El pueblo se vio conmocionado por la llegada de aquella extraña joven de piel blanca como la leche, y cabellos dorados como el sol. Por aquellos parajes, nadie había visto jamás a alguien como ella. Se llamaba Aura, y su jovialidad no conocía límites. Desde su llegada, había puesto de cabeza el pequeño poblado de "Barro Viejo". Pero no todos allí veían mal la conducta de la chica. Había gente como Pedro, que se sentía extrañamente atraída por su forma de ser.
Aura venía de una tierra muy lejana; un lugar en donde según los relatos de algunos viajeros, casi todos eran tan blancos y rubios como ella. Un lugar con costumbres muy diferentes a las de ellos. Era por eso que su conducta producía tanto revuelo... La "Rubia", había llegado allí de un modo completamente accidental, en un pequeño bote a la deriva proveniente de los mares al norte del continente. Aún después de diez meses, ella jamás había dado más explicaciones sobre su llegada. No había una sola persona en aquel pueblo que pudiera explicar el modo en el que un bote tan pequeño habría podido realizar semejante travesía.
Eran tiempos difíciles; según las noticias que llegaban, el reino estaba en guerra con la gente del norte. Ella bien podía ser una espía enviada por el enemigo... Sin embargo para Pedro aquello resultaba absurdo. Barro Viejo no tenía nada de valor, que pudiese justificar semejante entramado de espionaje. Además ya habían pasado mucho tiempo. Pero el malestar de la mayoría de los vecinos, había crecido hasta tal punto que ya había quienes hablaban de ponerla de nuevo encima del bote y que se fuera de allí. Aura que era completamente ajena a todo esto, se había acostumbrado a vivir en el pequeño pueblo. Según decía a todos, no tenía la menor intención de irse de allí, al menos en lo inmediato...
Los odios iban creciendo y consumían lentamente el buen juicio de muchos de los habitantes del lugar. Y fue una noche, cuando la joven dormía placidamente en su cama, que una sombra entró a su habitación y sigilosamente le clavó un cuchillo en el corazón. Aura ni siquiera despertó, fue tan certero el golpe, que la muerte le llegó casi al instante.
No fue sino hasta la mañana siguiente que Pedro tocó a la puerta de la habitación que le había cedido en la planta alta de la posada que él administraba. Aquel día había despertado con un mal presentimiento, y el hecho de que ella no contestara, fue suficiente para que decidiera violar su privacidad abriendo la puerta con su llave maestra.
Al abrir, vio el cuerpo sin vida de la mujer de la cual había empezado a enamorarse... Aura yacía sobre la cama de paja. La sangre lo había teñido todo de rojo, pero increíblemente el rostro mostraba una paz absoluta. Se reconfortó al saber que no había sufrido, y por un momento pudo calmarse. Su madre, que esperaba hacía rato que ambos bajaran, entró a la habitación y vio a su hijo llorando silenciosamente al tiempo que de cuclillas al borde de la cama, sostenía la blanca mano de la chica. La imagen era difícil de definir.
Pedro se negaba a soltar su mano. Había pasado ya más de una hora, y el curandero del pueblo hacía rato que había llegado. Pero el se negaba a abandonarla. Sentía un vacío en el alma, y se arrepentía de no haberle confesado su sentir cuando aún podía hacerlo. Su muerte era completamente absurda; y más aún si se pensaba, que la había matado alguien del pueblo. Pedro estaba destruido, y fue recién cuando la tarde comenzaba a dejarle paso a la noche, que su madre logró que soltara la mano que aún sostenía y permitiera que el enterrador retirara el cadáver.
Aura venía de una tierra muy lejana; un lugar en donde según los relatos de algunos viajeros, casi todos eran tan blancos y rubios como ella. Un lugar con costumbres muy diferentes a las de ellos. Era por eso que su conducta producía tanto revuelo... La "Rubia", había llegado allí de un modo completamente accidental, en un pequeño bote a la deriva proveniente de los mares al norte del continente. Aún después de diez meses, ella jamás había dado más explicaciones sobre su llegada. No había una sola persona en aquel pueblo que pudiera explicar el modo en el que un bote tan pequeño habría podido realizar semejante travesía.
Eran tiempos difíciles; según las noticias que llegaban, el reino estaba en guerra con la gente del norte. Ella bien podía ser una espía enviada por el enemigo... Sin embargo para Pedro aquello resultaba absurdo. Barro Viejo no tenía nada de valor, que pudiese justificar semejante entramado de espionaje. Además ya habían pasado mucho tiempo. Pero el malestar de la mayoría de los vecinos, había crecido hasta tal punto que ya había quienes hablaban de ponerla de nuevo encima del bote y que se fuera de allí. Aura que era completamente ajena a todo esto, se había acostumbrado a vivir en el pequeño pueblo. Según decía a todos, no tenía la menor intención de irse de allí, al menos en lo inmediato...
Los odios iban creciendo y consumían lentamente el buen juicio de muchos de los habitantes del lugar. Y fue una noche, cuando la joven dormía placidamente en su cama, que una sombra entró a su habitación y sigilosamente le clavó un cuchillo en el corazón. Aura ni siquiera despertó, fue tan certero el golpe, que la muerte le llegó casi al instante.
No fue sino hasta la mañana siguiente que Pedro tocó a la puerta de la habitación que le había cedido en la planta alta de la posada que él administraba. Aquel día había despertado con un mal presentimiento, y el hecho de que ella no contestara, fue suficiente para que decidiera violar su privacidad abriendo la puerta con su llave maestra.
Al abrir, vio el cuerpo sin vida de la mujer de la cual había empezado a enamorarse... Aura yacía sobre la cama de paja. La sangre lo había teñido todo de rojo, pero increíblemente el rostro mostraba una paz absoluta. Se reconfortó al saber que no había sufrido, y por un momento pudo calmarse. Su madre, que esperaba hacía rato que ambos bajaran, entró a la habitación y vio a su hijo llorando silenciosamente al tiempo que de cuclillas al borde de la cama, sostenía la blanca mano de la chica. La imagen era difícil de definir.
Pedro se negaba a soltar su mano. Había pasado ya más de una hora, y el curandero del pueblo hacía rato que había llegado. Pero el se negaba a abandonarla. Sentía un vacío en el alma, y se arrepentía de no haberle confesado su sentir cuando aún podía hacerlo. Su muerte era completamente absurda; y más aún si se pensaba, que la había matado alguien del pueblo. Pedro estaba destruido, y fue recién cuando la tarde comenzaba a dejarle paso a la noche, que su madre logró que soltara la mano que aún sostenía y permitiera que el enterrador retirara el cadáver.
El entierro fue a la mañana siguiente, pero casi nadie asistió. Al parecer, la gente de Barro Viejo no sentía dolor por la muerte de Aura. Aún más, muchos parecían incluso aliviados. Durante los siguientes dos días, Pedro no salió de la posada. Hasta que al tercero, ordenando la habitación de la joven, encontró un objeto de un material para él desconocido, y una carta escrita por un anónimo. La leyó con avidez, y luego de hacerlo, la guardó en su bolsillo, para luego salir corriendo hasta el cobertizo.
Esa noche, una figura casi imperceptible, comenzó a excavar en la tumba. Llevaba en su mano un objeto misterioso, con el que se acercó al pozo abierto en el piso. Siguiendo las indicaciones de la carta, oprimió el botón rojo y lo apoyó sobre el cuerpo sin vida de la joven. Bastaron unos segundos, para que él pudiera notar como la herida en su pecho se cerraba, y lentamente Aura fue recuperando el aspecto que otrora había tenido. Pedro no entendía nada, pero eso no importaba: su linda rubia de piel blanca como la leche, acababa de despertar.
La joven asustada veía hacia todas partes. Se dio cuenta rápidamente que estaba en el cementerio, y viéndolo a los ojos le pregunto que estaba pasando. Pedro solo atinó a saltar dentro del pozo y abrazarla con todas sus fuerzas, al tiempo que murmuró unas palabras: "te amo, y jamás dejaré que te vuelva a pasar algo". Ella se sintió sorprendida por la confesión, pero lo abrazó aún más fuerte, consciente de que también estaba enamorada de él; esa era la razón por la que no había querido abandonar el pueblo...
Pedro sacó la carta de su bolsillo y volvió a leer las ultimas líneas de la misma: "Haré este favor por ti, pero nunca jamás deberán volver a este lugar. Despiértala y llévatela lejos de aquí. Deberás abandonarlo todo. Incluso a tu madre..." Luego la ayudó a salir de allí y tomándola de la mano la condujo hasta la carreta que tenía preparada a pocos metros de la tumba abierta.
-¿A donde vamos?- preguntó ella.
- Lejos de aquí; a donde tú quieras...- la carreta comenzó a ganar velocidad y a alejarse por el camino del bosque, en dirección hacia el norte.
Fue en ese momento que la joven vio su reflejo en un charco de agua justo al lado de ellos. Su rostro ya no era el suyo. Observó entonces a su compañero y no lo reconoció.
- Mira mi rostro. ¿Qué está pasando?- El no le contestó, solo continuó guiando la carreta y murmurando algo en un tono casi inaudible...
Desde la lomada, un extraño hombre vestido con ropas brillantes, ceñidas al cuerpo, los observaba alejarse. En su mano tenía aquel objeto que Pedro había usado para revivir a Aura. El mismo que ellos dos habían dejado en la tumba recién escavada. Lo observó detenidamente, y mientras lo hacía, sonrió...
Varios días después, Sara, la madre de Pedro, seguía buscando a su hijo, que estaba desaparecido. Finalmente, fue al único lugar al que no se había atrevido a ir: la tumba de ella. Y fue allí que vio algo que jamás hubiera esperado ver. La tumba estaba escavada, y el precario cajón de madera abierto. Sobre el pozo, estaba el cuerpo sin vida de su hijo, abrazado el cadáver de Aura.

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