Aquel pequeño ser de no más de treinta centímetros de altura, se escondía de los gigantes, detrás de las hojas de un pequeño arbusto. El cazador, había oído infinidad de relatos sobre la existencia de unas pequeñas criaturas, que habitaban aquellos bosques. El hombrecito estaba muy asustado; aquel no era el primer humano que intentaba cazar a uno de los suyos, pero si el primero que lo estaba rastreando a él. Trataba de quedarse lo más quieto posible para no hacer ruido. El cazador parecía decido a no irse de allí sin su "trofeo"…
Ese bosque estaba prácticamente deshabitado. El poblado más cercano estaba a casi cincuenta kilómetros de sus límites, y aunque tenía una importante cantidad de especies animales, no era muy común ver cazadores por esos lugares. Krickert había escuchado por primera vez sobre la existencia de aquellos seres, de los labios de un joven del poblado de Erin; los locales los llamaban "Winis". Según sus relatos, los Winis eran una tribu de gnomos (o duendes, como se los solía nombrar también en las leyendas) que vivían en aquellos bosques, y muy pocas veces se habían dejado ver por los humanos.
El hecho de que el muchacho hubiera tomado bastante de más al momento de contar la historia, no pareció importarle demasiado. Krickert era un cazador experimentado que buscaba desde hacía tiempo, una presa fuera de lo común. La historia de los Winis despertaba en él, una gran curiosidad; tanta que en los últimos seis meses, su investigación sobre la existencia de estos pequeños hombrecitos, se había vuelto su obsesión.
Hacía horas que seguía lo que parecía ser el rastro más prometedor de todos. Unas pequeñas huellas, aparentemente de un bípedo pequeño. Bien podía se alguna clase de pezuña, pero al menos a simple vista, las marcas parecían coincidir con las que dejaría un calzado de ese tamaño. Krikert seguía intentando racionalizar el asunto. El estaba convencido de que lo que los locales llamaban Winis, era una especie de roedor de gran tamaño; sin embargo, las evidencias que había hallado aquel día, permitían hacer otra clase de conjeturas.
El pequeño gnomo seguía agazapado detrás de aquella planta. Worx (tal era su nombre) intentaba entender como había sido que se había metido en aquel problema. El había hecho lo mismo que todos los días, cómo siempre estaba solo, lejos del resto de su tribu. Fue en ese instante que lamentó ser un wini solitario... Cada parte de su cuerpo temblaba como aquellos pequeños animalitos que solía ayudar. Le costaba sostener el palo que intentaba blandir a modo de defensa. El era perfectamente consciente de que, de ser descubierto, aquel trozo de madera no le sería de ninguna ayuda; pero se aferraba a él de todos modos.
El cazador seguía rondando a uno o dos metros de él, y bastó un pequeño descuido, un ruido casi imperceptible, para que este descubriera su escondite. Worx estaba demasiado asustado como para escapar; Krikert solo tuvo que acercarse hasta el arbusto, para poder observar con gran incredulidad, la figura casi humana del pequeño ser. El Wini vestía ropas azules, y llevaba una suerte de vincha en el pelo, que impedía que su largo cabello le cayera en la cara. Estaba temblando; entre sus manos tenía una pequeña lanza, tan solo cinco o seis centímetros más alta que él mismo.
El gigante no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Aquel pequeño parecía entender perfectamente lo que él hacía allí, y actuaba en consecuencia. El arma que empuñaba con sus manos en pose defensiva, no tenía el aspecto de una simple rama. Eso le dio la pauto de que los dichosos Winis, eran seres inteligentes con habilidades similares a las de los hombres. Ahora su duda era si podría comunicarse con él.
-¿Tienes un nombre hombrecito?- Worx dudó unos instantes, pero finalmente decidió responder. A diferecia de la mayoría de sus compañeros, él entendía casi a la perfección el idioma de los humanos de aquellas tierras...
- Me llaman Worx.- no supo que más decir. En ese instante, pasaron por su cabeza decenas de frases amenazadoras, pero finalmente comprendió que no había modo de que pudiera asustar al cazador.
- No lo puedo creer, entiedes lo que te estoy diciendo.-
- La mayor parte de tu lenguaje. De hecho es un idioma bastante facil de aprender.- Krikert estaba cada vez más sorprendido. Lo que en un principio había tomado como una expedición para encontrar un nuevo espécimen raro para su colección, se había convertido en el descubrimiento de una raza de seres capaces de razonar, pero totalmente diferente de la humana.
La actitud del hombre, hizo que Worx bajara la guardia, y a partir de ese momento, ambos comenzaron a conversar sobre los temás más variados. Estuvieron hablando y bebendo del vino de Kriket durante horas. Hasta que en cierto momento, el cazador se quedó profundamente dormido. Worx no podía creer la suerte que había tenido.
Fue en ese momento que tomó la decisión de irse sigilosamente de allí. Si bien el gigante al final le había caido bastante simpático, no podía estar seguro de cuales serían sus intenciones una vez que despertara. Mientras caminaba se preguntó si hubiera podido ser amigo de aquel humano; pero pronto alejó esa idea de su mente, considerando que los Hombres, generalmente no eran de fiar. Así fue, que comenzó a avansar por ciertos senderos que solo los winis conocían, y pronto despareció cubierto por el velo de la noche.
A la mañana siguiente Krikert despertó con un terrible dolor de cabeza. Había tomado demasiado. Intentó recordar entonces los sucesos de la noche anterior. Vienieron a su mento algunas imagenes de él conversando con un pequeño hombrecito con una pequeña lanza entre sus manos; pero al revisar en el improvisado campamento no halló nada que le indicara que aquello había sucedido, y pronto se convencio de que todo había sido un sueño.
A media mañana terminó de levantar todas sus cosas y armar el saco de viaje. Aquella expedición había sio un verdadero fiasco.
Observó entonces la fogata apagada por últma vez, y emprendió nuevamente el camino hacia el poblado de Erin. Aún sentía aturdido el cerebro, y sabía que pasarían varios días hasta recuperarse por completo...
Una semana después, estando de regreso en la posada de Erin, se le ocurrio vaciar el saco y desechar todo aquello que no le sirviera. Fue en ese momento que encontró algo que lo dejó mudo: en el fondo de la bolsa, había una pequeña lanza de no más de treinticinco centímetros. Estaba perfectamente afilada, y tenía su punta convenientermente templada al fuego. La observó varias veces resistiéndose a aceptar lo que sus ojos veían. Finalmente lo hizo. Al parecer, después de todo, lo ocurrido aquella noche no había sido un sueño.
Ese bosque estaba prácticamente deshabitado. El poblado más cercano estaba a casi cincuenta kilómetros de sus límites, y aunque tenía una importante cantidad de especies animales, no era muy común ver cazadores por esos lugares. Krickert había escuchado por primera vez sobre la existencia de aquellos seres, de los labios de un joven del poblado de Erin; los locales los llamaban "Winis". Según sus relatos, los Winis eran una tribu de gnomos (o duendes, como se los solía nombrar también en las leyendas) que vivían en aquellos bosques, y muy pocas veces se habían dejado ver por los humanos.
El hecho de que el muchacho hubiera tomado bastante de más al momento de contar la historia, no pareció importarle demasiado. Krickert era un cazador experimentado que buscaba desde hacía tiempo, una presa fuera de lo común. La historia de los Winis despertaba en él, una gran curiosidad; tanta que en los últimos seis meses, su investigación sobre la existencia de estos pequeños hombrecitos, se había vuelto su obsesión.
Hacía horas que seguía lo que parecía ser el rastro más prometedor de todos. Unas pequeñas huellas, aparentemente de un bípedo pequeño. Bien podía se alguna clase de pezuña, pero al menos a simple vista, las marcas parecían coincidir con las que dejaría un calzado de ese tamaño. Krikert seguía intentando racionalizar el asunto. El estaba convencido de que lo que los locales llamaban Winis, era una especie de roedor de gran tamaño; sin embargo, las evidencias que había hallado aquel día, permitían hacer otra clase de conjeturas.
El pequeño gnomo seguía agazapado detrás de aquella planta. Worx (tal era su nombre) intentaba entender como había sido que se había metido en aquel problema. El había hecho lo mismo que todos los días, cómo siempre estaba solo, lejos del resto de su tribu. Fue en ese instante que lamentó ser un wini solitario... Cada parte de su cuerpo temblaba como aquellos pequeños animalitos que solía ayudar. Le costaba sostener el palo que intentaba blandir a modo de defensa. El era perfectamente consciente de que, de ser descubierto, aquel trozo de madera no le sería de ninguna ayuda; pero se aferraba a él de todos modos.
El cazador seguía rondando a uno o dos metros de él, y bastó un pequeño descuido, un ruido casi imperceptible, para que este descubriera su escondite. Worx estaba demasiado asustado como para escapar; Krikert solo tuvo que acercarse hasta el arbusto, para poder observar con gran incredulidad, la figura casi humana del pequeño ser. El Wini vestía ropas azules, y llevaba una suerte de vincha en el pelo, que impedía que su largo cabello le cayera en la cara. Estaba temblando; entre sus manos tenía una pequeña lanza, tan solo cinco o seis centímetros más alta que él mismo.
El gigante no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Aquel pequeño parecía entender perfectamente lo que él hacía allí, y actuaba en consecuencia. El arma que empuñaba con sus manos en pose defensiva, no tenía el aspecto de una simple rama. Eso le dio la pauto de que los dichosos Winis, eran seres inteligentes con habilidades similares a las de los hombres. Ahora su duda era si podría comunicarse con él.
-¿Tienes un nombre hombrecito?- Worx dudó unos instantes, pero finalmente decidió responder. A diferecia de la mayoría de sus compañeros, él entendía casi a la perfección el idioma de los humanos de aquellas tierras...
- Me llaman Worx.- no supo que más decir. En ese instante, pasaron por su cabeza decenas de frases amenazadoras, pero finalmente comprendió que no había modo de que pudiera asustar al cazador.
- No lo puedo creer, entiedes lo que te estoy diciendo.-
- La mayor parte de tu lenguaje. De hecho es un idioma bastante facil de aprender.- Krikert estaba cada vez más sorprendido. Lo que en un principio había tomado como una expedición para encontrar un nuevo espécimen raro para su colección, se había convertido en el descubrimiento de una raza de seres capaces de razonar, pero totalmente diferente de la humana.
La actitud del hombre, hizo que Worx bajara la guardia, y a partir de ese momento, ambos comenzaron a conversar sobre los temás más variados. Estuvieron hablando y bebendo del vino de Kriket durante horas. Hasta que en cierto momento, el cazador se quedó profundamente dormido. Worx no podía creer la suerte que había tenido.
Fue en ese momento que tomó la decisión de irse sigilosamente de allí. Si bien el gigante al final le había caido bastante simpático, no podía estar seguro de cuales serían sus intenciones una vez que despertara. Mientras caminaba se preguntó si hubiera podido ser amigo de aquel humano; pero pronto alejó esa idea de su mente, considerando que los Hombres, generalmente no eran de fiar. Así fue, que comenzó a avansar por ciertos senderos que solo los winis conocían, y pronto despareció cubierto por el velo de la noche.
A la mañana siguiente Krikert despertó con un terrible dolor de cabeza. Había tomado demasiado. Intentó recordar entonces los sucesos de la noche anterior. Vienieron a su mento algunas imagenes de él conversando con un pequeño hombrecito con una pequeña lanza entre sus manos; pero al revisar en el improvisado campamento no halló nada que le indicara que aquello había sucedido, y pronto se convencio de que todo había sido un sueño.
A media mañana terminó de levantar todas sus cosas y armar el saco de viaje. Aquella expedición había sio un verdadero fiasco.
Observó entonces la fogata apagada por últma vez, y emprendió nuevamente el camino hacia el poblado de Erin. Aún sentía aturdido el cerebro, y sabía que pasarían varios días hasta recuperarse por completo...
Una semana después, estando de regreso en la posada de Erin, se le ocurrio vaciar el saco y desechar todo aquello que no le sirviera. Fue en ese momento que encontró algo que lo dejó mudo: en el fondo de la bolsa, había una pequeña lanza de no más de treinticinco centímetros. Estaba perfectamente afilada, y tenía su punta convenientermente templada al fuego. La observó varias veces resistiéndose a aceptar lo que sus ojos veían. Finalmente lo hizo. Al parecer, después de todo, lo ocurrido aquella noche no había sido un sueño.

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