Viene de Parte 1
Juan caminó por aquella calle, hasta la intersección con la avenida Corrientes. Su casa quedaba a escasos doscientos metros de allí. No le llevó demasiado tiempo caminar aquellas dos cuadras, y pronto estuvo dentro de su hogar. Lo primero que hizo al entrar, fue levantar el teléfono para hablar con el arquitecto Ramirez. Lo encontró de muy buen humor, así que le comentó que tenía un trámite urgente que resolver, y que necesitaba tomarse aquel franco que le estaban adeudando, al día siguiente. El arquitecto no tuvo ninguna clase de objeción, aunque no recordaba aquel franco adeudado.
La verdad era que el franco no existía, pero como él siempre le había inspirado la más absoluta confianza a Ramirez, este estaba convencido de su existencia. Juan Contaba con eso. Además, jamás se había abusado de aquella cualidad de su jefe: la falta de memoria.
Juan vivía solo desde hacía casi tres años. Sus padres se habían divorciado hacía casi quince. Su padre se había vuelto a casar, y su madre había muerto poco antes e que él se mudara a aquel depto de dos ambientes. Su vida era bastante monótona; se reducía al trabajo y poco más en realidad. Aquella noche, le costó bastante conciliar el sueño, en realidad era un manojo de nervios.
A la mañana siguiente, se levantó más tarde de lo habitual. Hacía mucho tiempo que no podía dormir dos o tres horas de más, así que disfrutó enormemente aquel momento. Se giró sobre si mismo, y observó el reloj despertador. Eran casi las diez de la mañana. Juan se levantó de la cama ágilmente, y se encaminó hacia el baño.
Ese día tardó más tiempo del habitual en arreglarse. Se miraba en el espejo, se peinaba una y otra vez, e incluso se afeitó; algo raro para él a mitad de semana. Desayunó frugalmente, y salió de su casa. La agencia, había abierto tal vez una hora y media antes. Caminó las pocas cuadras que separaban ambos lugares, y al llegar, abrió la puerta casi sin detenerse. Dentro, atendía el local, la misma chica del día anterior Creía recordar que le había dicho su nombre: Lara.
Lara estaba apoyada con ambas manos sobre el mostrador, totalmente absorta en unos libros que parecían ser estados de cuentas o algo por el estilo. El ruido de la campanita de la puerta al cerrarse, hizo que levantara la vista.
- Buenos días Lara. Acá estoy, como habíamos quedado ayer.- La chica sonrió más efusivamente de lo que habría querido, y le contestó.
- Hola Juan, te estaba esperando. Dame dos minutos que termino con esto, y ya estoy con vos.- dijo levantando aquel cuaderno en el que estaba trabajando.
En ese instante desapareció de su vista, yendo hacia la trastienda del local. Muy pronto reapareció por la misma puerta, ya sin el libro que antes había estado completando. Lara seguía mirandolo con insistencia, tanta que Juan entendió que lo había estado haciendo desde su primer encuentro; aún antes de que supiera que él era el ganador de los cincuenta millones...
Aquella mirada solo podía significar una cosa: la chica mostraba interés por su persona. él estaba seguro de eso. Adoptó entonces también un lenguaje corporal mucho más insinuante. Ya que a él le pasaba algo parecido: La joven lo había fascinado de igual modo. Ella trató de guardar la compostura, pero había algo en él que le impedía dejar de observarlo. Intentó disimularlo del mejor modo, pero era consciente de que no estaba teniendo mucho éxito. El se estaba dando cuenta de lo que le pasaba; y la verdad era que no estaba del todo segura de que aquello la molestara. Muy por el contrario, quizás sería algo bueno.
- Dame un segundo que busco el número de Lotería Nacional.- Lara no tardó demsiado en tomar el teléfono y marcar el numero. Al otro lado una voz la saludó...-
Durante los siguiente minutos, ella conversó con aquella persona, diciéndole que tenía delante de ella al ganador del sortéo del dia anterior...
Continuara (Parte 3)
Juan caminó por aquella calle, hasta la intersección con la avenida Corrientes. Su casa quedaba a escasos doscientos metros de allí. No le llevó demasiado tiempo caminar aquellas dos cuadras, y pronto estuvo dentro de su hogar. Lo primero que hizo al entrar, fue levantar el teléfono para hablar con el arquitecto Ramirez. Lo encontró de muy buen humor, así que le comentó que tenía un trámite urgente que resolver, y que necesitaba tomarse aquel franco que le estaban adeudando, al día siguiente. El arquitecto no tuvo ninguna clase de objeción, aunque no recordaba aquel franco adeudado.
La verdad era que el franco no existía, pero como él siempre le había inspirado la más absoluta confianza a Ramirez, este estaba convencido de su existencia. Juan Contaba con eso. Además, jamás se había abusado de aquella cualidad de su jefe: la falta de memoria.
Juan vivía solo desde hacía casi tres años. Sus padres se habían divorciado hacía casi quince. Su padre se había vuelto a casar, y su madre había muerto poco antes e que él se mudara a aquel depto de dos ambientes. Su vida era bastante monótona; se reducía al trabajo y poco más en realidad. Aquella noche, le costó bastante conciliar el sueño, en realidad era un manojo de nervios.
A la mañana siguiente, se levantó más tarde de lo habitual. Hacía mucho tiempo que no podía dormir dos o tres horas de más, así que disfrutó enormemente aquel momento. Se giró sobre si mismo, y observó el reloj despertador. Eran casi las diez de la mañana. Juan se levantó de la cama ágilmente, y se encaminó hacia el baño.
Ese día tardó más tiempo del habitual en arreglarse. Se miraba en el espejo, se peinaba una y otra vez, e incluso se afeitó; algo raro para él a mitad de semana. Desayunó frugalmente, y salió de su casa. La agencia, había abierto tal vez una hora y media antes. Caminó las pocas cuadras que separaban ambos lugares, y al llegar, abrió la puerta casi sin detenerse. Dentro, atendía el local, la misma chica del día anterior Creía recordar que le había dicho su nombre: Lara.
Lara estaba apoyada con ambas manos sobre el mostrador, totalmente absorta en unos libros que parecían ser estados de cuentas o algo por el estilo. El ruido de la campanita de la puerta al cerrarse, hizo que levantara la vista.
- Buenos días Lara. Acá estoy, como habíamos quedado ayer.- La chica sonrió más efusivamente de lo que habría querido, y le contestó.
- Hola Juan, te estaba esperando. Dame dos minutos que termino con esto, y ya estoy con vos.- dijo levantando aquel cuaderno en el que estaba trabajando.
En ese instante desapareció de su vista, yendo hacia la trastienda del local. Muy pronto reapareció por la misma puerta, ya sin el libro que antes había estado completando. Lara seguía mirandolo con insistencia, tanta que Juan entendió que lo había estado haciendo desde su primer encuentro; aún antes de que supiera que él era el ganador de los cincuenta millones...
Aquella mirada solo podía significar una cosa: la chica mostraba interés por su persona. él estaba seguro de eso. Adoptó entonces también un lenguaje corporal mucho más insinuante. Ya que a él le pasaba algo parecido: La joven lo había fascinado de igual modo. Ella trató de guardar la compostura, pero había algo en él que le impedía dejar de observarlo. Intentó disimularlo del mejor modo, pero era consciente de que no estaba teniendo mucho éxito. El se estaba dando cuenta de lo que le pasaba; y la verdad era que no estaba del todo segura de que aquello la molestara. Muy por el contrario, quizás sería algo bueno.
- Dame un segundo que busco el número de Lotería Nacional.- Lara no tardó demsiado en tomar el teléfono y marcar el numero. Al otro lado una voz la saludó...-
Durante los siguiente minutos, ella conversó con aquella persona, diciéndole que tenía delante de ella al ganador del sortéo del dia anterior...
Continuara (Parte 3)

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