sábado, 2 de abril de 2011

Decepciones

Las personas suelen preguntarse como las ven realmente los demás. Para muchos la opinión de los otros resulta fundamental. Tanto que hay quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para ser aceptados. Sin embargo la mayoría solo se preocupa por el modo en el que la gente los percibe. Damián Cohen no era así, y aunque solía hacerse esa pregunta, no era algo que lo desvelara particularmente. Pero cada tanto se lo preguntaba. Solía imaginar que los demás lo veían como a alguien de una conducta intachable, de una honradez absoluta: como a una persona de bien...
El era muy solidario y se preocupaba por todos los que lo rodeaban. No resultaba extraño que alguno de sus amigos o familiares le pidiera algo de dinero prestado, como así tampoco que los ayudara de muchas otras maneras. Damián se ganaba la vida como técnico electrónico; arreglando televisores, DVDs, minicomponentes. En ciertas épocas ese era su único ingreso, y así y todo se negaba a cobrarles los arreglos a sus amigos y familiares. No pasaba una semana sin que uno o varios de ellos le llevaran algo para reparar. Solo algunos se ofrecían a pagar; y de estos, tan solo dos o tres le pagaba el arreglo aunque no lo quisiera. La mayor parte de ellos disfrutaba de aquel beneficio, sin detenerse a pensar que tal vez, ese dinero le podía llegar a hacer falta.
Pero él no solía quejarse por dinero. Era soltero, vivía con sus padres, y aunque compartía los gastos con ellos, siempre se las arreglaba de algún modo para llegar a fin de mes, y nunca dejar de pagarle a su padre. En ocasiones el "viejo" se negaba  aceptar su dinero, pero Damián siempre le respondía lo mismo: "Esta plata es tuya; dejá que me preocupe yo, por si llego o no a fin de mes..."

Quienes realmente lo querían, rara vez le pedían algo. No por alguna clase de orgullo mal entendido, sino porque sabían que nunca se negaría al pedido de un amigo. A veces sentían que se abusaban de su generosidad. Solía comprar cosas a pedido de algunas personas, para dejárselas "al costo", incluso si eso significaba que él tuviera que pagar los impuestos. No existía nadie más desprendido y generoso que él, y sin embargo para algunos eso no era suficiente.

Cuando Marcelo le pidió que le consiguiera aquel convertidor de voltaje tan raro, el único lugar donde Damián pudo encontrarlo fue en un sitio de subastas en Internet. El muchacho que lo vendía lo hacía desde Canadá, y aclarando que el no podía asegurar que fuera compatible con todos los dispositivos electrónicos que usaran ese tipo de conector. Damián también sabía que podía no servir, y creyó que su amigo, quien se había sentado a revisar la publicación junto a él, también lo había entendido. Le prestó su tarjeta y hasta su cuenta para la compra internacional. Marcelo se fue muy contento de su casa, con la ilusión de finalmente poder conseguir aquello que había estado buscando.
Pasaron los días, y casi un mes después, llegó el preciado paquete. Sin embargo, como por fuera no decía de que se trataba, la mamá de Damián, al ver que estaba dirigido a su hijo lo abrió. Esa noche cuando él llegó vio lo que había llegado, revisó lo que traía adentro, y llamó a su amigo Marcelo. Su amigo se mostró muy contento, y prometió que pasaría a buscarlo al día siguiente durante el día. Y ahí empezaron los problemas...
Marcelo pasó por la casa, charló un rato con doña Elena, dejó el dinero y se marchó contento con su paquete. Entonces, casi de inmediato le envió un mensaje a Damián. Se quejaba por la calidad del aparato, por que según decía parecía ser usado, porque no era exactamente igual que le de la foto. A todo esto él ni siquiera lo había probado, pero ya estaba convencido de que lo habían cagado. Pronto comenzó a recriminarle por haber abierto el paquete, aunque eso de ningún modo, impedía que lo devolvieran si llegaba a no ser compatible.
Cuando llegó a su casa, y lo conectó al aparato para el que lo había comprado, descubrió que no era compatible. Sin embargo, lejos de pensar que no había tenido suerte y comenzar las averiguaciones para devolverlo a su vendedor, comenzó a maquinar y poco a poco se convenció de que su amigo Damián lo había cagado. "Este no es el aparato que yo compré", decía. "seguro que Damián me lo cambió". Al principio le envió algunos mensajes a su amigo exigiéndole que lo llamara. Damián no entendía lo que pasaba. Le contestó varias veces que lo llamara a su casa por la noche, cuando volvía del trabajo. Sin embargo Marcelo no lo llamó nunca. En cambio los mensajes iban subiendo de tenor, hasta que en cierto punto, directamente lo acusó de estafarlo. Le exigía la plata que le había pagado, al tiempo que lo insultaba de muchas formas.
Hasta ese momento, Damián había preferido mantener bajos los decibeles, pero había comenzado a enojarse también. Estaba profundamente herido y ofendido por los dichos de su supuesto amigo. Recordaba las cientos de veces que le había dado su ayuda, e intentaba entender como había llegado a creer eso de él. Realmente le daba lástima enterarse de lo bajo que podía llegar a caer aquella persona, por unos pocos pesos. Se conocían desde hacía casi veinte años, y en ese tiempo, Damián siempre le había perdonado todo. Incluso aquella vez en la que Marcelo había intentado levantarse a aquella chica que Damián había conocido en aquel bar en el centro. Finalmente la mina los había plantado a ambos, y Damián decidió olvidarlo todo, ya que quería mucho a su amigo.
Luego de eso, la vida los distanció un poco. Seguían viéndose de vez en cuando, aunque por épocas, parecía que Marcelo se instalaba en la casa de él. Su relación siempre había sido bastante ciclotímica. Damián creí a que se debía al carácter de su amigo, y algunas cosas que le habían pasado en esos últimos años. Luego, como siempre, las cosas se arreglaban mágicamente y su amigo volvía a instalarse en su casa y a salir con él para todos lados.

Cuando Damián leyó aquel último mensaje, sintió que algo se había roto. El dolor aún le impedía tomar una decisión definitiva, pero estaba seguro de que no quería salvar aquella amistad. Había visto el lado oscuro de la personalidad de su amigo, y no le había gustado lo que había visto. Tenía la firme creencia de que las palabras, una vez dichas, no podían ser borradas, que luego de decir ciertas cosas, no había marcha atrás. Esa era una de esas veces...

Podría haberle enviado un mail al vendedor y devolver el regulador. Igual habrían tenido que afrontar el costo del envío, pero no hubiera sido demasiado alto. Sin embargo, ni siquiera se molestó. Marcelo jamás lo llamó para intentar aclarar las cosas, y ni siquiera intentó ver la manera de solucionar el tema. Aparentemente necesitaba enojarse con alguien, hacerlo responsable de todas sus desgracias, y Damián había aparecido en el momento justo. Lo peor de todo, fue el hecho de que había logrado hacerlo sentir terriblemente mal.
Tan solo el hecho de que su amigo lo tildara de deshonesto lo ponía muy mal. El que siempre había ayudado desinteresadamente a los demás, comenzó a preguntarse si realmente no sería esa, la imagen que ellos tenían de él. Pero por supuesto eso no era así, aunque por mucho tiempo esa pregunta rondó en su mente, y por primera vez en su vida se preocupó por la opinión de los demás.

Con Marcelo no habló nunca más, aunque se lo cruzó dos o tres veces por la calle. El otro lo seguía viendo con desprecio, convencido como estaba sobre la "culpabilidad" del otro. Desde ese día, Damián fue mucho más selectivo al momento de brindar su amistad, siempre acosado por el temor, de que la historia se repitiera. Y si bien los años pasaron, nunca más pudo dar todo por todos, como lo había hecho siempre, hasta antes de ese suceso.

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