Viene de la parte 2
A partir de entonces, la hija mayor del matrimonio Sefranti, creció como cualquiera de nosotros, y año tras año celebraron con alegría cada cumpleaños de Lucía. Cada año crecía más y más, dandoles la sensación de que todo había sido un amargo sueño. Pero la imagen que les devolvía el espejo al mirarse, les hacía enteder que todo aquello había ocurrido. Cada año que ella crecía, ellos se hacían más y más viejos. Fue doce años después del tratamiento, cuando la alegre niña que aparentaba tener tan solo trece años, cumplía en verdad cincuenta y nueve, que Ana y Roberto, se dieron cuenta de que ya casi tenían ochenta años. Se preocupaban por su hija; por quien la cuidaría cuando ellos partieran de este mundo. Sabían que su hermana siempre la cuidaría, y aunque pudiera parecer egoista, eso los hacía sentir mejor.
Ana y Roberto murieron el mismo día. Tenían casi noventa años. Fue Lucía, ya convertida en toda una mujer, quien los encontró abrazados totalmente inmóviles en su cama. En un primer momento se desesperó, pero poco después se algró de que ninguno de los dos, hubiera tenido que ver al otro morir. Sus rostros estaban en completa paz, y las sonrisas que tenían en sus labios, le decían que habían sido felices hasta el útimo día de sus vidas. Luchi tomó el telefono y llamó a su hermana menor. Vanina llegó pocos minutos después a la casa. Aún resultaba increible para Lucía el ver a su hermana y verla tanto más grande que ella. Lucía conocía la extraña historia sobre su infancia de más de medio siglo, pero como cualquier bebe, no recordaba nada sobre todos esos años. Su hermana la abrazó muy fuerte y juntas entraron a la habitación de sus papas.
El funeral fue poco después. Muchos fueron los que se acercaron a dar su pésame, pero de todos hubo uno que resalto, con su cabello blanco y su bastón. Era Marcelo Lorenzetti, que a sus ochenta y cinco años, tenía la actitud de que quien contempla su propio futuro. Camino con dificultad hasta pararse en medio de los dos feretros, y una vez allí, apoyó cada una de sus manos sobre uno de los dos, y les deseó un buen viaje al más allá.
- Espérenme viejos amigos, que en poco tiempo más me les uniré...- decía casi balbuceando. Lucía se acercó al viejo, y apoyando la mano en su espalda, lo ayudo a recomponerse y a alejarse de ahí. Ella no lo conocía, y fue así que le preguntó quien era. Él la miró con dulzura y entonces le contestó.- Yo fui tu pediatra hace muchos años, cuando aún no crecías...- y diciendo eso último, la palmeó en el hombro y lentamente se alejó.
De repente, Lucía comenzó a ver cientos de imágenes confusas en su mente; y luego de unos minutos, increíblemente lo recordó todo. Recordó la llegada de su hermana, los tratamientos que intentaron, y cuanto habían luchado todos por lograr que ella creciera. Observó a su hermana hablando con los demás asistentes y en ese mismo instante, una silenciosa lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.
A partir de entonces, la hija mayor del matrimonio Sefranti, creció como cualquiera de nosotros, y año tras año celebraron con alegría cada cumpleaños de Lucía. Cada año crecía más y más, dandoles la sensación de que todo había sido un amargo sueño. Pero la imagen que les devolvía el espejo al mirarse, les hacía enteder que todo aquello había ocurrido. Cada año que ella crecía, ellos se hacían más y más viejos. Fue doce años después del tratamiento, cuando la alegre niña que aparentaba tener tan solo trece años, cumplía en verdad cincuenta y nueve, que Ana y Roberto, se dieron cuenta de que ya casi tenían ochenta años. Se preocupaban por su hija; por quien la cuidaría cuando ellos partieran de este mundo. Sabían que su hermana siempre la cuidaría, y aunque pudiera parecer egoista, eso los hacía sentir mejor.
Ana y Roberto murieron el mismo día. Tenían casi noventa años. Fue Lucía, ya convertida en toda una mujer, quien los encontró abrazados totalmente inmóviles en su cama. En un primer momento se desesperó, pero poco después se algró de que ninguno de los dos, hubiera tenido que ver al otro morir. Sus rostros estaban en completa paz, y las sonrisas que tenían en sus labios, le decían que habían sido felices hasta el útimo día de sus vidas. Luchi tomó el telefono y llamó a su hermana menor. Vanina llegó pocos minutos después a la casa. Aún resultaba increible para Lucía el ver a su hermana y verla tanto más grande que ella. Lucía conocía la extraña historia sobre su infancia de más de medio siglo, pero como cualquier bebe, no recordaba nada sobre todos esos años. Su hermana la abrazó muy fuerte y juntas entraron a la habitación de sus papas.
El funeral fue poco después. Muchos fueron los que se acercaron a dar su pésame, pero de todos hubo uno que resalto, con su cabello blanco y su bastón. Era Marcelo Lorenzetti, que a sus ochenta y cinco años, tenía la actitud de que quien contempla su propio futuro. Camino con dificultad hasta pararse en medio de los dos feretros, y una vez allí, apoyó cada una de sus manos sobre uno de los dos, y les deseó un buen viaje al más allá.
- Espérenme viejos amigos, que en poco tiempo más me les uniré...- decía casi balbuceando. Lucía se acercó al viejo, y apoyando la mano en su espalda, lo ayudo a recomponerse y a alejarse de ahí. Ella no lo conocía, y fue así que le preguntó quien era. Él la miró con dulzura y entonces le contestó.- Yo fui tu pediatra hace muchos años, cuando aún no crecías...- y diciendo eso último, la palmeó en el hombro y lentamente se alejó.
De repente, Lucía comenzó a ver cientos de imágenes confusas en su mente; y luego de unos minutos, increíblemente lo recordó todo. Recordó la llegada de su hermana, los tratamientos que intentaron, y cuanto habían luchado todos por lograr que ella creciera. Observó a su hermana hablando con los demás asistentes y en ese mismo instante, una silenciosa lágrima comenzó a deslizarse por su mejilla.

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