La joven parecía sentirse cada vez más incomoda, con cada acercamiento. El muchacho, le resultaba bastante apuesto, sin embargo, allí las apariencias eran lo único que importaban…
Esa noche, Peter había visto una morocha -de pelo largo y ondulado-, que le había partido la cabeza. Se acercaba insistentemente a la chica, y aunque ella, no le daba ni la hora, él seguía intentándolo. La chica pertenecía a ese selecto grupo, que se consideraba más que los demás, que pertenecía a la “alta sociedad”. Claro que si iba a ese bar en particular, sería muy difícil hallar una chica que no perteneciera a ese grupo. Resultaba increíble verlo embobado con aquella mujer, que representaba todo lo que él solía combatir.
En ese bar -en la zona más céntrica de la capital-, se reunían la clase “alta” de la sociedad. Era un lugar lleno de esnobs, hombres y mujeres mucho más preocupados por su imagen y las apariencias, que por las cosas realmente importantes de esta vida. Peter Pertenecía a un grupo de gente que repudiaba el estilo de vida de los más ricos; si bien él no era pobre, no había vivido nunca con demasiados lujos. Su familia había llegado allí, cuando a su padre lo asignaron a la embajada inglesa. Para ese entonces, él tenía unos 18 años, y si bien, hubiera podido quedase en su Oxford natal, había decidido partir hacia el otro lado del mundo junto a su familia. Ya habían pasado cinco años desde entonces, y Peter había aprendido a amar ese lugar, como si realmente hubiera vivido toda su vida allí.
La joven seguía conversando con dos amigas de los temas mas triviales imaginables. Sobre la ropa que se había comprado Meredith, sobre el nuevo auto de Jamie, etc. Todo muy superficial y en el fondo vacío. Se notaba que ella no estaba conforme con esa vida, pero tampoco se esforzaba por cambiarla. Allí se estaba “adentro” o “afuera”, y lo mejor para una chica de buena familia como ella, era permanecer adentro. Peter hizo un último intento con aquella mujer; e increíblemente sucedió algo que jamás creyó que pudiera pasar…
Ella se llamaba Laura; pertenecía a una familia inglesa originaria de Liverpool. Había estado observando a Peter, y fue un detalle, el que le hizo ver que él no era un “tirado” como creían sus amistades. Un detalle, que le permitió dejar de ignorarlo.
-¿Eres Inglés no?- él la miró bastante sorprendido, pero le respondió dándose algo de aires.
- Si, me llamo Peter Canwell, mi padre es agregado diplomático en la embajada. Tú también eres inglesa… ¿Cómo te llamas?- Ella sonrió y triunfante le contestó.
- Soy Laura Seigfield, mi padre es un comerciante de Liverpool. De allí soy yo.-
El le contó que su familia era de Oxford, y que su padre había llegado a ser rector de la cátedra de Política de la universidad. Le dijo también que cuando le ofrecieron a su padre, el puesto de secretario en la embajada en ese país, había decidido irse con ellos. Y que en ese momento se estaba dando cuenta de que había tomado la decisión correcta. Laura se sonrojó ante aquel comentario, pero se sintió halagada. La discreta sonrisa que le dedicó, le dijo a Peter que iba por buen camino. Le invitó una copa, ella aceptó. Era todo un avance, ya que eso significaba que estaba dispuesta a mostrarse socializando con él.
Charlaron durante horas. Ella se sentía estimulada al poder hablar con alguien interesante tanto física como intelectualmente. Laura era una chica muy inteligente y a la que le encantaba mantener conversaciones sobre política, economía e incluso filosofía. Pero no eran muchas las oportunidades de hacerlo, estando inmersa en un ambiente tan superficial como el suyo. Con cada minuto, sentía un mayor interés por aquel joven que tan insistentemente la había cortejado esa noche.
Serían las seis de la mañana cuando finalmente se despidieron. Ella le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, y tomando su cartera se marchó junto a sus amigos. Peter, quedó nuevamente solo, tocándose con la mano la mejilla donde ella lo había besado, y observándola alejarse. Tomó también sus cosas, y luego de despedirse de aquel conocido que lo había invitado a ese bar, salió también de allí. Habían quedado para encontrarse en un bar un tanto más tradicional al día siguiente. El esperaba que fuera…
Laura, se sentó en el asiento delantero del auto de su amiga, y mientras las otras tres hablaban entre si, ella observaba a través de la ventana, y pensaba en aquellas últimas horas. Todo aquello que la rodeaba, las conversaciones vacías, los pseudo códigos de los “nenes bien”, le pereció de pronto poco trascendente e importante.
A la noche siguiente llegó puntualmente al lugar donde el joven Canwell la había citado. El la recibió de un modo que dejó a las claras el interés que sentía por ella. Ella volvió a sonrojarse, pero esta vez le sonrió visiblemente.
- Ven conmigo, te presentaré a mis amigos. Estoy seguro de que les caerás muy bien…-
Aquella noche habló con todos y cada uno de ellos. Por primera vez, sintió que encajaba. Había encontrado un grupo de gente que compartía su modo de ver la vida. El goce indescriptible que le producía una buena conversación. De a ratos miraba a su acompañante quien no dejaba de observarla con dulzura. Esa noche se dieron su primer beso.
Casi al amanecer, se despidió de todos, y Peter la acompañó hasta su casa. Antes de cruzar el umbral, ella volvió a besarlo.
- Pasé una noche maravillosa. Gracias por todo.- el la miró y con una gran sonrisa le pregunto.
-¿Volveremos a vernos?-
- Por supuesto; ¿Qué te parece el lunes a las siete de la tarde? Te esperaré en el bar.-
- Es un trato. Esperaré con ansias ese momento.- Peter se retiró al mismo tiempo que ella entraba en la casa.
Laura supo de repente que ya no podría tolerar aquellas charlas estériles, aquellos momentos vacíos. Aquella noche, algo había cambiado en ella, y a partir de ese momento sintió que jamás volvería a disfrutar de la trivialidad. Entendió que a partir de ese instante, ella también estaba “afuera”. Y todo, gracias a Peter. Al igual que él, esperaría con ansias el próximo lunes…
Esa noche, Peter había visto una morocha -de pelo largo y ondulado-, que le había partido la cabeza. Se acercaba insistentemente a la chica, y aunque ella, no le daba ni la hora, él seguía intentándolo. La chica pertenecía a ese selecto grupo, que se consideraba más que los demás, que pertenecía a la “alta sociedad”. Claro que si iba a ese bar en particular, sería muy difícil hallar una chica que no perteneciera a ese grupo. Resultaba increíble verlo embobado con aquella mujer, que representaba todo lo que él solía combatir.
En ese bar -en la zona más céntrica de la capital-, se reunían la clase “alta” de la sociedad. Era un lugar lleno de esnobs, hombres y mujeres mucho más preocupados por su imagen y las apariencias, que por las cosas realmente importantes de esta vida. Peter Pertenecía a un grupo de gente que repudiaba el estilo de vida de los más ricos; si bien él no era pobre, no había vivido nunca con demasiados lujos. Su familia había llegado allí, cuando a su padre lo asignaron a la embajada inglesa. Para ese entonces, él tenía unos 18 años, y si bien, hubiera podido quedase en su Oxford natal, había decidido partir hacia el otro lado del mundo junto a su familia. Ya habían pasado cinco años desde entonces, y Peter había aprendido a amar ese lugar, como si realmente hubiera vivido toda su vida allí.
La joven seguía conversando con dos amigas de los temas mas triviales imaginables. Sobre la ropa que se había comprado Meredith, sobre el nuevo auto de Jamie, etc. Todo muy superficial y en el fondo vacío. Se notaba que ella no estaba conforme con esa vida, pero tampoco se esforzaba por cambiarla. Allí se estaba “adentro” o “afuera”, y lo mejor para una chica de buena familia como ella, era permanecer adentro. Peter hizo un último intento con aquella mujer; e increíblemente sucedió algo que jamás creyó que pudiera pasar…
Ella se llamaba Laura; pertenecía a una familia inglesa originaria de Liverpool. Había estado observando a Peter, y fue un detalle, el que le hizo ver que él no era un “tirado” como creían sus amistades. Un detalle, que le permitió dejar de ignorarlo.
-¿Eres Inglés no?- él la miró bastante sorprendido, pero le respondió dándose algo de aires.
- Si, me llamo Peter Canwell, mi padre es agregado diplomático en la embajada. Tú también eres inglesa… ¿Cómo te llamas?- Ella sonrió y triunfante le contestó.
- Soy Laura Seigfield, mi padre es un comerciante de Liverpool. De allí soy yo.-
El le contó que su familia era de Oxford, y que su padre había llegado a ser rector de la cátedra de Política de la universidad. Le dijo también que cuando le ofrecieron a su padre, el puesto de secretario en la embajada en ese país, había decidido irse con ellos. Y que en ese momento se estaba dando cuenta de que había tomado la decisión correcta. Laura se sonrojó ante aquel comentario, pero se sintió halagada. La discreta sonrisa que le dedicó, le dijo a Peter que iba por buen camino. Le invitó una copa, ella aceptó. Era todo un avance, ya que eso significaba que estaba dispuesta a mostrarse socializando con él.
Charlaron durante horas. Ella se sentía estimulada al poder hablar con alguien interesante tanto física como intelectualmente. Laura era una chica muy inteligente y a la que le encantaba mantener conversaciones sobre política, economía e incluso filosofía. Pero no eran muchas las oportunidades de hacerlo, estando inmersa en un ambiente tan superficial como el suyo. Con cada minuto, sentía un mayor interés por aquel joven que tan insistentemente la había cortejado esa noche.
Serían las seis de la mañana cuando finalmente se despidieron. Ella le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, y tomando su cartera se marchó junto a sus amigos. Peter, quedó nuevamente solo, tocándose con la mano la mejilla donde ella lo había besado, y observándola alejarse. Tomó también sus cosas, y luego de despedirse de aquel conocido que lo había invitado a ese bar, salió también de allí. Habían quedado para encontrarse en un bar un tanto más tradicional al día siguiente. El esperaba que fuera…
Laura, se sentó en el asiento delantero del auto de su amiga, y mientras las otras tres hablaban entre si, ella observaba a través de la ventana, y pensaba en aquellas últimas horas. Todo aquello que la rodeaba, las conversaciones vacías, los pseudo códigos de los “nenes bien”, le pereció de pronto poco trascendente e importante.
A la noche siguiente llegó puntualmente al lugar donde el joven Canwell la había citado. El la recibió de un modo que dejó a las claras el interés que sentía por ella. Ella volvió a sonrojarse, pero esta vez le sonrió visiblemente.
- Ven conmigo, te presentaré a mis amigos. Estoy seguro de que les caerás muy bien…-
Aquella noche habló con todos y cada uno de ellos. Por primera vez, sintió que encajaba. Había encontrado un grupo de gente que compartía su modo de ver la vida. El goce indescriptible que le producía una buena conversación. De a ratos miraba a su acompañante quien no dejaba de observarla con dulzura. Esa noche se dieron su primer beso.
Casi al amanecer, se despidió de todos, y Peter la acompañó hasta su casa. Antes de cruzar el umbral, ella volvió a besarlo.
- Pasé una noche maravillosa. Gracias por todo.- el la miró y con una gran sonrisa le pregunto.
-¿Volveremos a vernos?-
- Por supuesto; ¿Qué te parece el lunes a las siete de la tarde? Te esperaré en el bar.-
- Es un trato. Esperaré con ansias ese momento.- Peter se retiró al mismo tiempo que ella entraba en la casa.
Laura supo de repente que ya no podría tolerar aquellas charlas estériles, aquellos momentos vacíos. Aquella noche, algo había cambiado en ella, y a partir de ese momento sintió que jamás volvería a disfrutar de la trivialidad. Entendió que a partir de ese instante, ella también estaba “afuera”. Y todo, gracias a Peter. Al igual que él, esperaría con ansias el próximo lunes…

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