1
Si alguna vez creyó que podría ser feliz, en ese momento se dio cuenta de que nunca podría serlo. Bastaba con observar hacia afuera, a travez de esa ventana, para darse cuenta el porque de ese convencimiento tan profundo. Ricardo se enjugó las lágrimas de los ojos, e intentó ser fuerte, por la nena. Marita no tenía nada que ver, y no había razón para que se enterara. Al menos no todavía.
Se limpió el rostro como pudo, y fingiendo una gran sonrisa salió del auto. Se acercó con paso firme y decidido, y tocó el timbre. Del otro lado se escuchó el "ya voy" característico de ella, y poco después la puerta se abrió. Estaba radiante como siempre lo había estado, hasta antes de su pelea, y poco después de conocer a solange.
Eso era lo que lo había hecho pelota. Si lo hubiera dejado por otro hombre, él aún tendría la esperanza de poder volverla a conquistar. Pero se había enamorado de una mujer; era por eso que había perdido las esperanzas por completo.
- Buenos días Ricardo. ¿Pasó algo con Marita?- él la miró aún algo perdido, y luego contestó.
- No, quedate tranquila, solo vine a traerte lo que me pediste que te buscara el otro día.- y diciendo eso extendió el brazo del que colgaba una pequeña bolsa de supermercado con dos o tres cosas adentro. Mariana extendió su mano, y tomó la bolsa.
-¿Querés pasar a tomar algo?- la pregunta le sonó a él, casi como de compromiso. Bajó un poco la cabeza y luego al volverla a subir le contestó.
- No, te agradezco Mariana, pero estoy muy atrasado con el trabajo.- ella asintió con la cabeza, al tiempo que se acercaban para darse un beso en la mejilla. Ricardo se dio entonces media vuelta y se dirigió al auto.
Sentía desgarrado el corazón, y hubiera estado tentado de hacer alguna locura, sino fuera por su hija Marita. Esa niña, se había convertido en todo para él. Ahora más que nunca, porque representaba, la única razón que él tenía para seguir con su vida.
2
El coche arrancó y comenzó a alejarse, para luego desaparecer dos o tres cuadras más adelante. Mariana se quedó mirando hacia esa dirección, hasta que no lo pudo ver más. Su rostro parecía la representación misma de la tristeza. Dio media vuelta sobre sus talones y entró nuevamente a la casa.
Caminó unos cuantos metros y se sentó en la mesa de la cocina. Recién entonces impeccionó la bolsa que su marido le había traido. Alli estaba todo lo que ella le había pedido. Incluso ese CD de música que ella sabía que tanto le gustaba a él. Mariana quedó con la vsta en blanco mirando hacia la pared al tiempo que por su cabeza pasaban un montón de cosas a la vez.
Poco después llegó su amiga Solange. Era un chica rubia de más o menos la misma edad que ella. Una mujer muy bonita, que siempre estaba muy bien acompañada. Al entrar a la cocina, vio a Mariana en ese estado lamentable, y se sentó al lado de ella.
-¿Qué pasa Mariana, por qué estás así?- la otra la miró con la vista aún perdida en otra parte, y le habló.
- Acaba de venir él... Me trajo las cosas que le pedí.- Ninguna de las dos dijo nada más. Solange abrazó a Mariana, y se quedaron así por los siguientes quince minutos. "Si él supiera la verdad..." Pensaba Solange mientras trataba de consolar a su amiga. Ella jamás había estado de acuerdo con el plan, pero le había prometido que la ayudaría. Si bien Mariana creía que sería lo mejor, ella estaba totalmente en desacuerdo.
3
Un día, Ricardo llegó a la casa de Mariana. Se le había hecho costumbre visitarla con cualquier escusa. Ese día, se le habían acabado; sin embargo había decidido que iría igual. Se acercó a la puerta y tocó el timbre. Mariana atendió el llamado. Llevaba puesto un delantal de cocina, para él estaba como siempre, hermosa. Ella lo miró como si no entendiera que podía estar haciendo allí. Según recordaba, no tenía ninguna razón para visitarla. Sin embargo, extrañamente eso la alegró un poco.
-¿Sucedió algo Ricardo?- ella de repente se preocupó bastante por Marita.
- No te preocupes, la nena está bien. Vengo a hablar con vos. ¿Puedo pasar?- Mariana se sorprendió de que le pidiese tal cosa. Jamás había entrado a esa casa; hasta ese día.
- Si por supuesto. Pasá.- y diciendo eso lo invitó a entrar, cerró la puerta, lo llevó hasta la cocina. Ricardo se acomodó en una de las sillas, y luego de asegurarse de que tenía toda su atención, dijo lo que había estado pensando toda la noche anterior.
- Yo sé que vos ya hiciste tu elección; pero no puedo evitar sentirme como me siento. Desde que te fuiste siento un vacío enorme en el corazón. Y es aún más grande por el hecho de que sé que te he perdido para siempre. Yo solo quiero decirte, que te amaré para siempre. Aunque sé que nunca más me corresponderás...- Mariana se quedó completamente muda al escuchar eso, ya que le resultaba imposible decir algo.
Ricardo se levantó de su silla, y sin esperar una respuesta (que él suponía de antemano, que no llegaría), comenzó a alejarse por el pasillo en dirección a la puerta de calle. Ella luchaba con sigo misma y se debatía entre contarle toda la verdad, o dejar todo como estaba. Finalmente dejó que se fuera. Estaba convencida de que la verdad sería más dura que aquella mentira...
Esa fue la última vez que Ricardo vio a Mariana. A partir de ese día, decidió no visitarla más y tratar de continuar con su vida. Por alguna extraña razón, ella jamás pidió ver a su hija. Ni siquiera hablarle por teléfono.
4
Finalmente, casi un año después de la separación, recibió un llamado de Solange. Se notaba que hacía grandes esfuerzos por contener el llanto. El trató de calmarla para que pudiera decirle lo que había pasado. Cuando finalmente se tranquilizó, Solange habló: Mariana acababa de morir. Ricardo sintió como si su mundo estuviera a punto de derrumbarse. Su cordura, era como un castillo de naipes a punto de caer...
Dos horas después, estacionó su auto en la puerta de la casa que Mariana había hecho suya, durante el último año de su vida. Solo encontró a Solange. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, y el rostro desencajado por la angustia. El se acercó y la abrazó.
- Tranquila.- le dijo.- se perfectamente como te sentís en este momento. Yo también la amé con locura.- Solange bajó la cabeza como avergonzada, y luego de pensarlo unos segundos, decidió faltar al juramento que su amiga le había obligado a aceptar.
- Yo la quise muchísimo. Pero no del modo que vos creés. Todo ha sido una farsa...- Ricardo la miró sin entender nada, con la consternación visiblemente marcada en su rostro.
-¿Qué querés decir?- La chica aún dudó un momento, pero finalmente decidió que le debía la verdad.
- Acompañame. Sentémonos en el sillón. Tengo una historia para contarte...-
Ricardo la siguió, y casi sin darse cuenta se sentó en el sillón de dos cuerpos, que estaba justo en el medio de la sala. Solange tomó sus manos entre las suyas, y comenzó a relatarle lo que verdaderamente había ocurrido con Mariana. El escuchó atentamente, al tiempo que las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, una tras otra.

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