Las cosas se estaban poniendo bastante feas. Juan sabía que no faltaba mucho para que todo estallara. Hacía semanas que se encontraba escondido en la casa de su abuelo, cerca de Durazno, pero sabía que no podría permanecer mucho tiempo más allí. Su hermana Vanina, acababa de cumplir los quince años, y él no había tenido el valor para ir a su fiesta. Ricardo se había enojado mucho con él por eso. El era su hermano mayor, tenía veinticuatro años, y pensaba de un modo diametralmente opuesto al suyo.
Juan Asturiano tenía tan solo dieciocho años. Era un muchacho recién egresado del liceo, que acababa de comenzar en la universidad. Desde que podía recordar, había sido muy diferente a su padre Alberto y a su hermano mayor. Tampoco se parecía en nada a Celina, su madre. Siempre había sentido la necesidad de modificar las cosas, de que cambiaran para mejor; por eso se había unido a los Tupamaros. Hacía casi un año que estaba con ellos, y creía firmemente en sus ideas. Pero ahora sus convicciones lo estaban alejando de todos aquellos que le importaban...
Hacía casi dos meses que se escondía en la vieja casa de los abuelos.
Desde que su abuela había fallecido el año anterior, nadie vivía allí. Una noche, Ricardo entró durante la madrugada a su cuarto, y luego de gritarle en todos los idiomas, lo llevó (casi a la rastra) hasta su auto, y comenzó a conducir. Según le había dicho un amigo que tenía dentro del ejército, Juan figuraba en una de las listas con los nombres de quienes presuntamente, habían participado del "Tejazo" unos ocho meses antes. El mismo día en que se había producido, la fuga del penal de Punta Carretas.
Ricardo no le hablaba, solo conducía. Una hora después estaban llegando al barrio de sus abuelos. Juan no entendía nada. Miró a su hermano a los ojos, y luego de unos instantes, este le hablo. Le dijo que lo escondería en la vieja casa de los abuelos, pero que no podría ni siquiera acercar su nariz a una ventana. Lo dejó en la casa y se fue por casi dos horas. Al volver, había llenado el baúl del coche, con enlatados como para tres meses. Le dijo que debería quedarse allí; que él iría a verlo de vez en cuando. Desde entonces Ricardo había ido solo tres veces; y la última, había sido hacía más de quince días.
La idea de su hermano era "guardarlo" allí, hasta poder arreglar su paso a la Argentina. En principio, eso iba a tomar algo más de tres semanas, pero ese tiempo se fue estirando, hasta el punto que aún, no sabía cuanto más le llevaría conseguirlo.
Juan comenzaba a volverse loco allí encerrado, sin siquiera poder ver la luz del día. Ricardo, le había dicho que ni siquiera saliera al patio trasero, y que en lo posible, solo utilizara las habitaciones internas. Por suerte las pesadas persianas de las ventanas, cerraban casi herméticamente, y no dejaban ver desde la calle si las luces estaban prendidas o apagadas. Sin embargo, y por un tema de tranquilidad propia, de noche prendía solo la luz de la cocina, y había decidido dormir en el sótano.
Ese día, sintió que la puerta del garaje se abría, y unos pasos acercándose a la cocina. Pocos instantes después, vio a su hermano entrando. Ricardo tenía una expresión muy sombría. Estaba muy serio; tanto que Juan comenzó a preocuparse. El otro lo miró fijamente y así de repente, habló.
- Ya es hora de que sigas tu viaje...- de inmediato supo que algo no estaba bien.
- Pasó algo ¿no?- Su hermano asintió con un leve movimiento y entonces le contestó.
- Alejandro vio tu nombre en una de las listas de prioritarios.- hizo una pausa y siguió- creen que fuiste uno de los cabecillas en el "Tejazo".- Juan no creía lo que oía.
El había sido solo uno más; de hecho, hacía menos de un año que se había unido al movimiento. Ahora por algún motivo lo habían marcado como uno de los lideres durante lo que las autoridades y la prensa habían denomino “el Tejazo”. Siendo que en realidad, ese día solo había seguido órdenes. Su objetivo era provocar un alboroto tal, que mantuviera a los policías lo suficientemente ocupados, como para que sus compañeros pudieran escapar del penal de Punta Carretas.
Después de eso las cosas se habían puesto muy feas. El presidente le había dado carta blanca a los militares y el ambiente se había enrarecido demasiado.
Ricardo comenzó a juntar las pertenencias de su hermano menor, y las metió en aquel mismo bolso que le había dado, dos días después de dejarlo en esa casa. Lo llevaría hasta Carmelo. Desde allí podría cruzar a la argentina de un modo relativamente seguro. Juan aún no estaba convencido de querer irse, pero sabía que tampoco podía quedarse. Se preguntaba de que viviría una vez que llegara a Buenos Aires, y más importante aún: Donde. Ricardo le dijo que no se preocupara; había tenido semanas para pensar en eso. Sacó entonces un sobre del bolsillo de su saco, y se lo dio en la mano. Dentro había dinero del país vecino, además de todos sus documentos, incluida la copia de su partida de nacimiento.
Además de eso, había logrado conseguir los papeles para que lo dejaran embarcar. No eran copias de gran realismo, pero confiaba en que serían suficientes, como para burlar los controles de la aduana al salir del Uruguay. Juan se subió al auto de su hermano, y este finalmente arrancó. Miraba la bolsa que llevaba en sus manos, y se entristecía pensando que su vida, podía reducirse a un triste bolso marinero.
El Viaje hasta Carmelo, les tomó tres horas. Ricardo miraba a su hermano de reojo cada tanto, solo para percatarse del terror que estaba sintiendo en esos momentos. Luego de que la luz del día desapareciera por completo, llegaron al puerto desde el que saldría el barco que Ricardo había conseguido. Juan aún tenía sus dudas, pero ya no había marcha atrás; lamentablemente, él ya no podía volver, estaba marcado. Tomó entonces aquel bolso que contenía su último vínculo con la vida que estaba dejando, y subió por la rampa hasta la cubierta. Miraba constantemente hacía atrás, como si aún esperara despertarse y que hubiera sido todo un sueño. Finalmente los motores se encendieron, y poco a poco, la nave comenzó a alejarse de la costa. Ricardo lo miraba alejarse desde la costa, al tiempo que pensaba en el futuro que le esperaba a su hermano, al otro lado del río.
Juan Asturiano tenía tan solo dieciocho años. Era un muchacho recién egresado del liceo, que acababa de comenzar en la universidad. Desde que podía recordar, había sido muy diferente a su padre Alberto y a su hermano mayor. Tampoco se parecía en nada a Celina, su madre. Siempre había sentido la necesidad de modificar las cosas, de que cambiaran para mejor; por eso se había unido a los Tupamaros. Hacía casi un año que estaba con ellos, y creía firmemente en sus ideas. Pero ahora sus convicciones lo estaban alejando de todos aquellos que le importaban...
Hacía casi dos meses que se escondía en la vieja casa de los abuelos.
Desde que su abuela había fallecido el año anterior, nadie vivía allí. Una noche, Ricardo entró durante la madrugada a su cuarto, y luego de gritarle en todos los idiomas, lo llevó (casi a la rastra) hasta su auto, y comenzó a conducir. Según le había dicho un amigo que tenía dentro del ejército, Juan figuraba en una de las listas con los nombres de quienes presuntamente, habían participado del "Tejazo" unos ocho meses antes. El mismo día en que se había producido, la fuga del penal de Punta Carretas.
Ricardo no le hablaba, solo conducía. Una hora después estaban llegando al barrio de sus abuelos. Juan no entendía nada. Miró a su hermano a los ojos, y luego de unos instantes, este le hablo. Le dijo que lo escondería en la vieja casa de los abuelos, pero que no podría ni siquiera acercar su nariz a una ventana. Lo dejó en la casa y se fue por casi dos horas. Al volver, había llenado el baúl del coche, con enlatados como para tres meses. Le dijo que debería quedarse allí; que él iría a verlo de vez en cuando. Desde entonces Ricardo había ido solo tres veces; y la última, había sido hacía más de quince días.
La idea de su hermano era "guardarlo" allí, hasta poder arreglar su paso a la Argentina. En principio, eso iba a tomar algo más de tres semanas, pero ese tiempo se fue estirando, hasta el punto que aún, no sabía cuanto más le llevaría conseguirlo.
Juan comenzaba a volverse loco allí encerrado, sin siquiera poder ver la luz del día. Ricardo, le había dicho que ni siquiera saliera al patio trasero, y que en lo posible, solo utilizara las habitaciones internas. Por suerte las pesadas persianas de las ventanas, cerraban casi herméticamente, y no dejaban ver desde la calle si las luces estaban prendidas o apagadas. Sin embargo, y por un tema de tranquilidad propia, de noche prendía solo la luz de la cocina, y había decidido dormir en el sótano.
Ese día, sintió que la puerta del garaje se abría, y unos pasos acercándose a la cocina. Pocos instantes después, vio a su hermano entrando. Ricardo tenía una expresión muy sombría. Estaba muy serio; tanto que Juan comenzó a preocuparse. El otro lo miró fijamente y así de repente, habló.
- Ya es hora de que sigas tu viaje...- de inmediato supo que algo no estaba bien.
- Pasó algo ¿no?- Su hermano asintió con un leve movimiento y entonces le contestó.
- Alejandro vio tu nombre en una de las listas de prioritarios.- hizo una pausa y siguió- creen que fuiste uno de los cabecillas en el "Tejazo".- Juan no creía lo que oía.
El había sido solo uno más; de hecho, hacía menos de un año que se había unido al movimiento. Ahora por algún motivo lo habían marcado como uno de los lideres durante lo que las autoridades y la prensa habían denomino “el Tejazo”. Siendo que en realidad, ese día solo había seguido órdenes. Su objetivo era provocar un alboroto tal, que mantuviera a los policías lo suficientemente ocupados, como para que sus compañeros pudieran escapar del penal de Punta Carretas.
Después de eso las cosas se habían puesto muy feas. El presidente le había dado carta blanca a los militares y el ambiente se había enrarecido demasiado.
Ricardo comenzó a juntar las pertenencias de su hermano menor, y las metió en aquel mismo bolso que le había dado, dos días después de dejarlo en esa casa. Lo llevaría hasta Carmelo. Desde allí podría cruzar a la argentina de un modo relativamente seguro. Juan aún no estaba convencido de querer irse, pero sabía que tampoco podía quedarse. Se preguntaba de que viviría una vez que llegara a Buenos Aires, y más importante aún: Donde. Ricardo le dijo que no se preocupara; había tenido semanas para pensar en eso. Sacó entonces un sobre del bolsillo de su saco, y se lo dio en la mano. Dentro había dinero del país vecino, además de todos sus documentos, incluida la copia de su partida de nacimiento.
Además de eso, había logrado conseguir los papeles para que lo dejaran embarcar. No eran copias de gran realismo, pero confiaba en que serían suficientes, como para burlar los controles de la aduana al salir del Uruguay. Juan se subió al auto de su hermano, y este finalmente arrancó. Miraba la bolsa que llevaba en sus manos, y se entristecía pensando que su vida, podía reducirse a un triste bolso marinero.
El Viaje hasta Carmelo, les tomó tres horas. Ricardo miraba a su hermano de reojo cada tanto, solo para percatarse del terror que estaba sintiendo en esos momentos. Luego de que la luz del día desapareciera por completo, llegaron al puerto desde el que saldría el barco que Ricardo había conseguido. Juan aún tenía sus dudas, pero ya no había marcha atrás; lamentablemente, él ya no podía volver, estaba marcado. Tomó entonces aquel bolso que contenía su último vínculo con la vida que estaba dejando, y subió por la rampa hasta la cubierta. Miraba constantemente hacía atrás, como si aún esperara despertarse y que hubiera sido todo un sueño. Finalmente los motores se encendieron, y poco a poco, la nave comenzó a alejarse de la costa. Ricardo lo miraba alejarse desde la costa, al tiempo que pensaba en el futuro que le esperaba a su hermano, al otro lado del río.

No hay comentarios:
Publicar un comentario