martes, 11 de mayo de 2010

Aquella Mañana

Aquella mañana, al igual que las anteriores, el mundo a mí alrededor me pareció demasiado falso, artificial por decirlo de algún modo. Las nubes se movían por el firmamento a una velocidad constante, de un modo tal que nunca llegaban a tapar el sol por completo. La brisa soplaba suave y constantemente, y la temperatura era la ideal. Bueno, de hecho así era siempre desde que el concilio terrestre, había decidido hacer uso de la tecnología de control del clima, que habían desarrollado mis abuelos...

Hacía años que Federico Cellmann trabajaba junto a su colega Alfredo Palazo en la tecnología que ellos, estaban seguros, lograría darle control a la humanidad, sobre los caprichos de la naturaleza. No se trataba solo de lanzar pequeñas cargas a las nubes, para provocar su reacción. Ellos buscaban poder generar esas nubes de la nada, controlar la intensidad de las tormentas, y lo más importante: poder controlar por completo el comportamiento del clima. Aquella fue la investigación de sus vidas, y también la de sus respectivos hijos: Verónica Cellmann y Ariel Palazo. 

Mi nombre es Federico Palazo, y soy el hijo de Verónica y Ariel. Cuando era chico, era común escucharles decir, tanto a mis padres como a mis abuelos, que yo seguiría la investigación familiar, y que perfeccionaría la tecnología. Pero mis viejos me "ganaron de mano", y para cuando había cumplido los veintidós, ya no había razones para seguir con el "negocio" familiar. 
Mi verdadera pasión era el teatro, y así se los hice saber un día, poco antes de terminar la Universidad. Había estudiado física y meteorología, y la verdad era que no tenía demasiadas ganas de trabajar en eso el resto de mi vida.
La noticia cayó muy mal en mi familia; tanto que mi papá, no me habló por un par de semanas. Mi madre en cambio, si bien se notaba que estaba decepcionada, solo quería que yo fuera feliz, por lo que a regañadientes, aceptó mi decisión. A partir de entonces, mi relación con ellos, fue deteriorándose poco a poco. Finalmente, unos diez años después de aquella decisión; la misma noche en la que me consagraba como actor profesional, ellos dejaron de hablarme por completo.
Supongo que hasta ese momento, aún abrigaban la esperanza de que recapacitara y volviera a la "senda", pero esa noche entendieron que ya no lo haría. Aquella desaparición tan abrupta, caló hondo en mi corazón, pero estaba convencido de que el teatro era mi vida, y no pensaba dejar que nadie arruinara, lo que para mi era lo más importante...


Más allá de aquella decisión que había tomado de un modo casi subconsciente, a partir de ese momento todo fue algo irreal para mí. Ni el éxito, ni la fama que logré en los siguientes años, significaron demasiado para mí. Pero yo no pensaba claudicar. Si la condición implícita para recuperar a mi familia, era abandonar mis sueños y mi carrera, entonces no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer.
Fue en ese período en el que las autoridades, decidieron hacer uso de la tecnología que había desarrollado mi familia durante décadas. No se exactamente en que momento, ya que durante aquella década, las cosas resultaron algo nebulosas para mi. 
Finalmente pasaron otros diez años -veinte desde mi confesión-. Ya no pensaba tanto en mi familia; había formado una propia, y realmente era feliz. Me preocupaba que mis hijos crecieran en un mundo tan artificial como ese, pero no había demasiado que yo pudiera hacer al respecto. De vez en cuando me llegaban noticias sobre ellos. Así me había enterado de las muertes de mis abuelos, y del deterioro en la salud de mi padre.
Mi carrera como actor me había llevado a la pantalla grande, y si bien mi país no tenía una gigantesca industria cinematográfica, como la del país del norte, podría decirse que yo era uno de los "grandes". Mi esposa era maravillosa, la mujer a la que más amaba en el mundo. Ella no era actriz, y tal vez por ese motivo, yo le había resultado tan seductor. 
Lo cierto era que yo nunca me había considerado un casanova, y antes de conocerla, no había salido con demasiadas mujeres. Pero al hacerlo, supe que pasaría con ella el resto de mis días. Sin embargo la vida tenía otros planes para nosotros…

El día en el que cumplí cuarenta y cinco años, mi mujer tuvo el primero de una serie de desmayos, que con el correr de las semanas, se hicieron más y más frecuentes. Finalmente fuimos a consultar un especialista. El médico no tenía idea de lo que le estaba pasando. Yo solo notaba que los desmayos se intensificaban algunos días, y durante días enteros, parecía estar bien. La razón de aquello, parecía ser desconocida.
Así pasaron seis o siete meses, entre doctores, desmayos y preocupación. Y de repente una mañana, los desmayos cesaron, tan abruptamente como habían aparecido. Durante aproximadamente un año, nuestra vida comenzó a transcurrir de igual modo, que antes de que todo comenzara.
En la vida real, no siempre hay un final feliz como en las películas. De hecho, los finales felices son bastante escasos; casi diría que una rareza. Se preguntarán porque digo todo esto de repente... Pues la respuesta es simple; ya que al final, y sin siquiera avisar, la parca se llevó a mi mujer.

 Desde ese día solo viví para averiguar que había pasado. ¿De que modo podía ser posible, que una persona enfermara, se recuperara por completo, y que finalmente, muriera de un modo tan inesperado? Pronto supe cual era la razón: La tecnología de control climático de mi familia...
Yo jamás había ejercido mi profesión, pero en ese momento, en lo único que pensaba era en la muerte de mi esposa. Así que abandoné la actuación, tomé un puesto como científico en una prestigiosa universidad, y logré que me permitieran investigar lo que yo quería. En realidad nada de eso, me había supuesto demasiado esfuerzo, solo me hizo falta decir mi nombre, para que varias universidades se pelearan por mí. Yo siempre había sido consciente del prestigio del que gozaba mi apellido dentro de la comunidad científica, pero hasta ese día no había comprendido la verdadera magnitud de aquel.
No me costó demasiado ponerme al día en mis conocimientos. Eso se lo debía a mis padres, de quienes había heredado una notable memoria. De hecho y luego de más de veinte años, aún recordaba la mayor parte de lo que había estudiado en la universidad. 
Me llevó casi dos años, pero finalmente descubrir que uno de los procesos del sistema de control climático, producía un desecho semi radioactivo, que atacaba solo a ciertos grupos genéticos muy específicos. Alentado por aquel descubrimiento, seguí adelante y finalmente, un día di con la respuesta definitiva.

Esos últimos meses había estado tratando de aislar el isótopo, y había comenzado a hacer pruebas sobre tejidos humanos. En cierto punto, tomé muestras microscópicas de la piel de mis dos hijos, y las expuse a grandes cantidades de radiación. Increíblemente, y luego de semanas de exposición, las únicas muestras que se habían visto afectadas, habían sido las que había tomado de mi difunta mujer. Entonces lo supe. Fue como un clic en mi cabeza, aunque no lograba entender porque lo había hecho... Salí como un loco de mi laboratorio, y fui directo a la casa de mi infancia. Allí estaba mi padre sentado en su silla favorita, leyendo el diario. 

- ¡Fuiste vos! Creaste un isótopo cuya radiación afecta solo a un ADN en particular: El de mi esposa.- hice una pausa e intenté calmarme.- Vos la mataste.- Mi Viejo ni siquiera intentó defenderse. Sin embargo mantenía su mirada desafiante y permanecía completamente imperturbable.
-¿Cómo lo descubriste?- yo lo miré aún con más odio y finalmente le respondí con enorme desprecio.
- Lo abandoné todo, mi carrera, mi vocación. Y conseguí un empleo como físico teórico. Me dediqué día y noche a encontrar lo que había causado su muerte. Hoy finalmente lo supe...- 
Mi padre me miró fijamente a los ojos y comenzó a sonreír cínicamente. Luego levantó nuevamente el diario y comenzó a leerlo otra vez. Quedé allí entonces, completamente ignorado y totalmente azorado. Y finalmente lo entendí todo. En su retorcida mente, todo aquello había perseguido un único fin: Lograr que su hijo, volviera a la “senda". 
Yo que durante casi veinte años, había dicho que no pensaba dar el brazo a torcer, finalmente lo había hecho. Mi padre había logrado el objetivo que se había fijado, más de dos décadas atrás, cuando yo había confesado mi amor por la actuación. Para él, solo se trataba de un problema de física más, al cual le había encontrado una solución científica.
Esa fue la primera vez en casi veinte años que pise la casa, y también fue la última. A mi padre no lo volví a ver nunca más, y a mi madre, la vi por última vez en el funeral del viejo. Poco tiempo después, ella también murió.

 Han pasado casi diez años desde aquel entonces. Mis hijos tienen 14 y 16 años respectivamente. Yo dejé nuevamente la ciencia, y recuperé mi carrera de actor. Nunca me volví a casar; aún hoy la extraño. Me sigo levantando todos los días y el mundo me sigue pareciendo tan artificial, como aquella lejana mañana...

1 comentario:

aida lauga dijo...

que bueno!!!!!!!!!!!!!!!