Ernesto Torres jamás había creído realmente que ese momento llegaría. El y su hermano habían especulado sobre eso durante los últimos tres años, pero nunca creyó que realmente lo hicieran... Desde que su madre había muerto -hacía unos cuatro años-, La idea de vender la casa de sus viejos, había estado siempre presente en sus conversaciones. Cecilia, su esposa, trataba siempre de convencerlo, de "hacerle entender" que aquello era lo "mejor". Pero él no estaba tan seguro. Ernesto tenía demasiados recuerdos acumulados en aquel lugar, y creía que en el fondo, Facundo, su hermano menor, sentía lo mismo. Solo la insistencia de Cecilia y Marta (la mujer de Facu) había logrado que ellos aceptaran averiguar en una inmobiliaria.
El tasador llegó a la casa un sábado a la mañana. Durante la semana, todos ellos trabajaban hasta tarde, y no había modo de que alguno pudiera atenderlo, además estaba el hecho de que tanto Facundo como Ernesto, querían estar presentes. Aquella visita lo cambiaría todo. La idea de vender pasaría de ser solo eso, a convertirse en una realidad palpable.
Los cuatro estaban sentados en la cocina de la casa, esperando a que tocaran el timbre. Se encontraban en absoluto silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. Ernesto miraba a su alrededor, y cientos de recuerdos pasaban en rápida sucesión, delante de sus ojos. Parecía como si estuviera sentado delante de una pantalla de cine, y su visión estuviera totalmente ocupada, observando aquella rápida sucesión de imágenes a todo color. Cuando sonó el timbre finalmente, estaba tan compenetrado en sus recuerdos que ni se enteró. Cecilia -luego de llamarlo por su nombre dos o tres veces-, toco suavemente su mejilla con el anverso de la mano. Solo entonces, reaccionó.
El tasador saludó cordialmente a todos ellos, y luego de las presentaciones de rigor, comenzó con su trabajo. Lo que en un principio les había parecido un mero trámite, se había convertido en una labor, que se extendió por algo más de una hora. Rogelio Toscano, revisó cada rincón de la casa, tomó nota de cada mancha de humedad, cada cerámica ajada, usando aquellos datos como si fueran números dentro de una complicada suma algebraica. Finalmente y luego de casi media hora más, Toscano les aseguró que la inmobiliaria se comunicaría con ellos el lunes, y les informaría cual era valor de mercado de la casa.
Ese día decidieron quedarse allí y ordenar un poco. La mayor parte de las cosas de sus viejos, aún estaba guardadas en esa casa. Además, creían que una buena limpieza, serviría para darle otro aspecto al lugar; uno que fuera menos lúgubre y más llamativo para los compradores. Ernesto seguía bastante conflictuado con respecto a la venta de la casa. Por alguna razón, durante los últimos cuatro o cinco días, había comenzado a soñar con su mamá.
Aquel lunes, el agente inmobiliario, tocó la puerta de la casa de Ernesto. Eran cerca de las seis de la tarde; él acababa de volver del trabajo, tan solo unos minutos antes. Cecilia dejó lo que estaba haciendo, y abrió la puerta. Juan Robles, entró entonces por tercera vez a aquel sitio.
La casa de Facundo, no estaba demasiado lejos de allí. Ambos habían comprado sus casas, en el mismo barrio en el que estaba aquella, en la que había transcurrido toda su infancia. Ernesto saludó a Robles con un apretón de manos, y luego levantó el teléfono para llamar a su hermano. Facundo, que atendió el llamado al otro lado, prometió que estaría allí en no más de diez minutos. Exactamente nueve minutos después, tocaba el timbre. Ernesto abrió la puerta raudamente, y lo hizo pasar. Juan Robles se sentó entonces en el sillón del comedor, y luego de esperar a que los demás se acomodaran, se dispuso a darles las buenas nuevas a los hermanos Torres.
El valor que el tasador había recomendado, como precio de mercado para la casa de sus viejos, era más que atractivo; incluso a ellos les pareció un poco alto. Sin embargo, según Robles, no era así. Mentalmente, hicieron cuentas: ese dinero resultaba suficiente como para cancelar la hipoteca de las casas de ambos y además, invertir algo de dinero en el negocio familiar. Ellos sabían hacía tiempo, que la distribuidora necesitaba una inyección de capital...
Facundo parecía el más entusiasmado de los dos, aunque Ernesto creyó darse cuenta de que tenía las mismas dudas que él. A su mujer, Cecilia, parecía que le brillaban los ojos; pero él no estaba seguro de nada. Era una oferta más que tentadora, pero él sentía que estaban yendo en contra de los deseos de sus padres.
Recordó de repente aquello que su mamá, le había dicho en el hospital, el mismo día en el que luego falleció: "No deben vender la casa por ninguna razón; tiene que permanecer en la familia". Ese día Ernesto estuvo tentado por preguntarle la razón, pero luego creyó que no debía molestarla. ¡Cómo se arrepintió luego por no habérselo preguntado en ese momento! Robles se retiró de la casa tan pronto como terminaron de conversar. Quedaron en que los hermanos lo irían a visitar en uno o dos días, y le dirían si habían decidido finalmente vender. Parecía tranquilo, como si algo le dijera que aquel era un cliente seguro.
A la mañana siguiente, Ernesto salió a trabajar como todos los días. Aquel recuerdo de su madre aún seguía dándole vueltas. Ese día transcurrió como si él realmente no estuviera. Su mente estaba perdida entre recuerdos sobre sus padres y especulaciones sobre aquello que tornaba tan importante para su mamá, el que no vendieran jamás la casa. Ese era un asunto que lo había mantenido casi sin dormir la noche anterior, y que ahora, no le permitía concentrarse adecuadamente en su trabajo. Tanto era sí que en cierto momento don Armando, su patrón, le dijo que fuera y resolviera lo que lo tenía tan distraído, ya que (palabras textuales de él) en ese estado no le servía…
Eran cerca de las dos de la tarde, y aún era temprano para volver a su casa, así que decidió hacerle caso a su jefe y fue a la vieja casa familiar. Por suerte tenía con él su copia de las llaves, aunque aún no sabía por donde empezaría a buscar, y mucho menos, que era lo que debía buscar. Le llevó unos veinte minutos, pero finalmente se detuvo delante de la puerta principal. De primera le llamó la atención el hecho de que la ventana del frente, estuviera a medio subir, pero mucho más los sorprendió, comprobar que la puerta del frente estaba abierta. En ese instante dudó, pero finalmente decidió entrar, tratando de no hacer ruido. Se escuchaban ruidos que venían de la cocina, y hacia allá comenzó a caminar con algo de miedo. Sin embargo, cuando asomó la cabeza hasta la entrada, pudo ver una figura más que conocida, sentada a la mesa, con la cabeza gacha, y las manos apoyadas sobre su rostro.
-¿No tendrías que estar trabajando vos?- su hermano levantó entonces la cabeza, y luego de sobreponerse a la sorpresa inicial le contestó.
- Podría preguntarte lo mismo…- Ernesto se acercó hasta la mesa, y se sentó de frente a Facundo. Se acomodó lo mejor que pudo y volvió a hablar.
- Don Armando me mandó a pasear…- Facundo lo miró preocupado, pero antes de que pudiera hablar, él continuó.- Quedate tranquilo que no me echó, pero me mandó a que resuelva aquello que me tiene tan distraído.- Hizo una nueva pausa y luego siguió.- Es por la venta de la casa, no puedo evitar pensar en la vieja y lo que me dijo el mismo día en el que murió…-
-¿Qué no debíamos vender la casa por nada del mundo?- Ernesto lo miró muy extrañado. Como preguntándole como sabía eso.- Tal vez no lo recordás, pero ese día, yo estaba sentado a dos metros de vos, y también la escuché. Estuve toda la noche pensando en cual podía ser la razón para que nos dijera eso…- El otro asintió con la cabeza, al parecer, después de todo, los dos estaban igual de inseguros, sobre la venta de la casa.
La conversación siguió por un rato, hasta que decidieron comenzar a buscar. Si realmente había una razón por la cual no debían vender la casa, ellos creían que sería algo que encontrarían allí mismo. El problema era que no tenían ni idea de por donde debían comenzar.
Fueron casi cuatro horas revolviendo cajones, revisando papeles, y tratando de encontrarle una explicación a cada cosa que iban encontrado, pero finalmente lo encontraron; un objeto que parecía fuera de lugar, que aparentemente no tenía ninguna razón para estar allí. Parecía ser una simple llave vieja y algo oxidada, pero algo les decía que esa era la clave de todo. Ernesto sostenía la llave entre sus dedos, como si se tratara de algo extremadamente importante, frágil e irremplazable. Pero si bien habían llegado hasta ese punto, no tenía idea de que cerradura abriría.
Decidieron entonces guardarla por aquella noche, y seguir investigándolo al otro día. Se había hecho bastante tarde, y ambos debían volver a sus casas. Se despidieron hasta el día siguiente, y cada uno comenzó a caminar. Ninguno de los dos vivía a más de ocho cuadras de allí, así que les tomó muy poco tiempo llegar. Habían decidido que por el momento no le dirían nada a sus esposas, por lo que cuando Cecilia le preguntó a su marido donde había estado, él simplemente le dijo “se me hizo tarde”. Su mujer pareció conformarse con esa respuesta, ya que de inmediato olvidó el asunto, ocupada como parecía estarlo, pensando en lo que podrían hacer con el dinero de la venta de la casa.
El tasador llegó a la casa un sábado a la mañana. Durante la semana, todos ellos trabajaban hasta tarde, y no había modo de que alguno pudiera atenderlo, además estaba el hecho de que tanto Facundo como Ernesto, querían estar presentes. Aquella visita lo cambiaría todo. La idea de vender pasaría de ser solo eso, a convertirse en una realidad palpable.
Los cuatro estaban sentados en la cocina de la casa, esperando a que tocaran el timbre. Se encontraban en absoluto silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. Ernesto miraba a su alrededor, y cientos de recuerdos pasaban en rápida sucesión, delante de sus ojos. Parecía como si estuviera sentado delante de una pantalla de cine, y su visión estuviera totalmente ocupada, observando aquella rápida sucesión de imágenes a todo color. Cuando sonó el timbre finalmente, estaba tan compenetrado en sus recuerdos que ni se enteró. Cecilia -luego de llamarlo por su nombre dos o tres veces-, toco suavemente su mejilla con el anverso de la mano. Solo entonces, reaccionó.
El tasador saludó cordialmente a todos ellos, y luego de las presentaciones de rigor, comenzó con su trabajo. Lo que en un principio les había parecido un mero trámite, se había convertido en una labor, que se extendió por algo más de una hora. Rogelio Toscano, revisó cada rincón de la casa, tomó nota de cada mancha de humedad, cada cerámica ajada, usando aquellos datos como si fueran números dentro de una complicada suma algebraica. Finalmente y luego de casi media hora más, Toscano les aseguró que la inmobiliaria se comunicaría con ellos el lunes, y les informaría cual era valor de mercado de la casa.
Ese día decidieron quedarse allí y ordenar un poco. La mayor parte de las cosas de sus viejos, aún estaba guardadas en esa casa. Además, creían que una buena limpieza, serviría para darle otro aspecto al lugar; uno que fuera menos lúgubre y más llamativo para los compradores. Ernesto seguía bastante conflictuado con respecto a la venta de la casa. Por alguna razón, durante los últimos cuatro o cinco días, había comenzado a soñar con su mamá.
Aquel lunes, el agente inmobiliario, tocó la puerta de la casa de Ernesto. Eran cerca de las seis de la tarde; él acababa de volver del trabajo, tan solo unos minutos antes. Cecilia dejó lo que estaba haciendo, y abrió la puerta. Juan Robles, entró entonces por tercera vez a aquel sitio.
La casa de Facundo, no estaba demasiado lejos de allí. Ambos habían comprado sus casas, en el mismo barrio en el que estaba aquella, en la que había transcurrido toda su infancia. Ernesto saludó a Robles con un apretón de manos, y luego levantó el teléfono para llamar a su hermano. Facundo, que atendió el llamado al otro lado, prometió que estaría allí en no más de diez minutos. Exactamente nueve minutos después, tocaba el timbre. Ernesto abrió la puerta raudamente, y lo hizo pasar. Juan Robles se sentó entonces en el sillón del comedor, y luego de esperar a que los demás se acomodaran, se dispuso a darles las buenas nuevas a los hermanos Torres.
El valor que el tasador había recomendado, como precio de mercado para la casa de sus viejos, era más que atractivo; incluso a ellos les pareció un poco alto. Sin embargo, según Robles, no era así. Mentalmente, hicieron cuentas: ese dinero resultaba suficiente como para cancelar la hipoteca de las casas de ambos y además, invertir algo de dinero en el negocio familiar. Ellos sabían hacía tiempo, que la distribuidora necesitaba una inyección de capital...
Facundo parecía el más entusiasmado de los dos, aunque Ernesto creyó darse cuenta de que tenía las mismas dudas que él. A su mujer, Cecilia, parecía que le brillaban los ojos; pero él no estaba seguro de nada. Era una oferta más que tentadora, pero él sentía que estaban yendo en contra de los deseos de sus padres.
Recordó de repente aquello que su mamá, le había dicho en el hospital, el mismo día en el que luego falleció: "No deben vender la casa por ninguna razón; tiene que permanecer en la familia". Ese día Ernesto estuvo tentado por preguntarle la razón, pero luego creyó que no debía molestarla. ¡Cómo se arrepintió luego por no habérselo preguntado en ese momento! Robles se retiró de la casa tan pronto como terminaron de conversar. Quedaron en que los hermanos lo irían a visitar en uno o dos días, y le dirían si habían decidido finalmente vender. Parecía tranquilo, como si algo le dijera que aquel era un cliente seguro.
A la mañana siguiente, Ernesto salió a trabajar como todos los días. Aquel recuerdo de su madre aún seguía dándole vueltas. Ese día transcurrió como si él realmente no estuviera. Su mente estaba perdida entre recuerdos sobre sus padres y especulaciones sobre aquello que tornaba tan importante para su mamá, el que no vendieran jamás la casa. Ese era un asunto que lo había mantenido casi sin dormir la noche anterior, y que ahora, no le permitía concentrarse adecuadamente en su trabajo. Tanto era sí que en cierto momento don Armando, su patrón, le dijo que fuera y resolviera lo que lo tenía tan distraído, ya que (palabras textuales de él) en ese estado no le servía…
Eran cerca de las dos de la tarde, y aún era temprano para volver a su casa, así que decidió hacerle caso a su jefe y fue a la vieja casa familiar. Por suerte tenía con él su copia de las llaves, aunque aún no sabía por donde empezaría a buscar, y mucho menos, que era lo que debía buscar. Le llevó unos veinte minutos, pero finalmente se detuvo delante de la puerta principal. De primera le llamó la atención el hecho de que la ventana del frente, estuviera a medio subir, pero mucho más los sorprendió, comprobar que la puerta del frente estaba abierta. En ese instante dudó, pero finalmente decidió entrar, tratando de no hacer ruido. Se escuchaban ruidos que venían de la cocina, y hacia allá comenzó a caminar con algo de miedo. Sin embargo, cuando asomó la cabeza hasta la entrada, pudo ver una figura más que conocida, sentada a la mesa, con la cabeza gacha, y las manos apoyadas sobre su rostro.
-¿No tendrías que estar trabajando vos?- su hermano levantó entonces la cabeza, y luego de sobreponerse a la sorpresa inicial le contestó.
- Podría preguntarte lo mismo…- Ernesto se acercó hasta la mesa, y se sentó de frente a Facundo. Se acomodó lo mejor que pudo y volvió a hablar.
- Don Armando me mandó a pasear…- Facundo lo miró preocupado, pero antes de que pudiera hablar, él continuó.- Quedate tranquilo que no me echó, pero me mandó a que resuelva aquello que me tiene tan distraído.- Hizo una nueva pausa y luego siguió.- Es por la venta de la casa, no puedo evitar pensar en la vieja y lo que me dijo el mismo día en el que murió…-
-¿Qué no debíamos vender la casa por nada del mundo?- Ernesto lo miró muy extrañado. Como preguntándole como sabía eso.- Tal vez no lo recordás, pero ese día, yo estaba sentado a dos metros de vos, y también la escuché. Estuve toda la noche pensando en cual podía ser la razón para que nos dijera eso…- El otro asintió con la cabeza, al parecer, después de todo, los dos estaban igual de inseguros, sobre la venta de la casa.
La conversación siguió por un rato, hasta que decidieron comenzar a buscar. Si realmente había una razón por la cual no debían vender la casa, ellos creían que sería algo que encontrarían allí mismo. El problema era que no tenían ni idea de por donde debían comenzar.
Fueron casi cuatro horas revolviendo cajones, revisando papeles, y tratando de encontrarle una explicación a cada cosa que iban encontrado, pero finalmente lo encontraron; un objeto que parecía fuera de lugar, que aparentemente no tenía ninguna razón para estar allí. Parecía ser una simple llave vieja y algo oxidada, pero algo les decía que esa era la clave de todo. Ernesto sostenía la llave entre sus dedos, como si se tratara de algo extremadamente importante, frágil e irremplazable. Pero si bien habían llegado hasta ese punto, no tenía idea de que cerradura abriría.
Decidieron entonces guardarla por aquella noche, y seguir investigándolo al otro día. Se había hecho bastante tarde, y ambos debían volver a sus casas. Se despidieron hasta el día siguiente, y cada uno comenzó a caminar. Ninguno de los dos vivía a más de ocho cuadras de allí, así que les tomó muy poco tiempo llegar. Habían decidido que por el momento no le dirían nada a sus esposas, por lo que cuando Cecilia le preguntó a su marido donde había estado, él simplemente le dijo “se me hizo tarde”. Su mujer pareció conformarse con esa respuesta, ya que de inmediato olvidó el asunto, ocupada como parecía estarlo, pensando en lo que podrían hacer con el dinero de la venta de la casa.
Continua en la parte 2

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