Aquella noche no había ni una estrella en el cielo. Las calles estaban completamente a oscuras, y la única luz que se veía desde lejos era la del ascensor orbital. El apagón había sido generalizado. Kilómetros y kilómetros alrededor de la zona de embarque habían quedado en plena oscuridad.
Joaquín observaba la negrura a su alrededor a medida que la cabina ascendía silenciosa hacia la nada. El recorrido total tomaba unos treinta minutos. Para él aquello no era más raro que un viaje a Rosario, pero para su madre, que había crecido en un mundo completamente diferente, aún resultaba increíble. Cintia, su mamá, observaba a través de la ventana y agradecía no poder ver nada.
-¿Cuanto crees que falte?- le preguntó el muchacho de pronto.
- Demasiado...- esa fue su única respuesta, ya que estaba demasiado ocupada, tratando de no ceder ante la desesperación que comenzaba a sentir.- ¿Por qué demonios tenían que hacerlo transparente?- Joaquín sonrió ante ese comentario, consciente del increíble esfuerzo que significaba para ella el solo hecho de haber subido a ese "horrible aparato".
Cintia se alejó entonces del borde, y se sentó en una de las sillas que había en el área central del ascensor. El aparato tenía unas medidas más que considerables, unos cinco metros de lado, por unos dos y medio de alto. Tenía capacidad para transportar veinte personas, pero esa noche, solo iban cinco. Joaquín seguía observando maravillado, y a medida que iban subiendo, pudo observar que en otras ciudades si había luz. Pensó de repente en su perro Rulo, y en cuanto le asustaba la oscuridad. Pero trató de alejar aquel pensamiento, convencido de que para esa hora Rulo estaría durmiendo, y seguramente ni siquiera se habría enterado del asunto.
El ascensor seguía subiendo, y cada vez, la Tierra se veía más redonda. Joaquín se sintió de repente como aquellos primeros astronautas, contemplando por primera vez el planeta desde el espacio. De repente sonó una bocina y a continuación la voz de una mujer comenzó a oírse por el altoparlante.
-"Por favor diríjanse a sus asientos y abróchense los cinturones. En cuatro minutos, comenzarán a experimentar la disminución de la gravedad"- El muchacho bufó un poco, pero menos de un minuto después -ante la mirada severa de Cintia-, se sentó al lado de su madre y se abrochó el cinturón. "Que decepción" pensó entonces, "yo quería flotar como los astronautas".
Puntualmente cuatro minutos después -tal como lo había anunciado aquella voz-, la gravedad comenzó a disminuir, y tanto Cintia como su hijo comenzaron a sentirse cada vez más livianos. Joaquín se divertía dejando laxos los brazos y viendo al mismo tiempo como la falta de gravedad, hacía que la larga cabellera de su mamá flotara. Cintia intentaba agarrar su pelo, pero en cuanto soltaba los apoyabrazos sentía cierta clase de vértigo que jamás había sentido antes.
Habrían pasado unos veinte minutos de recorrido, y aún faltaban otros diez. Curiosamente lo que para ella estaba resultando un martirio, para su hijo era lo más maravilloso que le había pasado en la vida, y no se cansaba de decirlo cada dos minutos. Para ese momento, se veía perfectamente la silueta de la tierra y el brillo azul de la biosfera. Ya habían recorrido dos tercios del trayecto, y se encontraban a unos setenta kilómetros de la superficie.
- Es hermoso...- dijo el hombre que estaba sentado al lado de ellos, y verdaderamente era cierto. Incluso Cintia tuvo que admitir muy a su pesar que era verdad. Para ese momento, al haber desaparecido la gravedad casi por completo, había olvidado su miedo a las alturas y poco a poco se había ido dibujando una sonrisa en su rostro.
No tardaron mucho más en llegar a la base orbital. Allí, a diferencia de lo que sucedía en el ascensor, si había gravedad artificial. La misma voz anunció luego de frenar, que ya era seguro quitarse los cinturones, y poco después las puertas del ascensor se abrieron. Joaquín salió corriendo y mirando hacia todas partes comenzó a buscar a algo o a alguien. Finalmente pareció encontrar aquello que buscaba y salió corriendo.
- Joaquín vení para acá, no corras.- pero el chico no hacía caso. Cintia apresuró el paso y trató de alcanzarlo.
-¡Papá, papá!- gritaba el chico mientras corría. Finalmente se detuvo detrás de un señor y tocándole un hombro llamó su atención. El hombre volteó entonces y lo miró algo sorprendido.
- ¿Qué hacés acá Joaquín? Que linda sorpresa...- el chico no dijo nada, solo rió y desvió la vista hacia un costado pícaramente.
-¡Joaquín! Dejá de correr.-
Héctor -tal era su nombre- escuchó aquella voz y sonrió. Aquella que venía corriendo era su mujer, la que había jurado jamás subir al ascensor. Aparentemente, su familia había decidido darle una sorpresa...
Joaquín observaba la negrura a su alrededor a medida que la cabina ascendía silenciosa hacia la nada. El recorrido total tomaba unos treinta minutos. Para él aquello no era más raro que un viaje a Rosario, pero para su madre, que había crecido en un mundo completamente diferente, aún resultaba increíble. Cintia, su mamá, observaba a través de la ventana y agradecía no poder ver nada.
-¿Cuanto crees que falte?- le preguntó el muchacho de pronto.
- Demasiado...- esa fue su única respuesta, ya que estaba demasiado ocupada, tratando de no ceder ante la desesperación que comenzaba a sentir.- ¿Por qué demonios tenían que hacerlo transparente?- Joaquín sonrió ante ese comentario, consciente del increíble esfuerzo que significaba para ella el solo hecho de haber subido a ese "horrible aparato".
Cintia se alejó entonces del borde, y se sentó en una de las sillas que había en el área central del ascensor. El aparato tenía unas medidas más que considerables, unos cinco metros de lado, por unos dos y medio de alto. Tenía capacidad para transportar veinte personas, pero esa noche, solo iban cinco. Joaquín seguía observando maravillado, y a medida que iban subiendo, pudo observar que en otras ciudades si había luz. Pensó de repente en su perro Rulo, y en cuanto le asustaba la oscuridad. Pero trató de alejar aquel pensamiento, convencido de que para esa hora Rulo estaría durmiendo, y seguramente ni siquiera se habría enterado del asunto.
El ascensor seguía subiendo, y cada vez, la Tierra se veía más redonda. Joaquín se sintió de repente como aquellos primeros astronautas, contemplando por primera vez el planeta desde el espacio. De repente sonó una bocina y a continuación la voz de una mujer comenzó a oírse por el altoparlante.
-"Por favor diríjanse a sus asientos y abróchense los cinturones. En cuatro minutos, comenzarán a experimentar la disminución de la gravedad"- El muchacho bufó un poco, pero menos de un minuto después -ante la mirada severa de Cintia-, se sentó al lado de su madre y se abrochó el cinturón. "Que decepción" pensó entonces, "yo quería flotar como los astronautas".
Puntualmente cuatro minutos después -tal como lo había anunciado aquella voz-, la gravedad comenzó a disminuir, y tanto Cintia como su hijo comenzaron a sentirse cada vez más livianos. Joaquín se divertía dejando laxos los brazos y viendo al mismo tiempo como la falta de gravedad, hacía que la larga cabellera de su mamá flotara. Cintia intentaba agarrar su pelo, pero en cuanto soltaba los apoyabrazos sentía cierta clase de vértigo que jamás había sentido antes.
Habrían pasado unos veinte minutos de recorrido, y aún faltaban otros diez. Curiosamente lo que para ella estaba resultando un martirio, para su hijo era lo más maravilloso que le había pasado en la vida, y no se cansaba de decirlo cada dos minutos. Para ese momento, se veía perfectamente la silueta de la tierra y el brillo azul de la biosfera. Ya habían recorrido dos tercios del trayecto, y se encontraban a unos setenta kilómetros de la superficie.
- Es hermoso...- dijo el hombre que estaba sentado al lado de ellos, y verdaderamente era cierto. Incluso Cintia tuvo que admitir muy a su pesar que era verdad. Para ese momento, al haber desaparecido la gravedad casi por completo, había olvidado su miedo a las alturas y poco a poco se había ido dibujando una sonrisa en su rostro.
No tardaron mucho más en llegar a la base orbital. Allí, a diferencia de lo que sucedía en el ascensor, si había gravedad artificial. La misma voz anunció luego de frenar, que ya era seguro quitarse los cinturones, y poco después las puertas del ascensor se abrieron. Joaquín salió corriendo y mirando hacia todas partes comenzó a buscar a algo o a alguien. Finalmente pareció encontrar aquello que buscaba y salió corriendo.
- Joaquín vení para acá, no corras.- pero el chico no hacía caso. Cintia apresuró el paso y trató de alcanzarlo.
-¡Papá, papá!- gritaba el chico mientras corría. Finalmente se detuvo detrás de un señor y tocándole un hombro llamó su atención. El hombre volteó entonces y lo miró algo sorprendido.
- ¿Qué hacés acá Joaquín? Que linda sorpresa...- el chico no dijo nada, solo rió y desvió la vista hacia un costado pícaramente.
-¡Joaquín! Dejá de correr.-
Héctor -tal era su nombre- escuchó aquella voz y sonrió. Aquella que venía corriendo era su mujer, la que había jurado jamás subir al ascensor. Aparentemente, su familia había decidido darle una sorpresa...

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