martes, 15 de junio de 2010

Un Vistazo al Pasado


Juan siempre había creído que de nada servía mirar hacia atrás. Para él lo importante era el presente, y aquello que estuviera por venir.

Ese día comenzó a percibir en aquel restaurante, los sabores y olores que lo remitieron a su más tierna infancia. Aquellos aromas que no sentía desde que era un chico, antes de que su mamá muriera tan inesperadamente; y a diferencia de lo que le pasaba habitualmente, en esa oportunidad, dicha sensación lo turbó visiblemente. Y esa noche se acostó -pocas horas después de aquella experiencia- con la sensación de que estaba siendo literalmente transportado al pasado. Aquel pasado que tan desesperadamente intentaba olvidar...



A la mañana siguiente se despertó temprano, como lo había hecho toda su vida. Se sentía diferente, tal vez menos cansado. Se refregó los ojos un poco e intentó observar lo que lo rodeaba. Miró la hora en su reloj y se dio cuenta que ya era algo tarde, ese día debía entregar un trabajo práctico en la escuela... Aquella frase, que su mente había formulado por si misma, le pareció de repente todo un enigma: Hacía años que no iba a la escuela. Levantó entonces nuevamente la vista, y volvió a observar las cosas a su alrededor. Recién entonces notó que estaba percibiendo el mundo de un modo diferente, como si todo fuera más grande.

Trató de despabilarse y miró el cuarto con mayor atención. Se dio cuenta de que, si bien le resultaba familiar, ese no era su cuarto; o mejor dicho, lo había sido muchos años atrás... Se refregó los ojos varias veces, convencido de que todo era solo una jugarreta de su mente aún adormilada, pero no: Realmente estaba allí. Miró mejor el cuarto, y se dio cuenta que era el de su primera casa, la de Nuñez, en donde había vivido hasta que cumplió los diez años. En esa época asistía a una escuela del barrio en la que no tenía demasiados amigos. Sin embargo él era feliz. Sus dos mejores amigos, Carlitos y Martín, vivían en la misma cuadra que él; todas las tardes, luego de hacer la tarea, ellos se convertían en los protagonistas de las más grandes aventuras.



Decidió levantarse de la cama, cambiarse y explorar la casa. A un costado, apilada sobre el respaldo de una silla, estaba su ropa del colegio, perfectamente ordenada. Se cambió rápidamente -como solía hacerlo cuando era chico- y fue hacia el baño. Aquel cepillo de dientes, ese que siempre recordaba, estaba adentro del vaso. Comenzó a asearse y en cierto momento levantó la vista; al verse al espejo se sorprendió: el que veía, era su rostro de cuando tenía ocho años.



Quince minutos después se sentaba en la mesa de la cocina. Al mismo tiempo, su mamá, Alejandra, estaba terminando de llenar su tazón con leche y copos. Juan no podía creer nada de lo que estaba pasando. Comió en absoluto silencio, aún buscando una explicación lógica a lo que sucedía. Alejandra se encargó de revisar su mochila y asegurarse de que no olvidara llevar nada.

-¿Hiciste el trabajo práctico Juan?- El miró a su madre con algo de duda, pero finalmente, y luego de hacer memoria, le contestó.

- Si Ma, está adentro del cuaderno grande.- ella lo revisó, y sonrió. "Juachi" había dejado una tarjetita para ella entre las hojas de aquel mismo cuaderno.

La tomó, y doblándola a la mitad, se la guardó en un bolsillo. Revisó entonces nuevamente el cuaderno, y luego de asegurarse de que el trabajo estaba allí, volvió a guardar todo como estaba, y se acerco a Juan, para darle un beso en la mejilla.

- Gracias por la carta.- le dijo mientras sacaba el papel de su bolsillo. Juan que estaba atento para ver a lo que se refería, reconoció aquel papel lleno de colores, que en alguna oportunidad, para él lejana y difusa en el tiempo, había dibujado para su mama. Entonces también sonrió.



Su papá lo dejó en la escuela antes de ir al trabajo. En la entrada lo esperaban Carlitos y Martín. Al verlos sintió una extraña sensación, un sentimiento de gran alegría y unas ganas casi incontenibles de correr a abrazarlos. Pero decidió contenerse, y simplemente se acercó y estrechó sus manos, como la mayoría de los chicos solían hacer en su época. A medida que fue pasando aquel día, Juan comenzó a habituarse a su nueva situación, y si bien quería saber lo que estaba pasando, no estaba nervioso, o tenso de algún modo. Resultaba extraño, pero en realidad, en ningún momento se había sentido así...

Al finalizar las clases, los pasó a buscar la mamá de Martín, y los llevó hasta sus casas. Quedaron en encontrarse después de hacer las tareas, como todos los días. Si bien comenzaba a convencerse de que toda aquella situación era real, su mente, su parte racional, le seguía diciendo que aquello era imposible. Sin embargo, Juan había decidido vivir el momento al máximo; rememorar la época más feliz de su vida: Aquella en la que su madre aún no había enfermado, y su padre parecía el hombre más feliz sobre la tierra. El era consciente de que todo podía ser simplemente un sueño, pero en ese momento no le importaba demasiado.

Cuado llegó a su casa, su mamá lo esperaba con la comida recién servida, y una vez más, los aromas invadieron su olfato. Dos minutos después, llegó Jaime, su papá. Como si todo estuviera de algún modo cronometrado al detalle, los tres se sentaron a la mesa. La comida transcurrió entre risas y alegría. De hecho así había sido siempre, hasta el día en el que todo cambio… Sin embargo Juan estaba tranquilo: aún faltaban casi dos años para que eso sucediera.



Terminaron de comer y rápidamente se fue a hacer la tarea. Para alguien como él, que había dedicado su vida a la docencia, aquellos ejercicios eran sumamente sencillos, así que en menos de veinte minutos los había terminado. Se quedó en su cuarto haciendo algo de tiempo, y finalmente, cerca de las dos de la tarde, bajó con el cuaderno para que lo viera su mamá. Alejandra revisó los ejercicios y sonriendo le dijo que podía salir a jugar con sus amigos. Justo en ese momento, Jaime que estaba sentado en el sillón individual del comedor, dejó el diario que leía a un costado, y luego de tomar su abrigo se preparó para volver a salir. Antes de irse, saludo a su esposa, y le dio un beso en la frente a su hijo, como si fuese parte de un ritual cotidiano. Aquello dejó algo perplejo a Juan, quien no recordaba que su padre acostumbrara a saludarlo así. Se preguntaba, que otros detalles sobre aquellos años habría olvidado…



Al llegar a la esquina, encontró a sus dos amigos jugando a las bolitas, junto al viejo Palo Borracho de la casa de la Señora Gutiérrez. Juan se acercó hasta pararse junto a ellos, y luego de arrodillarse, comenzó a jugar también. Esa tarde estuvieron divirtiéndose como él no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. Juegos como las bolitas, la payana, o “Duque espacial”, que ya ni recordaba como eran; pero en los que se desenvolvió como un experto. A medida que pasaron las horas, la sensación de que se acercaba el final, se hizo cada vez más fuerte.

A las seis y media, tomaron la leche con galletitas en la casa de Carlitos, como lo hacían todas las tardes, y luego de eso, cada uno se despidió y volvió a su casa. Juan pasó el resto de aquel día, haciéndole compañía a su mamá, intentando estar el mayor tiempo posible junto ella. A las nueve en punto, Alejandra sirvió la comida y a las diez y media Juan finalmente se fue a acostar. Estaba muy cansado a causa de todas las cosas que había hecho aquel día, y le costaba mantener los ojos abiertos. Su papá lo arropó y le dio el beso de las buenas noches, y su mamá, como solía hacerlo, le leyó aquel cuento que él nunca se cansaba de oír. No llegó ni a la tercera página, ya que la dulce voz de su madre, logró que el sueño lo venciera del todo, quedando entonces completamente dormido…





A la mañana siguiente se despertó renovado. Abrió los ojos y notó que su percepción de las cosas había vuelto a cambiar. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba nuevamente en su casa de Villa Crespo, junto a Agustina, su mujer. Era sábado así que no tenía que ir a trabajar. Aquello le resultó de repente muy extraño. Si todo lo que él había vivido, solo había sido un sueño, debería ser viernes, pero no era así. Se cercioró varias veces de no estar equivocado, y cuando se convenció por completo, recién entonces se levantó. Fue directo a la cocina y sirvió tres tazones con copos y leche.

Julia acababa de levantarse, y observaba con curiosidad como su papá, preparaba lo que ella creía, era el desayuno. La nena que tenía ocho años, se acercó hasta la mesa de la cocina, y sin decir nada se sentó. Juan que la vio en el mismo instante en el que entró, se aproximó hasta su silla y le dio un beso en la frente. Julia sonrió.

-¿Qué estás haciendo papi?- Juan se detuvo un instante, y miró a su hija.

- Estoy preparando el desayuno para los tres…- En ese momento Agustina entró a la cocina envuelta en su bata y se apoyó contra la heladera.

-¿Y que hay de desayuno?-

-¡Copos con leche! – dijo Julia, para luego llevarse una gran cucharada a su boca.

Agustina se sentó a la Mesa junto a su hija y luego de revolverle el pelo con su mano, tomó una cuchara y la imitó. Miraba a su marido. Había algo en él que era diferente. Parecía como si todos sus conflictos internos, aquellos que lo habían acompañado toda su vida, se hubieran esfumado de repente. Se lo veía calmado, contento, lleno de alegría. Todo al mismo tiempo. Estiró entonces su mano y tomó la de él. Juan la miró con enorme ternura en sus ojos, y luego acercó aquella mano a su rostro, y la besó.

Aquel desayuno fue memorable. Allí estaban los tres, sentados a la mesa a las ocho de la mañana de un sábado, comiendo copos y riendo casi en todo momento. Juan se sentía distinto. Era como si hubiese dejado olvidada aquella pesada mochila, que cargaba con él desde la muerte de su mamá, en aquel cuarto de aquella casa de Nuñez. Tenía la certeza de que su vida acababa de cambiar. Algo o alguien, le había dado -por una razón que él desconocía- la oportunidad de recordar y recuperar las cosas buenas, que había olvidado en el camino hacia la adultez. El había sufrido bastante luego de la muerte de su mamá. Jaime, su padre, se había encerrado en si mismo, y por momentos pareció que había olvidado que tenía un hijo. Lo había llegado a odiar por eso, pero en ese momento, esos sentimientos habían desaparecido. El simple recuerdo de aquel beso en la frente, antes de ir a trabajar, o el modo en el que lo arropó para dormir, fueron suficientes para que olvidara todo lo otro. El sabía que su viejo había sufrido tanto como él, y que tal vez, no supo como continuar. Miró de reojo el teléfono que estaba colgado en la pared, y decidió que ese mismo día lo llamaría. Tenían mucho de que hablar…

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