de mucho esperar, apareció el colectivo girando en una esquina dos o tres cuadras más atrás. Ella estiró su mano, e hizo señas para que parase. El chofer acercó el vehículo al cordón, y faltó poco para que los empapara aún más. Alejandro subió primero, y ayudo a Mariela a saltar el gran charco de agua que separa al colectivo del cordón de la vereda. Ella con una extraña expresión de ternura y sorpresa, le agradeció el gesto.
El bondi estaba a medio pasaje, así que no fue muy difícil hallar dos asientos uno al lado del otro. La charla siguió durante el viaje; había cierta magia en el ambiente. Los gestos insinuantes de uno, provocaban los del otro. El había quedado fascinado con Mariela; y a ella, Alejandro le había empezado a atraer enormemente. Siguieron hablando y riendo, hasta que uno de ellos debió bajarse.
Se despidieron como si se conocieran de mucho tiempo. Realmente ninguno quería despedirse; pero era necesario. Alejandro se levanto del asiento, y se dirigió a la puerta de atrás para tocar el timbre. Al hacerlo, volteó la cabeza para así darse cuenta de que ella lo había seguido con la mirada…
-¿Mañana a la misma hora?- pregunto ella con una sonrisa en la cara. El la miró y esbozando también una sonrisa le contestó.
- Puedes contar con eso…-
El colectivo estacionó aún más lejos de la vereda que cuando abordaron. Alejandro se cerró el pilotín, y se puso la capucha; para luego bajar del bondi. Mariela, miró como aquella figura de negro caminaba bajo la lluvia, esperando que el tiempo pasara rápido, para volver a verlo al día siguiente; a la misma hora…

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