jueves, 19 de febrero de 2009

Olvidalo Ya

-¡Olvidalo ya!- Le decía “el turco”.- Cuanto más pienses en ello, va a ser peor...- Fabio, había estado con la vista fija en el camino, y sin hablar durante las últimas dos horas.

Realmente no era tan fácil olvidarlo. Aquel, tendría que haber sido un trabajo sencillo: en teoría, estaba todo panificado hasta el detalle hacía semanas. Aquel sitio, no debía representar una complicación para ellos; pero todo había salido al revés.

La Pequeña Joyería, era atendida por un hombre bastante mayor; su dueño. El no parecía darse cuenta, pero allí tenía joyas muy valiosas. No entendían porque la seguridad allí estaba tan descuidada. Aquello era demasiada tentación para dos profesionales como el turco y Fabio...
Tardaron semanas en planificarlo todo. Cada detalle había sido contemplado. Y el resultado había sido un plan más que simple, tanto que resultaba genial. Lo que más tiempo les había llevado, había sido descifrar el complejo sistema de alarmas del local; pero superado ese obstáculo, lo demás fue muy sencillo.
Aquella noche, esperaron a que el anciano cerrara el local. Era Jueves, y al día siguiente -8 de diciembre- la joyería no habría, pero -como la mayoría de la gente trabajaba al otro día- aquella noche no había ni una sola persona en la calle. Como a las doce -casi dos horas después de que la joyería cerrara- decidieron entrar...

Fabio, se sentía realmente alterado. Había permanecido en silencio, desde aquel fatídico momento. Su Cabeza era un torbellino, tanto que no podía pensar claramente. El turco trataba de que le respondiera, pero Fabio seguía encerrado en si mismo, reviviendo una y otra vez aquello que tanto lo había alterado. Estaba como loco, sudaba copiosamente, y su mirada parecía la de un muerto. El turco temía lo peor.

Con suma tranquilidad, habían seleccionado tan solo aquellas piezas, que realmente valían la pena. Ambos tenían muchos años en ese negocio, y sabían perfectamente cuando algo valía lo suficiente... Ya habían cargado la camioneta, y solo faltaba ordenar un poco el lugar, cuando sucedió lo que jamás hubieran imaginado...
El dueño regresó, y los sorprendió in fraganti. Sabían que si no hacían nada, estarían perdidos. Fue el instinto el que actuó, cuando el turco sacó su cuchillo y tomando la hoja entre sus dedos, apuntó hacia el viejo, y con gran puntería se lo clavó en el pecho. Fabio no creía lo que sus ojos veían. El anciano se retorció unos momentos, para luego caer de rodillas con los brazos a los costados. Los miraba sin entender nada. En su mirada se podía ver como se le escapaba la vida segundo a segundo. Hasta que culminó su agonía, y cayo inerte de cara hacia el piso.
Debían salir inmediatamente de allí; Fabio se levantó, y caminando como un zombi, se subió a la camioneta, y comenzó a conducir...

De repente, como en un flash, el turco entendió lo que Fabio estaba a punto de hacer. Desesperado intentó tomar el volante, pero no logró que su amigo lo soltara. Impotente, tan solo atinó -en un desesperado intento- a repetir lo que ya le había dicho varias veces, antes de que fuera demasiado tarde.

-¡Olvidalo ya!- el otro, lo miró con el rostro cubierto de lágrimas y la mirada de quien ha abandonado la cordura, pero no dijo nada.

El auto salió del camino, y ya sin nada que lo impidiera, se precipitó por el acantilado. El turco sabía que en pocos segundos todo terminaría. Y fue en ese momento, que Fabio pareció salir de su letargo, para decir simplemente dos palabras.

- No puedo...-

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